El motín de Nore.

            El alba del 12 de mayo de 1797 era clara e intensa en Sheerness, una pequeña población en la desembocadura del río Medway, costa sureste, al norte del condado de Kent, Inglaterra.
            Desde principios del siglo XVI se inició la construcción de un fuerte en la orilla para disuadir de la posible entrada a fuerzas navales hostiles a la monarquía inglesa. Además frente a Sheerness, en el estuario del Támesis, que también se vacía en ese punto del mar del Norte, la Royal Navy dispuso un fondeadero y un arsenal llamado Nore.
            A las 4 de la mañana de aquel día las trompetas despertaron de su sueño a los marineros y artilleros del HMS Sándwich (90), cabeza de una escuadra de 14 embarcaciones de la llamada flota inglesa del Mar del Norte y de más de 100 barcos mercantes, anclada en Nore. La flota de guerra estaba integrada por los siguientes buques:


Sandwich

90

 

Inflexible

64

 

Grampus

54

Brilliant

36

 

Phaeton

36

 

Champion

32

Director

64

 

Niger

32

 

Tisiphone

24

Iris

32

 

Le Epsion

24

 

St. Fiorenzo

36

Swan

18

 

Clyde

36

 

 

 

            La rutina del día incluía varios simulacros de batalla naval en mar abierto y una patrulla costera hasta Portsmouth, cien millas marinas al suroeste. El gobierno inglés, entonces en guerra con la Francia del directorio, estaba en permanente estado de alerta ante una posible invasión de las tropas galas, y la boca del río Medway era uno de sus potenciales puntos de acceso.
            Cuando salía de su camarote medio dormido, el capitán del Sándwich, Robert Pine, se frotó los ojos pues creyó estar viendo visiones. Tres de los cañones del castillo de su propio barco apuntaban a su habitación y a la de los capitanes de fragata Hayes y Martin. Al pie de los mismos, cuatro aguerridos marinos con el torso desnudo y los ojos inyectados en sangre apoyaban las manos en la llave de ignición de las piezas. Pine preguntó a gritos qué estaba pasando y al no obtener respuesta se encaminó hacia los cañones. Noche cerrada, el farolillo de proa apenas iluminaba la escena. Al igual que en el resto de navíos de la flota, en el tope del palo mesana la bandera inglesa había sido sustituida por una enseña roja.  Pine  vociferó que todos volviesen a sus puestos de inmediato al tiempo que hacía ademán de blandir su espada.
Antes de que brotase la sangre, un individuo de aspecto refinado y decidido se adelantó de entre las sombras del combés. En un lenguaje culto y moderado explicó al capitán Pine que la dotación del barco no obedecería más sus órdenes ni las de ningún otro oficial, y les dio a elegir entre quedarse y someterse al nuevo mandato o abandonar el navío en una chalupa. Además, le explicó que la ciudad de Londres –a 60 Km de distancia río arriba- estaba bloqueada por vía fluvial y que ninguna embarcación podía acceder o soltar amarras de sus muelles sin un salvoconducto firmado por él.
            Al oír el desorden, Hayes y Martin aparecieron corriendo en cubierta. Dos marineros se abalanzaron sobre el primero y le quitaron la llave del almacén y de la licorería. Pine advirtió que era el objetivo de decenas de ojos furiosos y sintió peligrar su integridad física. Insultados y acosados por la tripulación, Hayes, Martin y él mismo arriaron un bote y partieron hacia el muelle de Sheerness, a donde llevaron noticia de la asonada. Durante la corta travesía pudieron observar como el resto de los navíos de la flota permanecían en un estado similar al Sándwich: no había actividad a bordo y reinaba silencio, salvo algún que otro grito aislado. En los días sucesivos, todos los oficiales no deseados de los buques amotinados fueron “invitados” a marcharse. Los que se mostraban reticentes eran entregados a la caterva y, después de un breve tiempo, reconsideraban su negativa y remaban en pequeñas lanchas hacia el muelle bajo una lluvia de insultos y escupitajos.
