Todo a Babor.
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Más allá de la tormenta.

Por Alexis Brito Delgado.
  • "Cada uno de los movimientos de todos los individuos se realizan por tres únicas razones: por honor, por dinero o por amor".
  • Napoleón Bonaparte

I

LA LLEGADA DEL ENEMIGO

Los barcos que formaban la flota de la Armada Real Inglesa, comandada por el Vice-almirante Robert Calder, oscilaban sobre las aguas oscuras del Atlántico. Una corriente de aire helado recorrió el océano, agitó las velas y los aparejos, haciendo que los tripulantes se encogieran de frío en el interior de los pesados capotes. Impertérrito, con las piernas separadas y las manos detrás de la espalda, Stark recorrió con la mirada la cubierta del Windsor Castle; la seguridad y la arrogancia que destilaba le hacían parecer el capitán del navío, no un simple soldado de fortuna. La niebla descendió, cubriendo el palo mayor, las jarcias, y las vergas principales. Los marineros susurraban, asustados, vencidos por un temor supersticioso, imposible de reprimir; a ninguno le agradaba estar metido en aquella situación. Un inglés cubierto de cicatrices, veterano de mil combates, empuñó con fuerza su mosquete y escudriñó el horizonte.

—¿Dónde se habrán metido esos hijos de Satanás? —dijo con voz ronca—. ¡No los veo por ninguna parte!
El sajón esbozó una sonrisa sardónica.
—Deben estar afilando las espadas —replicó—. Cuando el Almirante Villeneuve dé la orden de ataque, se nos echaran encima, dispuestos a cortarnos el pescuezo.
Su camarada se santiguó con grandes aspavimientos.
—¡Dios nos libre! —exclamó—. Esta bruma me pone la piel de gallina… ¡Parece que ha llegado el Día del Juicio!
Stark acarició el pomo del estoque que colgaba en su cadera derecha.
—A mí no me dan miedo esos perros franceses y españoles —apostilló—. Si nos abordan, les recibiré con un buen palmo de acero en las entrañas.

Un corro de risillas nerviosas respondió a su comentario. El sajón miró a sus camaradas con altivez, no sin cierto desprecio: los británicos siempre le habían parecido un puñado de cobardes que se refugiaban debajo de las faldas de la Corona. La tripulación no tenía ganas de entonar canciones patrióticas, reír a carcajadas, tocar las palmas, divertirse, o emborracharse, como días atrás. La seguridad de aquellos individuos fue reemplazada por el temor; la flota de Bonaparte les había anulado cualquier sentido de la diversión.
—Me he metido en lo peor del fregado —gruñó Stark entre dientes—. Cuando nos ataquen se mearán en los calzones como niños de teta…

Después de que Napoleón invadiera Piamonte, rompiendo la frágil Paz de Amiens, Gran Bretaña estaba de nuevo en guerra con Francia. Los planes del Emperador, hábilmente trazados como de costumbre, consistían en reunir los ejércitos acampados en Boulogne, escapar de bloqueo británico del Estrecho de Finisterre, y atacar Irlanda con el auxilio de la flota de Villeneuve, a la que se habían unido los españoles en el último momento. Ahora, a través de la niebla insoportable, ambas fuerzas tomaban posiciones de combate, listas para sembrar el caos y la destrucción. La atmósfera misteriosa, rota por los crujidos de la nave y las voces de los marineros, no presagiaba nada bueno. El sajón cruzó la cubierta con grandes zancadas y se aproximó a estribor; deseaba contar los barcos que se perfilaban en la lontananza. Al llegar a su objetivo, entrecerró los ojos y apoyó la diestra en el pasamano, ignorando el ambiente gélido y fantasmagórico que lo rodeaba. A lo lejos podía distinguir, si la vista no le engañaba, el buque insignia de sus enemigos: El Argonauta, de ochenta cañones, capacidad para un millar de tripulantes, tres mástiles, y cincuenta y tantos metros de eslora, a la cabeza de la flota franco-española. Stark apretó los labios con fuerza: aquel barco era temido en los mares de toda Europa, su rapidez, sofisticación y autonomía, lo convertían en un oponente increíblemente peligroso. Cerca del Argonauta, distinguió los perfiles borrosos de varios navíos: el América, el Plutón, el Firme, y el Algésiras; hermanos de armas, letales y amenazadores. Sacó el catalejo del interior de la casaca y contó varias veces las hileras adversarias, hasta que estuvo seguro; si sus cálculos no fallaban, tendrían que luchar contra una veintena de embarcaciones.

