El Siglo de oro de Cádiz, el siglo XVIII.

POBLACIÓN Y SOCIEDAD

En el 1700 se produce en la monarquía española un cambio de dinastía que supone además la introducción en el país de una concepción ilustrada y racionalista que acompaña el ascenso moderado de la burguesía en la sociedad. Para Cádiz este sería su siglo de oro, pues gracias al auge comercial de estos años la ciudad se transforma en una de las mayores de España (sólo superada por Madrid, Barcelona, Valencia y Sevilla) y posiblemente en la más rica. Duplicó su número de habitantes a lo largo del siglo, pasando de 40.000 a 80.000. Y si se tiene en cuenta a la población flotante, nunca censada, debió llegar a finales de la centuria a los 100.000 habitantes. Este crecimiento se debía fundamentalmente a la inmigración, procedente del norte de la península y del extranjero.

Vista de Cadiz
Vista general de Cádiz, con una escuadra española fondeada.

La ciudad tuvo una dedicación casi exclusiva al comercio, y el ambiente mercantil se hizo notar en todos los aspectos de la vida social. En Cádiz había tres teatros y más de treinta Cafés, que eran lugar de reunión y de tertulias literarias. Todo ello se vio influido por el ambiente cosmopolita que le daba la amplia presencia de extranjeros, en especial italianos y franceses, que suponían casi el 10 por ciento de la población y que trajeron, los primeros, el gusto por la arquitectura y la opera, y los segundos, la difusión de libros e ideas ilustradas.

Con el traslado de la Casa de Contratación a Cádiz, la ciudad se impregnó de espíritu americano que se notó en el habla, la forma de vestir, el folklore y los jardines que se llenaron de plantas del Nuevo Mundo, que aún hoy se conservan: ombúes, dragos, ficus, jacarandás, etc.


Plano de Cadiz
Plano de Cádiz.


TRASLADO DE LA CASA DE CONTRATACIÓN

El comercio con América experimentó grandes cambios a lo largo del siglo XVIII. Lo que se buscaba era la ampliación del tráfico a zonas geográficas distintas de las habituales, manteniendo la defensa del monopolio pero buscando sistemas más flexibles que permitieran un mejor abastecimiento del continente y evitando en lo posible el contrabando.

La primera novedad introducida por Felipe V fue el traslado de la Casa de Contratación y el Consulado a la ciudad de Cádiz. Esto significó el triunfo definitivo de los gaditanos que, desde finales del siglo anterior, venían desempeñando en la práctica las funcio-nes de capital del monopolio aunque los organismos oficiales continuasen en Sevilla. Este cambio del centro de gravedad del comercio americano estuvo relacionado con la demanda de las colonias, que empezaron a producir in situ los bienes básicos que hasta ahora recibían de Sevilla y a reclamar artículos manufacturados de calidad. Fueron entonces los géneros flamencos, italianos y franceses - fundamentalmente tejidos- los que adquirieron mayor importancia. Dada la destacada presencia de comerciantes extranjeros en Cádiz, este hecho fue definitivo para convertir a la ciudad en punto de partida y de regreso obligatorio de todos los viajes ultramarinos.

En principio, continuó el sistema tradicional según el cual todos los navíos que se dirigían hacia América debían reunirse en una flota y navegar juntos como medida de protección. Cada año zarpaban dos flotas, escoltadas por navíos de guerra, que iban destinadas a los dos virreinatos existentes. Una iba a Nueva España, saliendo de Cádiz en primavera para pasar por Canarias, las Antillas y llegar hasta el puerto mexicano de Veracruz. A su vuelta pasaba por La Habana y volvía a Cádiz por una ruta más al norte que a la ida. La otra flota era conocida como Galeones de Tierra Firme. Salía del puerto gaditano en verano y se dirigía, también por Canarias, a Cartagena de Indias y a Portobelo. A la vuelta pasaba igualmente por La Habana. No eran éstos los únicos barcos que unían España con América, estaban los azogues que transportaban el mercurio necesario para las minas de plata, y los buques correo que llevaban información pero no mercancías.

