Don José María de Torres del Campo (1756-1818), o el pundonor de un capitán de navío.

La figura de don José María Torres y del Campo (1762-1818), capitán de navío de la Real Armada, es una de tantas a las que el tiempo ha sumido en el olvido, sin embargo de ser su vida un tanto extraordinaria, y sin duda muy digna de conservarse su recuerdo en los anales de nuestra Marina de Guerra. Porque Torres, tras alcanzar en la Real Armada mandos superiores, perdió sus empleos a consecuencia de la desgraciada batalla el cabo de San Vicente (1797) y se vio forzado a emigrar a la Nueva España, donde por sus propios méritos de guerra alcanzó de nuevo el empleo de oficial superior de los Reales Ejércitos.

La afortunada amistad de un historiador naval español, y de un investigador mexicano -descendiente directo además de aquel digno oficial- ha proporcionado la ocasión y los medios de reunir en los archivos de ampos países algunas noticias sobre la vida de don José María de Torres, quien alcanzó tanto en la Península como en la Nueva España méritos notables en el servicio del Rey. Agradecemos al notable investigador Licdo. Fernando Muñoz Altea su amable auxilio a la hora de localizar algunos documentos en los archivos mexicanos.

Don José María de Torres y del Campo nació y fue bautizado en Sevilla, en la parroquia de Santa María la Blanca, el domingo 11 de mayo de 1756, siendo hijo primogénito de los también sevillanos don Diego de Torres Licht (1712-1773), Veinticuatro de Sevilla, alcalde de la ciudad por el Estado Noble y maestrante de la Real Maestranza de Caballería sevillana (1747); y de doña Ana María del Campo y Rodríguez de Salamanca. Pertenecía nuestro oficial, por ambas líneas paterna y materna, a ilustres familias sevillanas: su abuelo, su bisabuelo y su tatarabuelo paternos vistieron el hábito de la Orden Militar de Santiago, mientras que su madre era hermana del general don Nicolás del Campo, primer Marqués de Loreto (1765), que sería el tercer virrey del Río de la Plata entre 1783 y 1789 (1).

Tuvo don José María seis hermanos: don Diego, nacido en Sevilla en 1742, que fue capitán de Dragones de Pavía, maestrante de Sevilla en 1765 y caballero de la Orden de Santiago en 1767 (2); don Nicolás, nacido en Sevilla en 1760, que fue guardiamarina de la Real Armada desde agosto de 1774 (3); don Andrés, doña Luisa; doña Manuela; y doña Josefa, que fue monja en el convento sevillano de la Madre de Dios.

Como tal vástago de una ilustre familia, debió recibir la esmerada educación propia de las personas de su clase en aquella época. Y contando trece años de edad salió de la casa paterna para servir la plaza de guardiamarina de la Real Armada que había obtenido en el verano de 1769 (4).

Conocemos perfectamente la brillante carrera de don José María de Torres desde su ingreso en la Real Armada, gracias a un relato pormenorizado hecho por él mismo en 1799, para acreditar sus méritos ante el consejo de guerra que juzgaba su conducta en la desgraciada batalla del cabo de San Vicente (5).

La resumiremos así: en junio de 1773 embarcó como guardiamarina en el navío Monarca, con el que navegó a Barcelona, Génova y Nápoles.

En octubre de 1773 trasbordó al jabeque San Antonio, de la escuadra de Barceló, con el que durante un año navegó en corso por todo el Mediterráneo, haciendo sus primeras armas en combate con una barca argelina de doce cañones y un londro, que capturaron y condujeron a Cartagena. Alférez de fragata en noviembre de 1774, pasó al jabeque San Luis, con el que participó en los socorros de Melilla -allí batieron dos veces durante cuatro horas las baterías moras- y de los peñones de Vélez de la Gomera y Alhucemas, y en la expedición de Argel (1775), donde de nuevo entró en fuego contra dos jabeques argelinos. Un año más tarde era alférez de navío y trasbordó al jabeque Pilar, con el que continuó navegando en corso, pasando luego al navío Vencedor (1777).