Sin desearlo, se volvió y contempló el navío donde viajaba, de tres cubiertas y noventa y ocho cañones, poblado por individuos de todas partes del Viejo Continente, bajo el mando del capitán Charles Boyles; poca cosa para resistir el asalto de la flota enemiga. El sajón se encogió de hombros y dejó de hacer conjeturas: que fuera lo que Dios quisiese. Morir en el océano, frente a las costas de Galicia, no era peor que hacerlo en tierra, en cualquier batalla europea. Indiferente al destino que le aguardaba, subió a la segunda cubierta, para tener una visión panorámica del combate inminente. En rededor, sus camaradas fuertemente armados, una mezcolanza de ingleses, austriacos, e italianos, oraban o escupían por encima de la borda, preparándose para dar lo mejor de sí mismos. Un guardiamarina de unos doce años de edad interceptó su camino. El rostro del muchacho, pecoso y de expresión agradable, se abrió en una enorme sonrisa al verlo:

—¡Señor Konrad! —saludó—. ¿Está preparado para enviar a los franceses al Infierno?

Stark le devolvió el gesto: el chico le recordaba a sí mismo cuando tenía su edad; un pícaro capaz de robar y engañar por un mendrugo de pan, superviviente de la guerra y los conflictos de los hombres.

—Usted lo ha dicho, John. —Le acarició la cabeza ensortijada—. Mantenga los ojos bien abiertos, ¿entendido?
El niño asintió respetuosamente.
—Lo haré, señor.

Konrad descubrió al capitán del barco en el castillo de proa, consultando los mapas náuticos, junto a media docena de oficiales. Un bufido escapó de sus labios: detestaba a aquellos hombres orgullosos y perfumados, de charreteras doradas, que sólo se dirigían a la tripulación para impartir órdenes.
—Estará tomando nota en el cuaderno de bitácora —resopló—. ¡Malditos sean los oficiales y el que los inventó!
Un francés lanzó una carcajada al escuchar su comentario.
—Vigile sus palabras, muchacho —dijo—. Esos faisanes no durarían en encerrarle y cargarle de cadenas por insubordinación.
El sajón fue arrogante:
—Están demasiado liados para hacerme caso —replicó con mordacidad—. Querrán pasar a los libros de historia como los hombres que derrotaron a Bonaparte en el Canal de la Mancha.
El anciano le guiñó un ojo humorísticamente.
—Qué gran destino el nuestro, ¿verdad?
Stark esbozó una mueca torcida.
—No hay mayor honor que caer sirviendo a la Patria, abuelo.

Las velas chirriaron cuando la brisa cambió de dirección. Un clamor colectivo recorrió el buque de proa a popa: tenían el barlovento en contra. Aquella era una mala señal, no podrían huir aunque quisieran, y menos maniobrar con rapidez; parecía que la suerte estaba de parte de los invasores. Una campana rompió la quietud que enrarecía el aire. El pabellón de Inglaterra fue izado en la mesana; los colores rojo, blanco y azul, palidecieron bajo la luz tenue del amanecer.

—¡Todos a sus puestos! —ordenó el capitán Boyles—. ¡Listos para formar!