            El hombre que comunicó a Pine la situación era el nuevo comandante en jefe de la flota del Mar del Norte. Se llamaba Richard Parker y había nacido en 1767 en Exeter, Inglaterra. Parker había sido elegido por unanimidad por los amotinados de toda la escuadra como representante ante el almirantazgo en las negociaciones que se producirían en los próximos días y que tendrían como objeto mejorar las condiciones de vida de las dotaciones a bordo de los buques de la Royal Navy, especialmente aquellos que formaban la flota del mar del Norte. Humillados por jefes abusivos, depauperados por una paga exigua y contagiados por los aires liberales que emanaban de la revolución francesa, los marineros ingleses se sublevaron. Estaban hartos de su situación y exigían una existencia digna. Además, desde que los cascos de los navíos tenían forro de cobre era innecesario de tocar puerto con frecuencia para someterlos a carena y esto hacía que las flotas se pasaran meses e incluso años en alta mar, lo que prolongaba su miserable condición lejos de tierra firme, con las consiguientes limitaciones de solaz y divertimento para la marinería.
            Parker había sido teniente de navío a principios de la década de los 90 pero fue expulsado de la armada por insubordinación y recluido durante un tiempo en una mazmorra de las antípodas, hasta que en 1795 el almirantazgo le ofreció la posibilidad de volver al servicio como marinero y se reintegró en la plantilla del Sándwich. Poco antes, durante su etapa de civil, Parker estuvo en Francia en una ocasión. Allí descubrió a Montesquieu y Rousseau. Se intoxicó de los principios que inspiraron la revolución que había depuesto a la despótica monarquía francesa. Compró varios libros y con ellos retornó a las islas. Gran orador y con indudable don de gentes, enseguida se hizo notar entre la marinería. Sus jefes miraban con recelo al que se convertiría en cabecilla de la sedición que pondría en peligro la fortaleza de su país ante una eventual llegada de la flota francesa, que por entonces ya había sido capaz de desembarcar en Irlanda.
            Al día siguiente del levantamiento y tras alejar los bajeles rebeldes del anclaje, Parker y 8 delegados más del resto de navíos, entre los que se encontraban, Richard Mulligan, Abe Clanton y Mark Wallace, llegaron al muelle en dos botes para parlamentar con el almirante Buckner, representante de la Royal Navy durante la revuelta. Con ellos llevaban dos pliegos en donde se detallaban las exigencias de los conspiradores, que incluían el perdón real para todos una vez acabado el conflicto, subida de salario, modificación de los artículos de guerra, que el rey disolviese el parlamento y el cese de hostilidades y la aceptación de la paz con Francia.
            La remuneración de la hueste naval inglesa venía estipulada por una normativa de mediados del siglo XVII, y un estudio hecho por la compañía naviera de Chatham en 1760 mantenía que, en comparación con los honorarios de otras armadas europeas, los marinos ingleses eran los que mostraban más poder adquisitivo. Sin embargo, tras la guerra de los siete años (1756-1763) la escalada de precios de los productos básicos en Inglaterra ridiculizó la cantidad percibida por la legión marinera y la suma ganada en un mes, antes suficiente para que un tripulante pudiera visitar todas las cantinas y lupanares de puerto en un permiso de 3 días, era ahora una indigencia inefable. A esta situación impuesta por un almirantazgo roñoso, se unían las continuas pendencias a bordo provocadas por las fricciones entre los miembros profesionales y los profanos. Debido a la necesidad de recluta masiva para dotar y armar los barcos y enfrentar la nueva etapa bélica con Francia, la Royal Navy echaba mano de campesinos y delincuentes, hombres legos en el manejo de la artillería y las artes de vela, con consecuencias dramáticas para los recién llegados cuando reñían con los veteranos, algunos de los cuales desaparecían de la plantilla del navío y no se llegaba a encontrar el cuerpo, con la aquiescencia de los oficiales. 