Tras su ascenso a teniente de fragata embarcó en el navío San Leandro, dedicado al corso en aguas del cabo de San Vicente, pasando en 1778 al navío Septentrión, con el que cruzó el canal de la Mancha y arribó a Brest, regresando al Ferrol. En 1780 embarcó en uno de los grandes navíos de la Real Armada: el Concepción, de tres puentes, que unido a la gran escuadra combinada del general Córdoba navegó frente al cabo de San Vicente.

Ascendió a teniente de navío en julio de 1781, embarcando sucesivamente en las fragatas Juno y Gertrudis, y en el jabeque Mallorquín, con cuyos buques hizo la campaña de reconquista de la isla de Menorca, desembarcando en la isla para atender las baterías defensivas del puerto de Mahón. Estos servicios le valieron el ascenso a capitán de fragata (1782), volviendo a la fragata Juno para recibir en seguida su primer mando como capitán, aunque interino: el de la fragata Santa Clara, con la que escoltó comboyes en las costas catalana y levantina, para pasar en aquel otoño al navío Santiago de España, que participó en el bloqueo de Gibraltar, cuyas defensas bombardeó en once ocasiones desde las lanchas cañoneras, y combatiendo sobre cabo Espartel con la escuadra británica durante varias horas. Después embarcó en los navíos San Isidro y Firme, con base en Cartagena.

En mayo de 1785 recibió el mando de la fragata Santa Rosa, y de ella pasó como segundo a la Wilchón, en la que hizo su primera navegación trasatlántica, arribando a La Habana en enero de 1789. Allí trasbordó a la fragata Mercedes, y enseguida al navío Soberano, que entonces se armaba con el Asia en aquel Apostadero y con el que hizo la travesía de retorno a Cádiz y a Cartagena, a donde arribó en junio de 1791.

En 17 de enero de 1792 ascendió a capitán de navío, y tuvo el mando de la fragata Mahonesa. Con ella y con diez y ocho lanchas sutiles socorrió al Ejército, atacado por los franceses, sobre la costa catalana. Y con ella se incorporó a la escuadra destinada a la conquista de la isla de San Pedro, en Cerdeña, de la que se habían apoderado los franceses. Operó luego en Rosas y el golfo de León, hasta que en septiembre de 1794 obtuvo el mando del navío San Antonio, con el cual se distinguió destrozando varios buques franceses varados en una playa y socorrió la plaza de Rosas, hasta que sufrió una terrible tempestad el 5 de enero de 1795, que desarboló sus cuatro palos y le obligó a pasar a Cartagena por su remedio, siendo allí declarado inútil dicho navío.

Por fin, en septiembre de 1796 se le dio el mando del navío San Fermín, de 74 cañones, botado en 1782, a bordo del cual hizo la campaña de Italia con los generales Mazarredo, Lángara y Córdoba, hasta echar a los Yngleses del Mediterráneo. Desde Tolón regresó con la escuadra a Cartagena y a Cádiz, en cuyo puerto entró en enero de 1797.

Esa brillante carrera naval, que le hubiera sin duda elevado al generalato de la Real Armada en pocos años, se vio truncada bruscamente a consecuencia de la batalla librada en el cabo de San Vicente, el 14 de febrero de 1797, entre la escuadra española mandada por don José de Córdoba, teniente general de la Real Armada, y la británica del mando del almirante Jerwis. Don José María de Torres mandaba en aquella ocasión el citado navío San Fermín, de 74 cañones, que formaba parte de la división de retaguardia, en línea con los navíos Paula, Príncipe y Regla.

