Relatos de la recreación del bicentenario de Trafalgar.

Navío Santísima Trinidad.

18 de octubre de 1805- 18:00 h.:

El marinero miraba, echado el cuerpo sobre la borda de estribor, como cuatro o cinco mozos del Arsenal se afanaban en apilar una partida de cáñamo. Incluso le pareció reconocer a uno de ellos, como miembro del clan de jugadores nocturnos que se daban cita en el fondo de los almacenes. Entre aquellas planchas de cobre venidas de Algeciras, algunos se jugaban más de lo que tenían. Una noche, en una de las timbas, salieron de por medio hasta navajas, y se formó tal tumulto que se llegó hasta allá la guardia del Arsenal. Cuando quisieron llegar al campo de batalla, dos o tres búhos, apostados sobre las vergas de otros tantos navíos abarloados al dique, les habían dado el agua en medio del silencio. La cuadrilla de pendencieros, se esfumaron como bendecidos por meiga. A los soldados les tocó darse la media vuelta, y deshacer lo andado, mientras miraban con muy mala cara a los pájaros de los buques. O más bien a sus sombras. Si se veía que la pareja de guardia era novata, se podían escuchar hasta algunas risas. Claro que, como no hay dicha que cien años dure, cierta mañana cuadró a la dotación el capitán de navío Olaeta sobre la principal, y dejó tan claro como alto que con el primer buhonero que oyera, ponía a agua bendita y a pan divino a todo el santo navío, de contramaestres para abajo...
Alguien gritó desde los muelles. Una bala de cáñamo yacía esparramada en el empedrado, mientras uno de los porteadores saltaba cual poseso de un lado para otro, agarrándose un pie entre brinco y brinco. Otro intentaba disculparse desde una distancia medida. De repente, ambos se quedan petrificados, el magullado se cuadra primero y, al punto, le sigue el prudente. El marinero se encarama más sobre la borda. “Hostias”, se le escapa en un murmullo. “El Patriarca, el Patriarca...” va saltando una voz tras otra de tabla en tabla y de palo en palo. De un salto, se vuelve al combés y cruza hasta el otro costado, para entretenerse con unos cabilleros cualquiera. A poco se choca con un artillero que venía a limpiar su cañón, y tuvo que esquivar a un gaviero con ansias de ganar las jarcias, en tanto que algunos otros habían desaparecido por las cubiertas inferiores. El “Trinidad” cambió de cara en un silbido, con toda la gente encontrando cualquier tarea en la que afanarse. Al rato, sonó la voz:
-¡¡Atención!!- y todo moro o cristiano quedó firme en su posición- ¡El excelentísimo señor teniente general don Baltasar Hidalgo de Cisneros, su General!
El general cruzó a grandes zancadas por encima de las tablazones, mientras se aguantaba el bicornio sobre su codo izquierdo. Antes de tomar las escalas del foso del combés, se detuvo un instante y quedaron sus ojos profundamente negros acostados sobre el horizonte. Al marinero Domingo Estévez, que andaba tieso como un roble a unos pasos de él, le rodó un cubo de baldeo a sus pies. El general, llevó la mirada al ruido e, inmediatamente, a los ojos del marinero.
- “Señor...”-balbuceó, tremendamente acongojado.
El general Cisneros, cogió entonces con agilidad las escotillas y se esfumó de la escena. Allí quedó el marinero, petrificado de imponencia y apuro al mismo tiempo. No habría otro marinerito de leva para estar allí, ni hubiera tenido la cortesía de aguardar el golpecillo de mar que le volcó el cubo a su lado... Que él de más tenía con sus faenas (las dos, la de la labor y la que le hicieron al sacarle de su patria), para encontrarse de propina esos soponcios con los emplumados mayores. Al asustado todavía le temblaban un poco las piernas cuando se gritó por segunda vez la voz de atención, y el capitán de Fragata don José Sartorio salió a la palestra:
- ¡Oficiales, formen a marinería y tropa sobre la cubierta!.
Se acuartelaron en los buques las dotaciones, a las lanchas que se mantenían en el agua, se le desmontaron los cañones y se izaron sobre el combés o la popa. También los buques menores del Apostadero retiraron sus velas de la bocana, con el propósito de despejar la salida del puerto. No había ya vuelta atrás.

viernes, 18 de octubre de 1805- 21:00 h.:

Todo estaba más o menos preparado en el “Trinidad”, que se mantenía a una sola ancla sobre el puerto y con todos los botes estibados. No soplaba más que una brisa del OSO, que había estado acariciando a rachas la tarde, pero sirviéndose de ella, seis navíos (de ellos al menos uno con la Bicolor) a cuya vanguardia marchaba el “Achille”, habían logrado ganar la mar, junto con una fragata también francesa. Sus fanales los delataban a poco más de una milla. Entre la tripulación, corría el rumor de que se avanzaron con la intención de hostigar a un cuarteto de fragatas inglesas que vigilaban nuestros movimientos. Sea como fuere, se estaba en situación de dar la vela y, tirios y troyanos ultimaban sus preparativos para mirarse la cara en la mar. Los faroles entraban y salían a buen ritmo de los arsenales, y llegaban por extensión hasta los buques, donde siluetas nerviosas revisaban materiales y reaseguraban las piezas sueltas del navío. Ahora, ya no había bromas. Los que tenían faena, la ejecutaban en silencio, meditabundos; los que no, se reunían en pequeños corros, instruidos por veteranos, que empezaban a relatarles con la sensación del más absoluto directo lo que habría de acontecer y lo que tendrían que presenciar. Porque daban por hecho que el inglés nos encontraría y daría batalla, más temprano que tarde. Dos o tres que sabían escribir, se emborrachaban de luz bajo los faroles que alumbraban el castillo. Antes de que se ocultara el sol, el capellán frey José (Cumbo) puso al personal de a bordo a buenas con Dios por enésima vez, y se esforzó por conseguirles reinos prematuros, antes de bendecir la salida del “Santísima Trinidad”. En medio del sermón, el soldado de la 3ª compañía del Regimiento de Burgos, Antonio Madrid, con doce añitos de carga y dispara a sus espaldas, cogió del hombro a un zagal que temblaba a su siniestra y, en voz baja le dijo que “el aguardiente y el vino conseguiría más que todas las palabras del mismo San Pedro”. El mozo, se le giró doblemente angustiado, pues había ido a dar con un alcohólico que además blasfemaba. “No menos de cincuenta azotes”, debió de contar para sus adentros. Pero se cuidó muy mucho de soltar la lengua. Aquél tipo de infantería de línea, a él le debía imponer tanto miedo como cualquier mando. Lo miró de reojo sutilmente, antes de pegarse una carrera hacia los beques. Por el camino, saludó con pleitesía a otro ilustre: el cabo segundo del Regimiento de Córdoba Francisco González, con más servicio aún que el anterior, pero mucho más próximo y afable, una vez que le dio ocasión de hacer valer sus cualidades como prestidigitador. Nadie más las sabía, si quitamos al Juanillo que era como su uña, y le pidió encarecidamente al cabo que no la divulgara. Se imaginaba a medio sollado solicitando sus servicios para encabronar al otro medio, y viceversa. Entre aquella jauría humana, hubiera sido muy fácil, diría que inevitable, que la magia se transformara en negra.
Los fanales de la escuadra de observación comandada por Magon, apenas cogían ritmo en la lejanía. El guardiamarina Jerónimo Salas (DEP) se entretenía siguiendo los destellos de las popas. También el se notaba distinto, y los recuerdos en al Marina comenzaron a atropellar su cerebro escondidos en retazos de imágenes, que comenzaban con su inclusión en la Escuela de Cartagena, y todas aquellas largas horas de trigonometría y geografía, mezclada con las prácticas astronómicas y demás parafernalia. Mientras una dulce cartagenera de rasgados ojos le aguardaba con un cerro de besos por darle a la salida de la Escuela, y a la poca luz de la luna... Qué rápido que había pasado todo ese tiempo de licores y sedas... ¿Dónde estarían ahora sus compinches de materia, aquellos amigos que disfrutan con uno el manicomio de la vida a cuerpo de rey...?. Ninguno de ellos había sido llamado a filas , y al parecer era el único gardiamarina que había venido desde la promoción de Cartagena. Se veía por tanto en la necesidad de aguantar con ese cuerpo menudo en pie el chaparrón de alta mar, aunque solo fuera para volver a su tierra multiplicando por siete los casacones tumbados, o por dos lo HMSs abordados. Se dejaría de mozuelas de barrio para codearse con las damas de salón; y posiblemente le otorgaran el mando de un místico o un bergantín por su arrojo en el combate y...sus sueños siguieron posandose sobre los tarros de luz que tiritaban ya al viento que rolaba hacia el Oeste. Afuera, más allá de las luces, aguardaba el pasaporte del guardiamarina Salas al mundo de la gloria y el favor. Detrás, un mar de destellos que se difuminaban sobre las orlas, volutas, escudos y balconadas propias de cada buque, terminó de elevar su moral hasta grados sublimes. Respiró hondo, y convirtió en palabras sus pensamientos:
- Allá vamos, sires.

