"Hace tiempo, en La Cavada...".
"José Alcalá-Zamora y el recuerdo de los "ingenios" del Miera".

Hace tiempo, en La Cavada...
(Artículo publicado, el 21 de julio de 2000, en "Alerta, el diario de Cantabria").

Ya en 1850 el célebre Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de Pascual Madoz decía lo siguiente al comenzar su referencia a La Cavada: "No hay pluma que baste a pintar los destrozos que este sitio ha sufrido de pocos años a esta parte". Hoy se podría decir, además, que es un pueblo cuyo nombre arrastra demasiada añoranza. Y no es justo que las cosas deban ser así; porque si hablara el lugar, podría decir de sí mismo como un personaje de A. de Saint-Exupéry: Soy basílica y sentido de las piedras. Palabras llenas de mensaje al futuro.

Cañón procedente de la fábrica local de La Cavada.

  • Cañón procedente de la fábrica local de La Cavada. Instalado en el Real Sitio, a escasos metros del Arco de Carlos III.

La Cavada es la capital del municipio de Riotuerto, lugar que aparece ya mencionado en el cartulario de Sta. María del Puerto (en 1085) y en el Becerro de Behetrías (1351). En la Edad Media figuraba como Retuerto, un hidrónimo que según filólogos y otros estudiosos contiene el significado prerromano de corriente de agua ('ter-'/ `uer-'/ 'tor'/ `ur', según E. Martino: `tul-tur' en opinión de otros). Y también era entonces el nombre de uno de los arroyos que vierte sus aguas en cascada al Miera, río éste en el que se basa la historia característica del municipio (y al cual se reconoce como el Magrada o Mégrada citado por Pomponio Mela en el s.I d.C., circunstancia razonada por J. González Echegaray). A escasos metros del Tuerto se rinde también al Micra en La Cavada el arroyo La Tijera, el cual recorre la lagunosa mies de La Llama, por cierto voz prerromana que designaba pastos húmedos. El nombre de este caprichoso riachuelo coincide con el de Tijero en Orejo, lugar donde estuvo situado el embarcadero de los productos de la fábrica de cañones de La Cavada. Y ambos vocablos, casi idénticos, llevan el sello de hidrónimo ancestral.

Pero las pruebas de existencia de población en Riotuerto son más remotas, incluso hay indicios de ocupación en el Paleolítico (ver la Carta Arqueológica de Cantabria de Emilio Muñoz-Carmen San Miguel), aunque los mejores hallazgos arqueológicos corresponden a las edades del Bronce y del Hierro, destacando un puñal del Bronce.

Sin embargo, Riotuerto y La Cavada no entran en la Historia por compartir objetos prehistóricos y topónimos con otros muchos lugares de España y del mundo, sino por la verdadera explosión socioeconómica -mantenida durante más de dos siglos- que supuso la instalación del complejo industrial Liérganes-La Cavada a comienzos del s. XVII, que hermanó para siempre en los documentos históricos a los dos municipios sede de los primeros altos hornos de España. Ingenios que se pusieron en marcha con técnica y mayoría de mano de obra especializada flamencas.

El rio Tuerto vertiendo sus aguas al Miera

  • El rio Tuerto vertiendo sus aguas al Miera. A la derecha de la imágen se adivina la confluencia del rio La Tijera.

Ya en 1768 el P. Flórez cita en su obra La Cantabria las fábricas de cañones de La Cavada y Liérganes; con información precisa cedida por J. M. Cobo, del Consejo de Su Majestad. En su famoso Diccionario Pascual Madoz se refiere al emplazamiento de las fundiciones en el Real Sitio de La Cavada, aportando detalles de las instalaciones internas y externas al muro del recinto. Así nos habla de las buenas salas del modesto palacio interior, con escuelas de matemáticas, metalurgia, mineralogía y dibujo; además de las oficinas de contaduría, comisaría, secretaría, etc. Respecto a las estructuras externas, merece la pena destacar lo que dice del puente de La Cavada: "El puente es de dos arcos de piedra labrada... tiene soberbios tajamares, algunos de ellos de cañones de hierro, y lo que presenta de más notable es su gran fortaleza..." (sic.). También aporta datos interesantes sobre las estructuras de Lunada (resbaladero, presa, casa blasonada con las armas reales).

