El motín en el navío San Juan Nepomuceno

La Real Armada de finales del siglo XVIII y principios del XIX tenía más problemas que ninguna otra de las principales marinas del mundo. España estaba en el "ranking" de marinas de guerra bien posicionada, más que nada por el número de bajeles, no por la calidad de los que en ellos iban embarcados. No es este el lugar para explicar la decadencia a la que estaba sometida la añeja institución. Si han leído algunos de nuestros artículos sabrán ya de qué les hablo. De forma muy resumida les diré que no había ni dinero ni marineros; y sin estos ya se sabe...

El caso es que a pesar de tal paupérrimo estado a todos los niveles, la Armada española nunca tuvo un serio disgusto con los motines. Hubo insubordinaciones, por supuesto, las hay documentadas y no eran raras. Pero lo que se dice motín a bordo, apenas hubo casos. Y eso que había motivos suficientes, incluso para los oficiales, que llevaban meses sin cobrar nada. Pero estos, no podía ser de otra forma, tenían el deber y el honor por encima de las necesidades más básicas como para tirarlo todo por la borda, y nunca mejor dicho. Así pues, la marinería hubiera sido el candidato ideal para producir la chispa de la amotinación en cualquier momento. Miren sino el caso británico: en principio tenían mejor paga que los españoles y podían sacar provecho de verdad de los botines que capturasen sus buques, y sin embargo fue la marina de la época que sufrió más motines, hasta escuadras enteras.

Es por ello que si en un buque español de guerra había alguna vez un motín, este debía ser protagonizado, o al menos tener el visto bueno, de la tropa embarcada.

¿Por qué ellos se amotinaban y nuestra marinería que sufría también lo suyo, no? Pues porque los británicos se pasaron navegando mucho tiempo bajo unas condiciones muy duras. Hubo buques que llevaban años sin dar permiso a sus tripulaciones para ir a ver a sus familias y la disciplina era tan rígida que propiciaba los motines. Creo, y es una suposición personal, que lo que salvó a los españoles, y franceses en definitiva, de sufrir más motines, fue que sus escuadras no navegaron lo suficiente al estar casi siempre bloqueadas en puerto. En un puerto, con la posibilidad de que llegararan refuerzos para sofocar motines, era impensable que una tripulación se alzase contra nadie. Si la Armada española hubiera tenido a sus buques en constante navegación como los británicos, hubiera tenido una marina de primera, pero también habría sufrido más casos de amotinamiento. Mantener mucho tiempo un buque en alta mar, y más si era de guerra, significaba tener a los hombres en constante disciplina y sacrificios, con la tensión que eso acarrea. Los británicos no eran los mejores marinos porque sí. Llevaron a sus hombres al límite para conseguirlo y eso alguna vez pasaba factura. Era el precio que había que pagar por ello.

Otra de las razones pudiera ser el elevado número de soldados, de marina o del ejército, embarcados en los buques. En una proporción mayor a la británica e incluso francesa. El motivo: la falta de marinería que era suplida por los soldados. En un navío español de 74 cañones, que por ordenanza debía llevar un centenar de infantes de marina, llevaba en realidad más de dos centenares largos de tropa de marina o del ejército, siendo por tanto una fuerza considerable respecto a la marinería que al contrario que los soldados no iba nunca armada, excepto en caso de combate. No olvidemos que uno de los cometidos de la guarnición de un buque era la vigilancia del mismo y protección de la oficialidad ante los movimientos sediciosos que pudiera haber entre la marinería, con los que nunca se mezclaban tal y como mandaban las ordenanzas, para evitar el compadreo. Es por ello que si en un buque español de guerra había alguna vez un motín, este debía ser protagonizado, o al menos tener el visto bueno, de la tropa embarcada. No es casualidad que los dos motines que hubo en la época de la vela en la Armada española fueran iniciados por soldados y no por marineros. Nos estamos refiriendo a este que les traigo hoy, ocurrido en agosto de 1805 y el posterior de 1825 del navío Asia.

