Navío San Pablo / Soberano (2)

Nombre común: San Pablo/Soberano (2) Porte del navío
Advocación de: San Pablo
Porte: 74 cañones
Botado en: El Ferrol, 1771

» Historial del navío.

         Uno de los tres primeros navíos de 74 cañones proyectados por Francisco Gautier y construidos en el astillero de Esteiro, El Ferrol, al ser trasladado este ingeniero a El Ferrol en 1767. Los otros dos navíos eran el San Pedro de Alcántara y el San Gabriel. Comenzó su construcción el 27 de julio de 1769, siendo botado al agua el 15 de marzo de 1771.

         En 1773 zarpó con los navíos San Pedro Alcántara y San Gabriel para efectuar unas pruebas de mar al mando del brigadier don Juan Tomaseo, quien en su informe del 9 de mayo resaltó su buena velocidad, pero con algunos defectos que se fueron subsanando en navíos posteriores como el San Eugenio.

         En junio de 1779 se encuentra en la escuadra del teniente general don Luis de Córdoba, al mando del capitán de navío don Carlos de la Villa, con la que realiza la primera campaña del Canal de la Mancha. A su regreso a Cádiz con la escuadra de Córdoba a mediados de noviembre (ver navío Santísima Trinidad) participa con la misma escuadra en el bloqueo de las aguas del estrecho de Gibraltar, al mando del capitán de navío don Luis Muñoz de Guzmán. Durante este año de 1780 y el siguiente realiza varias salidas desde Cádiz con la escuadra de Córdoba. Entre julio y septiembre de 1781 realiza una nueva campaña en el Canal con la escuadra de Córdoba, regresando después a Cádiz. Estando con la escuadra de Córdoba en la bahía de Algeciras, se desata un temporal la noche del 10 de octubre de 1782, no pudiendo el navío entrar en el fondeadero, siendo enviado a Málaga por orden de Córdoba.

         En 1790 zarpa de Cádiz con la escuadra del teniente general don José Solano Bote, marqués de Socorro al mando del brigadier don Francisco Millau, para la campaña naval desarrollada en aguas del cabo Finisterre por los incidentes de Nootka con los británicos.

         El 2 de septiembre de 1796 es puesto al mando del brigadier don Baltasar Hidalgo de Cisneros y de la Torre (ascendido a brigadier el 5 de septiembre del año anterior), destinado a la escuadra del teniente general don Juan de Lángara y Huarte, con la realiza varios cruceros por las costas de Italia y Francia, entrando en el puerto de Tolón, desde el que pasó a Cartagena. Con la misma escuadra, ahora al mando del teniente general don José de Córdoba y Ramos, zarpa de Cartagena el 2 de febrero de 1797 para ir a Cádiz, travesía que daría lugar a la batalla del cabo de San Vicente el 14 de febrero, en cuyo combate tuvo nueve heridos y el brigadier Hidalgo recompensado con el ascenso a jefe de escuadra por su destacada actuación. Entró con la escuadra en Cádiz el 3 de marzo, quedando bloqueada en Cádiz por la escuadra británica de Jervis.

         A finales de abril de 1797 pasa a ser mandado por el brigadier don Luis de Villabriga y Rozas. El 12 de mayo de 1799 zarpa de Cádiz con la escuadra del teniente general don José de Mazarredo para unirse en el Mediterráneo a la francesa del almirante Eustache Bruix. Las dos escuadras acabaron juntas en Brest, bloqueadas por las escuadras enemigas. El 1 de enero de 1800 desembarcó el brigadier Villabriga por enfermedad, siendo sustituido por el capitán de fragata don Ignacio de Olaeta, que era el comandante de la fragata Nuestra Señora de Atocha. Permaneció el San Pablo en Brest hasta diciembre de 1801, cuando concluyó la guerra. Zarpa el 14 de diciembre de Brest con la escuadra del teniente general don Federico Gravina, al mando del capitán de navío don Agustín de Figueroa, para apoyar a la escuadra francesa del almirante Villaret-Joyeouse en la campaña de Haití.

         Para su regreso a la Península zarpa de Cádiz conduciendo caudales, haciendo escala en Puerto Rico. A esta isla llega el navío Asia dañado por unos temporales. A bordo de este navío iba embarcado el teniente general don Gabriel de Aristizabal y su familia, que se trasladas a bordo del San Pablo y llegan a Cádiz el 20 de mayo de 1802 a bordo de este navío.

