Biografía de don Dionisio Alcalá Galiano.

Nació don Dionisio Alcalá Galiano en la villa de Cabra (Córdoba) en 1760 y entro de guardiamarina a los quince años de edad, en 1771. Estudioso y aplicado, su amor a las ciencias le granjeó luego, un puesto aventajado allí donde el saber no admite dudas: muy joven fue destinado a cooperar en la formación de las cartas marítimas, trabajos por los cuales sintió desde entonces particular afición y en los que se distinguió con sumo provecho de la ciencia.

Embarcó en la fragata “Júpiter” en 1776 y al año siguiente tomó parte en la expedición que contra los portugueses llevó a cabo una escuadra al mando del marqués de Casa Tilly, con un cuerpo de desembarco a las órdenes del general Pedro Cevallos, que tuvo por resultado la toma de la isla de Santa Catalina en la costa del Brasil.

Pasó después a Montevideo y se halló en el bloqueo y rendición de la colonia del Sacramento, como oficial de órdenes de Gabriel de Guerra, comandante del Río de la Plata.

Embarcó en el paquebote “San Cristóbal” y en él sirvió dos años en aguas del archipiélago de las Malvinas. En 1778 ascendió a alférez de fragata.

De nuevo en Montevideo, y declarada la guerra al Reino Unido, hizo su buque el corso apresando a una fragata mercante enemiga. Regresó a Cádiz a bordo de la fragata “Santa Bárbara”.

Durante todos estos años, su afición a las ciencias le llevó a ampliar sus conocimientos, haciendo los estudios que por aquellos años se denominaban Sublimes, mayores y astronómicos.

Al fin se firmó la paz con el Reino Unido y el ministerio de Marina pensó en perfeccionar los levantamientos hidrográficos de las costas de España y redactar su derrotero. Fue designado para ello Vicente Tofiño, para que, con el personal a sus órdenes en el Observatorio de Marina, llevase a cargo el cometido.

Se le asigno una fragata y un bergantín de escaso calado que le permitiese acercarse a la costa.

De esta comisión, que duró de 1783 a 1788, formó parte Galiano embarcado en la fragata “Luisa” en los años 1784 y 1785. Seguidamente pasó destinado al departamento de Cádiz.

Pronto sus conocimientos astronómicos e hidrográficos tuvieron de nuevo aplicación activa, en expedición tan notable desde el punto de vista marinero, como la llevada a cabo en 1785 por el capitán de navío Antonio de Córdova, comandante de la fragata “Santa María de la Cabeza”, al estrecho de Magallanes, con objeto, entre otros, de experimentar si realmente valía la pena acometer sus pasos, con los buques de vela de aquel tiempo, a pesar de los huracanados vientos de componente oeste y las fuertes corrientes, o bien si era mejor desafiar los temporales del mar abierto, doblando el cabo de Hornos. Galiano fue designado para formar parte de esta expedición por recomendación especial de Tofiño, por tener fama de aventajado en los estudios astronómicos y en el manejo de los instrumentos a emplear; era ya teniente de fragata.
Otra de las expediciones hidrográficas en que tomó parte Galiano, fue la que tuvo por objeto determinar la verdadera posición de las islas Terceras, situadas algo a la ligera por el oficial de la marina francesa Flerieu. La corte de Lisboa dio toda clase de facilidades, ya que se trataba de cosa de mucho interés para la navegación.

La corrección de la carta de las Azores se dispuso la efectuasen la fragata “Santa Perpetua” y los bergantines “Vivo” y “Natalia”, mandado este último por Alcalá Galiano. Tofiño fue designado jefe de la pequeña flotilla.

Nuevamente vemos a Galiano metido de lleno en una expedición a remotos e inhóspitos parajes. Esta vez fue en la célebre llevada a cabo en 1789 por el capitán de navío Alejandro Malaspina, con las corbetas “Descubierta” y “Atrevida”, la primera mandada por Malaspina, jefe de la expedición y la segunda por José de Bustamante y Guerra, también del mismo empleo que el primero.

Esta expedición, de objetivo altamente universal, se efectuaba no sólo con fines hidrográficos y astronómicos sino también para estudio de la botánica y de las ciencias naturales en general, a cuyo efecto embarcaron naturalistas y dibujantes. Otro importante objeto de la expedición era conocer la verdad del estado de las colonias españolas y sus necesidades políticas, económicas y militares. Era una expedición del tipo de las llevadas a cabo por Cook y como la que por aquel entonces realizaba La Pérouse, que tan mal fin habría de tener.