Los marineros y soldados corrieron hacia sus posiciones. El sonido de los pies calzados se mezcló con el rugido de los tambores. Las velas fueron tensadas y los cañones preparados. Boyles se dirigió al timonel y le indicó que hiciera girar el barco. La flota británica, dividida en dos columnas irregulares, comenzó a formar una línea de batalla. Tranquilo, el sajón se situó en la batería de estribor, fascinado por la maniobra colectiva, con media sonrisa irónica dibujada en los labios. Por experiencia propia, sabía que los buques tardarían horas en coordinarse entre ellos, las maniobras militares a gran escala siempre requerían mucho tiempo; reservaría las energías para cuando la necesidad lo dictara. Las embarcaciones, firmes y robustas, parecían monstruos arrojados al presente desde un pasado remoto. Lentamente, el Windsor Castle comenzó a virar en la dirección que el capitán había ordenado, levantando remolinos de espuma. Stark experimentó una descarga de adrenalina recorrerle las venas: la fiebre de la batalla empezaba a poseerlo. Delante, a unas seiscientas yardas, las formas familiares de los navíos ingleses se dibujaban a contraluz: Hero, Ayax, Triumph, Barfleur, y el Agammenon. Detrás, entre los haces de bruma, navegaban los buques Prince of Wales, Repulse, Raisonnable, Dragon, Glory, Warrior, Thunderer, y Malta. La Armada Británica contaba con quince navíos de línea, dos fragatas, y dos buques menores.

El sajón se preguntó si el Almirante Calder daría la talla: estaban en desventaja numérica y con el viento en contra. El enemigo contaba con más naves y una potencia de fuego superior; además de la escasa visibilidad y tripulaciones poco o mal entrenadas. Enfrente, la escuadra franco-española realizaba maniobras similares a la británica, enardecida por las órdenes de sus comandantes. Stark desvió la mirada hacia el Prince Of Wales, de noventa y ocho cañones, que debido al viento inexistente, estaba tardando en girar lo indecible. Un momentáneo desgarro en la niebla le permitió contemplar los barcos rivales: los separaban siete u ocho millas; distancia que no sería rota hasta la tarde como mínimo. El francés se acercó a Stark y le pasó una cantimplora subrepticiamente.

—Para subir los ánimos, compañero —explicó—. La moral de los hombres está en horas bajas.
Konrad bebió, agradecido, disfrutando el amargo licor que, poco a poco, iba calentando sus miembros.
—Tiene usted razón, abuelo —dijo—. La fiesta está poco animada. Unos tragos de ron nos vendrían bien a todos.
El anciano guardó la petaca en el bolsillo y se ajustó el bonete sobre los cabellos ralos.
—Veo que no tiene miedo, señor Konrad —añadió—. Voy a terminar pensando que disfruta con la guerra.
El sajón se mostró irónico:
—Dado que va a durar unos cuantos años no me queda otro remedio, Nicholas.
—He oído que el Defiance no tardará en unirse a nosotros —repuso—. Cuanta más ayuda recibamos, mejor.
Stark fue despectivo:
—Carne de cañón para servir a la Patria —rezongó—. Dentro de unas horas estas aguas serán el preludio del mismísimo Infierno. Otra embarcación no significará diferencia alguna.

A Nicholas no le preocuparon sus predicciones: ambos sabían que la lucha sería reñida y encarnizada. Lamentar la mala suerte era una pérdida de tiempo.

—¿Quiere otro trago, señor Konrad?
El sajón asintió de inmediato.
—Por supuesto, abuelo. Por favor.