El motín en el navío San Juan

Bien, entremos en materia. Faltaban dos meses para la Batalla de Trafalgar. El San Juan Nepomuceno era un rápido y hermoso navío de línea de 74 cañones, que gracias a su buen andar era utilizado muchas veces como buque de caza u observación. En agosto de 1805 estaba bajo el mando del brigadier don Cosme Damián Churruca, uno de nuestros marinos más respetados con una amplia trayectoria a sus espaldas.

El San Juan formaba parte por entonces de la escuadra del Teniente general don Francisco de Grandallana que acudió al Ferrol para unirse con la maltrecha escuadra combinada de Villeneuve, que regresaba de su viaje oceánico y que el 22 de julio había combatido contra una escuadra británica bajo el mando de Calder sobre Finisterre. Grandallana acudió con los siguientes buques: Príncipe de Asturias, Neptuno, San Juan Nepomuceno, Monarca, San Francisco de Asís y San Fulgencio, y los franceses del contralmirante Gourdon, Redoutable, Fougueux, Argonaute, Héros, Duguay-Trouin y el bergantín Observateur. Se unieron a Villeneuve y el 13 de agosto se fueron todos a Cádiz en una maniobra que a Napoleón le causó hondo disgusto, pues con ella se acababa su sueño de invadir Gran Bretaña.

Churruca, durante el trayecto diría sobre su navío "... se ha notado que es uno de los más veleros de la escuadra en todas posiciones". Lo que le hizo ser destacado en caza junto a las fragatas y el navío francés Achilles, también muy buen velero.

Cerca de Cádiz, el 19 de agosto, y estando con su escuadra de observación dando caza a una fragata de guerra británica, es decir en zafarrancho de combate, ocurrió lo que les cuento a continuación.

Navío San Juan Nepomuceno navegando

  • "Navegando hacia Poniente", Pintura de Carlos Parrilla. Una escuadra española navegando con el San Juan Nepomuceno en primer plano.

Aquella tarde, cuando todavía las mechas estaban encendidas y toda la tripulación estaba en sus puestos de combate, algunos miembros de la tripulación correspondientes a los cañones proeles (más a proa) de la segunda batería (con los cañones de a 18 libras) vació las ollas que había en el fogón y que, a consecuencia del zafarrancho de combate, habían sido debidamente apagados como había que hacer en esos casos. Asímismo, los tripulantes que estaban en sus puestos en los cañones 13 y 14 de la primera batería (con cañones de a 36 libras), también se hicieron con los efectos del rancho que pertenecían a los suboficiales de mar y que se encontraban en la caja del agua. Es decir, en pleno zafarrancho aprovecharon para abandonar momentáneamente sus puestos para robar. Eso, ya de por sí, era un delito grave y se castigaba con dureza. En la marina británica se daban azotes con el acusado puesto en un enjarretado. En la Armada los azotes se daban con el acusado puesto sobre un cañón o en una carrera de baquetas, donde los propios compañeros le azotaban. Seguramente, si el delito hubiera sido solo el abandono del puesto, aún siendo en zafarrancho de combate, habrían sido azotados y no enviados a un presidio. Pero aquello no había hecho más que empezar.

Churruca no se enteró de aquello hasta que él mismo suspendió la caza de la fragata de guerra (que escapó) y mandó retirarse a la gente de sus puestos de combate. Una vez enterado mandó llamar a los ranchos de los proeles de la segunda batería y los dos de la primera que habían estado implicados en el robo. El comandante explica entonces:

  • "Entre estos cinco ranchos había uno sólo de marinería en el 15º cañón de segunda batería, cuya gente acusó a la tropa de marina del 13º y 14º de haber vaciado las ollas, y robado la cena de los oficiales mayores; pero estos últimos estuvieron negativos como los de la primera batería que también eran tropa de marina, y en toda aquella noche y el día siguiente hice diligencias aunque infructuosas, para descubrir los verdaderos reos; considerando que no podía ni debía dejar impune un delito que era gravísimo por las circunstancias en que se cometió; y reflexionando por otra parte, que una corrección fuerte no era prudente sobre un crecido número de hombres entre los cuales podía haber muchos que fuesen inocentes, algunos testigos que no querían declarar la verdad, y tal vez pocos reos; les intimé que quedaban todos privados de la ración de vino hasta que ellos mismos no descubriesen los verdaderos culpados, para que sobre estos sólo recayese el castigo conveniente"

Es importante destacar que la mayoría de los encausados eran tropa de la guarnición de marina y que hicieron piña al ser acusados por los marineros. La división entre marinería y tropa se buscaba precisamente para eso: para que nunca se pudieran poner de acuerdo, sobre todo en un motín.

Se les privaba pues de la preciada ración de vino, una de las pocas alegrías que tenían a bordo, lo cual no era baladí como pudiera parecer, hasta que se descubrieran a los culpables. El día 21 empezó la prohibición, siendo cuarenta y dos hombres los castigados con tal privación. Todos eran soldados de los batallones de infantería de marina. Aquí tenemos un gran problema para los oficiales, puesto que los garantes de la seguridad del buque y en los cuales recaé el peso de hacer cumplir las órdenes de los mandos, los soldados, no tenían una actitud acorde a lo que se esperaba de ellos. Se parecían más a unos marineros descontentos.

Al tercer día de la privación de la ración de vino, el 24 de agosto, Churruca recibió una notificación de la Mayoría de la escuadra, diciendo que habían recibido una instancia de tres soldados de marina del San Juan quejándose de la dudosa legalidad de aquel castigo, tratandolo de injusticia por parte de su comandante. Dichos soldados eran: Simón Pérez, Dionisio Balderrábano y Pedro Bengaza. Aunque sólo el primero lo firmaba, aunque expresando en la antefirma que lo hacía en nombre de todos. Aquel recurso de agravio había sido conducido al navío Argonauta (insignia de Gravina y de la escuadra española y donde estaba embarcada la Mayoría general) por parte del cabo segundo de marina Juan Valdés, que a consecuencia de aquello (y de los actos posteriores que se verán) quedó arrestado y asegurado con un cepo. Aquellos soldados se habían saltado la sagrada cadena de mando y habían pasado por encima de su comandante al expresar su queja, quitándolos por tanto el derecho a ejecutarla. Churruca, aún así debía responder a la Mayoría general y explicar todo aquello. Para poder hacerlo con exactitud, el comandante mandó al Alférez de fragata don Benito Bermúdez de Castro, encargado del Destacamento de Marina, que preguntase escuadra por escuadra, si efectivamente habían autorizado a los tres soldados que se nombran en el memorial a elevar una queja al navío insignia sin consultar con el propio comandante del San Juan. La investigación del Alférez de fragata dio como resultado que de todos los soldados de marina, sólo nueve confesaron haber estado de acuerdo en mandar la queja, con la curiosidad de que dos de los mismos (Eustaquio López y Francisco Gay) no estaban castigados por la privación de vino. Los demas soldados dijeron no saber nada de aquel asunto.

Estaba claro que entre los soldados había malestar por lo que ellos creían un castigo impuesto sin haber sido escuchadas sus excusas. Aquellos mismos soldados debían saber que en un buque de guerra se regía por unas severas reglas y que el abandono de su puesto en combate era un catigo grave. Tuvieron suerte de no estar en un buque británico pues de haber sido así, les habían castigado con algo más que una simple privación de vino. Churruca obró con demasiada condescendencia y aquello, como se verá, le pasaría factura. No se trata de haber caído en el bestialismo que muchas veces imperaba a bordo en forma de arbitraria disciplina, pero no hay que olvidar que abandonar un puesto de combate en un buque de guerra no podía haber quedado como una mera falta. Un oficial implacable era igual de nefasto que uno demasiado permisivo.