En virtud de los tratados y acuerdos de paz y guerra con Francia, la Escuadra del general Córdova debía reunirse frente a las costas portuguesas con tres escuadras francesas provenientes del norte, para una vez combinadas enfrentarse a una escuadra británica de diez navíos que entonces estaba surta en el puerto de Lisboa. Su jefe, el almirante Jerwis, de quien era segundo el comodoro Nelson, tenía órdenes de reabrir el Mediterráneo, en cuyas aguas la presencia británica había sido barrida por las escuadras franco-españolas. Supo Jerwis a tiempo de estos planes, y comprendiendo el riesgo fatal en que estaba su fuerza si las escuadras enemigas llegaba a reunirse, decidió partir de inmediato en busca de la escuadra española procedente de Cádiz, a la que supuso menos preparada a pesar de ser ligeramente superior a la suya propia.

Al amanecer del 14 de febrero de 1797, en medio de una espesa niebla que abrieron los rayos del sol, el vigía del Victory, buque insignia de Jerwis, divisó a la escuadra española, que navegaba dividida en dos grupos y sin orden de batalla, a la altura del cabo de San Vicente, en el extremo suroeste de la Península. El ataque británico fue fulminante: mientras el grueso de sus buques desbarataban a la vanguardia española, compuesta de siete navíos, su reserva cortaba a la retaguardia española formada otros siete buques y le impedía llegar a tiempo al combate -salvo el Regla, que sí lo logró-. En seis horas, el Rey de España había perdido cuatro buques -el San José, el Salvador del Mundo, el San Nicolás y el San Isidro-, que habían arriado su bandera ante el enemigo de manera poco honrosa; mientras que otros cuatro quedaban muy dañados -entre ellos el gigantesco Santísima Trinidad, en el que arbolaba su insignia el general Córdova, que perdió la mitad de su dotación y quedó desarbolado y hecho una boya de mar-. Medio millar de hombres hallaron aquel día sepultura bajo aquellas aguas.

Batalla de San Vicente

  • Detalle de una pintura de Thomas Buttersworth (1768-1842). "The Battle Of Cape St. Vincent, February 14, 1797, The San Nicolas And The San Josef". Colección privada.

La división de retaguardia española, en la que se hallaba como va dicho el San Fermín al mando de Torres, fue cortada por la reserva británica que formaban cinco buques, la que sin propasar el estado de barlovento fueron virando por contramarcha para unirse al cuerpo fuerte de su escuadra, que iba en seguimiento de lo principal de la nuestra... y como en bordadas contrarias se separó esta División más de nueve millas, tardamos en la reunión toda la tarde y sólo el navío Regla pudo llegar a concurrir a la conclusión del combate, libertando al navío General -son palabras del propio Torres-.

El 3 de marzo, los restos de la escuadra del general Córdova entraban en el puerto de Cádiz sumidos en la humillación de una derrota vergonzante. Los gaditanos aumentaron el disgusto de los oficiales de la Armada ridiculizándoles y haciendoles blanco de coplas y burlas sangrantes. Lo cierto es que la incapacidad de algunos mandos superiores, y la falta de preparación de la marinería, habían quedado en evidencia; evitándose un desastre aún mayor gracias a la decisiva intervención de otros comandantes y oficiales -como Cayetano Valdés- que no dudaron un momento en cumplir con sus deberes, supliendo aquellas faltas.

Las consecuencias del combate del cabo de San Vicente fueron por demás muy graves, ya que dio alas a los británicos, que pasaron a la ofensiva: a mediados de abril, la plaza de Cádiz fue bloqueada y atacada por Jerwis y Nelson, aunque resistió los bombardeos y contraatacó bizarramente. Viendo imposible la toma de la plaza, que defendía Mazarredo, general de la Armada por cierto, el enemigo desistió de su empeño ya en el mes de junio y se dirigió a Santa Cruz de Tenerife, desembarcando en la isla pero siendo igualmente rechazado por el general Gutiérrez -es sabido que allí perdió Nelson un brazo-. Pero esto es ya otra historia ajena a nuestro propósito, que se limita a ilustrar la vida de un marino tan notable como desconocido.