 

II

SEÑALES EN LA OSCURIDAD

 

Al caer la noche, la luna ascendió sobre el océano coloreado de sangre, rompiendo los pesados nubarrones que se deslizaban por el poniente. Las aguas negras, estaban llenas de cadáveres, pedazos de madera y velámenes desgarrados. Herido de muerte y flotando a duras penas, el Windsor Castle se recuperaba de las espantosas heridas infligidas por varios buques enemigos. Sobre la cubierta enrojecida, los marineros supervivientes trasladaban a los muertos y a los heridos, envueltos en una oscuridad desagradable. Cerca del castillo de popa, Stark se vendó un rasguño superficial que tenía en el brazo, pasando por alto el gemido de los moribundos; no había perecido de milagro ante el primer ataque. Exhausto, estudió el palo mayor astillado, el mastelero de velacho roto, el trinquete perforado por cuatro o cinco cañonazos, las velas y las jarcias destrozadas, y el bauprés estallado. Por fortuna, los disparos de los franceses no habían alcanzado el casco, de lo contrario, ahora estarían charlando con los peces. A su derecha, un marinero de primera agonizaba con el pecho atravesado por un trozo de madera; la punta escarlata le asomaba por la espalda.

—Muere de una vez, idiota —masculló—. Tus lamentos me están volviendo loco.

Lógicamente, al sajón sólo le preocupaba su pellejo; la compasión no servía de nada en la guerra. Como soldado experimentado, su instinto de supervivencia prevalecía sobre todo lo demás; gracias ello continuaba vivo, ni más ni menos. Encima de su cabeza, al lado del timón, un herido recibía las atenciones de Nicholas, que, milagrosamente, había salido indemne del combate. El anciano se inclinó sobre el pretil y lo llamó a cajas destempladas:
—¡Mueva el trasero, señor Konrad! —dijo—. ¡Necesito que me eche una mano!
Stark fingió no escucharlo.
—¡No se haga el sordo conmigo, muchacho! —prosiguió el francés—. ¡O tendré que bajar y darle unos azotes!

De mala gana, el sajón se incorporó y subió las escaleras reventadas por las explosiones, esquivando a los marineros que llenaban su entorno. El viejo le estaba haciendo un torniquete en la pierna a un joven: era improbable que el grumete fuese a conservar el miembro, el cual había sido fracturado por una descarga de artillería.

—Pierde el tiempo, Nicholas —terció Stark—. Mejor le va buscando un ataúd al chico.
El francés ignoró su sarcasmo.
—Si no corto la hemorragia estará perdido —gruñó con las mandíbulas encajadas—. Nuestro querido doctor tiene trabajo de sobra con los oficiales.
El sajón no hizo ningún gesto para auxiliarle: no deseaba mancharse las ropas de sangre.
—Siempre pasa lo mismo —comentó—. En el ejército hay categorías hasta en el retrete.
El grumete soltó un suspiro y expiró sin que el viejo pudiera hacer nada por evitarlo.
—¡Pobre muchacho! —exclamó Nicholas—. ¡Qué el Señor se apiade de su alma!
—¡Pamplinas! —replicó Stark con dureza—. Nadie lo mandaba a enrolarse en un buque de guerra. Quizá su destino sea mucho mejor que el que nos espera a nosotros.

Con los músculos tirantes, Stark intentó conciliar el sueño, cosa que se le hacía del todo imposible; los ronquidos de sus compañeros andaban cerca de poder despertar a un muerto. Irritado, emergió de la litera y agarró sus armas; no deseaba que lo desplumaran mientras daba un paseo por la cubierta. En silencio, recorrió las entrañas de la nave y esquivó a los hombres agotados que dormían en el suelo tirados en cualquier postura, alcanzando la escotilla de salida. En el exterior, el viento nocturno que aún hedía a pólvora, refrescó sus sentidos sobresaturados por la hediondez de los cuerpos sin lavar. El sajón introdujo las manos dentro de los bolsillos de la casaca y resopló de frío. La luna menguante rielaba el mar en calma, propagando una iluminación etérea y lánguida, que no lo ayudó a serenar sus nervios a flor de piel. Los vigías que custodiaban la nave hablaban en susurros, temerosos de que algún disparo los alcanzara, no le prestaron atención alguna mientras caminaba hacia la popa. Stark se detuvo e inhaló una profunda bocanada de aire: le complacía el silencio y la paz que cubrían la noche. Ausente, observó las constelaciones lejanas que brillaban en el infinito: era un placer continuar con vida. Cuando se cansó de contemplar la bóveda celeste, sacó un paquete de tabaco del bolsillo del pantalón y preparó su pipa; fumar lo haría olvidar los trágicos acontecimientos que había presenciado. Complacido, tomó asiento sobre un tonel, en un rincón a oscuras, soltando bocanadas de humo por la boca. La luna se ocultó tras las nubes, sumiendo el mar en unas tinieblas que no auguraban nada bueno. El roce de unos pasos furtivos lo obligó a ponerse en guardia: al parecer no era el único que no podía conciliar el sueño. Una sombra cruzó la cubierta y avanzó hacia el castillo de proa, tomando toda clase de precauciones. Con desconfianza, Stark llevó la zurda a la empuñadura de plata de su estoque: allí había gato encerrado.