            A pesar de la diplomacia, el tono suave y la formación de Parker, el almirantazgo hizo oídos sordos a las solicitudes de los rebeldes, salvo el perdón y el aumento de sueldo, y contraatacó ofreciendo lo que ya habían conseguido los amotinados de otra famosa revuelta de 30 días que tuvo lugar en la filas de la flota del Canal anclada en Spithead (cerca de Portsmouth), en el mes anterior de ese mismo año. Las concesiones del almirantazgo tras el motín de Spithead fueron: la abolición de la “libra del sobrecargo”, que era el derecho que tenía este oficial a quedarse con dos onzas por cada libra de carne que entraba en el almacén, y la destitución o traslado de una serie de oficiales “poco populares”. En aquella ocasión, los amotinados permitieron que los convoyes comerciales que partían de Portsmouth fueran escoltados por barcos de guerra y garantizaron que volverían a sus puestos en caso de aviso de la presencia de la flota enemiga en las proximidades de la costa inglesa. Aquellos disturbios se saldaron pacíficamente cuando el almirantazgo comprobó la buena disposición de los sublevados en detalles como estos y accedió a sus pretensiones.
            Sin embargo, la sugerencia de Parker de que el rey inglés destituyese al primer ministro William Pitt el joven y nombrase un nuevo gobierno amigo de Francia irritó a los lores del almirantazgo hasta el punto de que, en la segunda jornada de reuniones entre ambas partes, el almirante Harden, uno de los delegados reales, intentó secuestrar a Abe Clanton para entregarlo a la furiosa muchedumbre del pueblo de Sheerness y que fuese linchado y sirviese así de escarmiento al resto de sediciosos. En la subsiguiente trifulca, varios hombres fueron muertos y el propio Harden fue herido en un hombro
            Dos días después del levantamiento, los delegados insurrectos se dirigieron a Old Swan, el hospital de la ciudad portuaria de Sheerness, para interesarse por el trato que recibían los marineros y artilleros enfermos y heridos. Uno de los heridos, Harold Angel, que pertenecía a la dotación del Inflexible, acusó al doctor Saffery, director del nosocomio, de ordenar no facilitarle agua y no cambiar la ropa de las camas en varias semanas. El médico fue traído a presencia de Parker y Wallace y negó tales acusaciones, aunque reconoció que a algunos enfermos se les había reducido la ingesta de líquidos porque estaba contraindicado para sus dolencias. Otro ingresado arguyó que el médico se pasaba semanas enteras sin ir a visitarlo y que, cuando lo hacía, apenas lo miraba de arriba abajo durante unos segundos para auscultarlo. Wallace ordenó recluir a Saffery en un pontón próximo y que recibiese el trato que él había dispensado a sus pacientes. A los dos días apareció degollado. Dicen que se suicidó.
            Tras otra visita a los buques hospital Spanker y Unión, y después de oír los lamentos de los internos, Wallace y Mulligan apalearon personalmente a los carniceros y sobrecargos delante de todo el personal. Posteriormente, los cuatro desgraciados fueron llevados a la cubierta principal del Sándwich y flagelados en público. Si no llega a ser por Parker que detuvo al gentío, hubiesen sido pasados por la quilla.
            Wallace, Mulligan y Parker estaban ahora investidos de la autoridad que otrora ostentaban soberbios oficiales de la Royal Navy y, como delegados del levantamiento, acudían y desfilaban casi diariamente por la ciudad portuaria de Sheerness fuertemente armados y escoltados por la masa tripulante, ora para tratar de alcanzar un acuerdo en las negociaciones, ora para hacer una demostración de fuerza ante las autoridades navales.
            La autoridad de Parker entre las dotaciones de la flota del mar del Norte quedó patente al cumplirse dos semanas del levantamiento. La fragata Hound (32) llegó al estuario después de una singladura desde Plymouth en pleno motín, a principios de junio, e intentó superar el bloqueo establecido por los delegados para todas las embarcaciones que se dirigiesen a Londres. Las naos rebeldes Iris, Swan y Champion fueron envidas por Wallace a someter a la Hound al nuevo orden surgido de la algarada. En su aproximación, la Champion disparó una salva de advertencia para que la recién llegada se pusiera en facha. Al oír la deflagración, Parker arrió dos botes con 20 hombres desde el Sándwich y bogó enérgicamente hacia la Hound, a unos doscientos metros al oeste de la línea de bloqueo. El capitán de ésta, Shawn Howard, no entendió el sentido del cañonazo e intentó volver sobre sus aguas para abandonar la bocana cuando vio como tres embarcaciones inglesas con una bandera roja y las portas abiertas se dirigían hacia la Hound. Antes de conseguir su objetivo fue alcanzado por la chalupa donde iba Parker y, tras una conversación a la voz de 10 minutos de Howard con el propio Parker, la Hound arriaba la Union Jack, elevaba la facciosa enseña bermeja y se unía a la sedición.
