El servicio en los buques de guerra españoles de principios del siglo XIX: Las banderas e insignias.

Introducción

Iniciamos un trabajo que regularmente les irá trayendo aspectos del servicio a bordo de los buques de guerra españoles de principios del siglo XIX. Para ello me he basado en la “Real Ordenanza Naval para el servicio de los baxeles de S.M.” de 1802, que era una actualización de las existentes de 1793, esta vez redactada por el Teniente general don Domingo Pérez de Grandallana.

Al ser una obra bastante extensa he creído oportuno ir publicando poco a poco los diferentes capítulos. Pero en vez de ponerlo tal y como viene en la ordenanza, un listado de artículos que reconozco que son un poco aburridos de leer, me he permitido extractar, resumir e incluso obviar muchos de ellos y redactarlo de nuevo de forma que sea más comprensible y fácil para el lector, aunque en algunos párrafos interesantes guardaré el formato original. Por la misma razón de la elevada extensión de la obra no será posible más que hacer un recorrido general y corto por cada título de la misma.

Como toda ordenanza naval que regía en la Armada española, se estaba obligado a cumplirla y hacerla cumplir, otra cosa es el celo que los distintos comandantes pusieran en ello, con vistas a la buena operatividad de sus unidades. También la precariedad de los presupuestos hacía a veces muy difícil, por no decir imposible, poder disponer de un buque tal y como Su Majestad mandaba.

De todos modos es un buen método de información sobre la vida a bordo de un buque de guerra. Iremos viendo las obligaciones y derechos de las diferentes clases de empleos que había a bordo. De las penas por infringir las normas. De las banderas que se utilizaban, de la disciplina, los oficiales, la tropa, los saludos, el acopio de víveres… y un sinfín de aspectos más. Esta ordenanza era la que regía en los buques que, por ejemplo, combatieron en Trafalgar.

Título 29. De banderas e insignias.

Aunque muchos aspectos de este capítulo ya los hemos tratado en otros artículos de la web, aunque de una manera muy general, conviene darle un repaso porque las banderas era algo muy importante a tener en cuenta a bordo de un buque de guerra.

Banderas

Sobre la bandera de guerra que debía llevar todo aquel buque de S.M., es decir, del Rey, se dice:

  • “La bandera de mis bajeles de guerra, como la de mis Plazas marítimas, sus castillos y otros cualesquiera de las costas, será de tres listas, la de en medio amarilla, ocupando una mitad, y la alta y baja encarnadas, iguales, esto es, del cuarto de la anchura con mis Armas Reales de solos los escudos de Castilla y León, con la Corona Imperial en la lista de en medio”.

Esa descripción corresponde a la actual bandera de España, exceptuando la descripción del escudo. Los buques que no eran de guerra pero también eran del Rey, como las de Rentas de la Real Hacienda usaban la descrita anteriormente de guerra pero con la diferencia que en el escudo estaban repetidos y cruzados los escudos de Castilla y León en medio de los caracteres R.H. de color azul, con corona encima de cada una de las letras.

Los otros únicos buques que podían llevar el diseño de bandera de guerra eran los buques mercantes pertenecientes a las Compañías comerciales privadas, aunque con la salvedad de tener un distintivo único en cada una de las diferentes Compañías que hacía también distinguirlos de un buque de guerra. Normalmente este distintivo era un escudo de armas debajo del nacional, en la parte de la franja roja inferior.

Los buques corsarios particulares cuando sólo estaban armados como tales podían llevar también la bandera de guerra. Si estaban armados en corso y mercancía entonces estaban obligados a portar la bandera con distintivo al igual que los buques de Compañías.