Esto huele mal, pensó para sus adentros. No me gusta nada que un marinero recorra la cubierta a estas horas sin estar de guardia.

Espoleado por la curiosidad, siguió al desconocido, silencioso como un espectro. Ambos hombres recorrieron la cubierta a oscuras; Boyles había ordenado apagar todas las lámparas para no desvelar su posición a los barcos enemigos. La sombra ascendió las escaleras y se detuvo cerca del pasamano, buscando algo debajo de su capote con movimientos nerviosos. El sajón entornó los párpados, intentando reconocer el rostro del marinero, sin éxito. El desconocido se agachó y encendió una linterna: las facciones aquilinas quedaron iluminadas durante un segundo, antes de ponerse en pie y levantar la lámpara sobre su cabeza. Stark había reconocido al traidor que hacía señales a los franco-españoles: Nicholas había vendido su espíritu al Diablo. Con un juramento volcánico, desenvainó la espada: la hoja destelló como un relámpago en la negrura.
—¡Maldito sea, abuelo! —gruñó—. ¡Apague la linterna si no quiere que le abra en canal!
El francés lanzó una carcajada desagradable.
—¡Ha llegado demasiado tarde, idiota! ¡Viva Bonaparte! ¡Muerte a los ingleses!

El fragor de los estampidos reverberó en la noche y desgarró el silencio. Sin pensarlo, Stark se arrojó al suelo y buscó refugio lo mejor que pudo. La cubierta estalló en una llamarada carmesí, los cañonazos reventaron los pontones y los mástiles, agujereando las velas y las jarcias. Nicholas sacó una pistola y apretó el gatillo: la bala le arrancó al sajón el sombrero de la cabeza. Desesperado, se revolvió como un lobo y empuñó uno de sus pistolones: el viejo se agachó con asombrosa agilidad, esquivando el proyectil destinado a su corazón. Los cañones franceses volvieron a tronar: la batayola saltó en pedazos bañando de astillas ardientes los cuerpos de ambos hombres. Una marejada de individuos salió a la cubierta con los mosquetes preparados: gritos furiosos y resentidos rompieron el toque de queda. La voz del capitán del buque se alzó sobre la algarabía que lo circundaba:
—¡Levad anclas! —ordenó a los marineros—. ¡Todo a babor! ¡Apresuraos, hijos de una perra sifilítica!

Stark se incorporó y saltó sobre el francés: las espadas soltaron centellas blancas y azules al entrar en contacto. Colérico, efectuó una rápida finta y rompió la guardia de su antiguo compañero, enterrándole la hoja en el vientre. El viejo lanzó un berrido sofocado y se desplomó de rodillas, escupiendo sangre por la boca. Inmisericorde, el sajón desclavó el arma y le abrió el cráneo en dos: los sesos le salpicaron la casaca manchada de hollín. Furioso hasta decir basta, Charles Boyles se aproximó a su persona, acompañado por dos soldados provistos de arcabuces.
—¿Qué diablos ha hecho? —bramó—. ¡Exijo una explicación inmediata!