            Tras este incidente, en algunas publicaciones locales y nacionales se aludía a ellos como delegados y presidente de una república flotante independiente del gobierno inglés, capaces de atraer a su causa a cualquier barco que accidentalmente pasase por la boca del río Medway o el estuario del Támesis, dos de los puntos de mayor tráfico marítimo de todas las islas británicas.
            Los cañones de los bajeles rebeldes apuntaban permanentemente al fuerte, al arsenal y a la población civil, como advertencia de que si algo pasaba a los delegados durante las negociaciones estaban dispuestos a disparar contra sus propios paisanos. El rey Jorge III se había encrespado cuando se enteró de las demandas de cariz político expuestas por Parker –disolución del parlamento y nombramiento de un gobierno liberal afrancesado- y exigió que, acabase como acabase el disturbio, el cabecilla pendiese del patíbulo.
            El día 22 de mayo y cuando los representantes del motín embarcaban en sus lanchas para volver al buque insignia, el almirante Buckner fue invitado por Parker y Mulligan a subir al Sándwich. Tras cuatro encuentros fracasados en el consistorio de Sheerness,  Buckner aceptó y se embarcó en la chalupa de Mulligan, acompañado por una compañía de Royal Marines distribuida en 5 botes que los seguía de cerca. Una vez en el Sándwich, Buckner indicó a la compañía que volviese al puerto. Al mismo tiempo, el coronel de infantería Charles Grey, al mando de la guarnición del fuerte, daba orden de preparar bala roja por si había que defender a los marines y hacer fuego sobre los amotinados.
            Buckner, un rechoncho viejecito de pelo entrecano, era considerado buen oficial y querido entre la marinería. Cuando el día 24 cesó repentinamente la comunicación entre los amotinados y el puerto y el regreso de Buckner de demoraba, las autoridades navales creyeron que el almirante había cambiado su status de portavoz del gobierno inglés a rehén. El segundo de Buckner, capitán de navío Peter Mall, ordenó que tres chalupas se acercasen al Sándwich para averiguar qué pasaba con las negociaciones y dónde estaba el almirante. Cuando las lanchas apenas habían soltado amarras, una lluvia de hierro procedente de las fragatas Brilliant y Níger las hizo retroceder al muelle. Grey repelió el ataque desde el fuerte y algunos cañonazos alcanzaron al Inflexible. El estruendo provocó pánico entre la población de Sheerness. Los lugareños sacaron las pertenencias de sus domicilios y las cargaron en carretas para abandonar la ciudad. Los campesinos y sus familias salieron despavoridos de la línea de fuego de los navíos, apenas a 100 metros. El coronel Grey ordenó fortificar el frente de la ciudad y cavar varias trincheras en las proximidades del embarcadero. Además decretó el cese de todo contacto con los rebeldes y eso incluía la provisión de víveres.
            La situación se tornaba dramática y tres días después de la desaparición de Buckner, la Royal Navy recurrió a sus pesos pesados. Lord Spencer, primer lord del almirantazgo, y Lord Williams llegaban a Sheerness con instrucciones de poner fin a la situación cuanto antes a cambio “concesiones moderadas” a los insurrectos. A Spencer se le consideraba el artífice del acuerdo que permitió acabar con el motín de Spithead. Además de las demandas originales, el primer lord ofreció una subida en la ración diaria de grog a las dotaciones de la flota del Canal, lo que le granjeó una gran popularidad entre la tropa. 
            Sin embargo, malas noticias esperaban al flamante nuevo negociador. Parker había remitido desde el Sandwich 15 chalupas con emisarios suyos a lo largo de toda la ensenada de Nore, un fondeadero enorme de más de 10 kilómetros de largo, con un mensaje fraterno a todos los buques estacionados en el estuario. Como consecuencia, el día 31 de mayo se unieron al motín los navíos:

Standard

64

 

Montague

74

 

Monmouth

64

Repulse

64

 

Lion

64

 

Isis

50

            Y el día 4 del mes siguiente también se amotinaron estos:

Agamemnon

64

 

Ranger

18

 

Leopard

50

Belligneux

64

 

Nassau

64

 

Inspector

20

Ardent

64

 

Palades

18

 

 

 

            Los delegados se cebaron con los oficiales del Montague. Al llegar noticia de la unión a la causa de este potente 74 cañones, Mulligan, que habían servido en él durante 3 años, montó en una lancha y se ocupó personalmente del teniente de navío Andrew Webber. Ordenó traerlo a cubierta y azotarlo. Mientras veía como su espalda empezaba a cuartearse bajo la acción del látigo que hábilmente manejaba uno de sus esbirros, Mulligan recordó aquella ocasión dos años atrás en que Webber lo abofeteó delante de los demás hombres de la batería por haberse caído de la verga de mayor durante una maniobra. Entonces Mulligan tuvo que callarse y morderse la lengua, pero las ganas de retar a un duelo al teniente le carcomieron el cerebro durante meses. Ahora le quedaba la satisfacción de ver azotado al hombre que un día lo había humillado. Cuando la espalda de Webber estaba hecha jirones y manaba abundante sangre, Mulligan le arrojó agua salada con el cubo que utilizaban los hombres para orinar. Acto seguido y en un detalle magnánimo permitió al dolorido teniente montar en una chalupa y alcanzar el puerto junto al médico del buque, al que previamente se le había untado con brea y rebozado en plumas.
            Durante su secuestro en el Sandwich, Buckner fue tratado con relativa educación. Con casi 50 años de servicio activo en la marina, el almirante conocía muy bien las penalidades a que se enfrentaba diariamente un hombre de mar: comida rancia y repetitiva, estrechez de espacios, dolencias reumáticas, enfermedades infecciosas y largas estancias lejos del hogar. Aunque oficialmente el almirante representaba al almirantazgo, era vox populi que el veterano marino se congraciaba con las demandas de los insurgentes. Cuando empezó a escasear la comida a bordo por el embargo decretado por la Royal Navy a todos los navíos amotinados, Buckner aceptó de buen grado hacer fila junto a los demás hombres para recibir sus dos galletas duras como el pedernal y su vasito de ron aguado (grog) como almuerzo.
            Pero, no todos se resignaron como él. Cuando a principios de junio la falta de comida comenzó a hacer mella en los amotinados y Parker impuso ese severo reparto para hacer cundir las vituallas que quedaban en las bodegas de los navíos, una parte de los agónicos levantiscos reconsideró la viabilidad de la protesta. La exigua porción de aguardiente que correspondía a cada hombre provocó varios altercados en el Sándwich y el Director. En éste, tres marineros fueron colgados por orden de los delegados tras apuñalar al ayudante del sobrecargo, cuando le conminaron a abrir un tonel de licor en la madrugada del 3 al 4 de junio y se negó tozudamente. Los gritos del desdichado despertaron a Abe Clanton, que dormía a escasos metros, y gracias a éste el ayudante sobrevivió.
            Ese mismo día al romper la aurora, las fragatas Clyde y St. Fiorenzo, ambas de 36 piezas, levaron anclas y dieron a la vela con intención de abandonar la revuelta. Mulligan ordenó varias andanadas desde el Inflexible. Algunas balas cayeron sobre la Clyde, matando a un artillero. Las fragatas devolvieron el fuego, al que se unieron las baterías del fuerte y las piezas clavadas entre la población. Se inició un cañoneo general desde ambos bandos. Una bala incendiaria de la guarnición cayó sobre el Grampus, iniciándose un fuego en el palo mayor que pudo ser sofocado milagrosamente. Cuando la Clyde y el St. Fiorenzo llegaron al apeadero después de una agonizante y desigual lucha, la multitud los recibió con jolgorio y alegría y fueron tratados como titanes.
            Esta primera deserción dio el pistoletazo de salida a un goteo de embarcaciones que decidieron que ya habían tenido suficiente. Uno de ellos fue el Serapis, barco almacén que había sido obligado a unirse al motín cuando recibió la visita de Abe Clanton el día después del levantamiento y del que los amotinados se llevaron todo el grano y la carne.  El Serapis izó la Union Jack con el albor del día 6 de junio y arribó a estribor entre los fuegos cruzados del Phaeton y Le Epsion y, muy maltrecho, alcanzó la seguridad del muelle de Sheerness dos horas después.  