Son numerosos los autores que después mencionan los ingenios instalados en La Cavada y Liérganes, y hacen frecuentes alusiones a los técnicos y obreros especializados flamencos que con motivo de la instalación de las fábricas arribaron a la zona. Destaca en este sentido la labor investigadora y divulgadora de Carmen González Echegaray, con numerosos artículos en periódicos y revistas. De esa manera ha llegado a la ciudadanía local el origen de apellidos característicos de este rincón de Cantabria; tales como Waidor o Baldor, Guatí o Guate, Lombó, Roqueñí o Rocañí, Corsi, Bernó o Bernot, Cubría, Otí, Budar, Marqué, Piró, Oslé o lisié y Oslet, Rojí, Arché o Arche, Abren, Otí, etc., y se han dado a conocer los conflictos entre los recién llegados y la población local; así como su integración posterior hasta constituir hoy uno de los grupos humanos más reconocidos como propios de Cantabria.

En lo que al estudio concreto de las fábricas se refiere (ubicación, producción, documentación recuperada, destino de lo elaborado, relaciones laborales, actuaciones del severo Tribunal de La Cavada, estadística, etc.) sorprende el libro de J. Alcalá-Zamora y Queipo de Llano, Historia de una empresa siderúrgica española; los Altos Hornos de Liérganes y La Cavada, 1622-1834. El mismo autor piensa que su obra es una contribución -que él califica de "pequeña"- a la historia general de España en la Edad Moderna. Lo cierto es que el libro pone en evidencia el peso decisivo de la relación calidad-precio del armamento de los ejércitos españoles, sobre todo de la Armada, para su propio sostenimiento y el del Imperio Español. Armas fundidas en La Cavada-Liérganes, circunstancia ignorada por la ciudadanía española no especializada en el tema.

Siguiendo con Alcalá-Zamora, los navíos españoles podían llevar hasta 120 y más cañones de hierro colado, elaborado en su práctica totalidad y en serie en las fábricas cántabras, y la masa artillera global de la Armada llegó a ser de 12.000 cañones, con una vida media en activo de 40-50 años y un peso entre una y tres toneladas unidad. La producción total de cañones del complejo siderúrgico del Miera, con destino principal a navíos y fortificaciones costeras españolas y de ultramar, alcanzó las 26.000 unidades. Las otras fuerzas de tierra, en cambio, se permitían el lujo de adquirir caros y bellos cañones de bronce, singulares, de la fundición de Sevilla. Nos cita Alcalá-Zamora un pensamiento de Carlos Cipolla respecto a la fuente de energía que convirtió a Europa en modelo de destino del mundo: las proas de los navíos abrieron las rutas que, en última instancia, conquistaron los cañones. Así de lamentable es la realidad. Y con esto presente -dice Alcalá-Zamora- la armada española llegó a tener 336 barcos a finales del s. XVIII; 171 eran de línea, de los que 53 se construyeron en La Habana y 33 en Guarnizo. ¿Se imaginan el ánimo de los defensores de un fuerte costero al ver acercarse un navío de esos, con bandera enemiga y malas intenciones, capaz él solo de más potencia anillen que la disponible en un ejército de 100.000 hombres?.

Pero los cañones producidos en los ingenios de Liérganes (cuya fábrica ocupaba una extensión de 7.700 m2, y fue la primera en fundir, en 1628; seguimos con los datos de Alcalá-Zamora) y de La Cavada (con una enorme superficie de 44.500 m2 ya activa algo antes de 1640) acabados y probados en la fábrica de Valdelazón (8.800 metros cuadrados ocupaba en los terrenos donde ahora se ven las ruinas de la Montañesa Textil) estos cañones "los más feos y mejores del mundo" -por su seguridad y eficacia- no tuvieron como único destino la Marina. Defendieron Cádiz frente a las fuerzas napoleónicas, y demostraron su poder en los heroicos sitios del Morro de la Habana y de Callao; armaron los fuertes y navíos de la Guerra de la Independencia de las Indias. Bramaron y vomitaron fuego en la mal valorada batalla de Trafalgar, y en la aleccionadora victoria naval de Cartagena de Indias. Todavía se pueden contemplar en el Spanish Fort de Nueva Orleans, en la entrada de la Almudaina en Palma de Mallorca... y en Santoña, Astillero, Museo Marítimo de Santander, y La Cavada; algunos de ellos muy herrumbrosos. Es decir, tratados "no como es justo, sino como es gusto" para dar fe de símbolos ajustados al olvido, esa característica tan española.