sábado, 19 de octubre de 1805- 6:30 h.:

El contador de navío Francisco Escobar, estuvo antes de que rayara el alba sobre la cubierta principal del “Trinidad”. Había subido con el teniente del Regimiento de Burgos Antonio Jiménez, el alférez de fragata Pedro Marsilla y los tenientes de navío Joaquín de Salas (DEP) y Claudio Coig; además de unos cuantos contramaestres y otros oficiales de mar. Una vez arriba, notaron que el viento venía bastante flojo del NE y, cuando empezó a abrir el día, pudieron comprobar que iba a amanecer al menos despejado. La misma luz, alumbró tremolada sobre el tope del “Bucentaure” la señal de dar la vela. Se empiezan a izar las primeras gavias sobre los navíos más adelantados, y se sueltan de su última ancla para intentar ganar la embocadura. Todo un espectáculo ver aspirar a moverse a ese ejército de navíos. “¿Cuántos traerán los ingleses?”, se preguntó a su subconsciente, pensando en un combate como hacía muchos años... Pero precisamente Escobar, que si sabía de algo era de dineros, fue el notario durante los últimos años de la defenestración que la guerra con Gran Bretaña, aún antes de formalizarse, había venido produciendo en el Erario. La cantera de marinos voluntariosos y especializados que producía el enganche a la Armada por el sistema de Matrículas, se le había echado a patadas en el momento en que se dejaron de pagar los sueldos. Se acabó la liquidez, sobrevinieron las faltas. De personal porque no se cobraba, de abastecimiento porque no se pagaba... y de la plata americana, entre Napoleón primero y Londres después, hacía tiempo que no se veía el fulgor de su nobleza mejicana. No es que hubiera tiempos en que los reales sobraron, no; pero al menos fluían y las dotaciones se mantenían de buen grado y los buques se reparaban y permanecían en aceptable estado. Entonces, se navegaba más, y las gentes eran de mayor práctica en sus oficios. Las escuadras permanecían activas una gran parte del año, y se formaban marinos para manejar bajeles con el aparejo en cruz. “Igualito que ahora”. Aguardando que se terminara la faena pesquera en la Almadraba para reincorporar a sus pescadores a la escuadra... Y es que los contadores, saben mejor que nadie que las guerras se ganan con dinero. Allá, en el camarote del General, se hallaba almacenada toda la documentación relativa a la Escuadra del Océano. Había permanecido muchas noches examinando pagarés, facturas, listados y un sinfín de numerología en compañía de su homónimo Enrique Croquer y el oficial de contaduría Miguel Sarmiento; y lo que se hacía con las cifras era, si no magia, casi. Si salían vivos de aquella que se avecinaba, necesitarían de un segundo milagro para salir del paso económico.
Entretanto la mañana ha ido sacando de la rada a media docena de navíos imperiales, entre los que figuraba la insignia del cotraalmirante Magon, una fragata de la misma bandera y, al parecer, también navegaba con ellos el “Bahama” del brigadier Galiano. Ninguno más salíó de puerto pues, al poco, el viento cambió de soplo y dejó a la escuadra clavada, de tal suerte que se volvieron a besar las anclas con los fondos.

viernes, 18 de octubre de 1805- 21:00 h.:

Para el gaviero Ignacio Pizarro, el día había sido un auténtico suplicio. Apenas comió a la carrera para intentar seguir trabajando por los palos, en un intento vano por coger el aire del este que, venía resollando sin fuerza alguna. Habían cazado y soltado gavias un par de veces, pero apenas para ganar un cable largo. El sudor le bajaba hasta las pantorrillas de trabajar en la jarcia de labor. No había viento para nadie. Pizarro reconoció entre los esforzados al “Montañés” y al “Neptuno” y, juraría que un tercero empeñado de igual modo en sacar sus dos puentes hacia el Oeste del puerto, era el “San Francisco de Asís”. Desde entonces pensó que si el “Neptuno” del capitán Valdés no era capaz de ceñir, aquel cabestro sobre el que largaba y recogía lino, con cuatro- bravos puentes- cuatro de por medio y el poco cariño que le tenía a la vela, habría que llamar a todo Cádiz para sacarlo del fondeadero. Desde que la Real Armada tuvo la brillante ocurrencia de correrle la cuarta batería, se vió ya en los paseítos por la rada, que al navío le habían fulminado la poca gracia que tenía al navegar. Vinieron gente de artillería a cubrir los servicios de las piezas nuevas, y de esas resultas el buque pesaba más, se gobernaba peor y todo con los mismos marineros. Excepto casi una docena que nos vino de “refuerzo” del interior más profundo de España. Y de otros confines. La Virgencita del Carmen se tapaba los ojos con uno que se lo llevaron con la cabeza abierta, tras soltarse de jarcia a la altura de la cofa del mayor. De momento, no entendía la mitad de lo que le hablabas, y tú a él absolutamente nada. Se oía que venía de las Filipinas y que, además, lo hacía como voluntario. Voluntad tenía un huevo, el chaval, pero no hubo dios ni dioses que le hicieran procesar que dar la vela no era entregar un cirio en voto. Ni que navegar en conserva no tenía nada que ver con el bacalao en salazón. Lo más cojonudo, es que pululaba por la escena en su reentré, tocado con un vendaje exagerado, pero en mitad de la pomada. Ignacio Cortés, para servir al Rey, a Dios y al Emperador; no necesariamente por este orden. A Pizarro tampoco le entraba muy bien en la mollera que existiera un tipo de personas que se metieran en la boca del lobo, con gran parte del corral intentando escabullirse del servicio, ganando los montes y viviendo penurias por no entrar en batalla. Otros, sin embargo, desertaron por más miedo al hambre que al cañón inglés. “¡Qué cojones, luego dicen... Como al Leandro, el de Motril y uno que llamaban el “Tendones”, que se había oído que los trincaron en Ronda... Al “Tendones” ese no le conocía, y no podía quemarse la mano pero, lo que es por el Leandro; un tío de ley, currante y que sabía de la mar y los aires lo que no había en los escritos. Con sus diez años largos metido en el Cuatro Puentes, tragándose metralla y palanqueta en “San Vicente” como para montar una herrería; con más maniobras que las sandalias de Julio César y profesional donde los haya. Va para año y medio sin ver un puñetero real de la ídem Armada, con una mujer y cuatro churumbeles en Graná y comiéndose los mocos. No se sabe si ese hombre marcharía para trabajar o robar, que creo que es que tampoco valía para eso, pero el caso es que se esfumó cierta noche que hicimos ancla en Málaga y, hasta entonces. Por dejar de cumplir con su deber, bastante después que dejaran de pagarle, se iba a encontrar con una lazada sujeta a la rama de cualquier quejigo. Y, en su lugar, venía el tal Cortés; estupendo fichaje para épocas de paz, y que se hiciera Atlántico hasta desgastarlo y cogiera el mozo cuajo, que al menos se le veía intención. Pero para soltarlo en mitad de la guerra, con los pirómanos esos de los britis rondando la bahía... Por cierto, ese vendaje blanco hueso en la cabeza, le iba a resultar de inapreciable ayuda a los fusileros ingleses si nos hacíamos por fin a la mar. Tendría que recordarle que se lo ensuciara con brea.
Afuera, las luces se habían quedado quietas. Se escuchaban algunas voces, y los ruidos de los botes mientras se volvían a estivar. Quien mas quien menos, ya cargaron las gavias, y los buques volvían a quedar sujetos a fondo. Los mas, al abrigo del puerto, mientras unos pocos despuntaban de luces ya sacados de la rada. Era el momento de intentar dormir un poco porque, antes de que amaneciera, de seguro que si traía algo de viento, habría que trabajar de lo lindo para coger el andar y formar en escuadra. Antes de que nos partiéramos la arboladura con el de Albion... En el horizonte, como luciérnagas engullidas por la distancia, las luces de la escuadra de observación de Magon comenzaron a irrumpir en fogonazos sobre la noche. Todos provocados por los faroleros. Venían a decir que alguna escuadrilla de observación británica merodeaba por el entorno.

