Relato corto.

El capitán Francis Caracciolo observaba desde el alcázar con el ceño fruncido su barco.

La fragata HMS Circe surcaba con dificultad las aguas atlánticas frente a la costa gallega.

El apaño efectuado en el mastelero del trinquete parecía aguantar, pero con el fuerte viento que soplaba por aquellas latitudes no las tenía todas consigo.

El navío francés les había dado una buena paliza, y sólo la suerte y una acertada maniobra les había permitido escapar antes de que fueran rematados.

Aún se le ponía el vello de punta al recordar la persecución y los estampidos del francés desde popa mientras él se esforzaba en mantener el gesto inmutable.

Menos mal que llegó la noche y pudieron escabullirse del acoso, porque de no ser así, a buen seguro habría desayunado croissant.

Pero ahora las preocupaciones eran otras muy diferentes. Su deber era mantener la Circe a flote para que los desgraciados que habían sobrevivido (medio centenar era a esas alturas comida para peces) llegaran a Portsmouth lo más sanos posible y continuar así con su miserable vida.

Las bombas de achique sonaban como tambores llegados desde el Infierno. La Circe hundía demasiado la proa y cada ola ponía a prueba a la fragata, que parecía estremecerse de dolor.

Los cañones de 36 libras habían destrozado parte del casco y los carpinteros trabajaban en la sentina con el agua hasta el pecho, y por si fuera poco el maldito francés había tenido tiempo para soltar algo de hierro a la jarcia, que había visto caer el mastelero del trinquete con mucho crujir de madera en pleno combés, lo que mandó al otro mundo a una decena de marineros y a un oficial barbilampiño.

Los nervios trataban de mandar por la borda la tostada de queso fundido que acababa de comer hace sólo unos minutos, pero sería un espectáculo lamentable de cara a la moral de la dotación, ya que gran parte no las tenía toda consigo y estaban más hundidos que el propio barco (había dedicado gran parte de la mañana a limpiar la sangre de cubierta. Fróteme bien Smith, y todo eso).

Cada vez que el jefe carpintero le daba el informe, Caracciolo dibujaba una estúpida y falsa sonrisa en la cara para que los oficiales, infantes de marina y guardiamarinas que se encontraban en el alcázar pensaran que las cosas iban bien, mientras que por su mente sólo era capaz de repetir sin pausa un eterno "Díos mío, Díos mío, Díos mío...".

La fragata seguía haciendo agua y eran incapaces de encontrar la grieta que enviaba poco a poco al fondo del mar a la Circe. Seguramente estaría oculta tras la carga, y no había tiempo de ponerse al pairo y buscar la avería, ya que no había un minuto que perder.

Cuando llegaron a las aguas del canal ganó algo de esperanza, aunque disimuladamente, y tras dar una orden boba para distraer la atención, enfocaba con el catalejo la costa francesa por si asomaba alguna inoportuna vela.

Con las manos a la espalda y con gesto tranquilo había abandonado el alcázar unas dos o tres veces para acercarse a las bombas de achique y animar a los que allí trabajaban a la voz de "¡con brío!" sin que su tono sonara desesperado.

El momento de máxima tensión llegó cuando una gran ola detuvo casi en seco a la fragata, que se asemejó durante un instante a un caballo herido por un mosquete en plena batalla. Diez minutos le costó apaciguar los ánimos, e incluso varios traseros tuvo que patear a algún que otro marinero que detuvo su trabajo para rezar o correr hacia el pañol del ron (casi todos ellos prefieren morir borrachos), por lo que tuvo que doblar la guardia por si las moscas.

El grito de "¡vela!" llegado desde la cofa casi lo fulminó como un rayo, y cuando vio por popa a un navío con las alas desplegadas en su estela se puso literalmente blanco. La tricolor gabacha lucía con descaro (calculó que sería una fragata de casi 40 cañones), y se sintió algo mal cuando abofeteó a un guardiamarina que se dedicó a señalar de forma pueril al enemigo por si algún estúpido no se había dado cuenta ya de que los perseguían.

Tuvo que dividir a sus hombres para las labores de navegación, defensa y, por supuesto, achique (no quería ni imaginarse a los franceses muertos de risa al ver como la Circe se hundía ante sus narices sin un solo disparo), y cruzó los dedos mientras soplaba disimuladamente para que el viento los enviara a Inglaterra antes de ser interceptados.

El mastelero del trinquete temblaba al forzar tanta vela, y el francés, con la fragata entera, acortaba distancias. El guardiamarina gritó que se acercaban y volvió a cruzarle la cara. “Este niño es tonto”, pensó Caracciolo mientras lo observaba sorberse los mocos.

Y al final ocurrió. El mastelero cayó por la amura de estribor con estrépito y pudo oír los vítores de los franceses, que llegaban por popa con mucha vela extendida y con las cofas pobladas con sus mejores tiradores.

En esos momentos a Caracciolo le dio tiempo para pensar en su mujer y su hijita, allá en su casita de Portsmouth, seguramente cogidas de la mano y mirando el horizonte azul por si llegaba vivo, y no pudo impedir que los ojos se el enrojecieran de sufrimiento al imaginarlas solas y con una carta en la mano donde se anunciaba su muerte y el pésame sentido del Almirantazgo.

Sacó su sable y se agarró a un obenque gritando a sus hombres cuando, instintivamente, agachó la cabeza ante el primer estampido de cañón.

Pero la sorpresa fue mayúscula cuando la columna de espuma surgió a pocos pies del casco enemigo, que viró casi en redondo ante los gritos de la tripulación de la Circe.

Sin saber todavía qué demonios estaba ocurriendo, el guardiamarina abofeteado le tiraba de la chaqueta sin respetar su rango y señalaba con su dedo a proa, donde Caracciolo pudo ver la figura de un enorme navío de tres cubiertas, acompañado por otras dos fragatas, que mostraban orgullosos los colores de la Union Jack.

El capitán de la Circe observó al guardiamarina que, con horror y con la chaqueta aún en la mano, balbucía disculpas, aunque esta vez no sonó el golpe en la cara del muchacho, sino la carcajada de Francis que vociferaba como loco "¡Dios te bendiga, mocoso! Dios te bendiga".