Este sistema era demasiado rígido y no conseguía oponerse al contrabando, por lo que en 1720 se fijó un nuevo reglamento que imponía diversas medidas que facilitaron la venta de productos españoles en detrimento de los extranjeros, aumentando también las rentas de la Corona mediante la subida de los impuestos sobre los metales preciosos.

Otra novedad importante fue la creación de las compañías privilegiadas, nombre por el que se conocía a una serie de compañías por acciones, concedidas por privilegio real y que tenían el monopolio del comercio en un determinado territorio. Ya en 1714 hubo un intento fallido con la creación de la Compañía de Honduras que quebró enseguida y con la intención de la Compañía de Ostende de establecerse en Cádiz. A fin, en 1728 aparecía la primera compañía que tuvo éxito y que se convertiría en la más importante, la Guipuzcoana de Caracas, cuyos objetivos fueron comerciar con Venezuela y fomentar su agricultura , especialmente el cultivo del cacao. A la vuelta de América, todos estos navíos debían pasar por Cádiz para ser registrados y pagar los derechos correspondientes, pero desembarcaban en los puertos vascos de Pasajes o San Sebastián. A partir de 1756 se sitúa la época de esplendor de la Compañía, que dura hasta 1781 en que su flota es destruida en la guerra contra Inglaterra. Durante este período, hasta diez barcos llegaban todos los años de Venezuela a Cádiz.

En 1733 se intentó lanzar la Compañía de Filipinas, que no sería una realidad hasta 1785. Y años después, en 1740, se creó la de La Habana que ejerció el monopolio con Cuba hasta 1762. El mismo año de su creación supuso también la sustitución del sistema de flotas por el de navíos de registro, lo que significó cierta apertura al permitir un servicio regular de correos desde La Coruña, y el acceso a lugares como Chile, Río de la Plata y otras colonias que estaban demasiado alejadas de Veracruz y Portobelo. Por último, la Compañía de Barcelona, creada en 1755, supuso la afirmación del comercio catalán con América; aunque sus barcos debían pasar primero por Cádiz.

Todas estas compañías y algunas más que fracasaron vinieron a ser un exponente más del deseo regio de flexibilizar el comercio americano, pero no se debe olvidar que Cádiz continuaba siendo cabeza del monopolio y enriqueciéndose a costa del abundante tráfico comercial.

La Caleta
La Caleta, en Cádiz.

Para entrar en algunos datos relevantes y conocer el contenido del comercio gaditano con América, habría que analizar las cifras que proporciona el trabajo de García Baquero al respecto, quizás el más completo sobre esta materia. El movimiento de navíos entre Cádiz y América durante el monopolio (1717-1765) consistió en un total de 1.592 viajes, de los que 1.083 son de ida y 869 de regreso; lo que supuso un incremento general del tráfico respecto al anterior período sevillano.

García Baquero ha señalado dos etapas: una de crecimiento hasta 1747, y otra de mayor auge entre 1748 y 1778 cuando se firma el Decreto de Libre Comercio. En la primera fase, la media anual fue de 34,3 navíos y 8.932 toneladas; mientras que a partir de 1748, esas medias pasaron a ser de 76 navíos y 23.831 toneladas. El incremento se debía al cambio del sistema de flotas por el de los navíos sueltos y a la actividad de las compañías privilegiadas.

Respecto a las exportaciones, los productos industriales suponían algo más del 50 por ciento del total y el resto pertenecía a los productos agrícolas. De los primeros destacan los textiles que procedían, en su mayor parte, de países europeos y que representan las tres cuartas partes de lo exportado. En la restante cuarta parte, la mayor importancia la tenían los productos siderúrgicos, el papel y la cera. En cuanto a los productos agrícolas, más de tres cuartas partes eran ocupadas por el vino y el aguardiente. El resto correspondía sobre todo al aceite y las especias.