El viraje del barco estuvo a punto de arrojarlo al suelo. Disparos aislados golpearon las aguas intranquilas: el enemigo había perdido el rastro de la embarcación. Podían considerarse relativamente a salvo... de momento.

—Este malnacido estaba haciendo señales a la flota franco-española —explicó Stark—. Si no lo hubiera visto ahora mismo estaríamos en el fondo del océano.
La patada despreciativa que el capitán propinó al cadáver fue más elocuente que mil palabras.
—Necesito pruebas, soldado —argumentó—. ¿No esperará que confíe en su palabra después de lo que ha sucedido?
El sajón limpió la hoja ensangrentada en el capote del anciano: le chinchaban las ínfulas de grandeza de aquel bastardo.
—Me importa un bledo lo que usted piense, compadre. He sudado sangre y mierda para defender su inmundo cascarón. Así que crea lo que le dé la gana, ¿entendido?
Boyles hizo una señal a sus hombres: jamás le habían hablado de aquella forma durante toda su carrera militar.
—¡Prendedlo! —chilló—. ¡No soporto tanta insolencia!

 

III

MÁS ALLÁ DE LA TORMENTA

 

Cargado de cadenas, Stark observó la pálida luz solar que irradiaba la celda donde había sido confinado, la cual apestaba a sangre, sudor y pólvora. Tranquilamente, estiró las largas piernas enfundadas en unas botas de cuero que le llegaban hasta las rodillas, y soltó un suspiro: tanta inactividad lo mataba de aburrimiento.

Una cara diminuta se dibujó tras los barrotes de hierro.
—¡En menudo lío se ha metido, usted! —exclamó el jovenzuelo—. ¡El capitán Boyles desea colgarle por los pulgares del palo mayor!
El sajón esbozó una sonrisa mordaz.
—Mientras no sea por el cuello…
John se mostró preocupado.
—Hablo en serio, señor Konrad. No debería tomárselo a la ligera. Ya sabe como son los oficiales.
Stark ignoró sus comentarios.
—Cuénteme lo que ha pasado, muchacho. Hace mucho rato que no escucho el sonido de los cañonazos. ¿Acaso Napoleón ha firmado un Tratado de Paz con Inglaterra?
El chico rió de buen humor.
—Volvemos a casa. ¿Puede usted creerlo?
Konrad enarcó las cejas con interés.
—¿Cómo es posible? —inquirió—. ¿Al Almirante Carter se le han pasado las ganas de combatir tan rápido? ¡Si la fiesta acababa de empezar!
El guardiamarina aferró las rejas y añadió:
—Por lo visto, los buques que atrapamos ayer por la tarde, tienen escaso valor para los comandantes. Nuestro barco, el Agamemnon, el Malta, y el Ayax quedaron gravemente dañados después de la batalla. Carter ha ordenado la retirada y tomado rumbo norte: no quiere arriesgarse a que las flotas bloqueadas Rochefort y Ferrol se unan a los franceses y nos pateen el trasero.

El sajón se frotó las manos, complacido; disfrutaba con la noticia, era la mejor que había oído desde que partió hacia el combate. La guerra era para los valientes que tocaban el arpa en el Paraíso. Los hombres como él preferían escurrir el bulto y esperar a que amainara el temporal: la actitud más sensata que cualquier cristiano podía adoptar si quería conservar el pellejo.

—Formidable, John —repuso—. Recuérdame que te invite a una jarra de cerveza cuando lleguemos a Londres.
El muchacho se quitó el sombrero y efectuó una reverencia:
—Lo tendré en cuenta, señor, se lo aseguro.
Stark decidió tomar el toro por los cuernos.
—¿Podría conseguirme un tentempié? —añadió—. Tengo un hambre espantosa. Llevo sin probar bocado desde ayer por la noche.
El guardiamarina echó un vistazo nervioso al corredor.
—Lo intentaré, Konrad.
El sajón bajó el tono de voz:
—Dígale al jefe de los cocineros que va de mi parte —instó—. Esa bola de grasa me debe una bonita suma por haber perdido unas cuantas veces a las cartas conmigo. Ya es hora de que empiece a pagar, ¿no cree?
John sonrió pícaramente:
—Me temo que tiene usted razón, señor.