         En octubre de 1805 se encontraba en Cartagena con la escuadra de don José Justo Salcedo, al mando del brigadier don Juan José Martínez. En febrero de 1808 está en Cartagena con la escuadra del teniente general don Cayetano Valdés (ver navío Reina Luisa).

         El 30 de julio de 1811 embarca en el San Pablo el Regente de España y comandante de los Ejércitos 2º y 3º Joaquín Blake y Jones, zarpando de Cádiz con la fragata Santa Lucía para escoltar a los transportes que llevan 6.000 soldados al puerto de Almería. De regreso a Cádiz embarca dos millones de reales para llevarlos a Alicante el 29 de agosto de 1811 y así dotar a las fuerzas que defienden Valencia de la invasión del mariscal Duch. Regresa a Cádiz el 9 de octubre de ese año.

         El 2 de junio de 1813 zarpa de Cádiz con con un convoy de tropas y pertrechos de guerra rumbo a Montevideo, que estaba asediada por los insurgentes, llegando a ese puerto el 2 de septiembre, donde desembarcan las tropas del 2º batallón del regimiento de América y del primer escuadrón de granaderos expedicionarios. Durante este año y el siguiente realizó otros viajes a América al mando del capitán de navío don Antonio Vácaro.

         En 1814 se le renombra Soberano.

         En 1823 se le da el mando al capitán de navío don Francisco Javier de Ulloa y Ramírez de Laredo con el que hace un viaje a las islas Canarias, teniendo que volver a Cádiz por la falta de carena del navío que hizo que estuviera a punto de hundirse. A mediados de 1823 se encontraba en Cádiz, de nuevo asediado por el ejército y la marina francesa, cuando el rey pidió el apoyo del ejército del general Angulema, los Cien Mil Hijos de San Luis, que en realidad eran ochenta mil. El capitán Ulloa cesó en el mando del navío en octubre de 1823.

         En 1827 se acabó de ponerle en servicio en Cádiz y razpó rumbo a La Habana con el navío Héroe y la fragata Restauración, según una resolución del Ministerio de la Guerra del 21 de octubre de 1827 por la que debía llevar 3.000 fusiles a La Habana. Otros autores, señalan que llegó a La Habana en los primeros meses de 1828. Al año siguiente inició la persecución del navío Congreso Mexicano, que antes era el español Asia, al enterarse de su presencia en el Caribe. Las fuerzas navales españolas en Cuba llegaron a ser poderosas, temiendo los mejicanos una invasión, incluso hubo un ingeniero norteamericano que propuso al gobierno mejicano la destrucción de los navíos Soberano y Guerrero. (ver observaciones)

         Al mando del brigadier don Ángel Laborde, participa en 1829 en un intento de desembarco en cabo Rojo, Méjico, con las fragatas Santa Casilda, Lealtad y Restauración, tres bergantines, cuatro goletas mercantes y otros buques menores con 4.000 hombres embarcados al mando del brigadier don Isidro Barradas, zarpando de La Habana a las ocho de la mañana del 5 de julio, pero el desembarco fue suspendido por el mal estado del mar. Realmente, esta "expedición" estaba condenada al fracaso, pues se enfrentarían a 30.000 mejicanos en armas, desembarcando las tropas el 27 y 28 de julio para dirigirse a Tampico, siendo Barradas derrotado por los generales Santa Ana y Bustamente.

         En 1830 regresa a El Ferrol desde La Habana, siendo desarmado, encontrándose en 1834 El Ferrol en estado ruinoso. Se armó en el verano de 1734 y se le destinó de nuevo a La Habana para relevar al navío Héroe, que estaba necesitado de carena. En 1840 se encontraba destginado en La Habana. En 1845 estaba en Barcelona durante la estancia de S. M. la Reina.

         En diciembre de 1845 fue destinado otra vez a La Habana al mando del capitán de navío don José María de Bustillo. Realizó varias patrullas en defensa del comercio e intereses españoles. (ver observaciones).

         Al mando de don Juan Lázaga sufre las consecuencias de un temporal en aguas de las Bermudas los días 6 a 8 de septiembre de 1854, quedando tan maltrecho que quedó abandonado en Santiago de Cuba (ver observaciones). Por la imposibilidad de llevarlo a La Habana para su desguace se pensó, en enero de 1856, en utilizar su casco como lazareto para la Junta de Sanidad de Cuba, restituyendo su antiguo nombre de San Pablo.