Para las importaciones se puede distinguir entre las dos etapas. En la primera predominan el tabaco y el cacao, que se repartían las tres cuartas partes del total. Le seguían el añil, la grana, el azúcar, los palos de tinte, plantas medicinales, el cobre y el estaño. Para la segunda fase, el azúcar pasó a compartir con el cacao la primacía abarcando ambos un 60 por ciento del total. El tabaco suponía ahora un 15 por ciento y el resto se lo repartían el grupo de productos mencionados anteriormente.

Sin embargo, la parte fundamental del tráfico americano fueron los metales preciosos, llamados caudales. Para el primer período, llegaron a España 131,4 millones de pesos en plata y 19,5 en oro. Este dinero iba a parar en mayor medida a los particulares que a la Hacienda, además de que muchas veces el metal era descargado antes de entrar en el puerto de Cádiz para evitar así el pago de los impuestos.


EL COMERCIO LIBRE

Cuando parecía que mejor funcionaba el sistema, Carlos III decidió desmantelarlo pensando que el comercio libre entre España y América permitiera aprovechar el auge que se estaba produciendo. El cambio se inició en 1765, cuando se autorizó el comercio directo con Cuba, Santo Domingo, Puerto Rico, Margarita y Trinidad a los puertos de Cádiz, Santander, Gijón, La Coruña, Sevilla, Málaga, Cartagena, Alicante y Barcelona. Este relajamiento del monopolio gaditano desembocó en el Reglamento para el Comercio Libro que se publicó el 12 de octubre de 1778. A los puertos habilitados en 1765, más Santa Cruz de Tenerife y Palma de Mallorca, se les permitía negociar libremente con todos los puntos de América, excepto México y Venezuela, donde persistie-ron los monopolios de Cádiz y San Sebastián respectivamente.

El nuevo sistema no afectó negativamente en un principio al puerto gaditano, que mantenía su tráfico intensivo con Cuba y Nueva España, beneficiándose además del incremento de actividad comercial con Nueva Granada y el Río de la Plata.

Pasado 1780 se eliminaron las restricciones que aún quedaban en el comercio americano. La Compañía de Caracas se disolvió en 1785, aunque sus accionistas invirtieron en una nueva que monopolizará el comercio con Filipinas desde Cádiz. También los gadi-tanos debieron liberar a partir de 1789 el tráfico mexicano, que se abrió al resto de los puertos españoles.

arsenal de Cadiz
Astillero de La Carraca, en Cádiz. Este astillero reparaba y surtía de barcos a la Real Armada.

Cuando en 1790 desaparecía la Casa de Contratación quedaba fijado el nuevo modelo que indica valores claramente positivos, con una aumento en 1796 del volumen de las exportaciones en torno al 400% con respecto a 1778. Mayor fue el crecimiento de las importaciones que supuso un 1.300% en relación al nivel anterior a la liberalización.

El Decreto de Libre Comercio favoreció a Cádiz más que a ningún otro puerto, de tal manera que de él entraban y salían centenares de navíos hasta superar los mil al año. Concretamente, según datos de 1792, el puerto gaditano participaba en el 71,5 por ciento del total de las exportaciones y en un 80,8 por ciento de las importaciones. De Cádiz partieron todo tipo de artículos, aunque se observa una menor demanda del mercado indiano de productos de primera necesidad y se reclaman más productos industriales o difíciles de obtener en América: hierro, acero, tejidos de calidad, cera, medicinas, libros, etc. En cuanto a los géneros coloniales que llegan a Cádiz, siguen destacando el tabaco y el cacao, seguidos del azúcar, índigo, cochinilla y cueros.

En suma, es evidente el predominio del puerto gaditano, uno de los principales de Europa a pesar de haber desaparecido el monopolio. A partir de 1797, con el permiso de que países extranjeros participen en el comercio hispanoamericano, se inicia la progresiva decadencia del comercio indiano y quedan para la historia los niveles máximos del setecientos como un techo nunca superado, al menos para la ciudad de Cádiz.