Más impávida resiste la monumental puerta de entrada a las instalaciones siderúrgicas de La Cavada, el llamado Arco de Carlos III; con su inscripción: Carlos III Rey año de 1784, la cual no es, desde luego, La Puerta de Alcalá madrileña con su culta inscripción Rege Carolo III anno MDCCLXXVIII; pero ahí está como ella, "viendo pasar el tiempo..." Es el justo recuerdo al soberano que en el ocaso de su vida amparó a los ingenios del Micra, cuando ya la quiebra ocasionada por la falta de carbón vegetal amenazaba devorarlos. Y el monumento lugareño supera el esfuerzo arquitectónico capitalino, si tenemos en cuenta la enorme desproporción en número de habitantes de ambas poblaciones. "Hace tiempo, en La Cavada / se fundían los cañones..." comienza la pedestre copla que todavía nos acompañaba en las vueltas de romería, allá por los años 60: ramplona, como bien escribe Alcalá-Zamora. Pero de todos modos deja constancia de un pasado importante, aunque tampoco fuera feliz.

Cañón fundido en la fábrica local de La Cavada

  • Cañón fundido en la fábrica local de La Cavada, probablemente usado como tajamar en el puente. Está emplazado en el recinto del Ayuntamiento.

Pongámonos un poco románticos y pensemos que tal vez hoy alguien sentado junto a la Presa de Liérganes, o en las soleadas piedras que en La Cavada afloran donde mueren el río Tuerto y la Tijera pueda escuchar, entre el 'tur-tur/tul-tur' de la corriente del Miera y el 'tuer-tor/tor-tor' de sus tumultuosos afluentes, un apagado retumbo de voces -como encerradas en los sótanos, corredores subterráneos y aliviaderos tapiados de las olvidadas instalaciones fabriles-, quizá los ecos de la voluntad del liejés Jean Curtius que murió arruinado sin ver funcionar su obra; del hábil luxemburgués Jorge de La Bande que la llevó a efecto, y de su esposa Mariana de Brito, la eficaz continuadora. O las quejas del genial austríaco Wolfgango de Mucha, que consumió su vida buscando soluciones para la irremediable ruina de La Cavada (logró que la actividad de la fábrica sobreviviera 39 años al cierre de las instalaciones de Liérganes, y pudo ejecutar la última fundición en 1826, casi moribundo, librándose por ello de ver el paro definitivo de las máquinas en 1834), habiendo tenido que soportar la desidia de la monstruosa burocracia estatal y los sarcasmos de aquellos consejeros de la Corona apoltronados en la Corte...

En este mundo actual que se nos llena de ciudades museo, de vídeos explicativos de hechos históricos a veces dudosos, de realidades virtuales y de parques temáticos donde jamás hubo nada, ¿no les sugiere algo el caso de un pueblo que conserva buena parte de las instalaciones que fueron, otrora, clave para la seguridad de un imperio?.

El Arco de Carlos III, en La Cavada.

  • El Arco de Carlos III, en La Cavada.
José Alcalá-Zamora y el recuerdo de los "ingenios" del Miera.
(Artículo publicado, el 1 de diciembre de 2004, en "Alerta, el diario de Cantabria").

Treinta y algunos años después ha vuelto José Alcalá-Zamora al más bello, según su parecer, de los muchos valles hermosos de nuestra región. Y lo ha hecho para hablamos, como él sabe, de un tema que le es entrañable: el de las históricas fábricas de artillería de Liérganes y La Cavada.
Invitado por la Asociación Cultural Mágrada de Riotuerto (por cierto, Mágrada es el nombre con el que los romanos conocían al río Miera y con el que el geógrafo latino Pomponio Mela, contemporáneo del emperador Claudio, nos lo ha dejado escrito en su descripción de los ríos costeros de la Cantabria Antigua, tema del que se han ocupado varios conocidos autores, destacando al respecto el trabajo de D. Joaquín González Echegaray) y presentado por el Dr. Cubría Mirapeix, el académico Alcalá-Zamora tuvo pendientes de su palabra a todos los que asistimos y llenamos la amplia sala del Balneario de Liérganes destinada al efecto, en la tarde-noche del domingo, día catorce del mes de noviembre de 2004.

Con la precisión del conocedor exhaustivo del tema, la sencillez del buen comunicador y el afecto del historiador que ama los lugares que han servido y se han sacrificado por el bien de España, D. José Alcalá-Zamora nos fue hablando de los intentos fallidos de Felipe II por iniciar la fundición de la artille­ría con las nuevas técnicas europeas de aquella época, misión que encomendó en un primer momento a Requesens y años después a Alejandro Farnesio. Y de cómo ya en tiempos de Feli­pe III, Jean Curtius vence los temores a la Inquisición, arriesga su fortuna, y tantea establecerse en Vizcaya; elección que también fracasa por los celos y temores de las ferrerías locales. Lo que condiciona la búsqueda de otro lugar idóneo para la instalación de sus industrias; hasta que lo encuentra en la cuenca del Miera, río que, por sus inesperadas y formidables avenidas, podía proporcionar la energía adecuada a sus proyectos y gozaba además, en sus proximidades, de bosques bien poblados para abastecer de carbón a los altos hornos. Bosques que fueron asolados... hasta hoy. Con el consiguiente sacrificio para la economía local.