            Entre una deslealtad y otra, los revolucionarios seguían con su rutina de escarmentar a los oficiales.  El día 7 de junio fue el turno para los mandos del Inflexible. Los amotinados presentían el final de su revuelta y decidieron salpimentar la reclusión que padecían, mientras se reanudaban las conversaciones entre Lord Spencer y Parker. Michael Lewis, sargento de marines con destino en el castillo de este navío, era uno de los mandos más odiados. Tenía la costumbre de dejarse caer por los coys cada noche y abortar cualquier intento de esparcimiento ilícito. Según el reglamento, los hombres tenían que estar en completo silencio a partir de las 9 y nadie debía abandonar el lecho hasta el toque de diana, a eso de las 5. A principios de 1797, dos artilleros habían sido azotados cruelmente tras un informe de Lewis al comandante donde afirmaba que los había sorprendido lejos de sus puestos consumiendo pescado que ellos mismos se habían procurado. De nada sirvieron las peticiones de clemencia cursadas por los compañeros de los dos desdichados y el teniente de fragata Anthony Burguess con destino en la batería a la que pertenecían. Uno de los penitentes falleció como consecuencia de una infección de las heridas infligidas durante el fustigo.
            Lewis fue llevado a presencia del delegado del Inflexible junto a los tenientes Hutchinson y Meadows. Burguess se benefició de su gesto altruista a favor de los dos castigados y fue exonerado de toda culpa. A aquellos les arrancaron las charreteras y las arrojaron al mar. Después se les puso en una lancha arriada para la ocasión que aguardaba al lado del barco y los llevaría a tierra junto con el suboficial. Lewis no tuvo tanta suerte. Fue entregado al superviviente de aquel castigo por no estar en el coy por la noche y éste sugirió que se le afeitase la cabeza. Después fue atado al palo mesana y el látigo empezó a arar su fina y blanca piel. Tras más de 30 chasquidos, Lewis se desmoronó abrazado al monumental tronco. Estaba inconsciente y tenía el cuero cabelludo y el lomo cosidos por innumerables surcos. Fue bajado a la chalupa donde aguardaban escoltados Hutchinson y Meadows y se quedaron horrorizados al contemplar al guiñapo que un día había sido el sargento de marines Lewis. Estaba tan destrozado que no soltó palabra durante la corta singladura. La chalupa llegó a puerto sin incidentes.
            A primera hora del día ocho de junio, Parker hizo llegar un ultimátum a Lord Northesk, otro de los diplomáticos enviados por el gobierno inglés para poner fin al levantamiento. En él se reivindicaba que se atendiesen las demandas de los amotinados en un plazo de 54 horas o de lo contrario “la flota emprenderá tales acciones que han de asombrar a sus propios paisanos”, según palabras textuales recogidas en aquel comunicado manuscrito del mismo Parker y Abe Clanton.
            Al mediodía de esa misma jornada surgió un motín dentro del motín. Parte de la plantilla del Leopard (50) intentó cortar los cables y abandonar la república flotante. Los delegados y sus seguidores se aproximaron a los cabestrantes del barco para impedirlo. Estalló una reyerta general en la cubierta superior, en la cual los puños dieron lugar a dagas y sables, y éstos a arcabuces y pistolas. Hubo más de 7 muertos y 20 heridos graves. Aprovechando una ventisca, hacia las 2 de la tarde el Leopard viró levemente hacia el puerto de Sheerness y encaró el Támesis. El Sándwich izó la bandera de hacer fuego y todos los buques próximos al Leopard empezaron a martillar su aparejo, sobre todo el Nassau y el Agamemnon, ambos de 64 cañones, que se encontraban a tiro de pistola. El Leopard se estremeció ante la rociada pero siguió su rumbo río arriba. Aprovechando la confusión, el Repulse levó anclas y siguió las aguas del Leopard. El Lion y el Monmouth intentaron impedirlo a cañonazos. El log del Repulse muestra que el día 8 de junio de 1797 recibió más de 150 impactos de bala en la arboladura y la cubierta superior, de los cuales 80 eran carronadas, y todos ellos habían sido detonados desde el Lion y el Monmouth. Uno de esos balazos seccionó la pierna izquierda del teniente de navío Malcolm Petton. Murió dos semanas después.