El día 27 de agosto, a las nueve de la mañana, estando de segundo de la guardia de aquel día el mismo alférez de fragata Benito Bermúdez de Castro, se encontró con una clara insubordinación. En concreto la del soldado de marina Simón Pérez, el mismo que había firmado la queja a la Mayoría general. Según el oficial, el soldado se dirigió a él pidiéndole su ración de vino. El alférez de fragata se negó, aduciendo que sólo en comandante podía acceder a aquello. Simón no sólo dijo en voz alta en el alcázar que aquello era una injusticia, algo que ya de por sí era una falta de indisciplina, sino que afirmó que en aquel buque no había justicia alguna. El oficial le mandó retirar, pero Simón siguió murmurando y se negó a irse. Aquello ya eran palabras mayores. Una insubordinación en toda regla, con un castigo acorde. Sin embargo, el alférez de fragata se limitó a darle dos fuertes empellones para echarlo del alcázar. Al momento llegaron otros dos soldados de marina, Domingo Balderrábano y Antonio Antelo, con la misma solicitud que Simón Pérez siendo contestados en los mismos términos que a este por el oficial. Estos no se achantaron y siguieron con lo suyo, lo que llevó al alférez de Castro a amenazarlos con darlos de palos si no se subordinaban de inmediato, a lo que los soldados replicaron con que ellos no sufrirían castigo alguno. Supongo que el alférez se quedaría a cuadros ante aquel inesperado panorama: tres soldados negándose no sólo a obeceder sino que se atrevían a contestarle. El oficial entonces ordenó apresarlos y asegurarlos con el cepo.

Pero de la tropa de marina que estaba en el alcázar y que debía apresar a sus propios compañeros insubordinados, salieron voces diciendo que no se podían castigar a aquellos soldados. Unos cuantos de ellos saltaron entonces al combés y se dirigieron a la primera batería, donde tenían sus armas.

Churruca, mientras tanto, estaba en su cámara ajeno a todo aquello. Se encontraba en mangas de camisa, escribiendo precisamente el informe para la Mayoría general sobre el robo del día 19. Fue entonces cuando llegó el alférez de Castro a informarle que parte de la guarnición de marina se había sublevado. Estos pertenecían a la quinta compañía del 2º y la sexta del 12º de los batallones de Marina que guarnecían el San Juan. El comandante debió sentir un escalofrío al oír aquello. Si los soldados se amotinaban, ¿quién les iba a ayudar a sofocar la rebelión? La marinería estaba descartada porque la mayoría era bisoña y estaba desarmada. Churruca se entretuvo buscando su casaca, para salir con aire marcial. Pero el segundo del Nepomuceno, el capitán de fragata don Francisco Moyúa, estuvo pronto a las circunstancias y salió raudo al alcázar, llevando tan solo una pistola descargada que fue el arma que más a mano encontró en ese momento. Allí supo que los amotinados se habían refugiado a la oscura primera batería y allí se fue. Cuando por fín salió Churruca vio que la guardia ya sobre las armas, vigilando las escotillas y escalas altas para evitar que salieran los sublevados. Además de aquellos hombres armados, también había mucha tropa de marina sin armas. Churruca les intimó en nombre del Rey la ejecución de muerte en el acto contra cualquiera que no obedeciera en el momento cuando se lo mandase él o alguno de sus oficiales. La tropa en general dio vivas al Rey y que estaban al lado de su comandante. Incluso algunos soldados de marina, los más viejos y veteranos, con lágrimas en los ojos, le suplicaron a Churruca que intercediera por la vida de los sublevados, puesto que según ellos no sabían lo que estaban haciendo. Este les aseguró que si se sometían de inmediato haría todo lo posible porque no les castigaran con la muerte, como estaban ya predestinados ante aquella falta gravísima.

