"Homenaje al hombre de mar".

Porque gallardamente renuevas la contienda

desigual con el monstruo rumoroso y cambiante,

bien mereces la gloria del héroe de leyenda,

sufrido marinero, que triunfas del gigante.

 

La tierra es mansa. Sufre la incisiva tortura

de la azada y la reja, que la hieren la entraña;

y deja que le peinen de surcos la llanura,

y consiente que minen y trunquen la montaña.

 

Pero el mar, en constante rebeldía, es violento,

y fragua temporales entre rizos de arena,

desdichado monarca, prisionero del viento

que, con látigos duros, a gemir le condena.

 

Por eso el mar requiere vocación encendida

y un pecho bien templado mejor que un gran bajel.

Si afrontarlo es el gesto supremo de una vida,

¿qué importa ser obscuro grumete, o timonel?

 

No puede superarse tu riesgo y peripecia,

hombre de mar, perdido en la azul lejanía,

que, como un dios altivo de la remota Grecia,

vas dejando una estela de sueños y poesía.

 

Acaso, cuando al alba te lanzas al encuentro

del mar, suelta la amarra y dispuestas las redes,

compadeces al hombre que lucha tierra adentro,

bajo una luz confusa y entre cuatro paredes.

 

Tú, entretanto, descubres la inmensidad ignota,

y, empapada de vivos destellos la retina,

persigues el revuelo leve de una gaviota

en la blancura, hermana de tu vela latina.

 

¿Qué canto, qué insinuante llamada de sirena

te arrastra mar adentro? ¿Qué mano, terca y fuerte,

te aleja de la orilla, sin temor y sin pena,

por los anchos caminos azules de la muerte?

 

Como delfín ligero, cubres la singladura

a par de la bitácora, ese afán temerario

del corazón creyente, que el latido asegura,

al sagrado conjuro de un viejo escapulario.

 

Es la fe marinera que aviva tus alientos.

el saber que te aguarda la tierna Capitana,

dormida entre sus manos la rosa de los vientos

y, en los divinos ojos, la luz de la mañana.

 

Con emoción te admiro, héroe del mar, atleta

del azulado páramo de los corzos de espuma,

rondador del abismo de la vida secreta

donde un jirón de mundo fugazmente se esfuma.

 

Te admiro por tu calma frente al retorno incierto;

porque es botín de guerra tu pan de cada día,

y una emoción distinta e aguarda en cada puerto

deslindando tus horas de angustia y de alegría.

 

Y porque hay en tu sueño vaivén de leve cuna,

y te arrullan las ondas con nanas jubilosas,

y un sendero de nardos te descubre la luna,

y el alba te depara un naufragio de rosas.

 

Tritón de viejas rutas, audaz y combativo,

del verdi-azul dominio no puedes alejarte.

Anclado está en su roca tu corazón cautivo,

y, al pisar tierra firme, te sientes hombre aparte.

 

Porque sólo tú sabes de la galerna dura

navegando a deriva, del embate que arrolla,

de toda la tragedia y toda la amargura

que pintara la mano magistral de Sorolla.

 

Sólo tú, que haces frente al restallante azote

de la espupmosa cresta sobre el bajel maltrecho,

trabajador del mar, eterno galeote

de las manos callosas y el tatuaje en el pecho.

 

Tú que arriesgas la vida por un montón de escamas

palpitantes, tesoro que guardan tus bodegas;

tú que luchas y sufres, tú que rezas y clamas,

que puedes ser vencido, pero jamás te entregas.

 

¡Qué a tu paso se inclinen, por besarte la mano,

los que rompen la entraña de la tierra más dura,

porque eres de la estirpe de los hombres de Elcano,

los que al mundo pusieran dogal de singladuras!

 

Por eso, ya tripules faluche o transatlántico,

en el puente de mando como en el mastelero,

en tu honor lanzo al aire mi emocionado cántico

para ensalzar la gesta de tu afán marinero.

 

¡Hombres de mar, curtidos por todos los rigores,

que escrutan sus confines con visión aquilina!

¡Por algo eligió Cristo sencillos pescadores

para mostrar al mundo la luz de su doctrina!.