Y así surgen los primeros altos hornos en Liérganes, que funcionan ya en los dos últimos años de la tercera década del s. XVII, se instalan unos diez años más tarde otros dos altos hornos en La Cavada (sitio donde en el s. XVIII llegarían a funcionar cuatro que, como los dos de Liérganes, lo hacen con personal técnico especializado, preferentemente de origen belga) que multiplican la producción estableciendo entre ambas factorías una década de calidad, y con un número de cañones válidos entregados que resulta puntera en Europa. Luego nos recordaría la producción artillera brillante durante la mayor parte del s. XVIII la cual tuvo el reconocimiento internacional. Y por fin la prolongada decadencia y angustioso final de la industria (que finaliza con la ruina de Liérganes en 1795, y de La Cavada en 1834), dando además algunos apuntes sobre sus causas, así como de su resistencia a desaparecer intentando la fundición con coque, la producción de objetos ornamentales, o de enormes piezas para otras empresas metalúrgicas.

Dejó bien claro, una vez más, el reconocido conferenciante la importancia trascendental para España de aquella industria de guerra, efectiva y económica, en cuanto al mantenimiento del Imperio ultramarino; tanto para sus comunicaciones navales como para la defensa estática de sus fuertes costeros, unas y otros armados con cañones de hierro colado de la mejor calidad, seguros, efectivos y baratos. Capaces de competir decorosamente con la superior, pero escasa y carísima artillería de bronce. Dicho con sus palabras: "Creo que las Fábricas de Cañones de Liérganes y La Cavada, con sus seis altos hornos, constituyen un hito fundamental en la Historia de España ". Y abunda en esta idea cuando dice de aquellos altos hornos, "...que tanta trascendencia han tenido; sin los que la Historia de España y tal vez la Historia del Mundo no hubieran sido lo que han sido; hubieran sido distintos".

Aparte del más que fiable recuerdo de aquellos inicialmente llamados "ingenios", instalados en las márgenes del río Miera –y que serían más tarde conocidos como las Reales Fábricas de Cañones de Liérganes y La Cavada- Alcalá-Zamora nos dejó apuntadas algunas ideas fundamentales; por ejemplo, una que se refiere a la importancia de conocer nuestra historia, cuando dijo: "La gente que desprecia su pasado está condenada a repetir el presente y a no evolucionar. Hay que saber de dónde venimos para poder construir un futuro más crítico y mejor".

Destacó también que todavía queda mucho por hacer en relación a las referidas fábricas de cañones, en cuanto a documentación pendiente de elaborar, y en el campo del análisis técnico de los objetos de aquel hierro disponibles en la actualidad. Citó como ejemplos los datos que pudieran referirse a la fábrica de anclas de Marrón, dependiente de la fábrica de cañones de La Cavada, y el necesario estudio de las piezas artilleras que ahora se encuentran en Liérganes y La Cavada. Se mostró ilusionado con la idea, ya en vías de total desarrollo, del emplazamiento en La Cavada del Museo que pretende recuperar el periodo histórico al que se ha referido la conferencia de la cual hablamos.

Y propuso la erección de un monumento a las citadas fábricas de cañones.

También se refirió al falseamiento (o ignorancia) en la interpretación de ciertos datos estadísticos de los resultados obtenidos por los cañones fundidos a orillas del río Miera, en las durísimas pruebas a las que eran sometidos por los expertos de la Marina en los momentos de más baja calidad de producción. Y son falsas esas interpretaciones y conclusiones porque en ellas no se valoran los resultados, muy similares, que obtenían las piezas de artillería de hierro compradas, a altísimo precio, en Inglaterra. Lo que hace decir a D. José Alcalá-Zamora: "Esto ha servido para que algún insolvente hable de la falta de calidad de los cañones de La Cavada".

Por último, cabe entresacar otra frase del reconocido académico: decir de los recordados cañones que,

  • "...ellos salvaron las comunicaciones imperiales entre España y América, y con ello SALVARON la cultura española en el Nuevo Mundo y EL IDIOMA; es decir, salvaron lo más que somos hoy nosotros, porque España sería, no nos equivoquemos, con todo su progreso, con todos sus avances, un pequeño país, si no contase con esa proyección ultramarina de cerca de 400 millones de habitantes y de un idioma de esa envergadura ".

Sobran otras palabras.