Acto seguido, el chico se colocó el sombrero y desapareció por donde había venido. Por el balanceo de la nave, Stark descubrió que avanzaban a buena velocidad, probablemente remolcados por otro buque, lejos de la Escuadra napoleónica derrotada. Los minutos pasaban pausadamente. Una inesperada modorra se apoderó del sajón, pero el rugido de su estómago le impedía conciliar el sueño; si el cocinero se atrevía a ignorar la petición del muchacho, no dudaría en abrirle la cabeza cuando fuera un hombre libre. Tal como imaginaba, el Vice-almirante Carter no había estado a la altura de las consecuencias; ahuecar el ala ante la menor oportunidad, era sinónimo de Consejo de Guerra en todos los ejércitos del mundo. Por otra parte, Villeneuve también había obrado como un cobarde, relegando la peor parte de la batalla a los españoles, que lucharon con un arrojo y valentía que los franceses habían sido incapaces de imitar. Por ello, entre otros motivos, sólo experimentaba desprecio por los oficiales de alta cuna; nada más que servían para recoger estiércol, no para comandar a miles de valerosos hombres hacia la aniquilación. Si las noticias que le había dado el chico eran correctas, la ofensiva habría sido un fracaso estrepitoso; esperaba que los generales de ambos bandos dieran con sus huesos en una mazmorra por su ineptitud.

El sonido de una carrera apresurada lo arrancó de sus reflexiones. John apareció en la puerta de la celda cargado con una hogaza de pan, un pedazo de carne salada, y un odre de vino.
—El cocinero no estaba muy convencido de que le estuviese diciendo la verdad, señor. Pero cuando le comenté, que hablaba en su nombre, prefirió no arriesgarse y me dio estas vituallas.
Stark extendió las manos a través de los barrotes y cogió la bebida.
—Gracias, muchacho —dijo mientras bebía un ruidoso trago de vino—. Estoy en deuda con usted.
Acto seguido, mordisqueó un pedazo de pan, y dijo con la boca llena:
—Acompáñeme —barruntó—. Es lo mínimo que puedo hacer.

El guardiamarina no necesitó que lo repitiera dos veces y se abalanzó sobre el odre: a su edad, los jóvenes siempre tenían un apetito espantoso. Cuando terminaron el almuerzo tardío, el alemán lanzó un discreto eructo y le comentó a su compañero:
—Es mejor que se vaya, John. Si los centinelas le encuentran aquí se meterá en un problema.
El chico se incorporó y se limpió las manos en la casaca.
—De acuerdo, señor Konrad.
—No le diga a nadie lo que ha pasado —puntualizó—. Y tampoco me ha visto desde el inicio de la batalla.
John negó con firmeza.
—De acuerdo, señor.

Konrad sonrió con cierta ternura mientras lo veía marchar: aquel jovenzuelo valía su peso en oro.

Al atardecer, dos guardias armados con mosquetes y espadas se plantaron delante de la celda: sus caras cenicientas no presagiaban una boda.
—Mueva el culo, compadre —dijo el más alto—. El capitán quiere charlar un rato con usted.
El sajón señaló los grilletes con una mirada burlona:
—Os acompañaría encantado si pudiera caminar, amigos míos.
El centinela abrió la puerta y lo obligó a ponerse en pie.
—Si vuelve a decir algo le meteré la bayoneta por el gaznate. ¿Queda claro?
Stark no se molestó en responderle: plantaría cara a aquel gallito vanidoso cuando tuviera la oportunidad.

