Navíos de Trafalgar: El Combate del “L’Intrépide”.

De todos los navíos franceses que intervinieron en la batalla, dos de ellos especialmente se distinguieron por su valeroso comportamiento, siendo el que cito el último en arriar su pabellón y rendirse a las 17,30 de la tarde.

De sus 643 hombres de tripulación murieron aproximadamente 320, otros 289 fueron heridos o hechos prisioneros y solo sobrevivieron a su naufragio 17 hombres.

Casualmente el navío era uno de los seis barcos españoles que habían sido cedidos a la flota francesa. Su nombre original había sido “Intrépido”, construido por Romero Landa en el Ferrol en 1790 y transferido en 1801 junto con el “Conquistador” y el “Infante D. Pelayo”.

Comentaristas franceses dicen que el buque adolecía de escasa velocidad, era muy lento y su artillería en el momento de la entrega solo llevaba cañones de a 24 y 18 en sus dos baterías hasta completar los 74 cañones, en vez de los de 36 y 24 con los que estaban dotados los navíos franceses de 80 cañones.

No serian tan deficientes nuestros barcos cuando Churruca protestó airadamente al enterarse de que en la lista de entregas a Francia figuraba su “Conquistador”, buque que había comandado por largo tiempo y del que se sentía muy orgulloso, por sus excelentes prestaciones y porque, bajo su mando, se había convertido en uno de los mejores de la escuadra. También Cayetano Valdés había mandado el “Infante D. Pelayo” en San Vicente, salvando con su intervención el apresamiento del “Santísima Trinidad” y sabia de sus inmejorables condiciones.

Así y todo, tiempo tuvieron los franceses desde su entrega hasta Trafalgar donde fue hundido, de mejorar sus prestaciones si hubieran querido. Pocos buques de la época podían equipararse a los construidos por Romero Landa, fiables, resistentes, maniobreros y de perfectas condiciones para navegar tanto en buen o mal tiempo, como lo demuestran los informes del Alm. Mazarredo.

Asignado a la flota del Alm. Villeneuve en Tolón, formó parte de la combinada en su salida hacia las Antillas al mando del Capitán D. De Peronne, que falleció en el combate de cabo Finisterre en Julio de 1805, siendo “L’Intrepide” uno de los escasos barcos franceses que lucharon en apoyo de los seis de Gravina, envueltos entre la niebla contra la totalidad de la flota inglesa de Calder, mientras Villeneuve y sus doce magníficos navíos contemplaban como se batían el cobre los españoles para que el Silvestre pudiera limpiamente refugiarse sin combate en Ferrol.

A su llegada a Cádiz, se incorporo a su mando como nuevo comandante Louis Antoine Cyprien Infernet.

Había nacido en Niza el 12 de Julio de 1756, hijo de Joseph Infernet y de Mª Magdalena Fabre. Con 14 años embarca como grumete en mercantes en el puerto de Tolón hasta que en 1776 es destinado al “Atalante” y posteriormente, ya como timonel sirve en el “Provence” en 1777.

Como ayudante del piloto, sirve a bordo del “Vaillant” de la escuadra del Alm. Estaing durante la campaña de América del Norte entre 1779 y 1780. En ascenso en su carrera, se le nombra 1º Piloto del “Cesar” de la escuadra del Alm. De Grasse, participando como tal en la batalla de Les Saintes, siendo herido al estallar su barco y posteriormente, durante su convalecencia, fue citado como testigo para declarar ante el Consejo de Guerra celebrado en Lorient.

fragata francesa

  • Pintura que representa la fragata “L’Solide” en su viaje alrededor del mundo.

Regresa a la navegación comercial y entre 1788 y 1789 es 2º Teniente a bordo del “Solide” en su viaje alrededor del mundo. Bajo el mando del Capitán Etienne Marchant, en su largo periplo por el Pacífico Oriental visitan las islas Marquesas y descubren, dentro del Archipiélago de las Tuamotu, la isla de Mohotai y algunas menores, tomando posesión de ellas en nombre del Rey Luis XVI , bautizando aquel grupo de islas ahora descubiertas como Islas de la Revolución, el 22 de Junio de 1791.