  • Por Santiago Gómez.
    Bibliografía:
    Archivo General de Indias, ESTADO,78,N.38
    A.G.I., ESTADO,81,N.76
    A.G.I., ULTRAMAR,142,N.44
    Archivo Histórica Nacional, CONSEJOS,20237,EXP.4
    A.H.N., DIVERSOS-COLECCIONES,44,N.20; 44,N.30 y 44.N.39
    Revista General de Marina, noviembre de 1992. Miscelánea.
    R.G.M., agosto 1949, Carlos Vila, "Apuntes para la historia de la Marina de Isabel II. La guerra civil".
    R.G.M., enero 1958, Juan Llabres, "La chistera del comandante del Soberano".
    Revista de Historia Naval, año 2002, nº 78, José Ignacio González-Aller Hierro, "Origen e identificación de algunos modelos de barcos del Museo Naval".
    R. H. N., nº 79, Álvaro de la Piñeira y Jacqueline Tila, "La construcción naval en España durante el siglo XVIII".
    R.H.N., año 1990, nº 28, Antonio Egea López, "Ángel Laborde, comandante del apostadero de La Habana".
    Cesáreo Fernández Duro, "Disquisiciones náuticas", Tomo V.
    José Ignacio González-Aller Hierro, "La Campaña de Trafalgar. Corpus Documental".
    Ramón de la Sagra, "Historia económico-política y estadística de la isla de Cuba", Habana, 1831.
    Jacobo de la Pezuela, "Ensayo histórico de la isla de Cuba", Nueva York, 1842.
    Joaquín Rodríguez San Pedro, "Legislación ultramarina, Tomo II, Madrid, 1865

El naufragio.
(Extraído del libro Naufragios de la Armada Española. 1867 Escrito por don Cesáreo Fernandez Duro).

El navio Soberano de 74 cañones, antes llamado San Pablo, fue uno de los que, llevando precisamente los nombres de los doce discípulos escogidos por el Salvador para evangelizar el mundo, se construyeron á la par en las gradas del astillero de Ferrol y bajaron al agua en 1770. Cambiado su nombre por el de otro navio del mismo porte que se desguazó en el arsenal de la Carraca en 1804, ya el único de sus compañeros, llegó á serlo también de los buques de su clase, en una nación que que tantos ha contado. Su historia es un compendio de la de la marina española y encierra por lo tanto páginas bien tristes que no es oportunidad de registrar; pasárnoslas basta llegar al año de 1845 que ofreciendo más risueño aspecto á la renaciente armada, le presentó este buque, notable por más de un concepto, recientemente carenado y armado con un esmero y aun lujo que demostraba la predilección a un venerado objeto, resto y memoria de opulencia pasada.

Navegó pacíficamente en el mar de las Antillas y costas de la Península, sirviendo de escuela práctica á muchos de nuestros jefes y oficiales, sin perder en su vetusta edad la excelencia de sus propiedades marineras ni la rapidez sobresaliente de su marcha, hasta el año de 1854 en que, eclipsado su prestigio por la comparación con otros buques recientemente construidos, y dispuesto el envió de considerables refuerzos al ejército de Cuba, fue designado, con varias fragatas y trasportes para este servicio, á cuyo desempeño había de preceder el desembarco de casi toda su artillería.

Rindió con felicidad su viaje á Puerto-Rico y la Habana, al mando del capitán de navio D. Juan Bautista Lazaga y en el último puerto cargó maderas de construcción para regresar á la Península, en virtud de las órdenes del gobierno. El comandante, que an.tes de la salida de Cádiz y visto el estado del forro interior, baos, curvería y considerable quebranto del buque, habia solicitado su reconocimiento, insistió para que se verificase en la Habana, atendiendo á que la estación de los huracanes en que iba á emprender el regreso a la Península hacia posible el encuentro de tiempos duros y de las averias consiguientes; mas siendo terminantes las órdenes antedichas, se le comunicó la de salida del puerto que verificó con 200 hombres de dotación y 300 licenciados del ejército de trasporte el 28 de Agosto, escoltándole, hasta desembocar el Cana, de Bahama, el vapor Pizarro.