En el alcázar le hicieron saber que los sublevados se hallaban en la primera batería con las armas en la mano y que no las dejarían hasta que el comandante o el general de la escuadra fuera a verlos. Churruca fue hacia allí y se encontró en una de las escalas con en teniente de navío don Juan Matute, quien informó a su superior que los soldados habían dejado las armas y se disponían a subir sin ellas.

Mientras eso ocurría, el segundo de abordo, el capitán de fragata don Francisco Muyúa, se había dirigido a la segunda batería, donde desarmó a un soldado de marina que estaba impidiendo a la tropa de los voluntarios de la Corona (un cuerpo del ejército que se hallaba como refuerzo de la guarnición a bordo) tomar sus armas para sofocar la rebelión. Después de aquello Moyúa bajó al entrepuente y se encontró con otro soldado de marina que estaba sobre la escotilla mayor con su sable en la mano, amenazando con que los soldados que allí se encontraban armados no tirasen sus armas. El capitán de fragata se dirigió pues a este primeramente, al ser el que parecía llevar la voz cantante. Rodeado de soldados armados, Moyúa le intimó a que le diera el sable, lo que este rehusó por dos veces. A la tercera, el oficial montó la pistola, sabiendo que estaba descargada, para dar más énfasis a la amenaza. El soldado envainó el sable, pero se metió a toda prisa a estribor, entre la tropa que les rodeaba. El segundo, lejos de acobardarse, se metió de llenó a buscarlo, intimando a todos aquellos soldados a que dejaran las armas. Los soldados empezaron a vociferar sobre la injusticia del alférez de Castro. Moyúa les dijo que con aquella actitud iban a perder toda clase de razón en sus quejas y que era mejor que depusieran las armas. Acto seguido llamó a los sargentos y cabos de infantería de marina para que desarmaran a sus hombres, pero no apareció ninguno. No obstante, terminaron por dejar las armas y fueron hacia el alcázar como se les había ordenado. Fue entonces cuando el teniente de navío Matute le informaba a Churruca de lo acontecido.

O lo que es lo mismo, el responsable de la tropa de marina, el ya conocido Bermúdez de Castro, parecía extralimitarse con sus hombres.

Moyúa, lejos de conformase, se dirigió a proa de aquella segunda batería para ver si se había escabullido alguno. Preguntó al centinela de artillería de marina, que guardaba el acceso al pañol de pólvora, si había gente en el sollado. Este le dijo que estaba él solo y otro de marina. También había un voluntario de la Corona que estaba de centinela en la escala inmediata del entrepuente. Por lo tanto, Moyúa ordenó a los tres soldados que no permitieran bajar a nadie por allí. Luego supo que el soldado de marina que allí estaba había sido puesto por los amotinados.

El capitán de fragata siguió con su inspección y se fue a popa, donde descubrió a algunos amotinados con armas en la mano. Estaba también el alférez de fragata Benito Bermúdez de Castro, quien exigía a los soldados que le entregaran sus armas. Uno de estos se negó a obedecer mientras no lo hicieran sus compañeros y Moyúa le replicó que fuera entonces él el primero en hacerlo. Todos dejaron las armas y subieron al alcázar para reunirse con el resto de los amotinados.

Allí, ya desarmados, Churruca les preguntó el por qué de aquella insubordinación. Los soldados más atrevidos, Simón Pérez, Bernardo Galán y Blas Alonso dijeron que habiendo publicado el comandante unas Instrucciones de policía y disciplina arregladas a ordenanzas, en la cual les hacía saber sus obligaciones, y las penas correspondientes a las diversas faltas que pudieran cometer, se habían conformado y se conformaban gustosos con ella; pero que no se podían resignar a otros castigos, como la privación última de su ración de vino y las palizas que hacía dar su Alférez por quedarse de noche en tierra, habiendo corrección determinada para esta última falta. O lo que es lo mismo, el responsable de la tropa de marina, el ya conocido Bermúdez de Castro, parecía extralimitarse con sus hombres, castigándolos de formas que no eran reconocidas en las ordenanzas. Se supone que mucho más duras.

