Viernes , 2 diciembre 2016
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Cazatesoros

tesoro de cazatesoros

Normalmente escribo textos breves a la espera de divertir a cuantos/as les pueda interesar las curiosidades que la historia naval permite. Normalmente intento evitar el uso de la primera persona, sobre todo para que sea más imparcial; pero en el día de hoy, dado los acontecimientos recientes quisiera poder escribiros como si estuviésemos hablando directamente, de tú a tú.

Recientemente ha vuelto a aparecer un buque hundido en las costa de Florida. Pese a que aún no se ha podido determinar con exactitud su nombre, pero sí que es de 1715, dado a la efigie del primer rey Borbón junto a su escudo de armas en las monedas halladas en las entrañas del buque. Además al final se hallaron más buques en el yacimiento.

De bien seguro que a más de uno/a este suceso le hará venir en mente la gran polémica que se vivió en su aciago día con el tesoro que llevaba la fragata Nuestra Señora de las Mercedes y cierta empresa cuyo mismo nombre renuncio a pronunciar.

En este contexto, uno se pregunta quién tiene razón o a quién pertenece un buque hundido, especialmente si hay un suculento botín. ¿Al “rescatador”? ¿Al país donde se halla hundido? ¿Al país natal del buque? ¿Y si la compañía mercante ya no existe? ¿Al país donde se extrajo el preciado metal? ¿Y en aguas internacionales?

Estas son solo algunas de las dudas que acarrean los juristas a la hora de dictaminar a favor o en contra de los interesados. Pero aquí es donde se aplica la ley marítima, que ha regido la vida de los navegantes desde los tiempos del Consolat de Mar (1260) hasta nuestros días.

Según la ley, todo buque de guerra o civil, con pabellón al servicio del gobierno de su nación, pertenecerá junto a toda su carga al gobierno de su país de origen, independientemente de si se halle en aguas de un estado soberano o internacionales; salvo que el buque hubiese sido abandonado por su dotación, por lo que se tienen que presentar pruebas de tal hecho.

El único inconveniente se encuentra en que si el pecio se halla en aguas de un estado soberano, es obligatorio pedir permiso a las autoridades de dicho país, en este caso el gobierno norteamericano y el del estado de Florida, que según la ley federal dictaminarán A o B. En caso de ser un buque mercante, los permisos se han de pedir igual, pero se aplica la ley de hallazgos en el mar, por lo que el llamémosle “descubridor” recibe un porcentaje de lo que halle.

Por tanto empresas y particulares cuya finalidad es nutrirse a costa de la desgracia de los marinos del pasado, digo: “¡No tenéis razón!”. Pero este nuevo hallazgo se quiere repartir entre el estado de Florida para su museo estatal, el “descubridor” y la empresa. Realmente es un bonito detalle  por parte del gobierno de un antiguo estado miembro de la extinta confederación esclavista sureña; casi me dan ganas de cantarles “I whis was in Dixie”.

En el territorio peninsular ya existen organizaciones dedicadas a la protección del valioso patrimonio submarino existente en nuestras costas, junto a las autoridades y fuerzas, labor que merece un gran elogio dado al extenso territorio a patrullar, sobre todo en los restos de Trafalgar y Cabo de Palos, donde se afirma que esta la goleta Beatrice que en 1837 llevaba el sarcófago de Micerino, faraón egipcio de la IV dinastía (2613-2498 A.C) nieto de Keops, hijo de Kefrén y constructor de la última de las tres famosas pirámides de Guiza.

Puede parecer muy emocionante y noble intentar buscar en un buque hundido, pues existe la posibilidad de recuperar un gran tesoro (intelectualmente hablando). Un gran éxito fue recuperar el legendario mecanismo de Anticitera, considerado el mecanismo de la antigüedad más sofisticado jamás hallado; podía predecir fenómenos astronómicos como eclipses, calendario, ciclos etc. Casi cuesta de creer que se pudo lograr en el siglo II A.C.

Pero inmiscuir en aguas territoriales de una nación soberana sin permiso se considera acto de piratería y en el pasado era un causus belli para declarar la guerra a otra nación. A parte de los perjuicios que puede sufrir el desdichado “explorador” en caso de ser atrapado por las fuerzas del orden, como le ocurrió a un norteamericano que buscaba el tesoro del capitán William Kidd. Imaginaros un americano entrando de forma ilegal y siendo apresado en el Vietnam de la posguerra y en plena guerra fría, no terminó con el cuello cortado de milagro.

Es que esta gente se autodenomina “aventureros”, “caza tesoros” o incluso “arqueólogos amateur”; ¡pero no lo son, ni lo serán jamás! Sólo son ladrones, piratas, buitres carroñeros que espolian los yacimientos en busca de dinero o fama, no conocimiento.

Sus métodos de extracción distan mucho de los que usaría un experto, no solo degradan el fondo marino (cosa que afecta a la fauna) sino que también destruyen los yacimientos, privando al mundo de cuantas maravillas podrían aún albergar los pecios en su interior después de una larga exposición al mar; cosa que dificulta enormemente el trabajo de los profesionales, tanto en la preservación e identificación de la nave; por no mencionar el rescate de sus cargas.

Pensad amigos y amigas si había “algo” y lo quitan o no lo deja tal cual estaba; cuando llegan los expertos ya no está, no hay forma de que pueda ser protegido y aunque la intención sea darlo a un museo, al no estar en su lugar originario, se pierden datos e información; tanto del buque como de la historia de la navegación. Por esto desde este escrito se anima a toda persona que si por fortuna o por fruto de su investigación encuentra tal cosa en el reino de Poseidón, comunique su hallazgo, pero evite (dentro de lo posible o lo necesario) alterar el estado del yacimiento.

Desconozco si hay alguna asociación enfocada a la protección de nuestro patrimonio fuera de nuestras costas, de no haberla estaría bien crear una, aunque solo fuese para recordar la ley naval.

Con esto concluye esta reflexión acerca de la problemática respecto a la recuperación de tesoros. No soy ningún experto ni mucho menos un sabio, solo una persona que aprecia y espera poder, de algún modo, ayudar a preservar nuestra cultura marítima.

Por Joan Comas

Joan Comas es colaborador de Todo a babor.

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