Armamento que portaban los buques de la Real Armada. Organización de los artilleros en la carga y disparo del cañón.

Cañones en batería

Las ordenanzas de 1793 prescribían que:

  • "La enseñanza del manejo del cañon ha de empezarse encomendando la de cada uno á un Artillero de Brigada para la explîcación particular de las obligaciones de cada puesto, esto és, del cabo, del primero, del segundo, del tercero y demas sirvientes de derecha é izquierda, como se trinca y destrinca el cañon, se asegura dentro y se saca á bateria, se embica, se eleva y se ronza, como se colocan, toman y sirven los útiles y municiones, por quien y en que forma se vá a buscar las que faltan, particularmente el cartucho para la carga sucesiva, y las precauciones en el uso de la mecha: todo con arreglo al Título de Exercicios del Tratado del Real Cuerpo de Artillería."

Cada grupo de 8 a 14 hombres que formaban parte del manejo de un cañón (y su espejo de la otra banda) se agrupaban en torno a un rancho. Cada uno de ellos tenía un cometido específico en la carga, manejo y disparo de un cañón. Siendo los movimientos continuamente ensayados para conseguir realizarlos en el menor tiempo posible y de la forma más segura en combate.

En cada cañón había un responsable absoluto al que los demás hombres debían obedecer al punto, que era el cabo de cañón, normalmente un artillero de marina o un artillero de preferencia, hombres con experiencia que sabían el oficio perfectamente y que tenían por misión, además de coordinar todos los pasos de carga y limpieza, cebar el oído del cañón, apuntar y disparar mediante el aplique de botafuego o tirar de la driza de la llave de artillería en su caso. Luego estaban los demás artilleros, formados por hombres de esta clase, marineros y grumetes, que se ocupaban de las herramientas variadas de limpieza, refresco y carga del cañón, también se ocupaban de tirar de los palanquines para, con la ayuda de otros hombres que portaban espeques, poner el cañón en batería tras la carga, listo para disparar, por último un paje (que no eran en muchas ocasiones más que niños de 11 años) o joven grumete que se dedicaba en exclusiva a correr a la Santa Bárbara a por cartuchos de pólvora y transportarlos al cañón o cañones asignados.

Muchos hombres que debían saber no sólo su función determinada, sino dónde situarse para no estorbar a la gente de su pieza y las aledañas. Hay que recordar que en combate naval podían juntarse en una sóla batería más de 200 hombres haciéndo todos complicados movimientos, con muchas herramientas distintas, con poca luz, pendientes del balanceo del barco, el retroceso de su cañón y el de los demás, el humo, el agotamiento... No era extraño, por tanto, las fracturas de miembros por atropello o golpe debido a descuídos.

A continuación podemos observar, de forma resumida, los diferentes pasos que había que realizar para disparar un cañón de a 36 libras:

Disposición de los artilleros en la carga de un cañón

Tras recibir el cartucho del paje (a la izquierda de la imágen), un artillero se encarga de introducirlo en el ánima, otro el proyectil elegido, mientras a un lado del cañón se situa otro artillero con un atacador listo para introducir un taco de estopa y empujar todo con su herramienta al interior del ánima.

Vista superior de la carga del cañón

Vista superior de la carga de un cañón

Dos artilleros (nº 3 y 4) se ocupan de la carga del cartucho, proyectil y taco mientras el resto de artilleros se prepara a ambos lados de los palanquines, dispuestos a tirar para entrar el cañón en batería.

Este supuesto sirve cuando sólo se dispara por una banda y todos los artilleros disponibles manejan un sólo cañón. En el caso de que hubiera que disparar a dos bandas al mismo tiempo los artilleros se reparten equitativamente en las dos piezas. En este caso el segundo jefe de pieza (nº2) hará las veces de cabo de cañón en la pieza espejo.

Se mete el cañón en batería

Tras la carga del cañón y aprovechando el balanceo del navío, se mete la pieza en batería. Para ello se utilizan los pies de cabra, mientras otros artilleros tiran de los palanquines de los costados del cañón. Es una tarea muy pesada y la que más desgastaba a los sirvientes, ya que había que mover una mole de casi 4 toneladas. Repetir en combate esto una y otra vez suponía un tremendo esfuerzo. Mientras, el paje de la pólvora ha ido velozmente a por más cartuchos.

