La última misión del HMS Kingston, 1763.

A principios del verano de 1762, en un bando aparecido en las calles de Londres, se solicitaban tripulantes aventureros para una expedición, asegurando "libertad absoluta para el saqueo". La expedición tenía un destino, el Río de la Plata. El Almirantazgo de acuerdo con esta actividad corsaria proveyó los fondos y con el aporte de juntas comerciales del imperio se fletaron dos buques el HMS KIGNSTON, bautizado luego como "Lord Clive", un navío de sesenta cañones, construido por Bassel en Hull, en 1697, y la fragata "Ambuscade", de 40 cañones. Ambas embarcaciones fueron puestos a las órdenes del Capitán Robert Mac Namara, un oficial de la East India Company. Ambos navíos partieron para Lisboa en agosto de 1762, donde se le unieron otras dos naves, una de ellas la Fragata portuguesa "Gloria" y seiscientos hombres más.

navios
El HMS Kingston era un navío de línea de 60 cañones muy antiguo, parecido al de la imagen.

La flota arribó a Río de Janeiro donde por disposición del Conde de Bobadela, se le agregaron cinco naves auxiliares y cuatrocientos marineros. El 15 de diciembre , ya todo dispuesto en un plan perfectamente concebido, la flota parte de Río de Janeiro rumbo al Río de la Plata, para atacar  Buenos Aires. Haría un previo paso por Colonia, que todavía creían en manos portuguesas.

El ataque

La nave insignia de la flota "Lord Clive" era una veterana guerrera de la Armada Inglesa con más de 60 años en sus cuadernas. Había tomado parte de la captura de Gibraltar en 1704, Vélez y Málaga en 1709 y Gaspe en 1711, todas posesiones españolas. Había sólo transcurrido en Portsmouth en 1740, participando en los combates de Tolón (1744), Menorca (1756) y en la toma de la Bahía de Quiberón en 1759. Toda su campaña la había realizado como HMS Kinsgton, su nueva y última etapa, llevaría otro nombre "Lord clive". El Capitán Mac Namara reunido con su plana mayor, una vez ingresados en el Río de la Plata y dejada Montevideo en la estela, la tarde del 5 de enero de 1763 decide el plan de ataque, que debía de realizarse no bien amaneciese el día 6. Ya habían tenido información de que la plaza estaba en manos españolas, al cruzarse con una lancha portuguesa, que había consumado el fallido ataque al puerto. El día clareaba con un cielo limpísimo y elevada temperatura.

Era día de Reyes y Mac Namara previó que la población estaría entregada a la liturgia que se celebraba en la festividad católica. Acercó a la formación y se adelantó con su navío, teniendo a vista de catalejo la pobre ciudadela, donde no observó movimiento alguno. A las 06:00 en punto disparó el primer cañonazo, que levantó una furiosa polvareda y una nube blanca que se elevó al cielo, al dar de lleno a un terraplén de defensa. Bastó este primer disparo, para que un atronador cañoneo que se prolongaría por cuatro largas horas pusiera fuera de batalla al "Lord Clive" que recibíó varias andanadas declarando un incendio que corrió de popa a proa, en el cual murieron doscientos setenta y dos tripulantes, incluido el Capitán Mac Namara. Sólo setenta y ocho marineros se salvaron, lanzándose al agua y ganando la costa a nado entre un infierno de metralla. Los que lograron alcanzarla, fueron apresados por los españoles.

ataque frustrado
Los acertados disparos de la costa acabaron con el nav ío.

Las fragatas Ambuscade y Gloria, maltrechas y en rápida fuga se alejaron de la línea de fuego, para volverse a Río de Janeiro con el sabor amargo de la derrota. La fragata Ambuscade, casi deshecha, acabó siendo abandonada allí. El Lord Clive consumido por el fuego y las explosiones de la Santa Bárbara desapareció bajo las aguas. Los náufragos fueron inmediatamente interrogados por las autoridades y luego de un sumarísimo juicio, los oficiales fueron ahorcados sin miramientos en la plaza del fuerte, ya que por su condición de corsarios dedicados al pillaje no eran vistos como prisioneros de guerra, si no como vulgares piratas. El resto, la mayoría tripulantes sin rango, fueron trasladados a Buenos Aires e internados en el interior del país, muy lejos de la capital. Cevallos, persuadido de que éste no sería el último intento, dispuso una férrea custodia de los súbditos ingleses y portugueses afincados en la ciudad. Con este último acto de los españoles, el poderoso navío "Lord Clive" entraba en el olvido por más de 240 años y las oscuras aguas del Río de la Plata fueron su celosas guardianas hasta que un equipo argentino de buceadores encontró sus restos, los cuales están siendo investigados en sucesivas inmersiones en la actualidad.