El trío atravesó la cabina principal y los camarotes de los marineros sin cruzar una palabra con nadie, dirigiéndose a los aposentos del capitán situados en la zona de popa. Sus camaradas lo vitorearon mientras pasaba, agradecidos por su valor, y sobre todo, por haberle plantado cara a Boyles. Un herido le palmeó el hombro.

—¡Soltad al muchacho! —dijo—. ¡Si no fuera por sus arrestos seríamos historia!
Otro individuo, un marinero de segunda, añadió:
—El capitán debería darle una medalla por haber matado al viejo Nicholas.
—¡Es cierto! —exclamó un grumete—. ¡Ese franchute pensaba vendernos como si fuéramos basura!

Entre gritos jubilosos, llegaron a la cabina de Boyles, que lo esperaba sentado detrás de su escritorio, rodeado por sus mejores oficiales. Una puerta de corredera se cerró detrás del sajón y silenció el escándalo de los marineros.

—Quitadle las cadenas —ordenó el capitán secamente—. Y dad una copa de vino a este hombre.
Asombrados, los guardias se apresuraron en obedecer a su superior, no sin cierta reticencia. Stark susurró en la oreja del individuo que lo había amenazado.
—Después nos veremos las caras.
Charles Boyles había escuchado sus palabras.
—Nada de peleas mientras dure la travesía —restalló—. La tripulación ya está bastante agitada. No quiero arriesgarme a tener un motín.
El sajón entrechocó los talones con fuerza.
—Nada más lejos de mi intención, señor.
El capitán unió las yemas de los dedos y lo estudió con una mirada calculadora.
—Ignoraba que fuera un hombre tan popular —repuso—. De lo contrario no vería la luz del sol hasta que fondeáramos en el puerto de Londres.
Konrad utilizó todo su encanto e hipocresía para meterse a aquel cretino en el bolsillo.
—Lamento haberle hablado de aquella manera, señor. Supongo que perdí los nervios cuando fuimos atacados. Nunca pretendí faltarle el respeto de una manera tan innoble.
La expresión circunspecta de Boyles no cambió.
—Tiene suerte de que los centinelas que estaban de guardia hayan testificado a su favor —apostilló—. Durante un momento llegué a pensar que usted nos había traicionado.

Stark aceptó la copa que le tendía un soldado: las reservas particulares del capitán eran mucho mejores que las que tomaba la tripulación. La diferencia de clases continuaba en alza.

—No vendería a mis compañeros por nada del mundo —exhortó—. Inglaterra es mi segunda patria y la quiero con toda mi alma. La amabilidad de sus gentes me ha producido grandes placeres y me ha auxiliado a caminar por el camino recto, mi capitán.
Charles Boyles se estaba tragando las parrafadas patrióticas del sajón como si fueran un nectar.
—Espero que, por su propio bien, no vuelva a darme problemas —especificó—. Queda en libertad hasta nueva orden. —Hizo un gesto hacia la puerta—. Daré parte de su valor en el combate. Puede que incluso consiga una condecoración de Su Majestad.
Stark asintió con toda la humildad que logró reunir.
—Nada me complacería más —dijo—. Gracias por su generosidad, señor. De no haber sido por su mando, el enemigo hubiera terminado con todos nosotros.
El comentario del sajón ablandó al capitán para formular algo parecido a una disculpa.
—No quería encarcelarle durante tanto tiempo, soldado —admitió—. Pero tenía que dar ejemplo a la tripulación.
Konrad volvió a entrechocar los talones.
—Lo comprendo perfectamente, señor. No tenía ningún derecho a insultarlo. Vuelvo a agradecerle todo lo que ha hecho por mí y por mis camaradas. Es usted el mejor capitán que cualquier soldado podría tener.

Stark se dirigió a la salida con la cabeza alta y una mirada irónica en los ojos grises.

Menudo imbécil, pensó con sarcasmo. Se ha creído todas las tonterías que le he soltado.

 

FIN

 

Alexis Brito Delgado

 

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