Nombrado Teniente de Navío, se hace cargo como jefe de servicios del puerto de Bastia (Córcega) en Noviembre de 1793.

Es designado comandante de la fragata “Genereux” en 1799 y en 1802 transborda al mando de la fragata “Rhin” en la escuadra de Villeneuve.

Para sustituir a De Peronne se le nombra comandante del “L’Intrepide” a su entrada en Cádiz con la escuadra combinada. Es su primer mando de un navío de 74 cañones.

Su biografía es escueta pero de sus datos personales se desprende que era un hombre de una pieza y poco dado a lustrar las botas de sus superiores, paso infalible en aquel entonces para prosperar en su carrera. Se había iniciado en la navegación comercial y si por las circunstancias de aquellos días paso a ser marino de guerra, debiese a la fuerza de las circunstancias, pero no a su voluntad.

Todo hace pensar que fue un hombre independiente por naturaleza, brusco y sincero, sus subalternos le adoraban aunque a sus espaldas bromeaban a costa de su incapacidad de hablar un buen francés. Como provenzal de nacimiento, prefería expresarse en su dialecto nativo y amaba la sencilla relación amistosa con los inferiores antes de la engolada relación con sus mandos. Uno de ellos, el Alm. Martín dejó escrito para su expediente un retrato poco favorable.

Dijo de él: Oficial que no atrae la estima pública, que no tiene buena conducta, de talante muy ordinario y ama el vino......”

Naturalmente y por una afición tan común hizo estrecha amistad con el comandante del “Redoutable” Jean Etienne de Lucas en su estadía de Cádiz, conjuntamente no pasaban día sin recorrer seguidos de sus fieles marineros todos los mesones de Cádiz y del Puerto de Santa Maria.

Siendo este último un hombre educado, de maneras señoriales, impecable siempre en su uniforme y absolutamente esclavo de su deber, tenia probablemente la tripulación mejor preparada y disciplinada de la flota francesa y eso lo había conseguido con su innata autoridad y su buena mano izquierda, exigiendo y compensando a la vez a sus tripulantes, de modo que estos le seguían sin dudar hasta el mismo infierno si era preciso.

Su escasa estatura, apenas metro y medio, contrastaba de forma palpable con la estatura de Infernet, casi un gigante, robusto y fuerte como un toro y con un vozarrón que se hacia oír hasta por encima de los estampidos de su artillería.

Se hacia oír, pero otra cosa es que le entendieran en aquella infame jerga provenzal. Juntos parecían el punto y la i.

Dos hombres de características tan distintas en lo físico no lo eran tanto en lo espiritual. Ambos se hacían respetar pero también amar por sus subalternos. No dudaban en arrastrarles con ellos de juerga en juerga posiblemente después de haberles hecho trabajar como forzados.

Ambos valientes y decididos, con los conceptos muy claros de lo que era o no era importante y decisivo, ambos obedientes y respetuosos pero firmes si tenían que contradecir a un superior.

Su honor estuvo en su comportamiento en la batalla, despreciando la cobardía de su jefe en el caso de Infernet y la inseguridad de Villeneuve en el caso de De Lucas.

Les gustaba el vino y la buena mesa, disfrutar de los placeres a su mano, reír y emborracharse con sus hombres y vivir intensamente los pocos ratos que la dura vida del mar les permitía.

Los dos mas juerguistas fueron a la postre los más valientes.

Louis Antoine Infernet, hecho prisionero por los ingleses tras rendir su barco, herido, fue llevado a Inglaterra y liberado en cortisimo tiempo, siendo en todo momento atendido con respeto y consideración por sus enemigos. El propio Napoleón reclamo su presencia en París y personalmente le impuso la medalla de Comendador de la Legión de Honor, por su heroico comportamiento en Trafalgar.