Churruca lo justificó aduciendo que el abandono de los puestos de combate para robar ni él mismo lo hubiera creído posible entre sus hombres y que por eso no lo había previsto en la instrucción y de ahí la necesidad de castigarlo con una pena no tipificada como era la privación de vino. El comandante les explicó que lo de los palos habían sido dados a los vendedores de ropas por haber vendido prendas de munición, vicio reconocido por ellos antes de su embarco en aquel navío, puesto que lo tenían anotados en sus libretas (estas libretas eran el historial de cada hombre y que tenían que presentar en cada nuevo embarco). Eran soldados acostumbrados al trapicheo que no debieron llevar muy bien que se les acabara el negocio.

El comandante dice entonces: "Vista la cavilosidad y mal carácter de estos soldados, que sin embargo se sometían pidiendo que hiciese yo lo que gustase de ellos, les pregunté si querían ser oídos y juzgados en un Consejo de Guerra; me rogaron que los castigase yo y que no los abandonase a la justicia de V. E, de la cual no podían dejar de esperar el castigo correspondiente al atentado que habían cometido".

Los amotinados no eran tontos. Sabían que si iban al Consejo de Guerra les caería la pena de muerte sin ninguna duda. Sólo con el arbitrio favorable de su comandante podían conmutar la pena capital por otra que no les conllevara la vida.

Churruca se comprometió a interceder por ellos, explicándoles que aún así aquello no podía quedar sin castigo. Así fueron puestos al cepo los tres soldados que empezaron la rebelión. Todos los soldados se sometieron a la disciplina y a la obediencia inmediata. Para no perder el tiempo escribiendo un informa, Churruca pasó al Argonauta para contar al general Gravina todo lo sucedido por propia voz.

  • "Desde el primer instante de este movimiento insurreccional, acudieron todos los oficiales con el mayor celo a contenerlo; el Guardia Marina habilitado de Oficial, don José de Apodaca, que se hallaba en la cámara baja, comisionado por ellos se embarcó en un bote que había por la popa, descolgándose por los cañones del timón para avisar esta novedad al navío inmediato, que era el “Príncipe de Asturias”, de donde vino inmediatamente un oficial a ofrecerme auxilio, que no eran ya necesarios en atención a estar ya apaciguado el motín; pero no puedo elogiar bastante la bizarra conducta del Capitán de Fragata D. Francisco de Moyna, que arrojándose el primero en medio de los treinta o cuarenta sublevados, pudo reducirlos con su valor y prudencia a que dejasen las armas, sin efusión de sangre, y sin dar tiempo que los sometiese la fuerza; por lo cual espero lo recomendará V. E, a la piedad del Rey.

    Los Sargentos de la guarnición que se me presentaron todos en el Alcázar; toda la tropa de Voluntarios de la Corona corrió a tomar las armas por un movimiento espontáneo, y digno del mayor elogio, para auxiliar a sus Jefes; la de Marina que se hallaba de guardia, las tomó igualmente y concurrió a defender las escalas; y el resto de este destacamento que no había tomado parte en el motín, se mantuvo quieto y sin armas, habiéndose reunido en el Alcázar".

Pero ahí no acabó la cosa.

La misma tarde del día 27 de agosto, el comandante se enteró (¿chivatazo?) que algunos corrillos de soldados de marina estaban planeando sacar por la noche, cuando todos durmiesen, a los tres principales encausados del cepo en el que estaban. Churruca entonces se preparó a conciencia para evitar un segundo amotinamiento, que esa vez sí podía ser grave en caso de triunfar.

