Martes , 6 diciembre 2016
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William Bligh el buen “villano” de los motines

Motín del Bounty

¿A quién no le suena el nombre de Bounty? ¿Y el de su capitán William Bligth? El tiránico y cruel capitán capaz de llevar a su buque y a sus hombres al desastre con tal de cumplir sus egoístas propósitos. Dejando el famoso motín “justificado” ante tanta violencia, como una reacción natural o la única forma de “sobrevivir”.

Nada más lejos de la realidad, todo se reduce a una de tantas malinterpretaciones e invenciones que enriquecen larga lista de películas con meteduras de pata que Hollywood ya nos tiene acostumbrados. Como por ejemplo: ¿Porque los 300 espartanos van semidesnudos, cuando estaban provistos de armaduras? ¿Por qué los 3 mosqueteros jamás llevan su arma reglamentaria, el mosquete? O lo mejor de todo ¿Desde cuándo la pirámides fueron erigidas por los prehistóricos y con mamuts domesticados, como nos relatan en 10.000 a.C?

El capitán William Bligh “verdadero” fue un magnifico marino, que entro en servicio como grumete a los seis años para ganar experiencia hasta que llegase su promoción como guardiamarina. El ilustre James Cook lo seleccionó como miembro de sus investigaciones en calidad de Sailing master (se podría traducir como piloto u oficial de navegación). En 1781 ya como teniente luchó en la batalla de Dogger Bank contra la armada holandesa.

Tras estar cuatro años como capitán de la mercante, fue seleccionado para realizar el célebre viaje del Bounty, su misión, transportar arboles del pan (Artocarpus altilis) al caribe, para ser cultivado como alimento barato para la población esclava. Con la experiencia adquirida con los años Bligh tomó muchas precauciones: dividió la tripulación en tres turnos en vez de dos, de esta forma cada turno estaría más descansado. Se preocupó por la alimentación, la higiene y el continuo ejercicio de sus marineros, de hecho solo perdieron la vida dos hombres en todo el trayecto.

Pero tuvo menos suerte en cruzar el cabo de Hornos a causa de la meteorología, por lo que hasta que los elementos fueran favorables, esperaría en Tahití. Allí sus hombres estuvieron disfrutando de una “dolce vita” que no estuvieron dispuestos a renunciar, he aquí el origen del motín. Tras el triunfo de este se vio en una pequeña barca, 18 marineros leales, algunos víveres, un sextante y un cronometro (reloj náutico), pero ningún mapa ni brújula. Con dichas condiciones y con sus conocimientos que aprendió con Cook, consiguió llegar a Timor en 47 días, habiendo recorrido 6.700km y perdiendo un solo hombre (a causa de los indígenas).

Absuelto del consejo de guerra y habiendo testificado a favor de algunos de los marineros del Bounty, fue comisionado Master and commander (capitán de corbeta) y repetir la aventura del árbol del pan con la HMS Assistance. Esta vez pudo cumplir la misión y recoger muestras botánicas que le valieron el reconocimiento como miembro de la Royal Society.

Como si la estela de los motines le persiguiera, en 1797 ya capitán de navío, fue uno de los comandantes que se vio afectado por el motín Spithead; donde toda la escuadra se sublevó a causa de la paga. Pese a intentar mediar pacíficamente, solo fue bautizado con el apodo del “Bastardo de la Bounty”. Estuvo presente en las batallas de Camperdown y Copenhague, siendo condecorado con la Naval Gold Medal (medalla naval de oro).

Fue designado como gobernador de Nueva gales del Sur (Australia) donde intentó en vano acabar con la corrupción en la colonia y mejorar la calidad de vida de los presos que eran deportados por el gobierno británico. Por lo que se produjo otro motín, los castigos fueron menores y él regreso a Londres.

Bigh continuaría en la armada hasta su promoción de Vicealmirante de la azul, aunque nunca tuvo el mando de una flota. Su mala fama proviene a causa del capitán encargado de capturar a los fugitivos del Bounty, que sí que era un tirano y por sus rivales en la colonia.

De hecho hay una cita que lo describe como:

Bligh recurrió a los castigos pocas veces, regañó cuando otros azotaban y azotó cuando otros ahorcaban

Por Joan Comas

Joan Comas es colaborador de Todo a babor.

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