Galiano, con el prestigio adquirido en la expedición de la “Santa María de la Cabeza” y en los trabajos realizados con Tofiño, no podía faltar al ser elegidos los oficiales que habían de componerla. Galiano en esta expedición, trabajó con su ahínco acostumbrado y publicó al final una interesante “Memoria” con el resultado de sus observaciones astronómicas y cálculos náuticos.

Buenos colaboradores de Galiano fueron entre otros los tenientes de navío De la Concha y Vernaci, el primero de los cuales había de dar su sangre en tierras del Plata. Contornearon los buques de Malaspina la costa de América del Sur, tocando diferentes puertos y fondeando en diversas bahías inhóspitas; exploraron parte de las costas occidentales de América del Norte y regresaron a Acapulco.

Donde recibieron la orden de efectuar una detallada exploración para comprobar o desechar la idea de la existencia del Paso del Norte, unión entre los océanos Atlántico y Pacífico, como había asegurado el navegante español Ferrer de Maldonado y también Juan de Fuca.

Se propuso al virrey que los capitanes de fragata don Dionisio Alcalá Galiano y Cayetano Valdés dejasen la expedición de Malaspina, tomasen el mando de las goletas “Sutil” y “Mejicana” y llevasen a cabo un prolijo reconocimiento del estrecho de Juan de Fuca. Como segundos iban los tenientes de navío Vernaci y Salamanca; Galiano, como más antiguo, mandaba la expedición. Ambos buques eran de muy poco calado, a propósito por ello para navegar por canales de poco fondo; la “Sutil” aparejada de bergantín y la “Mejicana” de goleta, ambas bien pertrechadas de instrumentos astronómicos, antiescorbúticos y de objetos de rescate para regalar y cambiar a los indios.

Visitaron primero el puerto de Nutka, donde había un puesto español y varios buques españoles. Por observaciones astronómicas obtuvieron la longitud de Nutka, para referir a ella todas las demás por medio de los cronómetros, y procedieron a efectuar los reconocimientos ordenados luchando con las rápidas corrientes y los fuertes vientos encajonados entre altas montañas. Encontraron buques británicos y con los oficiales de dicha nacionalidad puso Galiano de manifiesto sus dotes diplomáticas. Trabó conocimiento y cortés amistad con el célebre explorador Vancouver.

Con él los españoles cambiaron información sobre los descubrimientos realizados por los de una y otra nación y una vez reconocidas todas las calas, con los buques o con los botes, y no hallada salida alguna, se dieron por terminadas estas exploraciones, demostrándose el carácter apócrifo del viaje que daba al estrecho de Fuca como canal de unión entre los dos océanos. Volvieron a California y fondearon en el puerto de San Blas.

Desarmadas las goletas, Galiano regresó a España vía Méjico y Veracruz, llegando en los últimos meses del año 1794; había sido ascendido a capitán de navío en enero de ese mismo año.

Se considera a Galiano como inventor del procedimiento de hallar la latitud por observación de altura polar, de un astro a cualquier distancia del meridiano. Mendoza, en la edición de sus tablas de 1809, se atribuye la paternidad del procedimiento.

Quizá fuese también inventor por su lado, pero lo cierto es que Galiano lo fue antes, como queda demostrado en la “Memoria” de sus observaciones de longitud y latitud publicadas en 1796. Trata en ella, de cómo hallar la longitud de un lugar por dos alturas del Sol observadas fuera del meridiano; deducirla por algunas estrellas en los crepúsculos aunque estén distanciadas de él; hallar la longitud por la distancia de la Luna al Sol o a una estrella.

De regreso a la corte obtuvo el hábito de la Orden de Alcántara por cédula real de fecha cinco de diciembre de 1795.

La fama adquirida en sus anteriores trabajos le hizo ser designado para levantar el nuevo mapa topográfico de España, una vez firmada la paz de Basilea. Cuando todos los preparativos estaban ultimados, la desgracia en que cayó Malaspina arrastró a los que eran sus amigos, incluso los no complicados en la conspiración contra Godoy, que le llevó a la prisión y al destierro. Galiano fue destinado al departamento de Cádiz en cuyo puerto le fue conferido el mando del navío “Vencedor”.