Para empezar, puso en alerta a los soldados del ejército, los voluntarios de la Corona, que habían demostrado ser fieles sin fisuras. Redobló los centinelas, poniéndo a estos en todos los lugares importantes y dotándolos de sables de la dotación. Además, hizo traer con el máximo sigilo del Príncipe de Asturias, cartuchería y pistolas. Así todos los voluntarios de la Corona cargaron sus fusiles. Se dieron pistolas a todos los oficiales de guerra y sargentos. Todos ellos rondaron durante toda la noche y recogieron las armas de la infantería de marina, incluso de los de la guardia, ya que entre ellos había varios sospechosos. Por la mañana se introdujo un fuerte destacamento armado de voluntarios de la Corona y se cerraron todas las escotillas para que nadie pudiera escapar al sollado. Se hizo entonces el zafarrancho a la hora ordinaria y estando toda la tropa de marina lista para pasar revista, sin armas, salió Churruca y los oficiales de guardia al alcázar como de costumbre. Estando en ello, Churruca llamó a los voluntarios de la Corona que acudieron prestos con sus armas a apoyar a su comandante. Estos habían estado en la toldilla, antecámara y castillo esparcida como por casualidad para que no lo sospecharan los de la tropa de marina. Rodearon a estos de forma amenazadora y Churruca llamó a los insidiosos que habían estado preparando la segunda revuelta. Les pidió explicaciones, uno a uno, y estos no sabiendo qué contestar fueron detenidos ante un sobrecogedor silencio en todo el navío.

Desde el navío insignia se solicitó que los encausados fueran derivados al Arsenal de la Carraca. En la lancha del navñio fueron acomodados, bajo escolta, tres cabos y treinta soldados de marina, sospechosos todos ellos. Churruca, teniendo formados al resto de la tropa y marinería, les exhortó a la obediencia, lo que todos contestaron al unísono con la promesa de la máxima sumisión y gritando Viva el Rey.

Algunos de los reos, antes de embarcar en la lancha, le aseguraron a Churruca que los más culpables quedaban en el navío, aunque se negaron a declarar quienes eran. Es por ello que el comandante siguió con sus pesquisas para sacar de una vez por todas a los amotinados de su buque. Así descubrió a siete soldados más que se habían librado, entre ellos al cabo segundo que había llevado la queja al Argonauta, aunque no fue de los que tomaron las armas aquel día.

Churruca termina su informe de la siguiente manera:

  • "No confío todavía en haber evacuado el Destacamento de Marina de todo lo malo que hay en él, pues puede quedar aún algún resto de la funesta semilla derramada por los hombres perversos remitidos al Arsenal; ni creo conveniente que quede en un buque una tropa que ha recibido las lecciones de aquellos, oídos sus discursos y visto un atentado de que no hay ejemplo en los bajeles del Rey ni en sus tropas de Marina; por tanto, me ha parecido prudente no restituir sus sables a dicha tropa hasta que V. E. me lo ordene, o disponga lo que le pareciere conveniente, respecto a que están también sin ellos los Voluntarios de la Corona.

    Nuestro Señor guarde la vida de V. E. muchos años. A bordo del navío “San Juan Nepomuceno” en la Bahía de Cádiz a 30 de agosto de 1805. Excmo. Sr.-Cosme de Churruca (rubricado).- Excmo. Sr. don Federico Gravina.”

Churruca, preocupado de que su nombre quedara asociado al de un mando con un rigor excesivo en sus hombres, intercedió por la vida de todos los amotinados, lográndoles salvar la vida ya que no había habido derramamiento de sangre, aunque no les pudo ahorrar las penas de cárcel.

Por Real Ordenanza, con fecha de 2 de octubre, se resolvió que los delincuentes pasaran ocho años en presidio y que la guarnición del San Juan se reformara, repartiéndose sus individuos en otras compañías y suprimiendo las que pertenecían los soldados que habían delinquido.

Dos meses depués de aquello morirían valientemente en Trafalgar Churruca, Moyúa y un centenar largo de tripulantes del San Juan Nepomuceno.

  • Fuentes:
  • - La Campaña de Trafalgar (1804-1805). Corpus Documental. José Ignacio González-Aller Hierro.
    - Navío San Juan Nepomuceno. Sus campañas. Artículo de Santiago Gómez.