La grave derrota del cabo de San Vicente no pasó desapercibida a la Corona, pues puso de manifiesto graves deficiencias en la Real Armada, que era por aquel entonces -aún quedaba lejana la triste jornada de Trafalgar- una verdadera potencia naval, dotada de muchos y buenos buques, y mandada por oficiales en general experimentados y bien preparados.

El Gobierno de S.M., es decir el todopoderosos valido Godoy -que por cierto no era ningún bobo, sino un gobernante prudente y juicioso-, a instancias del propio Directorio de la República francesa, decidió depurar responsabilidades sin atender a apellidos, rangos ni recomendaciones, y por real orden de 6 de marzo fueron exonerados del mando -desembarcaron el 19- y sometidos a consejo de guerra de generales el comandante en jefe de la escuadra, teniente general don José de Córdoba; su segundo, teniente general Conde de Morales de los Ríos; el mayor general de la misma, jefe de escuadra don Manuel Núñez de Villavicencio; y todos los comandantes y segundos de los navíos, más algunos oficiales subalternos.

El consejo de guerra se celebró con todas las solemnidades procesales en el castillo gaditano de Puntales, bajo la presidencia de don Antonio Valdés, capitán general de la Armada, dictando en el verano de 1799 su sentencia, por la que se declaraba en primer lugar que el general Córdova por no haber sabido desempeñar su Real confianza en el mando de aquellas fuerzas navales, por su insuficiencia y desacierto en las maniobras y disposiciones del ataque, fuese inmediatamente privado de su empleo de teniente general, prohibiéndosele obtener en tiempo alguno otro mando militar, y también que residiera o se presentara en la Corte ni en las capitales de los Departamentos de Marina.

Lo mismo se falló respecto de su segundo el teniente general Conde de Morales de los Ríos, que mandaba la división de vanguardia; mientras que a los capitanes de navío don Gonzalo Vallejo, comandante del Atlante; don Juan de Aguirre, que lo era del Glorioso; don Agustín de Villavicencio, comandante del San Genaro; y nuestro José María de Torres que mandaba el San Fermín, por su convencida desobediencia a las señales, por su falta de pundonor y espíritu marcial, su ineptitud, abandono y mala disposición para sostener la gloria de las Reales armas, fueron igualmente privados de su empleo.

Los capitanes de navío don Salvador de Medina, don José Butler, don Antonio Boneo , don Rafael Maestre y don José Usel de Guimbarda, respectivamente comandantes de los navíos San Antonio, Conquistador, San Juan Nepomuceno, San Ildefonso y San Francisco de Paula, fueron suspendidos de empleo de uno a seis años por su culpable indiferencia, falta de atención y obediencia a las señales, tibieza, ningún zelo y malas maniobras. Los capitanes de navío don Bruno de Ayala y don Juan Suárez, comandantes del Firme y del Oriente, aunque culpables de faltas más leves, fueron declarados libres de cargos y puestos en libertad. Todos los segundos comandantes de los citados navíos fueron reprendidos públicamente por no haber representado y reconvenido a sus Comandantes para que cumpliesen con su deber; como también lo fueron algunos otros oficiales subalternos de diversos buques (6).

Curiosamente, el propio general Córdova había abogado por Torres, declarando que hallándose el navío San Fermín a sotavento de toda la Escuadra, fue cortado por los enemigos y privado de entrar en combate. Así se publicó en la Gaceta de Madrid, pero en nada le favoreció, según el propio Torres debido al poderoso influxo del Mayor General de la Esquadra Don Ciriaco Cevallos, y el del Comandante General del Departamento Don Felipe López Carrizosa, inflamados de una oxeriza que nunca les merecí, hicieron que se me listase entre os Comandantes que devían ser prosesados, suponiéndome existente en la Vanguardia, donde nunca pude estar... (7)

Elevada y consultada al Rey esta resolución, S.M. se dignó aprobarla el 10 de septiembre siguiente en todos sus extremos, privando a los penados de recurso judicial alguno y condenándolos a perpetuo silencio. Y en consecuencia de este fallo nuestro don José María de Torres y del Campo perdió su empleo de capitán de navío, se le recogieron los reales despachos obtenidos hasta entonces, y quedó separado de la Real Armada en la que había prestado buenos servicios durante treinta años (8).

