La batalla de Algeciras. Juicios del combate de Algeciras.

La Historia del Consulado y del Imperio, escrita en Francia por monsieur Thiers, produjo indignación entre los españoles, considerado, aparte de la inexactitud y de la pasión del autor, el menosprecio con que trataba á una nación sacrificada á la alianza con la suya. Protestó el primero don Antonio Alcalá Galiano, traductor del libro al castellano, á fin de que llevara la ofensa aparejado el correctivo, y escritores militares fueron sucesivamente refutando las especies erróneas, entre las que lo ocurrido en Algeciras entraba.

No obstante, continuaron acreditadas en Francia las apreciaciones de Mr. Thiers, y extremándolas Mr. León Guérin en su Histoire maritime de France (1851), con aquel tono magistral peculiar suyo, quisó fundarlas declarando que el almirante Linois hizo elogio de los españoles en los documentos oficiales publicados en el Moniteur, guardando las conveniencias; pero que en las cartas particulares ó confidenciales dirigidas al Ministro de Marina decía:

  • «Creo político en estos momentos disimular la indignación y la desconfianza que me inspira el proceder de los espa ñoles desde mi llegada á este surgidero; haré más, cuando haya reunido los documentos necesarios para redactar el parte oficial del combate, elo giaré á nuestros aliados por la manera en que nos han secundado; pero ello es, ciudadano Ministro, que hacía treinta horas que estaba en Algeciras cuando fui atacado; que se me había dicho que las baterías estaban en perfecto estado, y que así me pareció al visitarlas, pero el caso es que no tenían una sola bomba cargada; que á una de las baterías faltaba la pólvora, que otra la tenía mojada, y que estaba encargada la milicia de un servicio tan importante para nosotros; de modo que, á no ir á tierra el general Devaux, tales baterías no nos hubieran servido de nada».

Sobre extensa base levantó Mr. Guérin el edificio ditirámbico de su narración, enderezada á ensalzar el mérito y la gloria inmensa de Linois, porque jamás se vio cosa parecida: seis navios derrotados por tres. En cuanto á las baterías de tierra, cuando el navio inglés Pompee se convenció de que no podía doblar la línea enemiga, trató de apoderarse de los cañones de la isla Verde, que no habían quemado un cebo todavía y parecían abandonados por los milicianos españoles encargados de su manejo; ya estaban los botes en el agua para tomar la posesión, cuando el comandante de la fragata Muirón se les adelantó, enviando á dos guardias marinas con 130 soldados á las órdenes del capitán Balancourt, y como en la batería española no había pólvora ni nada de lo necesario para el servicio de la artillería, el comandante de la referida fragata y el del navio Desaix enviaron cabos de cañón, atacadores, cartuchos, con lo que empezó el fuego, haciendo considerable daño al enemigo; echó á fondo á uno de los botes, lleno de gente; abrasó á otro, descargó, sobre todo, sobre el Pompee de modo que tuvo que arriar la bandera, sólo que, viendo llegar en su auxilio embarcaciones de Gibraltar que le remolcaran, la izó de nuevo, y el comandante salvó, si no la honra, por lo menos el barco. En la izquierda, ó Norte, no estando meior servida la batería de Santiago, se precipitó á ocuparla el general Devaux con tropa que pidió al Desaix, y al momento hizo importante servicio contra el Hannibal, navio del segundo jefe de la escuadra británica, obligado á rendirse, con la bajeza, por parte del comodoro Ferris, de huir en la canoa abandonando á su gente.

La relación está en carácter. Monsieur Guérin no hace mención de las lanchas cañoneras, porque fuera difícil persuadir de que las habían tripulado franceses; lo que importaba era propalar que ellos solos alcanzaron el triunfo, y siendo notorio que las baterías de la isla Verde y de Santiago destrozaron á los dos navios ingleses, hacer entender que franceses las manejaron, como si fuera verosímil que plaza de guerra fronteriza de Gibraltar, y que servía de apostadero á las fuerzas sutiles, estuviera abandonada hasta el punto de no tener artilleros, ni balas, ni pólvora; como si fuera fácil que en el fragor del combate con fuerza superior se entretuvieran los comandantes de Mr. Linois en embarcar atacadores y lanadas, y quisieran desprenderse de los brazos que para sí mismos necesitaban; y, en fin, como si no existieran autoridades españolas celosas de su jurisdicción.