Restablecido de sus heridas, en 1807 toma el mando del navío “Robuste” y un año después, nombrado comandante del “Annibal” (ex ingles Hannibal, capturado en el combate de Algeciras de 1801) reabastece a las tropas francesas en Corfú (Grecia).

Probablemente por su escasa simpatía por los altos cargos, como le ocurrió a su amigo De Lucas con el Alm. Decres, Ministro de Marina, ambos en caso similar fueron postergados en mandos que le hubieran sin duda correspondido por su valía demostrada.

Nunca bien restablecido de sus heridas, su salud fue deteriorándose y solicitó el retiro en 1814, siéndole reconocido el grado de Contralmirante honorífico en consideración a sus méritos. Falleció en Tolón el 4 de Mayo de 1815 a los 59 años de edad.

El combate en Trafalgar.

Después del regalito que el Alm. Villeneuve hizo a su enemigo, ordenando la virada a un tiempo de toda la flota combinada para aproarse a Cádiz de retorno, la ahora vanguardia al mando de Dumanoir quedo en el siguiente orden:

  • Neptuno (E–80) Scipion (F-80) Intrépide (F-74) Rayo (E-100) Formidable (F-80 Insignia de Dumanoir) a su estribor la fragata Cornelie (F-44) Duguay Trouin (F-80) Mont Blanc (F-80) y San Francisco de Asís (E-74).

Con viento oestenoroeste bonancible y fuerte marejada, los navíos se encontraban en precarias condiciones de maniobra, casi en facha y separados unos de los otros por un cable de distancia (183 mtrs.) en teoría, pues esta era la orden del Almirante, pero las dificultades de las condiciones marítimas hacían que esta separación fuera realmente ficticia.

El primer buque del Cuerpo Fuerte de la Armada cuyo centro eran los navíos Bucentaure y Santísima Trinidad, era el español San Agustín, sotaventado y separado al menos el triple de la distancia deseada. A distancia similar le seguía el Heros francés, en cabeza de la formación central.

Plano de Trafalgar

Hacia el mediodía, la columna de Nelson inició la ruptura de la línea por la popa del Bucentaure, mientras que la de Collingwood, algo mas adelantado, lo había hecho ya por la popa del Santa Ana.

El navío África de la flota inglesa, un poco retrasado con respecto a sus iguales, se dirigía recto como una flecha a incorporarse a la escuadra de Nelson con rumbo sur, pasando por la banda de babor de la vanguardia de Dumanoir. A este no le hacían falta señales para saber lo que tenia que hacer.

La lucha se generalizó. La vanguardia combinada, en su posición, solo podía cañonear a su paso al África, todos los demás estaban fuera de su alcance.

Como si no fuera con el, Dumanoir prosiguió su rumbo tras largar algunas andanadas inefectivas de sus siete buques para justificar que luchaba. Mientras tanto, Infernet se comía literalmente los puños de impaciencia, esperando ver la señal de su almirante para revirar e integrarse a una lucha verdadera en apoyo del agobiado centro de la escuadra.

Muy poco después contempló como Villeneuve izaba una señal ordenando a todos los buques, en general, para integrarse al combate y lógicamente pensó que, puesto que los únicos que no se vieron afectados en la lucha hasta ese momento eran los de vanguardia, Dumanoir acataría lo ordenado de inmediato.

Dumanoir declaro en el consejo de guerra del 30 de Septiembre de 1809 que ” hice la señal nº 5 ordenando a los buques que no tuviesen enemigos por el través para que fueran prontamente al fuego y poco después....hice la señal al Almirante que la vanguardia ya no tenia enemigos a quien combatir”. Dijo también: “Ningún navío ejecuto la señal”.

Se necesita más que caradura para decir eso, cuando en realidad no tuvo nunca enemigo a quien combatir. Se necesita, además, tenerla de cemento armado cuando después de casi dos horas de combate generalizado y de ver como Villeneuve izaba la señal inequívoca de que revirara la vanguardia en ayuda del centro, “poco tiempo después” (dos horas) ordenó el a los suyos virar cumpliendo esa orden. Dos horas de espera y otras dos que le costó arriar los botes y ayudarse de ellos para efectuar lo ordenado.

