Viernes , 9 diciembre 2016
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Los valientes gallegos del corsario Espadarte

Lancha vasca

A esta historia le podríamos poner el calificativo de hazaña, pero la verdad es que se me antoja algo corto. Ustedes dirán, a lo mejor con razón, que soy un exagerado. Pero de verdad, es que a veces, después de mucho tiempo escarbando y escarbando en ese filón inagotable que es la Gaceta de Madrid, se encuentran cosas muy provechosas. En este blog ya hemos puesto muchas de ellas, si utilizan ustedes el buscador que hay por ahí arriba, o navegando por el archivo, las encontrarán.

Bueno, vamos a la mar, que para eso han entrado. Pónganse en situación. Estamos en junio del año de 1800. Las aguas están infestadas de privateers británicos, buques de la Royal navy y demás embarcaciones de la pérfida.

Como eso del corso,  si hay suerte, es un negocio provechoso, son muchos los que hacen de armadores e intentan sacar tajada. En Madrid, ciudad como ustedes saben muy marinera, aparecen varios de estos sujetos que arman un corsario en Galicia con sus dineros, para intentar verlo multiplicado con las presas que se hicieran.

No se crean ustedes que aquí los madrileños armaron un buque con amplia batería de cañones y lleno de corsarios. No, la verdad es que el dinero invertido dio para lo siguiente: un buque del asombroso porte de… ¡un cañón y un obús ! Con una tripulación de… ¡20 hombres!

Sí, todo esto tiene pinta de acabar mal, lo sé. Pero háganme caso y relean el primer párrafo de esta entrada.

El caso es que el barquito en cuestión era una lancha que llevaba por nombre San Francisco Xavier, alias el Espadarte (pez espada en castellano). Toma ya. Pero todo lo pequeño que era el buque y su exigua tripulación lo compensaban con creces con unos atributos sexuales masculinos que doblaban el tonelaje del Espadarte. El capitán era don Lorenzo Olveyra. Todos ellos de Bayona, localidad gallega de donde se armó y saldría el corsario.

El 1 de junio salieron de aquel puerto con la sana intención de apresar todo lo que se pusiera por su proa. Había que empezar a amortizar la empresa de los caballeretes de Madrid y sobre todo dar de comer a 20 familias.

Pero la cosa no se les dio bien. A pesar de ser un lugar muy transitado no pudieron pescar nada.Se tiraron un mes y tres días de bordada en bordada y de virada en virada frente a las costas de Lisboa, esperando que algún mercante se les pusiera a tiro de su único cañón.

Los días pasaban y las vituallas se consumían y los gastos aumentaban. Había que hacer algo y hacerlo ya. Entonces, el día 4 de julio descubrieron un convoy británico de 45 mercantes que llevaban rumbo norte, al parecer de regreso a los puertos ingleses. Iban escoltados por un navío de línea de 74 cañones, una fragata y una goleta, todos ellos de guerra.

¿Creen ustedes que Olveyra huyó? No, claro que no. Aquí el bravo, o temerario capitán, se plantó delante de su tripulación y les explicó su plan. Era tan sencillo que daba risa, o miedo más bien. La cosa era seguir al convoy, meterse en medio de él y abordar como quien no quiere la cosa, alguno de esos mercantes y llevárselo. Fácil, ¿no?

Supongo que sus hombres, al oír aquello, se quedarían en silencio, silbando nerviosos tonadillas marineras o mirando a la cubierta tratando de no echarse a reír o llorar. El capitán Olveyra entonces pasó a animarlos y lo debió hacer bien porque al final la tripulación convino con él y se dijeron que, al menos si la cosa salía mal, les darían de comer en el pontón donde los metieran.

Con nocturnidad y alevosía el Espadarte, aprovechando la oscuridad y su pequeño porte, se incorporó al convoy británico. Tienen que tener en cuenta que muchos de los mercantes llevaban algún tipo de artillería de pequeño calibre y que con un simple cañonazo podían alertar a la escolta y acabar con la función en un santiamén. De ahí la intrepidez que demostró esta gente.

Olveyra se acercó a un bergantín y junto con cuatro de sus hombres lo abordó y apresó sin perder un sólo minuto. La presa era el Ceres, un bergantín de 350 toneladas que tenía por capitán a un tal John Mestreman (sic). Llevaba 12 hombres de tripulación (que habían sido reducidos por los 5 corsarios) y a bordo tenían 4 cañones de 12 libras, que eran de respetable calibre para ser un mercante y que podían haber hundido al Espadarte si hubieran tenido la ocasión.

Además, portaba dos esmeriles de bronce y un buen repuesto de municiones. Su carga, que era lo que de verdad les iba a reportar buen botín, consistía en 185.970 libras de algodón en rama, 100 quintales de palo de Brasil y 19 pipas de vino.

Sacaron sin problemas al bergantín del convoy, que seguían su rumbo sin sospechar nada, y se dirigieron a Lisboa. Supongo que al oficial al mando de la escolta del convoy no le haría mucha gracia, a la mañana siguiente, saber que les faltaba uno de sus mercantes. Algún rapapolvo le caería, menudos eran los ingleses para eso. En la inmediación del puerto portugués cruzaba una fragata de guerra británica, que hubiera apresado a los españoles y su presa sino hubiera sido porque el capitán Olveyra era un lobo de mar y junto a su piloto don Diego Entralgo dio acertadas maniobras para escurrirse de ellos.

No me dirán que no les ha gustado esta acción tan rápida como bien ejecutada. Y es que no había mejor aliciente para la intrepidez que la perspectiva de hacerse con un botín. Los británicos se habían dado cuenta de eso hacía mucho tiempo y es por ello que se mostraban siempre tan audaces algunas veces.

No era por valentía señores, sino por la “pela”.

  • Fuente: Gaceta de Madrid
  • Imagen: Lancha vasca. Copia del óleo hecho en Baiona por el pintor G. Gréze, el año 1878″. Óleo, obra de Simón Berasaluze Aginagalde. © José Lopez. De la web guipuzcuacultura.net

Por Todo a babor

Me llamo Juan y soy el administrador de Todo a babor. Llevo desde 2003 dando a conocer la historia naval, de una forma divulgativa, sin pretensiones de ningún tipo y tratando de hacerlo de la manera más amena posible.

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