Todos los buques mercantes españoles debían llevar una bandera de listas de los mismos colores amarillo y encarnado que los de guerra, formada de cinco fajas, la de en medio amarilla, ocupando un tercio, la de los extremos también amarillas, de un sexto cada una y encarnadas las intermedias. Pero sin escudo, aunque fueran con valijas de Correos o fletadas por la Real Hacienda. Esto era muy importante, un buque mercante jamás podía llevar la de guerra ni cuando estuviera mandado por un oficial de guerra. Solamente había una excepción, cuando fueran fletados para servir al Rey para convoyes u otros objetos a su cuenta, pero sólo durante esa comisión.

Si un comandante de un buque de guerra observara que se incumple alguna de estas normas en cualquier buque, ya sea en puerto o en el mar, podía embargar dicha bandera y obligar a poner la que correspondiera, dando cuenta del hecho a las autoridades en puerto. Y eso incluía a aquellos barcos que navegaran con banderas de otros países, algo muy corriente cuando se quería despistar al enemigo. Lo que si estaba permitido, y se hacía constantemente por todas las marinas del mundo, era arbolar una bandera extranjera para reconocer o engañar al enemigo hasta el acto de parlamentar o combatir. Eso sí, antes de empezar las hostilidades había que enarbolar la bandera correspondiente. Porque combatir bajo bandera enemiga estaba penado.

Insignias

Pasamos a indicar las diferentes insignias de mayor a menor graduación:

El mando más alto de la Armada era el Generalísimo, que era un cargo que se creó expresamente para Godoy. Por encima de este sólo estaba el Rey. En el caso, que creo que nunca se dio, de que se embarcara en algún buque su insignia debía arbolarse en el tope del palo mayor. Esta insignia era una bandera cuadra de color rojo con un cuadro blanco en el interior con las Reales Armas (sólo los escudos de Castilla y León con Corona Imperial y ancla en pie, sobresaliendo el cepo por la unión de la Corona con el escudo, y por su parte inferior las uñas).

Para los diferentes generales la insignia consistía en una bandera cuadra con los colores de la bandera de guerra, pero con la diferencia que en el interior estaban los escudos reales al completo. Como ya sabemos la disposición de esta insignia en los diferentes palos de los navíos nos daba la graduación del general. Así un capitán general o el Director de la Armada la llevaba al tope del palo mayor. El teniente general en el de trinquete y el jefe de escuadra en el de mesana. Si se diera el caso de que un teniente general ejerciera las funciones de capitán general de un departamento marítimo y mandase escuadra arbolaría la insignia al tope de mayor. Así mismo si por nombramiento real un teniente general o un jefe de escuadra tenían la llamada insignia de preferencia haría lo mismo. Gravina, siendo teniente general, en la batalla de Finisterre y en Trafalgar al tener esta insignia de preferencia llevaba en el Argonauta y en el Príncipe de Asturias arbolada al tope de mayor su insignia respectivamente en aquellas batallas.

Los brigadieres y capitanes de navío que no estaban subordinados a un mando superior llevaban en el tope del palo mayor un gallardetón de dos puntas con las propias listas y Armas que la bandera de guerra. En el caso de estar subordinados en una escuadra además debían llevar una grímpola amarilla encima del gallardetón. Si por algún casual un brigadier o capitán de navío eran graduados con la insignia de preferencia debían llevar la bandera cuadra al tope de mesana, pero debían arriarla siempre a la vista de la de cualquier oficial general.

Ahora bien, todas estas insignias sólo podían arbolarse si el general u oficial correspondiente tenía mando. Es decir, si iba a bordo de un buque, en calidad de pasajero o transporte, un general de la Armada o del Ejército, o incluso un Virrey no podían izar insignia alguna.

Si un comandante general de una escuadra pasaba de su navío a otro, para revistarlo u otro motivo que le ocupase gran parte del día, podía mandar izar su insignia, arriándose entre tanto en su navío, a fin de manifestar al resto de la escuadra donde se hallaba su jefe. Si en ese nuevo navío había ya otro general no hacía falta arriar su insignia. El principal motivo de todas estas insignias era que en el resto de buques supieran siempre donde estaban los generales. Y era algo común a todas las marinas, cambiando lógicamente el color de las insignias.