El 2 de Setiembre, franco del canal, tomó la vuelta del E. que siguió con vientos del NNE. hasta el 6. Este dia se presentó de mal aspecto, con frecuentes chubascos y mar gruesa: el barómetro descendía, anuncio que se tuvo en cuenta para hacer prudentes preparativos coa que recibir el mal tiempo y así, al romper este al medio dia en un furioso chubasco del NE. quedó el navio á la capa, mura á babor, con la gavia en todos los rizos, cangrejo mayor y trinquetilla, el barómetro en 29'1.

Nada hacia suponer hasta entonces que era huracán el que se presentaba, de otro modo ocurriría al lector, por la entrada del viento, que se hallaba el navio en su segmento NO. y que le convenia precisamente la vuelta contraria á la que tomó; mas encontrándose el buque en aquel momento en lat. N. 50° 23' y longitud O. 71°31' ó sea en la demora de la tierra N. 58°0. distancia 170 millas, una capa corrida, cual tiene que ser la de un huracán, ofrecía de esta vuelta riesgos mayores, con la probabilidad del encuentro de la costa. Tal debió ser el raciocinio del comandante cuya reputación marinera es conocida.

Siguió arreciando el viento progresivamente y empeorando el cariz: á media noche partió la verga mayor por el tercio del sotavento y se hizo trizas la gavia, que se sustituyó al momento con la mesana de capa. La situación al amanecer era critica: la mar espantosa, el viento verdadero huracán. Sus efectos eran palpables en el buque; y no podia estrañarse el movimiento de las tosas y tablones eslivados en las baterías á pesar de sus dobles trincas, al ver el de los baos, curvas y cubiertas, qus se salían de su sitio. En la bodega había 50 pulgadas de agua, no menos de dos pies en la primera balería, mientras en el sollado y cámaras nadaban los equipajes.

En la amanecida del 7 disminuyeron sucesivamente las rachas hasla quedar en calma á las ocho dé la mañana. Se aprovechó la pausa para reparar con toda actividad las principales averias, asegurar las vergas de trinquete, velacho, y el bauprés, cuya carlinga y barbadas habían fallado, y en esta faena, siendo las nueve y media saltó el viento del NO. con más furia que nunca, aunque sin llegar al límite que alcanzó á las once de la noche, señalando el barómetro 27'60 pulgadas.

Difícil es formar idea ni aun aproximada de la situación del navio en aquel momento, como es difícil que pueda concebirse, por simple relación, el movimiento, altura y choque de las olas; la fuerza impetuosa del viento, la desarmonía salvaje de sus sonidos, el volar del celaje.... el huracán, en fin.

Una de las rachas desfondó el cangrejo mayor, rifó la trinquelilla y la mesana, dejando sin vela, ó lo que es lo mismo, sin defensa la vieja nave. Crugian horriblemenle los costados, percibiéndose á simple vista el desprendimieato de los baos y el juego de los puntales, cual si todas aquellas piezas, unidas por mano del hombre, se vieran libres de obediencia á las leyes que presidieron á su conjunto. El buque conservaba noblemente la mura á la mar; pero qué movimientos, qué balances los suyos! El agua entraba por una y otra banda por encima del alcázar, sin que todas las bombas bastasen á evacuarla, pues que volvía á la bodega por las costuras y trancaniles. Por momentos se esperaba el desarbolo de los palos, cuyas jarcias, así por su elasticidad como por el movimiento, de los cadenotes, aparecían en banda, y en efecto, partieron los estáis del mastelero de gavia, amagando este venirse á la cubierta. Entonces seis marineros, verdaderos hombres de mar, subieron voluntariamente á picar sus jarcias, y el mastelero cayó al agua llevándose parte de la cofa que sostenía á aquellos valientes.

Un eminente orador sagrado ha descrito esta peligrosa faena y algunas otras situaciones del navio, en la forma siguiente:

  • «El mastelero pierde su equilibrio y es preciso picarlo. Valerosos marineros suben á la cofa á ejecutar la arriesgada operación con inminente y continuo riesgo de perecer. En medio del violento balancear del buque, no dejando percibir apenas los golpes de los operarios ni la voz de mando del capitán el chasquido horrísono de las velas hechas pedazos, el ruido estrepitoso de las olas y el zumbido infernal de los vientos; el palo ya sin apoyo amenaza caer sobre la muchedumbre apiñada en la cub¡er!a. En situación tan angustiosa todos enmudecen sobrecojidos de espanto, porque al caer precisamente muchos perecerán, y el barco franqueará á lo menos uno de sus costados á las olas embravecidas. La muerte que se ve venir encima por momentos, hiela la sangre en las venas, muda la color, seca y arruga la piel, agarrota los nervios, y el viviente entonces entre ser y no ser parece una figura humana sin movimiento; vive y respira aun, y ya es un cadáver. Al desprenderse el palo un balance lo arroja á la mar con la mitad de la cofa donde trabajaban los valientes marineros. Un grito de horror se arranca de los pechos de todos ¡Ah.... ah!.-... se salvaron! milagro de la Virgen del Carmen! se salvaron!... quedando asidos y juntos en el resto de la cofa, asomados al precipicio!....

  • »Tres dias de continua angustia sin tomar alimento apenas, ocupada la tripulación, los marinos en ejecutar las difíciles y peligrosas maniobras que con serenidad imperturbable ordenaba el diestro comandante, y los demás veteranos del ejército que regresaban á la madre patria á descansar de las belicosas fatigas, empleados en achicar el barco del agua que entrando á raudales lo inundaba, dejaron las fuerzas rendidas y los ánimos desfallecidos. Pero el temporal arrecia de nuevo; reprodúcense las escenas anteriores: los peligros aumentan, porque la nave vieja y muy mal parada apenas puede ya resistir. La proa se resiente; el contrafoque se lo lleva la mar, toda la arboladura peligra, y cuatro bombas reales, y todos los baldes y cuantos objetos cóncavos hay en el navio, no bastan á reducir el agua que lo anega. Cordones de gente con esta á la rodilla en la segunda bateria, inundarla completamente la bodega, devuelven á la mar sus ondas invasoras. En tanto el timón se entorpece, crúzase el buque presentando un costado á las olas embravecidas, y reclinándose á pesar de sus veinte y ocho pies de altura sobre ellas, deja franca la cubierta que invaden estrepitosas. En un golpe de mar se creyeron todos sumergidos, cuando todavía no empezaban á recobrarse del horroroso encuentro en que todos cayeron, contusos unos, heridos otros y maltratados los más. En aquella terrible situación un infeliz atacado del vómito rendía su alma al Criador: triste y miserable despojo para aplacar la furia de la mar alborotada. Y para que nada faltase á aquella horrorosa escena de desolación, derrámanse los calderos en que al cabo de tantos dias se intentaba preparar un poco de alimento; la grasa se inflama, y ese nuevo elemento amenazando devorarlo todo, viene como á conjurarse con las aguas, para apurar las fuerzasi de los desdichados navegantes. Segunda vez aparece el incendio en los depósitos de combustible; y nuevas ansias y nuevas congojas. Será, Señor, que una agonía lenta y continuamente escitada por nuevos riesgos acabe al fin con esos valientes, contra quienes se conjuran lodos los elementos? Ya no quedaba más que media vela; faltando esa la catástrofe era inevitable. El barco desencuadernado, abiertas sus curvas, desplomados los maderos del fondo, entrando el agua á torrentes, parecía una esponja que por todos sus poros la recibe. No era ya nave, era una mar pequeña separada de una mar inmensa por un frágil casco de madera. Las luces de SanTelmo, meteoros fatídicos que se dejan ver en los temporales, alumbraban con su triste y pálido reflejo aquella escena de horror y de desolación.»

Esta elegante descripción es exacta. El 8 rolando el viento del SO. al SE. se fijó por este rumbo hacia el medio dia; con alguna disminución en su fuerza, que permitió reponer la trinquetilla y mesana de capa, tensar las jarcias mayores y envergar un trinquete, vela que sirvió al dia siguiente 9 para correr un nuevo temporal del Sur, rabiza del huracán. En esta corrida acaeció el entorpecimiento de los guardines del timón que dio ocasión á que al rateándose el navio recibiera tres golpes de mar que hubieron de zozobrarlo. Ocurrieron también entonces los dos incendios, procediendo el más serio de combustión espontánea en las carboneras. Aun después de terminado el temporal sufrió el buque sus consecuencias, quedando tres días encalmado, juguete de la encontrada mar del huracán. En este tiempo se arrojó al agua mucha parte de la tablonería de cedro que iba en las baterías y que, enguacharnada con el agua, había aumentado considerablemente su peso.