domingo, 20 de octubre de 1805- 6:00 h.:

Se le ha visto al General izar la señal. La mañana viene un poco tibia, sobre todo al 3er y 4º cuadrante, pero se distingue la bandera sobre el tope del “Bucentaure” bastante clara. Estaba cantado; y ni las zancadillas del aire hicieron moverse un ápice de su decisión a Villenueve. “Ese jodío” , sentencio para sus intimidades el fusilero de la 4 compañía del 7 batallón de la Guarnición, Juan Vizcaíno. “No caería la ventura que nuestro Gravina tomase el mando de la Escuadra...Pero ya se sabe, en ese corral solo podían cantar gallos de Pirineos para arriba. Gallos que, para la de Finisterre, bien parecieran más hembras que machos. Y a agarrarse los ídem y callarse como rameras, no se fuera a soliviantar al Emperador... Bueno, no todo está tocado por el diablo, al menos ese viento SSE va a ser capaz de sacar a los buques de los fondeaderos”, se distrajo mientras se ceñía el gabán sobre el cuerpo. La mañana venía fresquita y, esta vez si parecía que el resto de la Escuadra ceñiría el viento más allá de la bocana de Cádiz. Vizcaíno, el fusilero, volvía a limpiar y ajustar las piezas de su mosquetón. Se iba a jugar el cocido suspendido de la cofa del mayor y no era cuestión de dejar nada al azar. Escudriñó por última vez el baluarte de la Candelaria, atestado de bustos que asomaban su curiosidad, su compasión o su tristeza por encima de los muros. Desde el corazón de la ciudad, se llegaba limpio el batir de una campana. Era madrugada pero, Cádiz entera se daba cita en los muelles, balconadas y almenas de la ciudad para presenciar, sin querer, el grandioso espectáculo de la puesta en marcha de la Escuadra. La Tacita de Plata, de donde bebe a sorbitos el Atlántico, hacía un par de vigilias que no pegaba ojo. Y, pendiendo de ese insomnio, zahoríes, trileros y truhanes hacían el agosto vendiendo futuro o esperanza a la carta. Al fin y al cabo, se trataba de ganarse unos reales prediciendo suertes individuales o colectivas. “En Gibraltar, de seguro que se vende otro género”, se sonrió para sus adentros el fusilero de Guarnición Juan Vizcaíno.

domingo, 20 de octubre de 1805- 8:30 h.:

Para los dos años que Joaquín de Feria llevaba sirviendo a la Armada de Su Majestad Católica como artillero de mar, estaba bastante curtidito. O al menos eso creía él. La ocasión había dejado pocos momentos de práctica en las baterías, y la mayoría de ellos se simulaban con cartuchos de pega que el segundo condestable de la 10ª brigada, Miguel Perucho, se afanaba en remarcar se hacía porque no se causaran mayores incendios o heridas, pero que se sospechaba entre la dotación obedecía a las nulas asignaciones para munición de entreno. Alguno amenazaba con pegar fuego a la santabárbara, con cabo incluido, si antes de abonarle los atrasos se gastaba el erario en munición real. Joaquín era más bien introvertido, y no solía disfrutar de mucha conversación, ni se dejaba ver en reuniones o juergas. A la referencia, se consolaba con soñar que contestaba, en voz viva y con toda la batería por testigo, a aquél cascarrabias de Benito que, llegado el momento de ofender a los ingleses, preferiría mejor saber contar los dineros que manejarse con soltura en el cañón. Se la tendría que guardar para otro que luciera menos años con los cachorros de La Cavada como compañeros de sol y sombra que el decrépito Benito. Con ese no había envites, se convertían en órdagos, navaja en mano, en cuanto los oficiales se despistaran. Es que el Benito éste hacía cosas muy extrañas. Como flagelarse en mitad de las guardias de noche porque, según decían, era su peculiar manera de ponerse a buenas con Dios por no haberse llevado de por medio a algún hereje en el día que cerraba. Desde diciembre del pasado año, formalmente, el diablo tenía una bandera a aspas y salía de la gruta de Porstmouth; pero también anduvo en las baterías del asedio a Tolon, y no le tembló el pulso a la hora de tratar a base de hierro colado a sus ahora aliados imperiales. Entonces eran republicanos, y seguían siendo tan ateos como ahora. “Si es que al único país que le da por nombrar decentemente a sus buques es a nosotros. Esperemos, porque en la última hornada de Landa parece que nos desviamos un cable...”.
Tenía prendado al mozo que servía en su 24 libras. Según le miraba, diríase que a sus ojos no habría en el mundo inglés, ruso o indochino que pudiera doblegar al “Trinidad”. En las contadas ocasiones que le había tocado zafarrancho a su servicio, aquél hombre tan rozado como amputado se movía con una presteza y eficacia de padre y señor mío. Joaquín de Feria no había tenido el placer de correrse aún orgía de hierro alguna a su vera mas, los abuelos del puente contaban que, llegado el directo, ese hombre se convertía en una jodida máquina de enterrar. En la última, le montó un cristo de cuidado al segundo condestable porque decía necesitar mechas de a vara para seguir el ritmo a su voz de “fuego” . “A algunos de estos,- contó a sus íntimos- nos harían un enorme favor los de enfrente si los mandasen al cirujano a las primeras andanás. Y dejar que cada boca eche el fuego que de abasto”. En su batería, por ejemplo, en esa misma mañana convivía con un manojo de buenos artilleros. Ciertamente que la mayoría tenía entre poca y ninguna experiencia pero, aguardar a que esos lastres en los servicios de algunos cañones retrasaran el disparo de los más espabilados, no lo veía ni medio bien. Se quedaban muchas balas en el tintero, pudiéndolas meter en el navío adversario. La escala, la disciplina, el orden táctico y técnico y bla, bla, bla; los números cantan, y las pelotas de servidor se le llegan a poner más calientes que la bala del hornillo. ¡Que aquello no era una escuela de parvulario, ni un hospital salesiano flotante!... Allí, o se venía aprendido, o le daban por popa bien a uno. Tampoco se jugaban las gentes reales ni mulos, más que la vida que cada uno llevara colgando de sí. Hacía un momento que se había tocado a zafarrancho y al condestable Antonio Pérez se le caía el alma a los pies de cómo había salido la partitura. En el fondo, muchos de los oficiales se amparaban en la teoría de que, llegado el momento de la verdad, se veía muy clarito que, o espabilabas, o te ibas por la directa al “campo de los callaos”. Porque rezar, se rezaba por demás pero a la ocasión, Dios no manejaba el cañón...Y el infierno estaba por desatarse desde el mismo momento en que, una hora antes, la avanzadilla de Magon había realizado señales que denotaban la presencia de dieciocho velas de la Gran Bretaña.

domingo, 20 de octubre de 1805- 10:45 h.:

Al marinero Julián de Urechada le pilló la señal de caza general faenando sobre la gavia del trinquete. El almirante Álava había descubierto señales al SSE, y la nueva se propagó hasta el “Bucentaure” y el “Príncipe”. El viento empezaba a alegrarse y, uno a uno, los navíos de la Combinada iniciaron una interminable procesión de velas desplegadas. Siendo sinceros, Urechada conocía como pocos que el “Trinidad” no estaba en condiciones de perseguir a nadie. Tenía más cicatrices que Don Blas, y un insólito catálogo de reformas sobre todas sus maderas. En el momento en que le corrieron la regala del combés y engancharon con el alcázar y el castillo para darle más bocas de fuego, lo acabaron de rematar. Muy imponente y demás, sin embargo no se tenía gente de mar suficiente para servir las nuevas piezas, y aquél gigante costaba Dios y ayuda el hacerle un gobierno aceptable. Ya lo sospechó en cuanto se soltó de ancla un poco en la rada, para simular unas prácticas. “Esto nos lo va a tener que mover San Pedro Apóstol”, sentenció su compañero Martelo en las primeras maniobras. En un susurro, claro, y mirando a estribor y babor, proa y popa. El hecho de que se fueran a dejar la piel a la vuelta del cabo, no eximía en modo alguno de seguir cumpliendo a rajatabla el reglamento. Precisamente en esas ocasiones, los mandos se mostraban más tensos e inflexibles, se palpaba en sus ademanes y palabras, que la que se avecinaba no iba a ser de coña marinera. Querían toda la maniobra rápida y precisa. Y Juan de Urechada volvía entonces mentalmente al punto uno, con una fuerza centrífuga en sus pensamientos en tanto tiraba de escotas o amarraba cabos: “Con el mal andar del mulo, y la poca avena...”. Este era un comentario harto oído entre sollados, baterías y arboladura. Sea pues, nos ponemos en orden de caza como todo cristiano; a coger de matalote al “Bucentaure” y, desde el puesto 12 según el orden general de marcha de la Escuadra, poner el Cuatro Puentes a toda la vela que pudiera dar.

