La Batalla de Trafalgar. Epílogo y Anexos.

Navío San Leandro. Parte de su Comandante don José de Quevedo.

El 21 de octubre amaneció la escuadra combinada en línea de batalla, sin sujeción a puesto, mura a estribor, de resultas de la señal de la noche anterior. La escuadra enemiga a barlovento, mura a babor. El General francés hizo la señal de formar la línea de batalla mura estribor, por lo que maniobré a tomar mi lugar entre el Redoutable y Neptuno. A las siete y media la escuadra enemiga arribó en columnas con fuerza de velas, dirigiéndose al centro y retaguardia, lo que manifestó el General francés mandando virar por redondo a un tiempo y formar de la otra vuelta.

Poco después de las doce, una columna de la escuadra enemiga, con un navío de tres puentes a la cabeza, con insignia azul al topa de trinquete, rompió el fuego contra el metalose de popa del Santa Ana, hallándose este navío por la popa del Neptuno francés, a la vez del Bucentauro, del Redoutable y San Justo; viendo que el navío inglés tomó la aleta del Santa Ana y que éste arribaba, con el fin de auxiliarlo se pusieron los guardatimones, y a imitación del Neptuno, arribé un poco para hacer fuego, y luego que el inglés quedó a sotavento del Santa Ana, volvió a orzar todo, con el fin de batir al navío del Almirante Nelson, que se había puesto con los navíos de su columna por la altura de sotavento del Bucentauro y Trinidad; seguí en esta disposición el combate contra el Almirante Nelson y el de tres puentes que había desarbolado al Santa Ana, cruzando y arribando para recabar que me enfilasen por la popa y haciendo fuego ya por una banda ya por la otra y a veces por las dos, según se presentaba el objeto de enemigos, estando siempre a la voz del Neptuno francés, haciendo uno y otro los mismos movimientos, ayudándonos con nuestros fuegos. A las cuatro y media, hallándome con todo el velamen pasado a balazos, toda la maniobra cortada, el palo mayor y trinquete sin poder aguantar, con tres balazos cada uno, el mastelero de gavia con otro balazo en el tercio alto y asegurados con los guinales y brandales que se pusieron durante la acción para suplir la falta de los estays, y sufriendo el fuego de los que habían venido a reforzar el navío del Almirante, di al trinquete para separarme un poco del fuego y asegurar los palos, a cuyo tiempo viendo que el navío Príncipe venía arribando haciendo fuego, goberné sobre él para incorporarme y seguir los movimientos; lo que ejecutaron algunos navíos que estaban a vanguardia; envié un Oficial a dar parte del estado que se hallaba este navío y de lo imposible que me era poder dar el remolque que me pidió. Se dieron reatas al palo mayor, al que no se pudo dar ruecas por tener partidas la vimelga de respeto; al de trinquete se le pudo formar con barras de cabrestante en el balazo próximo a la fogonadura de la cubierta del castillo, y se pasaron los cabos principales. A imitación del navío Príncipe, seguí en demanda de este puerto, y a las dos y media, estando al N. de la aguja del Castillo de San Sebastián, inmediato a los demás navíos, di fondo en doce brazas, fondo cascajo.

El 22 amaneció aturbonado, viento al S., fresquito. A las siete y tres cuartos vino el Práctico a bordo; el viento fué refrescando, por cuyo motivo no se pudo hacer diligencias para entrar; con el fin de aliviar los palos, se echaron abajo las vergas de juanete, calaron sus masteleros, tomé rizos a la gavia, y para asegurar el navío, di fondo a otra ancla, por haber empezado a garrar, y arrié del ayuste hasta ciento cuarenta brazas.

A pesar de haber asegurado los palos lo mejor que se pudo, como no se podían tesar las jarcias, con los balanceos a la una de la tarde se vino abajo el mastelero de gavia, poco después el palo mayor y el de mesana, y a las tres y cuarto el mastelero de velacho; con la felicidad que dos hombres que cayeron al agua se recogieron, y que sólo se ha lastimado un hombre levemente, que cayó de la verga de trinquete al safar la jarcia de velacho.

El 23 amaneció el viento por el O. flojo, por lo que empezó a levar un ancla, y habiendo faltado el cable, con el fin de aprovechar la bonanza, largué el otro por ojo, di la vela con el trinquete, y habiéndose quedado el viento enteramente calmado y viendo que no adelantaba con tres botes que vinieron a dar remolque, di fondo a boca del puerto en seis brazas.

Desde que empecé a hacer fuego, por el mucho humo perdí de vista la posición de las escuadras y sólo vi al Neptuno francés, que estuvo siempre a mi voz; el San Justo y otro navío francés inmediatos, que hacían fuego sobre los navíos de Nelson. Por el mismo humo no pude distinguir las averías que hice a los enemigos; sólo vi que el navío del Almirante Nelson quedó enteramente desmantelado y que con una carronada de este navío se le desarboló del mastelero del juanete de proa. Durante la acción, además de las averías del aparejo y arboladura, se recibieron siete balazos a lumbre del agua y varios en el costado, con la felicidad de haber sólo tenido ocho muertos y veintidós heridos, entre éstos levemente el Teniente de Fragata D. Ignacio del Valle, el Alférez de Navío D. Pedro Rato y el Guardia Marina D. Aniceto Díaz Pimienta.

El fuego, aunque muy vivo, no ha sido precipitado, por no exponerse a hacerlo para precaver las enfilaciones; de lo que resultó tener que hacer el fuego ya por una banda, ya por otra y a veces por las dos. Tal se ejecutó con el mejor orden y prontitud, lo que se debe a la serenidad, actividad y valor de los Oficiales de las baterías, que no permitían hacer fuego sin estar delante, y a la actividad del Segundo Comandante, D. Salvador Meléndez; del Teniente de Fragata D. Norberto Mellas y del Alférez de Fragata D. Santiago de Palacios, que tenía de Ayudante, y que iban a llevar a las baterías las noticias de los movimientos del navío y la orden de la parte por donde se debía hacer fuego; y así me es preciso recordar el valor, serenidad y actividad de todos los Oficiales de Marina, Ejército y Guardias Marinas, así como de los dos Condestables, Antonio Secade y Miguel Sánchez, y todos los individuos del Real Cuerpo de Artillería y de batallones agregados a ellos, que hacían de cabos de cañón, pues aunque toda la gente ha manifestado un valor y deseo de sacrificarse, aquéllos, por su destino, lo han más acreditado. El Alférez de Fragata, Primer Piloto, D. Juan de Vera se mantuvo durante la acción con la mayor serenidad al lado del timón, para las orzadas y arribadas que mandaba, en lo que no noté el menor retardo.

Igualmente debo recomendar la serenidad del Primer Contramaestre, Antonio Pereyra, que estuvo prontísimo para remediar al instante las faltas de estays y brazas siguiendo la instrucción que se dió en la escuadra; los demás Oficiales de mar y gente destinada a la maniobra ha estado igualmente pronta, y así tengo la satisfacción de no poder informar mal de individuo alguno por lo que respecta a lo militar; pero sí debo hacer presente que por lo que respecta a lo marinero, son muy pocos con los que se puede contar.

A bordo del expresado buque, en la bahía de Cádiz, a 29 de octubre de 1805.

José Quevedo (rubricado).