Es de imaginar el enorme disgusto que todo ello debió de producir en el ánimo de Torres, máxime por las circunstancias deshonrosas en que se produjo la separación del servicio. Pero ya entonces se manifestó el carácter de Torres, pues en agosto de 1797 solicitaba al Rey que le permitiese lavar su honor sirviendo en la Armada como simple soldado aventurero, es decir sin sueldo y a su costa; pero esta legítima pretensión le fue negada (9).

Contando cuarenta y dos años de edad -una edad ya avanzada para la época-, Torres del Campo se encontró sin recursos de subsistencia, y despreciado por las autoridades y por la misma sociedad. Quizá por ello se decidió a emigrar con toda su familia hacia países lejanos, en los que su desventura no fuera conocida, a llorar en ellos mi desgraciada suerte: su destino fue la Nueva España. Sabemos que ya estaba allí en 1801, cuando fue nombrado comisario subdelegado para la formación de la matrícula de tributos de Temascaltepec (10). También sabemos, porque lo dice él mismo en su memorial de 1817 al que luego haremos referencia por menor, que fue por aquel tiempo subdelegado de Huichipán. Poco después, en 7 de junio de 1804, adquirió las haciendas de Santa Rosa y de Xahay -ésta es hoy famoso criadero de toros de lidia-, cerca del pueblo de San Juan del Río, corregimiento de Querétaro, sobre la gran llanura del Anáhuac, a doscientos kilómetros al norte de la ciudad de México.

Allí se instaló en compañía de su esposa doña María Rafaela de Arroyo y Montalvo, con la que se había casado en Barcelona en agosto de 1782 (11). Era esta señora natural de La Habana, en donde había nacido el 24 de octubre de 1759, e hija del montañés don Alejandro de Arroyo y López del Rivero (1711-1791), mariscal de campo de los Reales Ejércitos, gobernador de Barcelona y de Lérida, y caballero de la Orden de Santiago; y de doña María de Jesús de Montalvo y Bruñón de Vértiz (1740-1810), hija de los Condes de Macuriges. De esta unión fueron fruto dos hijos: la mayor fue doña Ramona de Torres Arroyo, nacida en Lérida el 16 de junio de 1786 y finada en San Juan del Río el 2 de noviembre de 1839; casada en San Juan del Río el 29 de febrero de 1808 con el español montañés don Esteban Díaz González, personaje riquísimo (12), de cuyo matrimonio queda extensa e ilustre prole en Méjico. Y don Manuel de Torres y Arroyo, nacido en algún lugar de España hacia el año de 1796 y fallecido en San Juan del Río el 12 de mayo de 1829; quien contrajo matrimonio en el dicho lugar de San Juan del Río el 11 de septiembre de 1819 con doña Margarita de Retana y Quintana -de cuya pareja quedó igualmente descendencia-.

Es de imaginar la tristeza de don José María de Torres en la emigración novohispana, viéndose apartado en una región lejana de toda sociedad y sin más futuro que la administración de su hacienda. Y, sin embargo, de nuevo la providencia lo sacaría de su retiro y le procuraría un futuro bien distinto, en el cual logró lavar la mancha que sobre su honor había caído en las aguas del cabo de San Vicente.