domingo, 20 de octubre de 1805-15:45 h.:

Tres navíos de la división de Gravina, entre los que uno parecía el “San Juan” de Churruca y los otros dos franceses, se salieron de formación para arribar sobre las tres o cuatro unidades enemigas que avistaban desde el horizonte los movimientos de la Combinada. El ayudante de artillería de la 3ª brigada, Manuel Rivera, los tenía enmarcados a través de la tronera de su batería. “Vamos, cachorros, no dejeis de ellos más que sus pecados... Esta vez sí que sí, les tocaba agarrarse a los despojos y clamar ayuda desde sus buques mochos.¡ Madre del amor hermoso, como impresionó aquella escuadra en cuanto soltó sus cabellos de lino al aire de la mañana!. Y así venía en derrota, flameando grimpolones, insignias y pabellones en un concierto de colorido que cubría un buen tramo de mar. Navegar, lo que se dice navegar, no es que se llevara a rajatabla. Desde su posición, se podía comprobar como algunos navíos habían caído a sotavento, al tener que ceder su posición a otros buques que demoraban allá con mayor firmeza (o peor gobierno), con objeto de evitar abordajes. Aún así, haberlos los hubo porque, se corrió la voz de ellos de tan cerca que en ocasiones se maniobraba. Villenueve dispuso de andar en cinco columnas, distribuyendo los cuerpos en los tres principales (vanguardia al mando de Álava, centro con Villenueve-en el que se integraba el “Trinidad”- y retaguardia comandada por Dumanoir), y otros dos conformados por la escuadra de observación de Gravina y la reserva de Magon. La pretendida formación de combate, no es que fuera un ejemplo portentoso para tratados marinos por llegar, ni mucho menos, empero causaba admiración a propios y extraños simplemente el contemplarla en mar abierto. En ese mismo instante, se alzaba una buena corriente de aire SO y Gravina debió de juzgarlo suficiente para intimidar al menos al enemigo con una partida de acoso. El ayudante Rivera quedó allá, hundido ya en las ilusiones del combate, mientras el “San Juan Nepomuceno”, el “Achille” y el “Algeciras” forzaban de vela para embocar un horizonte que se perdía más allá del lomo negro de La Cavada. “Buena caza, compañeros”.

domingo, 20 de octubre de 1805- 21:00 h.:

El cañonazo sobresaltó al alférez de navío Luis Solís y Zurita. Hacía una media hora que se avisó sobre formar una línea de combate y, se repetía la señal con artillería. El paso de las escuadras en columnas a la táctica en línea, pareció por terminar de descolocar a algunos de los efectivos. Todos estaban ya fuera del apostadero hacía una hora más o menos, y los hubo que les pilló el zafarrancho de las 7 en plena maniobra. Ceñíamos en estos momentos mura a babor con viento del SSO, y veníamos con solo las gavias y el trinquete. Por el matalote de proa se observaba que el “Bucentaure” navegaba a tres gavias, con mesana y contrafoque. La potente luz que dejaba la luna esparcida sobre Cádiz, le permitió comprobar al alférez Solís que la mayoría de los navíos venían sirviéndose de esos linos para avanzar. El viento parecía arreciar, y el oficial dedujo que sería cuestión de poco tiempo para que el General ordenara tomar algún rizo a las gavias. Desde la “Real” se veían a tiro de pistola las señales, pero le sembraron dudas respecto a las condiciones de visibilidad que tendrían los buques de retaguardia. “Ya podrán correr como galgas las fragatas del Emperador”, vaticinó en sus pensamientos, llegados por fin al cañón.
Fondeada, la Escuadra tenía una planta impresionante, con docenas de aparejos en cruz que se dispersaban por toda la rada; ahora, en derrota, la línea que pretendía moldear Villenueve, con todos los buques largando trapo, era sencillamente escalofriante. Metidos en alta mar, y considerando una separación de a cable entre los navíos, seguramente que se llegaría a alcanzar sin problemas las dos millas en formación de línea... Allá afuera, envuelto en la bruma del horizonte, aguardaba Nelson, el fiero. Aquél de la “Minerve”, el de San Vicente, el mismo de Tenerife y Aboukir; el que dicen que en Copenhague hizo un chiste con el catalejo. Desde aquella del 14, en la que nos abordó los navíos por pares, se convirtió en el enemigo público número uno en el variado catálogo de indeseables de Su Majestad. Por supuesto, aquél infame al que el “Tigre” hizo cambiar de mano para las rúbricas y demás abecedarios, contaba con múltiples pecados más: su publicada herejía, como era habitual en los reinos de Albión y, como colofón, convivir en pecado como un vulgar amancebado. Por algunas de esas cartas que solían cruzarse algunos de los ahora enconados enemigos almirantes ingleses con sus homónimos españoles, la situación parecía un auténtico escándalo vox-populi entre calle y calle de Londres. Pero, al caso, el infiel era harto eficiente y, porque no decirlo, temido. De una u otra forma, en la mayoría de combates decisivos entre escuadras, su presencia en el bando inglés había traído emparejada el aniquilamiento de los adversarios. “En todas menos en esta”, se cargó de moral el oficial, cogiéndole una bocanada de aire a la noche.

domingo, 21 de octubre de 1805- 05:30 h.:

El buque ganaba por momentos ligereza. “Le han echado un rizo más a las gavias”, sentenció entre los caloroscuros de la tercera batería Ignacio Durán, artillero de mar por merced de Dios y nacido en Santo Tomé do Mar por gracia de su santa madre. A través de la tronera que abría paso a la caña del “Lucifer”, se podía comprobar como las olas pasaban con mejor cadencia. Nadie dormía en derredor del cañon. Ni de ese, ni de muchos otros. Los britis estaban a la vuelta de la esquina, según comunicaban los destellos en la lontanaza. De seguras, se hallarían ahora maniobrando para encarar el barlovento con la amanecida en mortal formación. Era un secreto a voces, entre los que entendieran una miaja de la guerra naval. Con el alba, empezaría el combate. Todos los que ocupaban los coys, lo tenían por cierto. Hacía unos años ya que Durán, hijo de José, estampó su rúbrica neolítica en la Matrícula de Villagarcía. En ese tiempo, asistió a alguna reyerta y tenía trabajados zafarranchos como para ganar una guerra; mas nunca le había apretado tanto el alma sobre el pecho como en aquella noche. Aquella que se preveía, parecía mucho más monstruosa y devastadora que las precedentes. En realidad, pensaba que era la definitiva. También la oficialidad lo entendía sí, desde el mismo momento en que hicieron la vista gorda a un par de fumadores que, con su cubo de agua por montera, dejaron subir al castillo para prender el tabaco. Sin duda, había llegado la hora. Acurrucados sobre las hamacas, meciéndose al oleaje que dictaba el Estrecho, se dispersaban a través de los baos como nubes ennegrecidas sobre la batería bultos de todas las clases y raleas. Los más en vela, porque fueran novatos que temblaban con acaso sospechar la que se venía encima, o veteranos que, por ser más viejos que diablos, echaban cuentas de lo que se llevaban y dejaban en esta vida. Quien más quien menos, todos querían ponerse en paz con Dios. Y, ciertamente, muchos fueron los que solicitaron los servicios del malagueño padre Francisco Durán a lo largo de la jornada. Así es que, aquella noche, no era menester estar de guardia para permanecer despierto. Los mismos cabos levantaron la mano con la aplicación de la ordenanza durante aquella vigilia. Se palpaba en el olor avinagrado que vivía en la batería, aquella eterna sensación de purgatorio Los que no murmuraban oraciones, departían a la lumbre del cañón, cogidos en corros de palabras que contaban leyendas de legendarios combates en todo un muestrario de versiones cruentas, heroicas, picarescas o, en definitiva, imaginarias. Tal era el caso del grupo que velaba alrededor del nombrado “Lucifer”, un angelito de 12 libras que se ponía al rojo cuando la camarilla “demonio” se ponía a servirle a destajo munición. Se podía decir, sin miedo a equivocarse, que era la pieza mejor aprovechada de la 3ª batería. Contaba además con un cuarteto de gemelos (dos en la misma banda, y otra pareja en la opuesta) que, si no le seguían el paso, fogueaban a buen ritmo; y pare usted de contar. Era para todo lo que tenía el Real Erario de Su Egregia Magestad porque, los demás, venían a trabajarse con una mayoría de profanos, o artilleros que se enganchaban desde los cañones de bronce en tierra y, a la hora de simular los zafarranchos, se veía a la legua las trazas de cada pieza para soltar hierro colado. En el último, uno de estos puso a caldo de vómito y bilis los lomos de un 12 y, en otro lance, el retroceso enganchó a un par de incautos que a poco descuartiza. También se oyeron gritos y amonestaciones a viva voz, desde los oficiales a los artilleros de preferencia, pasando por condestables, sargentos, cabos y demás galones...
La vida misma comienza a desfilar, en lienzos fugaces, a través del recuerdo de uno. Era una enorme pinacoteca, en la que las instantáneas viajaban hacia ti deslabazadas, sin orden ni concierto, atendiendo solo a la memoria en clave de caos. Desgracias y alegrías se sucedían a un ritmo vertiginoso, sin tiempo de detalles; y casi siempre con el mar como fondo. Sin pretenderlo, al artillero Durán le asaltó el azul profundo que pintaba las Rías. “Era el mismo océano, pero tenía otro color”. Una sensación de acidez le recorrió las tragaderas en sentido inverso. “Tampoco el queso que servía la Armada tenía comparación. Ni el pan ni, por supuesto, el vino”. La única ocasión en que no solía rebajarse con agua la ración, incluso se repetía, era justamente cuando estaba un combate en ciernes..