Todas las insignias, incluidos gallardetones y gallardetes, tenían que arriarse, sin dejar de mantenerlas tremoladas, al saludar a otra insignia superior, volviéndolas a izar terminado el correspondiente saludo.

Las demás insignias de cualquier otra clase, como distintivos de cargo de escuadras o sus divisiones en una armada, se mantenían solo mientras estuvieran incorporados con ella,  lo mismo los grimpolones indicativos de las divisiones.

Siempre había que arriar las insignias inmediatamente,  si faltase por cualquier circunstancia su general, excepto en combate que podían dejarse izadas hasta que dispusiera lo conveniente el comandante general de la escuadra.

Entre los buques de la Armada como hemos visto había que saludarse entre ellos arriándose las diferentes insignias ante oficiales superiores. Pero jamás, supongo que por cuestión de imagen u orgullo, se podía arriar una insignia, aunque fuera el gallardete, ante buques extranjeros, ni en el mar ni el los puertos, ni aun saludando con el cañón.

El gallardete era una insignia exclusiva de los buques de la Real Armada. Estaba totalmente prohibido que los buques ajenos a esta lo llevasen, y eso incluía a los buques de las Reales Rentas que no fueran del Rey, a los corsarios, los armados en corso y mercancía y los de las Compañías comerciales, siempre y cuando estuvieran fuera de la vista de los bajeles de guerra. Supongo que les estaba permitido si querían hacerse pasar por buque de guerra cuando navegasen en solitario para despistar al enemigo. Aún así los mercantes particulares sólo lo tenían permitido en esas condiciones bajo una grímpola, y sólo en puertos extranjeros en los que no hubiera buques de la Armada, u otros buques particulares mandados por oficiales de guerra.

Ocasiones especiales

Había ocasiones especiales en los que los buques debían largar todas sus banderas. Así el Jueves Santo, tras terminar los oficios religiosos a bordo, todos los buques, aun en puerto, debían poner sus insignias y banderas arriadas a media asta, embicando las vergas. Quedando de esta forma hasta la hora de la Aleluya del sábado inmediato. Ese día se engalanaban los buques con todas las banderas y gallardetes. Esto era válido también para los días del Corpus, Inmaculada Concepción y Santiago, patrón de España. También en el del cumpleaños del Rey, de la Reina y los Príncipes de Asturias, que además debían celebrarse con salvas. Esos saludos se daban en el navío insignia, los demás buques de la escuadra, que no debían saludar, tenían que largar solo sus banderas de popa y proa, coronando las bordas de pavesadas. Este engalanamiento también era contemplado en el caso del embarque o desembarque del Rey y otras Personas Reales. Incluso por el embarque de la imagen de la Virgen o Santiago por patronato especial de alguna expedición. Vemos que en aquella época la religión era algo muy importante en todos los órdenes de la vida, incluido el militar. Se dejaba a libre albedrío este engalanamiento general si los comandantes de escuadras y bajeles sueltos lo veían necesario para celebrar alguna ocasión extraordinaria, como bien pudiera ser celebrar la noticia de alguna victoria, el embarco de algún visitante ilustre, etc.

Sólo por mal tiempo, de viento y mar, se dispensaba o atrasaba el llevar a cabo estos actos

Era importante conservar el estado de las banderas. Por eso nunca se debían largar en tiempos tempestuosos sin una absoluta necesidad, como en caso de combate. En navegación nunca se largaban sino se encontraban con otros buques por la misma razón, y en puerto sólo se izaba la bandera larga de popa los domingos y fiestas, como también al entrar o salir de puerto. En los demás momentos sólo se permitía izar la bandera de proa, más pequeña, ya que se consideraba suficiente, para el conocimiento de los buques del Rey, el tremolar de las insignias de distinción y los gallardetes, que se debían mantener siempre de día.

Relacionado: Banderas españolas que se enarbolaban a finales del XVIII.