Mientras tanto, frustradas quedaron otra vez las esperanzas de Torres cuando, tras saber que la Junta Suprema Central Gubernativa del Reino había rehabilitado en 1809 en sus empleos de tenientes generales de la Armada, nada menos que al propio don José de Córdova, comandante en jefe de la escuadra derrotada en el cabo de San Vicente, y al que fue su segundo, el Conde de Morales de los Ríos. Recurrió de inmediato Torres ante dicha autoridad en solicitud simplemente del permio para pasar a la Península y la celebración de un nuevo consejo de guerra, alegando razones de igualdad y justicia, y también de los numerosos defectos procesales observados en aquella causa -sin duda vista en su día bajo poderosas influencias externas-. En este escrito se muestra bien a las claras el íntimo dolor de Torres del Campo por su desgracia, no tanto por la pérdida de su empleo cuanto por aquél conjunto de vicios y defectos que se me atribuyeron en la sentencia, de desobediente a las señales, falta de pundonor y espíritu marcial, ynectitud, abandono y mala disposición para sostener la gloria de las Armas. Esto es, Señor, lo que hiere más profundamente mi espíritu, quando a merced de los documentos que acompaño, puedo decir, y V.M. conocerá, que he sido un fiel basallo y un militar adornado de las circunstancias que me grangearon rápidos progresos y el constante distinguido aprecio de los mejores Generales de España por espacio de más de treinta años de vuenos servicios...

En fin, el escrito a que nos referimos iba amparado y recomendado por el propio virrey, que lo era entonces don Francisco Javier de Lizana, arzobispo de México. Pero el secretario de estado de Marina respondió al virrey en enero de 1810 que atendiendo S.M. a ser varios los oficiales sentenciados en esta causa legalmente juzgada, y que en justicia no se le puede hacer gracia a uno sin estenderla a los demás, no ha venido S.M. en haceder a la solicitud de Torres, pero atendiendo a la recomendación del Virrey se le tendrá consideración quando haya un motivo de satisfación. Una segunda instancia dirigida en agosto de 1810 y avalada por la Real Audiencia de México, y una tercera fechada en octubre de 1811, no merecieron tampoco otra respuesta (13).

Pero el inmediato inicio de la rebelión independentista en los territorios de la Nueva España proporcionaría a Torres la ocasión idónea para reiniciar una carrera militar. El 16 de septiembre de 1810 se producía en la Nueva España el primer movimiento independentista, precisamente en la región del Bajío -actuales Estados de Guanajuato y Querétaro-, a cien kilómetros de las haciendas de Torres, y el antiguo jefe de la Real Armada no dudó un solo momento en alistarse en el Ejército Real para combatirlo: reclutó a centenar y medio de hombres en San Juan del Río, y al frente de ellos se presentó en Querétaro al brigadier don Ignacio garcía Rebollo, comandante de la plaza, que estaba amenazada por los sublevados. García Rebollo, con acuerdo de la Junta de Guerra local, lo nombró mayor general, cargo que sirvió durante algún tiempo. Formado enseguida el llamado Ejército del Centro, al mando del general don Félix María Calleja -futuro virrey-, se unió a él cuando pasó por Querétaro, en calidad de simple soldado distinguido del Real Cuerpo de Artillería, mandando un cañón de la Artillería Volante que formaba parte de la división de Caballería al mando del coronel don Miguel José de Emparán.

Como tal artillero se halló Torres en las victoriosas acciones de Aculco y de Guanajuato, y en la célebre batalla del puente de Calderón (17 de enero de 1811), en la que las tropas insurgentes del cura Hidalgo -que se acercaban a México al grito de Viva Fernando VII- fueron completamente batidas y deshechas por el Ejército Real al mando del general Calleja, a pesar de su enorme superioridad numérica. Mereció por su mérito en ellas los respectivos escudos de distinción creados para premiar a aquellos valientes. Y combatió también en las acciones del valle del Maíz con la división del coronel don Diego García Conde; en las de Maguey y Zitaquaro, con la división del citado coronel Emparán; en los dos ataques de Izucar y sitio de Cuautla; en la derrota del rebelde cura Tapia durante; en la segunda acción de Cuautla (27 de abril de 1812), donde Tapia y Matamoros fueron batidos; y en el asalto y toma de Anichipán/Huichapán.