Vista superior del cañón en batería.

Vista superior del cañón en batería

A la orden del cabo de cañón (nº 1) se tiran con fuerza de los palanquines. Al tiempo que cuatro artilleros ayudan en la tarea empujando con los pies de cabra y frenando el cañón para evitar que recule durante el proceso.

Disposición de los artilleros en la carga de un cañón

Como indicábamos anteriormente el elevado peso del cañón hacía que cualquier movimiento fuese un suplicio, aun así, el cabo de cañón ordenaba a los hombres que se situaban a los costados del cañón con pies de cabra y espeques, moverlo de izquierda a derecha para dejarlo situado en la dirección indicada. Otro hombre, siempre bajo las indicaciones del cabo de cañón, manejaba la cuña de elevación, que se encontraba bajo la culata del cañón. Si metía más la cuña en ánima apuntaba más alto (a la arboladura), si la sacaba apuntaba entonces al casco o cerca de la lumbre del agua.

Vista superior del cañón mientras es movido para dejarlo en la posición deseada

Vista superior del cañón mientras es movido para dejarlo en la posición deseada.

Si el cabo de cañón (nº1) cree necesario girar la pieza a la derecha o a la izquierda todos los artilleros se colocarán en el palanquín conveniente y tirarán de él, permaneciendo el palanquín contrario sin tocarse. Los sirvientes de los espeques ayudan en la maniobra.

Preparandose para disparar

Una vez colocado el cañón en la posición deseada, los hombres se retiraban a un lado o hacia atrás, para evitar que tras el disparo el retroceso los hiriese. El cabo de cañón entonces, tras hacer un agujero en el cartucho a través del oído del ánima mediante un punzón, se hacía a un lado y acercaba el chifle con la mecha para iniciar el disparo. Si el cañón tenía llave de artillería el cabo de cañón no tenía que acercarse tanto, ya que una larga driza le permitía disparar sin riesgo.

Disparando el cañón

Los hombres destinados al freno de la pieza se van situando en sus puestos listos para intervenir. Tras la orden de disparo del oficial jefe de la batería se dispara el cañón, que de forma instantánea, tras el disparo, recula hacia atrás violentamente, mientras la batería se llena de humo y pavesas.

Freno del cañón en retroceso

Inmediatamente varios artilleros frenan el cañón interponiendo sus pies de cabra en las ruedas delanteras. Si hay más artilleros (que en ese momento no están ocupados con el cañón espejo de la otra banda) también frenan las traseras, al tiempo que otros sirvientes se ocupan de tirar con fuerza los palanquines para asegurar el cañón.

Cargando de nuevo el cañón

Los artilleros encargados de las herramientas de esponja y cepillo refrescan, apagan los rescoldos de la recámara que pudieran permanecer encendidos y retiran los restos para iniciar de nuevo la carga del cañón. El paje de la pólvora llega con nuevos cartuchos, que ha transportado en sendos portacartuchos de madera. Debido al evidente riesgo de explosión no era conveniente almacenar en las cercanías del cañón muchos cartuchos de pólvora, por lo que el paje debía estar al tanto de los cartuchos que se iban gastando para ir a por más.

Como se ha visto el disparo de un cañón era algo engorroso y no se hacía en un minuto. Unos artilleros entrenados podían limpiar, cargar y disparar en tres o cuatro minutos un cañón de a 24 y 36 libras. Menos de ese tiempo implicaba que los artilleros debían trabajar más a destajo, dejándolos exhaustos y empeorando mucho más los siguientes tiempos de carga. La leyenda de que una dotación británica era capaz de tener un cañón cargado en un minuto es difícil de creer, pero en el hipotético caso de que así fuera es imposible de mantener ese nivel durante un combate naval, en el que se podía llegar a estar más de 4 horas luchando. Como es lógico al principio de un combate este tiempo de carga y disparo era corto, pero tras varias horas el esfuerzo pasaba factura y este se dilataría de forma proporcional al cansancio, heridas de los hombres o la falta de alguno de ellos.