            Pero las piezas eran activadas sólo por los delegados o sus secuaces. El resto de la tripulación que atacaba a sus hermanos para disuadirles de que abandonasen el motín permanecían estáticos e incluso entorpecían las acciones de castigo. Esto provocó un descenso notorio en la cadencia de cada andanada, con la consiguiente ventaja para los que renegaban de Parker y su república. Además, al día siguiente llegaron rumores a los sublevados de que los navíos que cortaban sus cables y anclaban en puerto eran recibidos como héroes en Sheerness y sus hombres perdonados instantáneamente, sin ningún tipo de represalia o venganza. Parker y Clanton intentaron convencer a la ya creciente masa contraria a mantener el motín de que esas habladurías no eran más que un señuelo y una trampa y que, una vez en puerto, les esperaba un castigo ejemplar. La charla de Parker no sirvió de nada. En medio de las sombras del crepúsculo de ese mismo día, el Ardent se deslizó hacia el muelle, bajo una lluvia de fuego del Belligneux y de la corbeta Ranger. Cuando pasaba junto a aquél, el Ardent replicó al fuego y el ametrallamiento acribilló su cubierta. Parte del velamen y el aparejo del Belligneux se desplomó sobre las tablas, aplastando a varios hombres y dejando el suelo ensangrentado. El Ardent siguió su marcha. Sus cañonazos iluminaban una noche que ya era completamente cerrada cuando fondeó en el puerto.
            Parker, ante el temor de más abandonos y viendo concluir el plazo otorgado en el ultimátum, izó la bandera de levar anclas y zarpar hacia Francia. La señal se repitió a lo largo de todos los barcos rebeldes. Sin embargo, cuando el Sándwich inició su andadura, Parker observó que tan sólo los navíos de Mulligan y Clanton iniciaban la maniobra. Casi al mismo tiempo el 10 de junio, la totalidad de los transportes, que habían sido convidados de piedra a la lucha fratricida, empezaron a moverse hacia el puerto de Sheerness y río arriba hacia la capital inglesa. En total, unos 150 naves mercantes se separaban de los amotinados y abandonaban la causa a la que, en su mayoría, habían sido obligados a unirse. Desde la guarnición, el coronel Grey vio con satisfacción este movimiento y que muchos de los navíos hasta el momento más parcos a cesar en el tumulto habían izado la Union Jack en lugar de la bandera roja de sedición. El almirantazgo, temeroso de que los caciques escaparan, cursó una orden de detención contra Parker, Wallace, Clanton y Mulligan. La de Parker llevaba adjunto un cheque de 500 libras de recompensa para quien lo capturase o facilitase su paradero.
            El día 11 de junio sólo el Sándwich, el Inflexible y el Montague seguían amotinados. Buckner, todavía prisionero e instalado cómodamente en el camarote del capitán del primero, convenció a Parker de que se entregara, ya que garantizaba un proceso justo para él, Mulligan y Clanton, los principales artífices del levantamiento. Parker conocía bien las estrictas normas del código naval, ya que había sido expulsado de la armada en una ocasión y no se fiaba de la posible protección del almirante Buckner. Estaba en lo cierto. El día 29 con las primeras luces matinales, su exánime cuerpo colgaba de la verga del trinquete del Sándwich junto a los de Mulligan y Clanton. Wallace se ahogó al tirarse por la borda para evitar ser capturado. Hasta 30 ejecuciones de los principales dirigentes tuvieron lugar ese día a lo largo de todos los navíos amotinados. Otros fueron condenados a observar marsupiales a través de los barrotes de una celda en Nueva Gales del Sur, Australia, durante 15 años. El almirantazgo concedió las mismas prerrogativas que había otorgado a los insurrectos de Spithead a los que habían abandonado la asonada voluntariamente y a los subordinados de los dirigentes, que tal y como se comprobó más tarde, habían sido forzados a unirse al motín.

motin en el Nore en 1797

  • Pintura de Geoff Hunt. Que representa el momento en el que los amotinados izan la bandera roja a bordo del HMS Achilles, en el gran motín del Nore de 1797