Estos relevantes servicios merecieron que Torres recibiera del virrey don Francisco Javier Venegas de Saavedra, el 6 de octubre de 1811, el nombramiento de capitán de Infantería, agregado al Regimiento Fijo de México (14), y el nombramiento de comandante político y militar de San Juan del Río. Notemos que el Regimiento Fijo de México fue sin duda un cuerpo de élite y el más distinguido del Ejército Real en la Nueva España.Ya entonces pasó Torres, ya jefe acreditado de las tropas realistas, a mandar la división de San Juan del Río, subordinada al mando del teniente coronel don Pedro Monsalve, concurriendo al sitio de Coporo con el brigadier don Ciriaco Llanos, comandante general el Ejército del Norte -cuyo segundo era el coronel don Agustín de Iturbide, el futuro Emperador de México-.

Simultáneamente, Torres sirvió durante dos años y medio la Comandancia de San Juan del Río, donde formó una milicia urbana compuesta por 250 hombres, al mando de los cuales recorrió el territorio de su mando persiguiendo a insurgentes y a bandidos. Sabemos algo de sus andanzas gracias a las conocidas obras de Hernández Dávalos y de Miquel: en mayo de 1814, Torres informaba al virrey de varios incidentes ocurridos San Juan del Río y en la expedición que hizo a los territorios de Amealco y de Aculco, donde había capturado a ocho rebeldes, y destruido las partidas de Gavino, de Policarpio, de Hilario Pérez y de Juan Miguel Chaparro (15).

Sin embargo, la ya menguada fortuna de Torres se resintió tanto a causa de la guerra, que el viejo marino se vio en la necesidad de vender sus dos haciendas de Santa Rosa y Xahay, a principios de 1816, declarando en las escrituras de venta que no las pudo pagar. Por cierto que las adquirió su yerno don Esteban Díaz González, en precio de 36.000 pesos fuertes.

En abril de 1816, muy avanzada la victoriosa campaña contra los insurgentes y pacificado casi todo el Virreinato -excepto el sur, principalmente el hoy Estado de Guerrero-, elevó Torres al Rey un extenso memorial en el que, tras hacer relación de todos sus servicios en la Nueva España, solicitaba su rehabilitación como capitán de navío de la Real Armada, o bien la concesión del empleo de coronel agregado o efectivo en uno de los regimientos de Infantería de México o de La Habana (16).

La instancia fue recomendada en octubre de aquel año por el Subinspector del Arma, pero sobre todo por el propio virrey de la Nueva España, y llegó a la Corte pocos meses después. El Consejo de Guerra solicitó entonces informes al Consejo del Almirantazgo, el cual se manifestó favorable a la concesión de dicho empleo de coronel en agosto de 1817, considerando sus servicios en la Armada, los hechos en Nueva España, y sobre todo que a otros jefes condenados en el consejo de guerra de 1799 - Córdova, Morales de los Ríos, Aguirre y Villavicencio- se les había rehabilitado en 1809 y 1815 respectivamente. Pero en enero de 1819, el secretario de estado de Marina oficiaba al virrey de Nueva España comunicándole que el Rey no ha venido en acceder a la pretensión de Torres, pero haciendo el debido aprecio de la recomendación de V.E. se ha servido S.M. de mandar se le tenga en consideración quando haya nuevo motivo de satisfacción...

Poco pudo importarle esta regia resolución a don José María Torres del Campo, pues entretanto había fallecido, probablemente en la ciudad de Celaya -desde la que envió su último escrito al Rey-, cuando contaba ya sesenta y dos años de edad. En sus últimos días debió tener una postrera alegría: su nombramiento de coronel, que con carácter interino le confirió al parecer el virrey, a la espera de la confirmación regia: con tal graduación consta en algunos documentos de sus hijos (17).