El tratado de San Ildefonso renovó las alianzas con Francia el dieciocho de agosto de 1796. Ello trajo consigo el ataque a Cádiz por los británicos, una escuadra al mando de Nelson intento el bombardeo de la ciudad. en cuya defensa Galiano tomó parte principal y decisiva, al mando de algunas de las famosas “cañoneras”.

En 1798 Galiano es comandante del navío “San Fulgencio” y con él, en una noche tempestuosa, fuerza el bloqueo de Cádiz, realizando un viaje a América en busca de caudales de que estaba tan necesitada la Hacienda. A los veintiocho días de la salida llegó a Cartagena de Indias, continuando después a Veracruz. De allí, con varios buques regresó a España, pasando antes por La Habana donde quedaron las fragatas “Juno” y “Anfitrite”, entrando en Santoña pese a la persecución de que le hicieron objeto los británicos. Para burlarles remontó a ganar latitud hasta cerca de los bancos de Terranova. Componía su división los navíos “San Fulgencio”, y “San Ildefonso” y las fragatas “Esmeralda”, “Clara” y “Medea”; trajo en ellos un total de siete millones de duros (monedas de a ocho reales) y diversos productos coloniales.

El buen éxito de la expedición hizo que se pensase en repetirla y para ello pasó Galiano a Ferrol y sin ver a los suyos, se dispuso a volver a América, en el navío “San Pedro de Alcántara” cuyo mando había tomado.

A la ida burló a sus perseguidores, pero no así a la vuelta, pues habiendo entrado en La Habana, procedente de Veracruz como la vez anterior, cuando llegó la hora de salir, encontró vientos contrarios, a más de las fuerzas británicas esperándole en superior número.

En La Habana le sorprendió la Paz de Amiens; después de firmada ésta, se encomendó a Galiano la traída de la segunda remesa de plata, que vino a España.

A su regreso a Cádiz le fue conferido el mando del navío “Bahama” de 74 cañones: "Feo en su exterior—lo describe su hijo Antonio en sus “memorias” – aunque hecho de soberbio maderaje de cedro con tablazón de grandes dimensiones, encogido de proa y popa, mal configurado así como airoso de costado, muy velero navegando a un largo, aunque ciñendo el viento no era de los más finos y buque por otra parte destinado a servir, al que en esta ocasión tomaba su mando, de glorioso teatro de sus hazañas y muerte en un memorable y fuerte combate".

El buque formaba parte de una escuadra que debía ir a Nápoles a buscar a la futura princesa de Asturias, pero la boda con el príncipe don Fernando se aplazó y la escuadra entró en Argel en visita de miras diplomáticas; el “Bahama”, con la fragata “Sabina”, se destacó para desembarcar una comisión relacionada con el mismo asunto.

La escuadra pasó seguidamente a Cartagena y allí el “Bahama” fue incorporado a la escuadra del marqués del Socorro destinada a ir a Nápoles a buscar a la princesa María Antonia.

Con motivo de la boda de los príncipes se concedieron muchas mercedes y ascendió Galiano a brigadier, no quedando contento por considerar que no debía recibir como merced entre las conferidas a muchos, lo que en justicia y como distinción le correspondía. Manifestó su disgusto a Godoy y poco después se le comunicó que S. M. concedía a su hijo la gracia de alférez de fragata, con el privilegio que fuese educado precisamente a las órdenes de su propio padre; pero Galiano, que tenía otros planes con respecto a su hijo no aceptó esta gracia altamente honrosa. Estando en Nápoles a donde llevaron a los príncipes de aquel reino, Galiano transbordó a la fragata “Soledad”, con orden de dirigirse a los mares de Grecia y Turquía y levantar las cartas del Mediterráneo Oriental; de cuyos parajes no había entonces en Europa, más que una mala carta británica con errores capitales, hasta en las latitudes de las islas y escollos que las forman.

Entre ellos navegó en el mes de diciembre sin haber tenido una avería; marcó y situó astronómicamente todas aquellas islas e islotes y continuó su camino hasta Buyukderé y embocadura del mar Negro.

Durante esta memorable campaña mereció el respeto y consideración, así de las autoridades turcas de los países que recorrió, como de los representantes y comandantes extranjeros con quienes se encontró, tanto en Constantinopla como en Atenas, que también visitó y en todos los puertos del Mediterráneo oriental donde estuvo.