Para hacerlo, no se le ocurrió mejor cosa que pasar su navío insignia Formidable proa por el viento, cayendo a babor, seguido de sus obedientes Mont Blanc, Scipion y Duguay Trouin, poniendo así unas cuantas millas de distancia entre sus enemigos y su agobiado Almirante Villeneuve.

Pero dos de sus comandantes no esperaron más. El Neptuno de C.Valdés y el Intrépide de Louis A.Infernet hicieron exactamente todo lo contrario, reviraron por estribor porque evidentemente era la maniobra más apropiada si es que “de verdad” buscaban ir al combate. El viento era escaso pero ellos lo recibirían, poco o mucho, el que hubiera, por su popa incrementando así su velocidad de aproximación y buscando, lo que se dice el camino más corto para llegar junto a los desesperados y casi destrozados barcos del centro.

Se dice que, sorprendido Dumanoir, inquirió a Valdés que a donde se dirigía, viendo que no seguía su rumbo, a lo que el orgulloso español respondió : “Al fuego”. No se sabe que pudo decir Infernet pero probablemente añadiría algún despectivo taco en provenzal hacia su jefe, indignado y asqueado de ver la cobarde huida del mismo.

Lo que si dijo, en el consejo de guerra citado anteriormente fue lo siguiente:

“Vi con dolor que solo me seguía el navío español Neptuno, mientras que cuatro navíos franceses mantenían el viento por la amura de babor...”

Sin ser marino, solo hay que mirar el gráfico superior para observar que posibilidades de llegar antes en ayuda de Villeneuve hubieran tenido, si los barcos de Dumanoir o los de Infernet y Valdés. Si en vez de dos hubieran sido seis, los ingleses hubieran tenido mucho más difícil cortarles el paso, como pudieron hacer con los dos únicos valientes.

El Ministro de Marina Decrés fulminó con sus conclusiones a Dumanoir en el informe que remitió al Emperador, diciendo:

  • “Me parece evidente 1º) el contralmirante Dumanoir no debía haber esperado la señal para hacer virar a su escuadra en ayuda de Villeneuve. 2º) Debió de ejecutar la orden contenida en las instrucciones de su Almirante para acercarse al centro tan pronto como el orden fuese roto. 3º) El orden ya había sido roto desde el inicio de la batalla. 4º) Dumanoir no viro de bordo para socorrer a la escuadra del centro sino que continuo navegando por avante. 5º) Villeneuve no quiso deshonrar ni echar una mancha sobre su subordinado y por eso izó una señal general para que acudieran en su ayuda aunque algo más tarde se vio obligado, ya cuando estaba casi desarbolado, a ordenar directamente a su vanguardia que acudiera en su ayuda. 6º) Después de haber ejecutado esta señal, el contralmirante Dumanoir con cuatro navíos, maniobró de forma para pasar a barlovento del enemigo en lugar de ir directamente al fuego, como lo hicieron el Intrepide y el Neptuno, que al no ser socorridos, sucumbieron.”

Más claro el agua. Resumió su informe diciendo que “la única justificación de este oficial general podría presentar seria la imposibilidad de maniobrar de forma diferente”. Pero dos de sus barcos demostraron que si podía haberse hecho de forma diferente, solo que para eso se necesitaban mas arrestos y menos caradura.

Louis Antoine Infernet, fuera de si, indignado y temblando de ira, se lanzó sin más a cortar la columna de barcos ingleses que se interponían entre su nave y la de su Almirante. Con su segundo de abordo junto a el, el teniente de navío Francois Marie Philippe Boulet, los también tenientes Juan Guillaume Vistorte y Joseph Thomas Estrine se encargaron de preparar debidamente las baterías de ambas bandas mientras que el alférez de navío Auguste Gicquel y el capitán del Segundo de Línea Pierre Poussier se apostaban con los fusileros en la proa, listos para intentar un abordaje de ser posible.

