A la caza: reflexiones en la soledad de la toldilla.

Al mirar el nítido horizonte, siento en el rostro el viento fresco que me azota como una caricia por el través de babor.

Desde la toldilla, puedo ver el perfecto orden de la cubierta y al grupo de marineros del sollao de proa, que algo desarrapados, se afanan gobernando la escota de barlovento del velacho de trinquete. Ya se sabe que en estos tiempos, el dinero solo alcanza para las vestimentas y boatos de palacio.

El buque ciñe el viento y mantiene firme el rumbo. Hace dos días que tenemos a la vista al enemigo, al que no conseguimos darle caza. Si en el arsenal nos hubieran colocado las planchas de cobre que nos faltan alcanzaríamos los dos nudos que necesitamos para abordar a esa corbeta. La moral es alta y cada vez que disparamos el cañón de proa, el júbilo de la marinería parece hacer vibrar los obenques del palo mayor.

El carpintero me acaba de informar que ha conseguido bajar el agua de la sentina a tan solo dos palmos, eso nos dará algo de velocidad. Con tan solo una semana más en el carenero de Puerto Real, hubiéramos podido cambiar las tracas de la amura de babor que tanto sufrieron en el combate contra aquel corsario y que ahora, nos preocupan a cada pantocazo.
Intento que mis reflexiones no trasciendan a la animosidad de mi aspecto, no quiero que mis oficiales se desmoralicen. Ojalá un día tengamos buenos políticos y gente del pueblo que mire al mar con apego.

Suenan dos campanadas bajo el trinquete. Me vuelvo hacia el oficial de guardia, viejo amigo y le señalo arriba, al palo mayor. Ha estado muy atento a la visita del carpintero y en el acto, me comprende sin mediar palabra.

— Larga rastrera de mayor.

— Alas de barlovento en bonete y gavia de mayor.

Ha transmitido las ordenes sin forzar la voz, dirigiéndose al contramaestre que ya estaba prevenido antes de recibirlas. En un instante está henchida la rastrera que hace gemir el palo mayor mientras las alas vuelan y el buque se estremece mínimamente. Esperemos que el mastelero aguante después de la reparación de fortuna en la hemos estado trabajando toda la noche. El de respeto, se lo llevaron a Madrid antes de zarpar, según parece, como poste para un espectáculo con un globo aerostático. Cosas de la corte, ya se sabe.

Han pasado cinco horas y el mastelero parece que aguanta, lo que nos ha permitido acercarnos al enemigo y todo ello a pesar sus esfuerzos por soltar lastre. Es la hora del silencio ahora dueño del buque, únicamente quebrantado por el crujir de la jarcia desde que ordené zafarrancho en el cambio de guardia hace media hora. Todos en sus puestos estamos atentos a la evolución de la maniobra, mis oficiales escudriñan el velamen del enemigo que amaga fingiendo maniobras ficticias y que no consiguen engañarnos. Sin duda saben lo que se les viene encima.
Dueños del barlovento, tengo previsto soltar el lastre ya preparado justo antes de dar la orden de combate, quiero ganar tiempo y presentar batalla antes de embocar el estrecho y evitar que el enemigo se nos esconda en Gibraltar.

A la puesta de sol, ese capitán ingles y sus oficiales cenarán en mi camareta como mis invitados. Por supuesto que nuestra enseña ya ondeará en su popa mientras reponen energías con una tortilla al gusto español y un buen vino "amontillao" de la campiña de Jerez.

  • "Presa en el Estrecho", pintura de Carlos Parrilla. El autor de este relato se ha inspirado en este cuadro.