Un fenómeno digno de estudio se observó en este buque. Al siguiente dia de su salida de la Habana apareció á bordo la fiebre amarilla de que fallecieron, cuatro individuos en poco tiempo. Empezó el huracán habiendo 18 invadidos en la enfermería y con la excepción de dos, que murieron en los momentos más críticos, curaron todos con el temporal, y pasado este no volvió á presentarle la epidemia.

El dia 15, despejado el tiempo y entablado el viento del NE., se hizo rumbo á la costa de los Estados-Unidos, con intención de tomar el puerto de Norfolk; mas habiendo recalado á sotavento y no estando el navio en estado de barloventear, determinó el comandante arribar á la isla de Cuba, ocupándose la gente de camino en reparar del mejor modo posible los descalabros sufridos. La navegación no ofreció olro incidente digno de mención, hasta la entrada en el puerto del Guantanamo que verificó el navio el 8 de Octubre, varando en el interior bajo el impulso de una recia turbonada; pero salió á flote con facilidad y remolcado por el vapor Pizarro, pasó el 16 á Santiago de Cuba, último puerto que había de visitar el viejo Soberano.

Algunos días después la ciudad presentaba una escena tiernísima. La tripulación del navio, cuya serenidad no decayó un instante en la pavorosa situación del buque, marchaba dirigida por los oficiales, con su comandante á la cabeza, en dirección al templo, para cumplir un voto solemne hecho, «no sollozando cobardes, pero sí llenos de un santo temor ante el poder de Dios y de esperanza en María, estrella del mar, fuerte escudo contra el gigante que tendido bajo la nave, se rebulle al sentirla, se hunde, y deja franco el paso ó se revela» La población toda solemnizó é hizo suya la fiesta celebrada en acción de gracias por los marinos.

La junta de asistencia del apostadero acordó; «que el capitán de navio D. Juan Bautista Lazaga llenó sus deberes en el mando del nombrado Soberano, en las providencias que tomó antes y después del huracán y en la arribada, que estaba completamente justificada,» cuyo fallo obtuvo la sanción Real, y como aquel co- mandante hubiera elogiado altamente el comportamiento de sus oficiales, de la tripulación y aun de los transportes, recomendando con especialidad á los que picaron el mastelero de gavia y algunos otros é impetrando la munificencia de S. M. en favor da los que sufrieron fractura de miembros, heridas ó contusiones, se dispuso la formación de un sumario para premiar debidamente á los que más sé habían distinguido.

Volviendo al navio, una comisión de jefes y peritos nombrada para reconocerlo minuciosamente encontró que todas las piezas principales que constituyen la seguridad y solidez de las embarcaciones se hallaban en este sin trabazón y desmentidas de su sitio los pernos y clavazón movidos, siendo la inutilidad en que había quedado el buque tan completa, que solo examinándolo, podía formarse idea de su estado. La parte de proa, desde el palo trinquete, presentaba un hundimiento notable; las cubiertas, ondulaciones increíbles; todas las curvas fuera de su sitio, hallándose además 18 de ellas partidas por la bragada y sin unión los costados, por lo tanto; aventados algunos tablones de los fondos, origen del agua que aun en reposo seguía haciendo el casco: en una palabra, ni aun la traslación á la capital, remolcado y escoltado por vapores se juzgó prudente.

Quedó, pues, sentenciado el Soberano, y se sacaron en consecuencia todos sus pertrechos, dejando á bordo un oficial con una sección de marinería para achicar por intervalos el agua. Esta fue en aumento progresivo hasta que no pudiendo contenerla, se varó el buque en el interior del puerto el 4 de Junio de 1855, utilizándolo aun así para el servicio de la sanidad, hasta que un incendio involuntario lo destruyó en Octubre de 1855.

En el Museo naval se encuentran con el núm. 783 unas trizas del trinquete y cangrejo mayor, recogidas después del huracán. Los nudos que este formó, sacudiendo los restos de aquellas velas, presentan la consistencia de la piedra.

» Dimensiones.

 
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» Artillería.

En 1828
28 cañones recamarados "La Cavada moderna" de a 24 libras.
30 cañones de a 24 libras "recama" de a 18, rusos.
16 cañones de a 8 libras, rusos.
 
 

» Dotaciones.