Su larga vida, plena de éxitos hasta 1799, desgraciada luego hasta 1810, culminó en sus últimos años con una brillante redención personal, debida ante todo a una férrea voluntad de desmentir la fea condena que recibió, quizá injustamente. Su valerosa conducta constituye un bello ejemplo del pundonor propio de los viejos oficiales de la Real Armada. Su paso por el mundo fue, sin duda, un claroscuro que parafraseando la divisa de Enrique IV de Castilla, se resume en tres palabras: agriodulce es vivir.

  • NOTAS
    1. José Montoro López, Los virreyes españoles en América (Barcelona, 1991), páginas 345-348.
    2. Archivo Histórico Nacional, Órdenes Militares, Santiago, expte. número 8.142. Hay extracto publicado por Vicente de Cadenas y Vicent, Caballeros de la Orden de Santiago. Siglo XVIII (Madrid, 1980), vol. V, páginas 102-103.
    3. Dalmiro de la Válgoma y Díaz-Varela, y Barón de Finestrat: Real Compañía de Guardias Marinas y Colegio Naval. Catálogo de pruebas de Caballeros aspirantes (Madrid, 1943), vol. II, expediente número 1820.
    4. Ibidem, expediente número 1546. Su expediente de pruebas se conserva en el Archivo Naval de Madrid.
    5. Archivo General de la Marina Don Álvaro de Bazán, El Viso del Marqués (Ciudad Real), Cuerpo General, legajo 620/1211 (expediente personal de don José María de Torres del Campo).
    6. Archivo General de la Marina Don Álvaro de Bazán, El Viso del Marqués (Ciudad Real), Expediciones, legajo 192.
    7. Archivo General de la Marina Don Álvaro de Bazán, El Viso del Marqués (Ciudad Real), Cuerpo General, legajo 620/1211 (expediente personal de don José María de Torres del Campo).
    8. Archivo General de la Marina Don Álvaro de Bazán, El Viso del Marqués (Ciudad Real), Cuerpo General, legajo 620/1211 (expediente personal de don José María de Torres del Campo).
    9. Archivo General de la Marina Don Álvaro de Bazán, El Viso del Marqués (Ciudad Real), Cuerpo General, legajo 620/1211 (expediente personal de don José María de Torres del Campo).
    10. Archivo General de la Nación, México D.F., Ramo General de Parte, año de 1801.
    11. Archivo General Militar de Segovia, Personal, legajo T-893: expediente matrimonial de Torres.
    12. En el Archivo General de la Nación, en México D.F. se conserva la Colección Esteban Díaz González, que reúne todos los documentos de propiedad de sus bienes -que comprendían multitud de casas y haciendas en las ciudades de México, Querétaro y otras-, desde los albores de la conquista. En San Juan del Río se conserva la casa en que habitó con su familia, trazada por el célebre arquitecto novohispano Tresguerras y declarada joya de la arquitectura colonial.
    13. Archivo General de la Marina Don Álvaro de Bazán, El Viso del Marqués (Ciudad Real), Cuerpo General, legajo 620/1211 (expediente personal de don José María de Torres del Campo).
    14. Archivo General de la Nación, México D.F., Ramo de Títulos y Despachos de Guerra, año de 1811.
    15. J.E. Hernández Dávalos, Colección de documentos para la Historia de la Guerra de Independencia de México (México 1877-1882; utilizamos la reedición facsimilar de 1985), tomo V, págs. 327-331. José María Miquel i Vergés, Diccionario de Insurgentes (México, 1969; utilizamos la segunda edición, de 1980), págs. 162, 392, 460 y 468.
    16. Archivo General Militar de Segovia, Personal, legajo T-893. En este memorial constan por menor todos sus méritos y servicios en la lucha contra los insurgentes.
    17. Por ejemplo, en la partida del matrimonio celebrado en San Juan del Río en septiembre de 1819 entre su hijo don Manuel de Torres y Arroyo y doña Margarita de Retana.