De regreso a España, formó la carta de aquellos parajes con suma maestría, viajando al efecto a Madrid llamado por real orden.

Después de visitar el golfo de Lepanto regresó a España costeando el Asia Menor y las costas de África del Norte situando islas y otros accidentes hidrográficos; termino sus trabajos en cabo Bon, entrando en Túnez para comprobar la marcha de los cronómetros. Al terminar la comisión pasó a Madrid.

Otra real orden le desterraba de la corte con destino a Cádiz, donde remató sus trabajos, sin que se le hubieran dado las gracias; el dieciséis de septiembre de 1805 estaba en Cádiz ocupado en escribir la relación del viaje, que no había podido terminar en la capital. Ya desde el doce de diciembre de 1804 existía estado de guerra con el Reino Unido, por la injusta agresión llevada a cabo contra cuatro fragatas españolas a la altura del cabo de Santa María.

Al regreso a España se había conferido a Galiano el mando del navío “Santa Ana” de 112 cañones, del que después fue relevado, para ocuparse por entero "al desempeño de los trabajos relativos a su expedición en que había estado empleado en el Mediterráneo" terminando por fin la “relación”.

Cuando empezaron los armamentos en el departamento de Cádiz, con toda intensidad, Galiano se dirigió al Príncipe de la Paz, rogándole le confiriese un destino que pudiese servir a su Patria con las armas.

Se le dio el mando del navío “Glorioso”, que permutó por el “San Leandro”, y a finales de mayo tomó de nuevo el mando del “Bahama”. La escuadra combinada entró en Cádiz después de la expedición contra la Martinica, y las fuerzas del general Álava que estaban de apostadero quedaron a las órdenes de Gravina. La débil escuadra bloqueadora de Collingwood se fue reforzando más y más. Galiano se ofrece de nuevo para forzar el bloqueo e ir a América en busca de caudales. Ordenada por Napoleón a Villeneuve la salida de la escuadra, se convocó a bordo del buque insignia un consejo de guerra al que asistieron Churruca y Galiano como únicos brigadieres, el segundo en calidad de comandante del Cuerpo de Pilotos.

Al refutar la opinión general de los españoles, expuesta por el mayor general Escaño, de ser contrarios a la salida sin esperar un debilitamiento de los británicos, el contralmirante Magón se expresó de manera harto inconveniente. Galiano, de carácter vehemente, le replicó con acaloramiento, llegando al punto de temerse un duelo entre ambos.

La escuadra salió de improviso.

Galiano había acompañado a su familia, dos días antes a Chiclana, con el pensamiento de volver pronto, pues era cosa decidida que la escuadra no saldría. No obstante, en la madrugada del día diecinueve de octubre salió el “Bahama” formando parte de una división avanzada mandada por Magón.

Ya fuera toda la escuadra, el “Bahama” formaba parte de la segunda división de la escuadra de observación mandada por Gravina. En la mañana del día veintiuno quedó en la línea a retaguardia, entre el “Plutón” y el “Aigle”, ambos franceses.

Galiano presentía el duro golpe que iba a recibir España en su marina y estaba resuelto a perecer con honor.

Dirigiéndose al guardiamarina Brutón, su pariente, y señalándole la bandera, le dijo "Cuida de no arriarla aunque te lo manden, porque ningún Galiano se rinde y ningún Brutón debe hacerlo".

El “Bahama” se batió heroicamente con dos navíos enemigos y en algún momento con tres. Galiano recibió primero una contusión en la pierna a consecuencia de un balazo que le dobló el sable; después un astillazo en la cara que le hacía perder mucha sangre, negándose a dejar su puesto; otra bala le arrebató el anteojo de las manos y por último otra de mediano calibre le destrozó la cabeza quitándole la vida.

Desarbolado el buque y todo cubierto de cadáveres, el teniente de navío en quien recayó el mando, juzgando toda resistencia inútil y hallándose ya el navío falto de todo poder combativo, ordenó arriar la bandera, cosa que no tuvo que hacer el guardiamarina Butrón que ya había sido herido gravemente.

El furioso temporal que siguió al combate arrojó al “Bahama” contra la costa.

Dionisio Alcala Galiano

Pintura del Museo Naval de Madrid.