En 1828
13 oficiales de guerra.
8 guardiamarinas.
10 oficiales mayores.
11 oficiales de mar.
14 carpinteros y calafates.
12 especialistas (armeros, veleros, herreros, etc..).
4 dependientes de despensa.
8 sargentos.
216 tropa de infantería y artillería de marina.
354 hombres de mar.
Total: 650 plazas.
 
 

» Imágenes del navío.

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Vista de perfil del navío Soberano en 1829. Ilustración de Todo a Babor.

 

Observaciones.

Hasta su pérdida por naufragio el Soberano tenía ¡83 años de servicio!.

Sus gálibos sirvieron de base para la construcción de los últimos navíos de línea españoles, el Reina doña Isabel y el Rey don Francisco de Asís de mediados del siglo XIX

Estando en la Habana en 1829, el oficial de la Marina Juan José Lerena, presentó a sus compañeros de Marina un Telégrafo de día y de noche, para mar y tierra, y unos meses después, una comisión de brigadieres de la Armada, reunidos en el navío Soberano, fondeado en el puerto de La Habana, aprobó el proyecto presentado por Lerena.

El ingeniero y ciudadano de Nueva Orleans Y. L. Ripaud escribe al jefe del departamento de Marina de Veracruz y éste da cuenta de su ofrecimiento en agosto de 1828 para destruir, no dice cómo, a los navíos Soberano y Guerrero y una fragata que se encontraban en la Habana. El pago era de 150.000 pesos, siempre y cuando hubiera conseguido su propósito. (SG)
Este plan nunca se llevo a cabo, quizás sólo era un oportunista que pretendía engañar a las autoridades mexicanas para embolsarse una buena cantidad de dinero.

El estado del navío en 1845

"Hemos recorrido detenidamente el navío Soberano, y el aseo la subordinación y buen orden en que en él reinan, nos ha llenado de satisfacción y orgullo porque demuestran que todavía puede la España alcanzar la palma entre las naciones marítimas, si el Gobierno sabe utilizar los elementos que en nuestra Patria existen. El digno comandante D. José Bustillos puede, sin incurrir en exceso de amor propio, envanecerse de su obra, pues basta a revelar sus reconmendables aprendas en que durante su mando no haya sido preciso formar a la tripulación ni un leve sumario; siendo suficiente algún mero castigo correccional para mantener la disciplina hasta el punto que no haya un solo ejemplo de desercción, a pesar de que a menudo saltan a tierra los marineros en número de 100 o 200. Entre los varios objetos que en el citado buque nos ha llamado la atención creémos deber mencionar los cilindros giratorios colocados en los pañoles de las jarcias para maniobrar los gruesos cabos y desenrollarlos y recogerlos sin necesidad de grande esfuerzo. Este mecanismo, tan útil como sencillo, es también debido a los conocimientos prácticos del comandante del Soberano."

(Gaceta de Madrid 30/7/1845 Encontrado por Todo a babor)

Sobre el huracán que lo dejó inservible en 1854

"Según participa el comandante general del apostadero de La Habana, con fecha del 19 del pasado, el navío Soberano había llegado a Guantánamo el 8 del mismo completamente destrozado por el huracán que había sufrido los días 6,7 y 8 del mes anterior de cuyas resultas hacía el buque 35 pulgadas de agua por hora hasta la noche anterior a su entrada a Guantánamo, en que por efecto de un fuerte brisote del N.E. llegó a hacer 45 pulgadas por hora. El navío solo había experimentado en su dotación y transporte la pérdida de 4 hombres que fallecieron de fiebre amarilla. En las maniobras y faenas que ocasionó el huracán se rompió un brazo el segundo contramaestre Vicente Félix Seijas y los soldados Francisco Arnesto, de la dotación del navío, y Juan Ramos que venía de transporte, se fracturaron ambos una pierna. El comandante del navío hace los más encomiados elogios así de los oficiales, tropa y marinería de la dotación, como de la tropa del ejército que el buque conducía por el arrojo, bizarría y sufrimiento que han demostrado en la crítica situación en que se han hallado por espacio de un mes. Con fecha del propio 25 de octubre da aviso el enunciado comandante general de la llegada del navío a Santiago de Cuba, remolcado por el vapor Ulloa, sin que en las 30 millas que median entre ese puerto y Guantánamo hubiera tenido ninguno de los dos buques el más mínimo contratiempo."

(Gaceta de Madrid 23/11/1854 Encontrado por Todo a babor)

Instrucción de combate del navío de S.M. Soberano en 1829.