Entre las tres y media y las cuatro de la tarde, el Intrepide navego imperturbable a un rumbo sursureste hasta que el Leviathán, cortándole la proa, se situó por su costado de babor al tiempo que el Conqueror, el Ajax, el Agamenon y el Orión le rodeaban por su estribor y por la popa. Cerrando el cerco, el Africa, algo mas distante, le cortaba la proa situándose por su través de babor. En menos que canta un gallo, el navío francés se encontró luchando en directo contra seis navíos de mayor porte, sin posibilidad alguna de escape.

El entonces Alférez de Navío Auguste Gicquel, testigo presencial, cita en sus memorias lo siguiente:

  • “El comandante Infernet, fija la mirada sobre el Formidable, esperaba que el almirante Dumanoir izara la señal de virar de bordo para ir al fuego. No aparecía la señal......El tiempo pasaba y la vanguardia se alejaba lentamente del campo de batalla. Pronto se hizo evidente que su jefe la llevaba fuera del combate.

  • Mientras el almirante Villeneuve tuvo un mástil para enarbolar una señal, ordenó a sus navíos virar de viento para acudir al fuego. Es cierto que por la calma y el oleaje esta maniobra era lenta y difícil de realizar, pero por lo menos había que tratar de hacerla.

  • Tengo que decir para vergüenza de los navíos de la vanguardia que no se hizo nada por obedecer las ordenes del almirante Villeneuve y vimos al Mont Blanc, al Scipión y al Duguay Trouin seguir al Formidable y alejarse lentamente sin haber recibido una bala.”

  • “Felizmente, el comandante Infernet tenia otro sentido del deber y del honor... Aunque estuviésemos directamente bajo las ordenes de Dumanoir, hicimos varias tentativas de revirar pero la escasa brisa y el fuerte oleaje volvía el navío insensible a la acción de su timón. En fin, finalmente logramos virar y exclamo el comandante con un vozarrón: Lou capo sur lou Bucentaure.”

  • “Quería, dijo el comandante, intentar salvar a Villeneuve, agrupar a los barcos que pudieran seguirle capaces de combatir... Era insensata la empresa, un pretexto que se daba a si mismo para seguir la lucha y para que no se dijera que el Intrepide había abandonado el campo de batalla mientras le sobrara un cañón y una vela.” (1)

Todos estos testimonios, la opinión de Decres y la este testigo presencial, deja nuevamente en evidencia la falsedad de los asertos de Dumanoir en su defensa, literalmente queda con el culo al aire.

Serian aproximadamente las 15.30 horas del 21 de Octubre cuando el Intrepide inició su desigual combate con los ingleses. Tras el primer intercambio de andanadas con el Leviathán (74) consiguieron desarbolarle del mastelero de gavia. Poco más se pudo hacer, el Leviathán, el Orion, el Agamennon y el Ajax que lo envolvían por estribor y por la popa, se ensañaron con el.

Caídos los palos de Mesana y el Mayor, a duras penas se mantenía el Trinquete para poder seguir gobernando el buque. La cubierta, barrida por los disparos era una carnicería, casi dos tercios de la tripulación yacía muerta o herida, las portas de las baterías arrancadas, hacia aguas por todas partes.

Algo después, según el testimonio del citado alférez Gicquel, se incorporó al bombardeo un tres puentes de 100 cañones ingles, el Temeraire, quien por su alto bordo y situado por el través a tiro de pistola, barría las cubiertas con sus terroríficas andanadas. El Orión se posicionó en su proa para largar de enfilada otra más devastadora y ante su proximidad, la dotación de proa, lista para el abordaje esperaba recibir alguna orden del alcázar para iniciar tan desesperada maniobra, pero no hubo ocasión ni posibilidad para ello.

Navio Temeraire

  • Pintura que representa el “Temeraire” en 1799. Pintura de Geoff Hunt.

Cuando el alférez Gicquel, encargado de la maniobra en proa se acerco al puente del alcázar para solicitar permiso en su intento de abordaje, se encontró a su comandante con un corto sable curvo en mano rebanando las manzanas de madera que adornaban la regala y sacando feroces astillas de las mismas.