domingo, 21 de octubre de 1805- 06:30 h.:

Allá están. Durante la noche, se les intuía por las luces que despedían. Ahora, los tenían a la vista plantados sobre el O., a una distancia de unas cuatro millas. El viento llegaba del SO al ONO, racheado, y a sus soplos veníamos encomendados en esa mañana del 21. Cielos en calma, con alguna turbulencia casi fundida con la lejanía, con una mar tendida de poniente. Desde las cofas se había venido corriendo la voz de que serían del orden de 27-28 navíos, con cuatro o cinco fragatas de apoyo, y que entre ellos venían no menos de ocho reales. Desde cubierta no era posible verificar ningún atisbo de formación en sus filas y, subidos a los mastelerillos, tampoco se pudieron constatar mayores augurios sino que arribaban en lo que parecían cinco columnas. Cada comandante tenía su propia teoría sobre el combate; en cámaras y toldillas se había hablado largo y tendido sobre estrategia y táctica, incluso se comentaba que se hicieron apuestas a la sazón. Al fin y al cabo, todo quedaría supeditado a las decisiones de Villenueve pero, tanto Cisneros como Uriarte se afanaban catalejo en mano de descifrar la formación final con que Nelson iba a enfrentar a la Combinada. Allá adelante, sobre las tablazones del “Bucentaure”, se decidía por fin arbolar las señales que imperaban a formar en orden de batalla mura a estribor. Las fragatas francesas, entretanto, viraban justo hacia donde demoraba el enemigo. El alférez de fragata de la Real Armada, Francisco Muñoz, dejó rienda suelta a sus deseos: “Venga, cachorros, decidnos como se llegan esos demonios”

lunes, 21 de octubre de 1805- 07:30 h.:

Todo indicaba a que los británicos podían enganchar a la Escuadra a través de la retaguardia dirigida por Dumanoir. Según navegábamos hacia el Estrecho, se veía que las velas enemigas, al son del viento OSO, se abalanzaban sin remisión sobre nuestras posiciones. Venían formados en cinco columnas, y se les notaba con prisa. Podía ser hasta incluso probable que, forzando de vela, parte del centro y, sobre todo la vanguardia alcanzasen el paso de Tarifa para embocar el Mediterráneo. Pero, a costa de perder muchos buques en el intento. También era cierto que no se había ensayado, a sus entendidas, estrategia alguna con la que contrarrestar el ataque inglés. Todo se fiaba al tope del “Bucentaure”, desde donde se irradiaba la autoridad para ceñir. La línea de combate, el único baluarte previsto a la sazón, no daba precisamente ánimos. Los navíos tenían andares dispares, había embarcados pescadores para faenar en las arboladuras que jamás habían navegado con aparejo en cruz, faltas de hospitales y una preparación a la carrera para afrontar la campaña. Solo los que salieron con Gravina de Cádiz a las Antillas, y sobrevivieron hasta allí, tenían algo de garbo en la tarea. El resto, forzado al secano merced a las innumerables escuadras de bloqueo inglesas, sabían en más trampear con los naipes o perder la ración de caldo a los dados. Los franceses venían tan igual o peor, de modo que no eran capaces de reponer a sus dotaciones diezmadas, seguramente tan entrenadas en puerto como las nuestras.
Al teniente de fragata Martín Uría (DEP), no le daba bien el aire de la situación en la que podría llegar a quedar la Escuadra si se continuaba la marcha sin mayor variación. Entre otras cosas porque, tal y como pintaban las cartas, no podía conocer a ciencia cierta si el General deseaba plantar cara a los HMSs, o entonar un sálvese quien pueda.
No era cuestión de dudar del honor del almirante Villenueve pero, según todos los entendimientos y tratados, el teniente de fragata Uría juraba sobre la Santa Biblia que se hallaban en una situación harto comprometida. Era el momento de entonar una silenciosa oración.

lunes, 21 de octubre de 1805- 08:00 h.:

El capitán de navío Ignacio María Olaeta, miró al brigadier Uriarte con verdadero estupor.
- ¿Virar por redondo, señor?
- Mura a babor, ya lo veis... Orzamos. Disponga a los gavieros para bracear las vergas...- Uriarte se paró antes de llegar a la fogonadura del de mesana. Solo giró un poco el cuello.- Y que sea la envidia de la Escuadra, Olaeta.
“Menudo papelón”. El comandante no quería caer a sotavento con la maniobra, y proponía el riesgo de derivar peligrosamente hacia las posiciones enemigas. Sobre todo, no quería perderle la cara a la batalla a las primeras de cambio. Por nada del mundo.
Las voces de mando se fueron propagando y, a sus ecos, marinería y guarnición corría a cubrir sus puestos. A golpe de ojo, se veía en las mañas la diferencia entre veteranos y noveles. Y el oficial constató por enésima vez que, sobre las tablazones del “Trinidad”, se movía una buena cuota de profanos. Las maniobras se hacían con demora, a excepción de gavieros y trinqueteros donde, al menos, se había intentado conservar un nivel medio aceptable de profesionalidad. En verdad que, para la ocasión, vino como agua de mayo. El buque se empezaba a marcar una media vuelta de anales, con toda la ceniza que se le había echado desde las altas y bajas instancias.
- ¡Que nos vean bien el costado de babor, señor Olaeta!- gritó el brigadier Uriarte desde la toldilla.
- ¡No haga cuidado, señor!. ¡Nos los van a poder contar uno a uno!.
Al brigadier de Su Majestad Francisco Uriarte y Borja, se le dibujó una sonrisa lanzada al mar. Como fondo, ondeaba sobre el “Bucentaure” las señales que dictaban la virada. Fue la última sonrisa que dispensó a bordo del “Real Trinidad”. La verdad, es que la ocasión tampoco es que provocara humor, más allá del tesón de Olaeta: el cambio de rumbo seguramente que aumentaría el desbarajuste en la formación, haría perder el primer orden de fuego sobre el costado y.... Bueno, a malas, siempre nos quedaría Cádiz.

lunes, 21 de octubre de 1805- 09:00 h.:

El artillero Perales no las tenía todas consigo de quedarse fijo en la batería principal. Todo dependía de las condiciones de la mar para que los del calibre 36 trabajasen o no. En el “Trinidad”, la primera batería podía servirse si el mar no picaba pues, a poco que lo hiciese, era primordial cerrar las portas. Los artilleros asignados a la línea ya tenían instrucciones complementarias acerca de donde reubicarse llegado el caso que no se pudiese usar. A Marcial, al que decían “Mediohombre”, le llevaban los demonios encontrarse con estas cosas. Porque, en su versión, capabas al coloso en una batería, y le dejabas además sin el calibre grueso frente al enemigo. Y eso pá los cazacone era musha ventaha, pisha. Luego estaba la falta generalizada de artilleros que, aún de paliarse con una buena parte del centenar largo de reos de condena limpia traídos del presidio de Ceuta, no había servido sino para hacer las faltas menos escandalosas en números, pero de una ineficacia exasperante. Cuando no se te hacían un lío con las prioridades a la hora de cargar el cañón, se cogían un pie a la ocasión de embragarlos. Vaya elementos que les había mandado el Señor... Anda que los britis se andaban con chiquitas.
- Mira, majo- cogió del pescuezo a un zagal de zurrón en el último zafarrancho- Allá afuera, ande no ves un pijo, están los casacones. Los de mar, los jodíos. Están aguardando a que pongamos este cascajo en estela para meternos metralla hasta en los higadillos. Esos desgracias sueltan buñuelos de hierro que te llevan las pelotas te muevas o te quedes parao. Lo que pasa es que la única manera de intentar reventarles las suyas antes es meneandose. Y mucho... ¡Ah!, y sabiendo pá que te mueves.
Tampoco es que hiciera el efecto deseado. A partir de ahí el rapaz comenzó a temblar, de modo que no le fue posible dar ánima con bola. Y, ¿qué hacías?, ¿lo matabas?... ¿A él o al que lo había traído?. Ese muchacho tenía que haber seguido haciendo el queso que se comían abordo desde sus montes natales, y haber metido allí gente que hubiera mamado el cañón porque, era a eso precisamente a lo que iban a jugarse la partida. La mar iba mudando el rostro a brava, y a Perales se le fue otra vez el pensamiento sobre la batería principal. Si el combate se alargaba, no era lo mismo quedarse en un 24 que en un 36.

lunes, 21 de octubre de 1805- 10:00 h.:

Los navíos no estaban ni medio bien colocados. La virada, sujeta a la mar tendida que entraba por poniente y la variación constante del viento, había traído como resultas el que la Escuadra se hallara conformada en una especie de arco, en cuyo centro se desgajaba en dos secciones, a partir del navío de Álava. Un par de buques españoles y otro de franceses, cayeron a sotavento, abatiendo hacia el SE, y a su altura se notaba un vano de mar considerable. Aún así, con su mala formación de penitencia, la flota causaba asombro pues, a ojo cubero, debería llenar en toda su longitud cerca de cinco millas. Por babor, los ingleses arribaban ya en dos líneas muy nítidas. Nelson había querido jugar al ratón y al gato al alba y, una vez presentado el costado por el que habríamos de recibirle y seguro de fijarnos en el rumbo, se quitó la careta. Comandaba una columna de una docena de navíos, agrupados bajo su blanco pabellón, flameando a ritmo de rastreras sobre los cuartos traseros del que decían “Victoria”. Un jamelgo de 100 bocas de fuego. Los que le seguían, no andaban a la zaga. Eran otro par de reales y, el capitán de fragata José Sartorio, catalejo en mano, los tenía ya calados:
- El “Temeraire” de Harvey y el “Neptune” de Fremantle- el oficial se llevó el artefacto bajo su brazo, mientras seguía mirando a las velas que se llegaban- Dos buenos ejemplares, señores. Nelson quiere cortar la tarta con su mejor cuchillo.
Los guardias marinas que a su alrededor le escuchaban, todos con sus manos cogidas a la espalda y prestando una atención que rayaba la adoración, se miraron entre ellos. Allá estaba el caballero José María de la Moneda, del mismo Puerto de Santa María; o Antonio Bobadilla, natural de Écija; Luis Romero, tan marino de vocación que le parieron en La Carraca; José de Sevilla, que en realidad era de Cádiz; el muy cartagenero Jerónimo Salas, o Manuel Bañuelo, que venía de la instrucción en El Ferrol.
Sartorio, señalando con su catalejo a la formación británica, prosiguió:
- Vamos a ponerles unas piedras entre el dulce, señores.

lunes, 21 de octubre de 1805- 11:00 h.:

El “Santísima Trinidad” gobernaba según la orden del General. Apenas nos íbamos un cable largo de la popa del “Heròs”, la que llevábamos observando por proa desde que dejamos el andar hacia el Estrecho y viramos de bordo para poner rumbo de nuevo a Cádiz. A popa, teníamos como matalote al mismo “Bucentaure” de Villenueve, que comandaba el capitán Magendie. No acababa de ceñir bien el viento, y navegaba algo retrasado. La virada marcada por el General había dejado apelotonados a los buques por ciertos sectores, mientras que en otros se alargaba demasiado la línea. Así lo hizo saber uno de los navíos franceses, señalando que la fila tendía a prolongarse en demasía por retaguardia. Era precisamente por esos huecos por donde algunos de los navíos sotaventados pretendían volver a coger el aire. El enemigo arribaba por ONO, echado todo el trapo al aire de barlovento. En esos momentos venían con buen viento pero, con ninguna promesa de que se mantuviera. Hacia nuestras aguas se venía la columna encabezada por el “Victory” de Nelson que, según había oído decir, hacía formar a su infantería de marina sobre las bordas del navío antes de tomar al enemigo en enfilada. Todo un demonio de los mares, ese Nelson... El teniente de fragata Nicolás de Meñaca, fijó entonces sus ojos en la segunda columna. Y el tal Collingwood, que tampoco le iba a la zaga. Se llegaba fuerte de vela sobre la división de Álava, con las vergas al rojo vivo diría de según navegaba. Se decía que incluso se carteaban entre ellos. Esperaba con fervor que en esta ocasión el “Santa Ana” le recibiera con el mejor hierro lacrado. A la columna de Nelson, le pasaba lo mismo. Tendrían que aguantar su fuego durante el tiempo que el viento y su pericia le dictaran hasta llegar a las popas y proas de la Combinada. Apenas quedaba tarea ya para los marineros en la arboladura. Era tiempo de trabajar de lo lindo en las baterías.

lunes, 21 de octubre de 1805- 11:30 h.:

El “Bucentaure” se ha decidido a transmitir por señales lo que todo el mundo espera: romper el fuego. No se va oír tronar ningún cañón aún, porque otra cosa sería malgastar la munición tal y donde se halla aún el enemigo, pero ya está abierta la veda. El fusilero Hipólito Rodríguez, tenía una visión privilegiada de la escena, apostado en la cofa del palo de mesana. Allá compartía el poco espacio que deparaban las tablas con Francisco Coronado y Pascual Cuartero, de su misma compañía, la 4ª. Había echado su oración de precepto antes de encaramarse por la jarcia; donde suplicaba a un santo que le guiara la mira del mosquetón, y a otro que no le rindieran el palo. No era fácil acertar a los tiradores dispuestos entre la arboladura, sin embargo si el mástil caía, no había más que pedir que rompiera hacia un través, con la ilusión de caer al menos al agua. Levantó un poco la gorra para enjugarse el sudor con el dorso de su mano. “¡La Virgen, no había empezado el baile y sudaba como un pollo!”... Una fragata ha izado una señal que no acaba de entender; como si instara a alguna división en concreto a guardar sus posiciones... Entretanto, a los ingleses ya se les puede ver con cierta claridad las estructuras de los buques de cabeza. La que se avecina sobre el centro de la Escuadra, la que dicen de Nelson, trae tres navíos de tres puentes en su punta. Abajo, en la toldilla, los uniformes se agolpan sobre la cara de babor. El poco viento que sopla trae la voz de algún oficial, potente y clara.
- ¡Las gavias en facha!.
Sí señor, parece que se va a frenar el avance del “Santísima Trinidad”, con ánimo de que el buque del General pueda pegarnos la proa a popa, y cerrar así el hueco por donde se supone que quiere intentar pasar Nelson. Un marinero, desde el castillo, celebra la decisión con un corte de mangas visible seguramente desde Conil.

lunes, 21 de octubre de 1805- 12:15 h.:

Los fogonazos comienzan a brotar de la banda de babor del “Bucentaure”. Al poco, llega el sonido del ruido, seco y ronco. José Ferreira, sargento del Cuerpo de infantería de marina, es testigo mudo de cómo alguna de su munición le llega a rasgar parte del aparejo del trinquete al “Victory”. Tras las hamacas estibadas, una nube de casacas azules con vuelta encarnada miran por encima de sus hombros, de puntillas algunos. Nadie quiere perderse la orgía de andanadas que se prevee, una vez que el navío enemigo de cabeza ha entrado de lleno en el radio de daño de las baterías. Los infantes se agitan sobre las tablazones, inquietos. De momento, el “Trinidad” no ha dejado caer más que alguna bala de medida, sin pretensión alguna de romper de serio el fuego. Por otra parte, conforme iban adivinando las formas del mascarón de proa del “Victory”, más ansiosos se sentían.
A su lado, el sargento 2º del regimiento de Córdoba de infantería de línea, Miguel Pascual, se echa mano a las bruces para aguantarse el vómito en los interiores. Aquél bravo suboficial, con diez y ocho años de servicio a la Corona en su Ejército, que había acompañado a Ricardos al sur francés, y acudido de lleno a la Guerra de las Naranjas, se mareaba como un zagal al vaivén que dictaba el Océano. El hombre intenta disimular en la medida que puede su malestar, sin duda intentando dar ejemplo, pero su rostro entre blanco y marfil delata que no esta pasando un buen rato precisamente en aquella cubierta. Se apoya en la batayola, para conseguir mejor equilibrio, y alla queda un instante, cabizbajo. Francisco Montenegro, soldado de su misma compañía, ha visto todo. Con un ojo vigilaba al sargento, y con el otro la arribada del navio de tres puentes que se les echaba encima. Y, en realidad, le preocupaban los dos.
-¡¡Fuego!!- y a la primera voz, comienza a generalizarse el grito entre los mandos. Quien más quien menos, se encoge sobre sus hombros, y quedan un momento recogidos en la expectación. Hasta que suena la andanada. Primero uno, y luego se prenden los ronquidos en toda la eslora, echando más luz a la mañana. Han tirado desde la primera batería, pero el estruendo se siente como si hubiera sido en sus mismos pies. Las maderas lloran, y el humo comienza a nublar la visión a pocos pasos. La pólvora se mete en la respiración, picante y densa, y los ojos comienzan a enrojecerse. Al poco, no se sabrá si del ambiente o de la ira.
El fuego del “Trinidad” se hace vivo, y los primeros impactos comienzan a percibirse en el coloso de Nelson, castigado ya por las andanadas del buque del Gefe. Le hemos cerrado la colada por popa, y ahora se ve desvaído e impotente ante los costados de los buques que lo enfrentan. Parece que rectifica el rumbo, y que orza un tanto a estribor, a intentar ganar posiciones más ventajosas y menos sufridas para desarrollar su maniobra de corte. “Cuando regreses, te haremos astillas”, sentencia Basurto, mientras dejaba de hacerse sangre con los dientes y los labios.

lunes, 21 de octubre de 1805- 12:30 h.:

El cañón sale despedido hacia atrás, como un toro amaromado. Ni en ese momento, hay que dejarle hacer; hay que domarlo bien con el espeque, mientras otros asignados tiran de los palanquines para dar más fuerza a la frenada de la pieza. Jose Luis Quijano, ayudante de la 9ª brigada, tiene ya empapada la esponja y, en cuanto paran el cañón, introduce el mocho por el ánima de la pieza y lo baquetea con maña. El hierro va empezando a coger grados, y conviene refrescarlo bien por sus entrañas. Entretanto, el paje ha dejado al pie de los cuartos traseros otro par de cartuchos que el artillero, Alejandro Leagucer, se encarga de meter en número de uno por el ánima; tras él un segundo le dio de comer una palanqueta y el tercero selló la carga con un taco de estopa, empujando todo hacia el fondo. El cabo del cañón, Antonio García, se aproxima con el punzón, lo introduce por el oído de la caña y vierte en la recámara, como guinda de la compota, la pólvora fina que contiene su cuerno de munición. José Santos, es el encargado de prender la chispa con la llave. Al menos, el que mejor la entiende. Tira del cordel... y nada. Los artilleros lo miran a una. Lo intenta de nuevo; en vano. Se oyen murmullos. Por fin, a la tercera, viene la vencida. La piedra hace magia y prende el cebo de pólvora, para ir descendiendo a través del agujero practicado sobre el metal hasta la carga del cartucho... Y el estallido, levantando la inercia al gigante sobre sus ruedas, tensando sujeciones, como un toro acorralado. Los sirvientes vuelven a abalanzarse sobre el cañón, y repiten la liturgia.
A través de la tronera, apenas se tiene ángulo de batalla. No obstante, hemos visto cruzar al tres puentes que comandaba la columna muy a popa. Posiblemente estuviera ya tomando de enfilada al “Bucentaure”, que estrechó contra nosotros y debió descubrir la trasera. Las palanquetas que se cargan, van para el tercer real que entra, pues el segundo también lo tenemos fuera de mira. Todavía no hemos recibido su fuego y, por nuestra parte, tampoco es que hayamos estado muy diestros en él, de resultas como venían de enteros los navíos enemigos (quitando al “Victory”, sin mesana y rasgado de velas). Toda la acción se había concentrado sobre el costado de babor, y las piezas se sirvieron a manos llenas; habíamos disparado lento, aún de hacerlo con la calma de no recibir los cañonazos del oponente y, el teniente de la batería, avisa de la que se nos venía encima:
- ¡ Partid los servicios!. ¡Quiero gente en la banda de estribor!, ¡¡a estribor!!...
“¿Qué pasa?”, susurraban los novatos totalmente descolocados,
- Nos doblan, cateto... Mauri, Ramón, Cienfuegos; llevaros a cinco lastres y destrincar el cañón de espejo. Lo tenemos por la aleta de estribor, y tiene toda la pinta de querer abarloarse. Es el navío de su Almirante así que...
El primer condestable deja caer las palabras mientras camina a proa. Se para a corregir la puesta en batería de una pieza, y desaparece entre la humareda. Cuando se iba transformando en fantasma, un tableteo comienza a repicar sobre el costado de estribor. Al punto, los acompaña los gritos de un desgraciado al que ha cogido la munición enemiga de por medio. Los británicos responden. Ya había pasado la parte cómoda del combate.

lunes, 21 de octubre de 1805- 13:00 h.:

El “Victory” sigue cañoneándonos, un poco más adelantado pero, a resguardo aún de nuestra artillería de proa. Sin embargo, a esa mura les llegan claramente las balas rasas que Nelson, cada vez con mejor frecuencia, tiene a bien dispensarnos.
-¡Quitarnos a esos demonios, por el amor de Dios!- se oye desde los proeles, un tanto más elevado el tono que los gritos y lamentos de los artilleros.
El encargado de deslizar la bala por el cañón, la besa con delicadeza y acaba por dejarla caer en los abismos de la caña. Lo lleva haciendo con todas y cada una de las municiones que le toca servir y, Perales le mira de reojo. No está tan convencido de que sea una ofrenda que plazca a los santos pues, la verdad es que el fuego que venían haciendo no era demasiado bueno. Es posible que aquél hombre andrajoso, moreno de piel y negro de hollín, en realidad no fuera un marinero, sino un gafe. El “Victoria” nos hacía un daño considerable, a poco más de un tiro de pistola, y se había optado por cambiar la munición a bala rasa, con la esperanza de acertar sobre sus baterías y rebajar la presión artillera a que nos venía sometiendo. Lo peor es que por el agujero sobre la línea que ha abierto su bauprés, vienen entrando los otros dos reales que le iban a la zaga y algún 74 más. Las baterías de babor siguen disparando a una cadencia aceptable; allá, a diferencia de las del otro costado, no existen apenas más bajas que las provocadas por accidentes o imprudencias. Pero casi parece inútil aquel gasto de munición, porque los navíos de los británicos nos comienzan a entrar a mansalva por el través, y donde verdaderamente nos comienzan a ofender es por popa, en la enfilada, y ya una vez sobrepasados, por estribor. De cualquier modo, tampoco hay que perderle la cara al costado de babor. El tercero de los reales, que al parecer es el “Neptune”, ha escogido batirnos por esa banda, cruzandose a tiro de pistola sobre el bauprés de nuestro buque.
El “Heròs” francés se esfuerza por meterle hierro colado entre las cuadernas; no está mal plantado (al contrario que el “Rayo” y “San Agustín”, que se hallan claramente caídos a sotavento). Le ayuda con alguna tímida andanada el “San Agustín”, con las piezas del tercio de popa. Pero, para refriega, la que tienen montada entre el “Redoutable” y el “Victory”; a tocapenoles, de tal guisa que se diría que las gentes de uno u otro se hallaban en estado de abordaje. Al baile, parecen querer sumarse otro tres puentes por los ingleses y un par de 74s franceses que remontan desde retaguardia. “Se va a formar la de Cristo”.

lunes, 21 de octubre de 1805- 13:30 h.:

Ahora si que nos están jodiendo a base de bien. Las troneras, cuando raramente se ven libres de humo, enseñan costados británicos por todas partes. Algunos de tres baterías, y otros de dos, Esos condenados sueltan fuego conmo si de una camarilla de dragones se tratara. La gente ha mermado sobre la cubierta; se han bajado a muchos a la enfermería y, a los que quedamos en la tarea del cañón nos empieza a pasar factura el cansancio.
Acaban de desmontarnos el cañón inmediato a nosotros. Le han dado de lleno, metiendo una bala por la tronera, que ha causado una auténtica escabechina. Algún sirviente ha ido a parar a la banda opuesta, desintegrado de carnes. El rojo lo cubre todo, y es difícil mantener el equilibrio sobre la tablazón, en parte debido a las cabezadas del buque que se suceden por su poca maniobra. La otra parte la pone la sangre, resbaladiza, pegajosa, tragándose a mandíbula batiente al arena dispuesta sobre el piso antes del combate. Las cuadrillas de servicio para el cañón están completamente descojonadas. Se amalgaman unas con otras, para intentar mantener la cadencia de las piezas que aún se mantienen operativas. Los monos tienen que bajar la frecuencia de paseos, para no acumular demasiada pólvora a las traseras de los cañones porque, el ritmo de tiro ya no es parecido al del principio ni por asomo.

lunes, 21 de octubre de 1805- 14:00 h.:

Arriba, en la principal, no se esta mucho mejor que en los subterráneos de las baterías. Además de aguantar el fuego de artillería, tenemos que sufrir el de la infantería apostada en las cofas o las batayolas. Por el castillo, es una temeridad aparecer; la toldilla impone una ley parecida y, a ojos vista, el alcázar parece la zona más resguardada. Pero, cada uno tiene que poner su cuerpo serrano donde la situación demande. Uno de los artilleros a cargo de un obús del 24, aparta el cadáver de un compañero que estorbaba la maniobra de la pieza. Hacía aproximada una hora que el servicio de “limpieza” del buque se hallaba colapsado o diezmado, y media dotación tiene que apartar a la otra media, inutilizada, tendida sobre las partes más insospechadas del buque, para continuar sosteniendo la acción. El artillero, con ayuda de un par de compañeros más, ha logrado despejar de restos las inmediaciones del obús y, una vez colocado en batería, se disponen a abrir fuego. Una descarga de metralla, les llega limpia desde uno de los reales que nos bate por través, el navío de Fremantle. La lluvia de proyectiles se lleva por medio los altos de loa borda, clavándose en ella su parte rasa con fuerza. Los demás balines, han pillado de por medio a los pocos sirvientes que intentaban poner en orden el ingenio de Rovira. A los que barrió de pleno, murieron con un silencio digno, de modo fulgurante. Sin embargo, los restantes gritaban como poseídos por el mismo demonio, según la resulta de sus heridas. No voy a contar los miembros que dispersó la descarga pero, los había y realmente subían la bilirrubina a la altura del gaznate. O el alma a los pies.
Soportabamos un fuego terrible desde distintos ángulos, y nos lo hacían muy vivo y certero. Mirando alrededor, el navío del capitán Lucas permanecía emparedado entre un bocadillo de fuegos, castigado hasta la extenuación. Quiso ganar el combate por las bravas, a la directa, y parece ser que los lores ingleses no le perdonaron tanta arrogancia. El apoyo que nos viene de retaguardia, es corto y en precario; un par de navíos franceses que deja entrever la humareda y poco más. Los britis han cortado bien el suministro con la columna de Collingwood, y en el centro de la línea nos mantenemos en agobios por intentar responder a las ofensas de los herejes. El navío del General, el “Bucentaure”, no se halla en mejor suerte, y recibe también fuego vario, de tal guisa que hace unos diez minutos se le vió arbolar la señal de que la vanguardia entrara al combate sin demora... Eso se preguntaba, entre el humo, los truenos de metal y los quejidos: ¿dónde coño estaba la división de Dumanoir?.

lunes, 21 de octubre de 1805- 14:15 h.:

Ramírez está que se sale por las portas.
- ¡¡Cagüenlamadrecospariópeasohijoslagranputa!!- sus ojos, enrojecidos por la pólvora, la rabia y el dolor, se apuesta por lo bajini a que no van a durar dos cañonazos más sobre las cuencas. “Cuenca no hay más que una”, piensa el artillero Solís mientras le dá de baqueta al ánima.
- ¡Joder, acaba ya con el puto cañón, Solís!- le vuelve a sacar de su ensimismamiento patrio el cabo accidental de cañón Ramírez.-
Los sirvientes están que echan el bofe por la boca. Llevan dos horas de jaleo, dando de comer al angelito de 24 libras ración tras ración y, lo que es peor, el fuego propio se debilita, y el del adversario aumenta, pues ya nos baten por nuestro derredor al menos un par de 74s y un tercero de batería triple, todos con un ritmo bastante ligero, que lleva causando una escabechina a bordo durante un buen rato. Aunque con Ramírez al frente, diríase que los britis nos van a aguantar un soplido... La brigada se hace a un lado, y el cañón brama a ritmo de llama y humo. Ramírez no pierde tiempo en disipar a manotazos, incluso a bocados, la niebla que genera la detonación. Acaba por dejar más o mneos clara la vuisión sobre la tronera, y saca su cabeza a través de la porta, para contemplar en riguroso directo los efectos de la bala. Apenas puede abrir los ojos, pero quiere ver. La planqueta, al parecer, ha dado de lleno sobre un grupo de infantes trajeados de encarnao y chulería, de según se ha abierto hueco en esa borda del buque británico.
- ¡¡¡ A tomar por culo, sires!!!. ¿¡ quereis acompañarla con té!?- se volvió como un rayo a gobernar de nuevo el cañón- ¡Aguardad que os pasamos las pastas!... ¡¡Vamos a meter a esos perros palanquetas en sus cubiertas hasta que se tengan que salir, joder!!...¿¡ Y los jodidos cartuchos... Qué pasa con el paje!?...
- Ha caído, Ramírez...
- ¡¡Pues ponte tú mismo a traer cartuchos, joder, que hay que deciros todo!!... La Virgen de la Macarena...
El informante sale como alma que lleva el diablo en pos de más pólvora, mientras Ramírez desplaza a toda la brigada al cañón contiguo, que ha dejado de tronar por faltas en la dotación. A sus pies, un cartucho se mece al vaivén de las cubiertas. Al fondo, no se ve un pijo; el humo denso de la pólvora corta la respiración y la vista, pero parece que aún se hace fuego con alguna que otra pieza. De golpe y porrazo, un estruendo mayor acoaso que el de las piezas, viene a alzarse sobre sus cabezas. Las maderas crujen con pánico, y algún bao se suelta de sujeción, quebrado. Todos se agarran los mochos, sobresaltados. Es como si el mismo cielo se hubiera sentado sobre sus cabezas. Ahora, los alaridos me multiplican, al punto de transformar la cubierta en un manicomio andante. Ha caído uno de los palos en toda su entereza, sesgado desde la fogonadura. No ha corrido toda la eslora, pero casi. El teniente de la batería se lleva a los que puede a la cubierta superior, con ánimo de despejar a la mayor brevedad los pasos del buque...
- ¡¡¡Mecagoenlaputajoder, coponario bendito!!!- Ramírez está de pie frente a su pieza, con los brazos en jarra. Enfrente, por el marco de fuego donde se estaba dejando la vida, no se veía un puñetera mierda. La caída del mástil había arrastrado vergas y lino, de modo que ahora pendía sobre el costado, inutilizando algunas de las bocas de fuego. Y no era recomendable segurilo desde aquellas, so pena de montar un incendio supremo en el navío, ya de por sí maltratado. Mira aun lado y otro, hasta encontrarse con un haz de luz que viene de oblicuo por una de las troneras, tres o cuatro puestos más allá. Las serpientes que salen de su boca, vuelven a tomar el camino del gaznate; trinca a los dos más cercanos que tiene a diestra y siniestra y los lleva en volandas sobre otra pieza que parece hallarse en aceptable estado. A patadas, empujones y demás, desaloja material de todo tipo, incluido el humano, y reanuda la faena. A todo esto con un rosario de maldiciones y amenazas, mientras bracea a un ritmo desaforado ya para el tiempo que se lleva combatiendo. “Se ha metido cuadrúple ración de moscatel”, piensa el arrastrado nº 2 sin atreverse más que ha insinuarlo para su mente. Pero, cuerdo o loco, todo dios quería servir en la pieza de Ramírez. Es distinto, como una ventana irreal a un mundo que se desmorona alrededor, convertido en astillas, glóbulos, alaridos y pestes. Desde el cañón de Ramírez, hasta parece que va a ganarse la batalla.