Ni en los partes oficiales, ni en las relaciones de particulares, que no escasean, se dice una palabra de semejante intrusión, negada, por consiguiente, por cuantos escritores pertenecen á la nación cuya alianza de esta manera era agradecida.

Cuenta el general Gómez de Arteche al llegar á este puntó (Historia de Carlos IV, t, II, pág. 315,):

  • «Aquí empiezan las fantasías de Thiers sobre el combate de Algeciras. De esas baterías dice que no eran de gran socorro, por efecto de la negligencia española, que tenía todas las de la costa sin artilleros ni municiones. Esto no puede ser cierto hallándonos en guerra con los ingleses y en punto como Algeciras, tan expuesto, por su proximidad, á las agresiones que no dejarían de intentarse desde Gibraltar si no lo veían en disposición y estado de defensa. A tal extremo lleva sus exageraciones el célebre historiador en ese camino, que añade en su versión que, viendo el poco efecto de la batería de Santiago, hizo desembarcar artilleros del Formidable para que fuera más rápido y efectivo su fuego. Tenemos á la mano los partes detallados de todas las autoridades marítimas y terrestres de Algeciras, varias relaciones inéditas del suceso y la del ingenuo Sr. Olavide, cuya crónica del combate del cabo de San Vicente hemos hecho conocer á nuestros lectores, y en ninguno de tan importantes documentos se conmemora tal circunstancia. Hay más: en el parte publicado por la Gaceta de Madrid se dice que esas baterías fueron las que decidieron el suceso, y que á la de Santiago se debió el apresamiento del navio inglés Hannibal. ¡Dar sus artilleros para las baterías! Para las de su navio los querría en combate tan desigual y en circunstancias tan apuradas.»

La continuación de ocurrencias referida por Mr. Guérin no es menos instructiva. Linois reclamaba socorros con urgencia, pero en Cádiz no se movían, á pesar de las gestiones del contraalmirante Dumanoir, y eso no por culpa del bravo y hábil Mazarredo, uno de los marineros consumados de Europa; el retraso procedía de la lentitud proverbial del Gabinete de Madrid, de las continuas órdenes y contraórdenes que no daban suficiente latitud á los encargados de ejecutarlas, y por mayor mal para la situación de Linois, el mando de la escuadra de Cádiz, con la que había de reunirse, se confió á un anciano que había tenido mérito, sin duda, y que todavía se había manejado bien en la defensa de Ferrol; pero un anciano al fin, cuyas fuerzas, sino el valor, desfallecían, como generalmente sucede á su edad.

Recuérdese que el combate de Algeciras se riñó el 6 de Julio; que el 8 salió de Cádiz la escuadra de Moreno, fondeando al día siguiente al lado de los navios de Linois, y que hasta el 12 no se pusieron éstos á la vela; datos preciosos con los que no costará trabajo determinar á quién debe achacarse el retraso que harto luto trajo á los españoles por servir á sus amigos.

No me parece que merezcan consideración los cargos hechos sin fundamento ni verdad acerca del uso de bala roja. Los escritores de Francia los hicieron á sus enemigos, insinuando que quizá al efecto de estos proyectiles era debida la catástrofe de los navios españoles. Negáronlo los britanos, asegurando que sobre sus naves fue contra los que las baterías de Algeciras lanzaron proyectiles enrojecidos y bombas y granadas; y como los franceses dijeron que estando por completo desprovistas ellos las sir vieron, para responder se veían en la disyuntiva de declarar, ó que con las lanadas y otros efectos llevaron los hornillos. ó que no hubo tales ba las incendiarias más que en la imaginación.