  • - Comandante, dijo el citado, ¿es que quiere cortarme la cabeza?, al ver pasar muy cerca de su frente una peligrosa lamina de madera.....

  • - No, amigo, si no al primero que me hable de arriar el pabellón.

Cubriéndose tras la poderosa estatura de Infernet, atemorizado por las terribles andanadas que barrían las cubiertas, se encontraba un coronel de infantería. Infernet, al ver el temor del hombre, sonriendo le dijo: “Vamos, coronel, ¿me cree usted forrado en cobre?”

A pesar del trágico momento que se vivía, los presentes no pudieron por menos que echarse a reír.

Sobre el alcázar yacían los cadáveres de su segundo en el mando, el teniente Boulet y de su tercero, el también teniente Vistorte. Dos oficiales más estaban heridos de gravedad, el alférez de navío Victor Pouplain, que moriría a consecuencia de sus heridas poco antes de hundirse el barco y el aspirante de segunda clase Jean Baptispe Croce, quien logro sobrevivir rescatado por los ingleses.

Finalmente desarbolado del trinquete, sin apenas supervivientes aptos para el combate, desmontada casi toda su artillería y con las bombas incapacitadas para reducir el agua que les inundaba, Infernet tuvo que darse por vencido y arriar su bandera en señal de rendición, aproximadamente entre las 17 y las 17.30 horas de aquel nefasto día. Casi al mismo tiempo, se escucho la terrorífica explosión del Achille, que mandaba el capitán Danienport, ya muerto mucho antes del estallido de su buque y que prácticamente puso punto final a la batalla.

El comandante Infernet, herido leve en un hombro por un disparo de mosquete que le arranco la charretera, paso prisionero a bordo del Orion mientras una dotación de presa de unos 200 hombres procedentes del Britannia se hacia cargo del apresado navío. Se procedió a evacuar a los heridos que estuvieron en condiciones de hacerlo y una fragata inglesa dio remolque.

Cuando se desato el temporal que siguió tras la durísima batalla y que causo mas estragos, tanto a los unos como a los otros, que el propio combate, los intentos de salvar al buque se hicieron evidentemente infructuosos. Más de ochenta heridos incapaces de moverse fueron pasados a través de las portas a embarcaciones auxiliares inglesas antes de que cortaran las amarras y dejaran al pobre navío vencido a merced de las olas y de la suerte.

Siguiendo la versión del testigo presencial alférez Gicquel, cito aquí los últimos momentos del navío.

  • “Nuestra situación sobre el Intrepide se agravaba cada minuto. En medio de tanta sangre derramada y de tanto cadáver, el silencio solo estaba perturbado por el sordo rumor del oleaje y el borboteo que hacia el agua subiendo en la sentina. Comenzaba a anochecer y era fácil de prever que antes del amanecer se hundiría. Encontramos un farol que colocamos en la punta de una vara y comenzamos a agitarle para atraer la atención de cualquier barco que estuviera próximo a nosotros. Providencialmente, el Orión pasaba cerca de nosotros al alcance de la voz, le llamamos y mando una embarcación para socorrernos. Poco después, el Intrepide desaparecía bajo las aguas.”

Se hundió frente al islote de Santi Petri a una profundidad estimada de unos 30 mtrs.

  1. Notas:
  2. Recuerdos de un marino en Trafalgar, por Auguste Gicquel.
  3. Deseo agradecer la generosa colaboración e información que me ha proporcionado 22Leviathan sobre la biografia de Louis Antoine Infernet y los testimonios de Auguste Gicquel.

 

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Luis Rodríguez Vázquez ha escrito "La historia encadenada". Esta narración pretende, en forma desenfadada, con un enfoque coloquial y algo sarcástico pero en su fondo tierno y protector, describir la epopeya de unos hombres del mar y de sus barcos que consiguieron para su amado pais los postreros destellos de respeto y admiración ante sus enemigos.