Todo a Babor. Revista divulgativa de Historia Naval
» Vida en los barcos

El servicio, disciplina y policía a bordo.

Elaboración propia. Basado en la “Real Ordenanza Naval para el servicio de los baxeles de S.M.” de 1802

Título 7º.- El servicio, disciplina y policía a bordo.

Los ranchos

Los hombres se agrupaban en pequeños grupos llamados ranchos. Una vez completada la tripulación de un navío se nombraban los cabos de guardia, gavieros, bodegueros, pañoleros, timoneles, y guarda banderas. Estos últimos a satisfacción del piloto y contramaestre, pues tenían que manejar sus cargos. Pero todos eran marineros experimentados, normalmente de matrícula. Las cuatro primeras clases se unían en dos ranchos, y las dos segundas con los meritorios de pilotaje, que eran los aprendices a piloto. De este modo quedaban unas y otras en dos mitades para su servicio de alternación.

También se nombraba un hombre de confianza para que cuidase de los pajes, la mayoría niños, formándose el rancho o ranchos correspondientes a su número. Este hombre de confianza solía ser un marinero maduro, de buenas costumbres, que con su supervisión vigilaba que esos críos fueran haciéndose hombres de provecho tanto en lo moral como en su formación marinera. Además vigilaba que otros marineros o soldados no me propasasen con ellos. Aunque la mayoría de los pajes fueran niños estaba establecido que no se les tratase como tales.

Se nombraba un grumete para ranchero de despensa, otro para cirujanos, otro para pilotos, otro para carpinteros y calafates. Al armero, maestro de velas, farolero, buzo y cocinero reunidos en un mismo rancho también se les adjudicaba otro grumete como ranchero. Estos rancheros ejercían de ayudantes de los mismos, preparando la comida y limpiando su rancho, aunque sólo cuando estuvieran a bordo, teniendo que alternar su servicio, sino había voluntarios, ya que no  podía ser un puesto fijo porque sería como ejercer de criado. También se elegían dos o más grumetes para cuidar el ganado de dieta, otros dos para el comandante y otro para cada reunión de oficiales de guerra, cuando comían juntos. Volvemos a lo anterior para no confundir a estos rancheros como criados, es más, un oficial de guerra tenía prohibido tener a algún marinero o soldado ejerciendo como criado bajo ningún pretexto. El comandante del buque debía cuidarse de que esto no pasara nunca. Los criados formaban parte del cargo del oficial, según su graduación podía tener uno o varios, que sí eran asistentes personales de los mismos. Los criados no formaban parte de la tripulación, aunque en caso de combate podían auxiliar en lugares no expuestos como encartuchando o pasando cartuchos.

Ser ranchero tenía como ventaja  la exención de guardias de día y siempre se solían elegir entre los más ineptos para las labores marineras. En un buque de guerra sino servías de marinero o soldado te tocaba las tareas más ingratas. Al menos eran destinos temporales.

Para tripular las embarcaciones menores, que siempre tenían su propia gente, se elegían a los hombres más sobresalientes en habilidad y conducta. En cada embarcación menor se les asignaba además un ranchero, aunque estos se dividieran en dos ranchos. El patrón de cada una de estas comía con sus hombres, sino era oficial de mar.

El resto de la tripulación del buque se dividía en ranchos, igualando sus clases y formando cuatro brigadas, cuya mitad, y la de la gente de botes y lancha unidos, era la guardia de estribor y la otra la de babor. Haciendo que cada rancho tuviese su destino especial en una misma guardia, cañón o lugar de combate. Lo ideal era que cada rancho lo formaran de ocho a doce hombres.

Cada rancho siempre tenía la misma gente, así los hombres formaban camaradería y de esta forma se mejoraba la compenetración entre ellos y su mejor servicio en combate. La tropa formaba sus propios ranchos y les estaba prohibido intimar o enranchar con la marinería. El responsable de cada rancho era llamado cabo de rancho y solía corresponder, en la marinería, al artillero de mar matriculado más a propósito. Este tenía que ser respetado como tal. El cabo a su vez debía observar la economía y el aseo del alojamiento, además de preocuparse de que los rancheros a su cargo fueran lavados, peinados, afeitados y con sus ropas conservadas. Evitando todo desorden entre ellos. El cabo era el único de su rancho que estaba exento de ser ranchero, que era un puesto que alternativamente debía ocupar todos los hombres que lo formaban. El ranchero era el encargado de guisar la comida de los demás, y de recoger y devolver los utensilios de comida.

El sangrador, el cocinero de equipaje y los rancheros recibían los útiles de enfermería, cocina y comida de su respectivo uso, formando relación de todo por el maestre, visado por el oficial de detall, para que en caso de extravío o desperfecto les fuera descontado de su paga.

Mientras el fuego de los fogones estuviese encendido se mantenía en ellos una guardia que el comandante juzgase apropiada, para que vigilase continuamente el lugar y el uso del fuego, el cual debía apagarse antes del anochecer en el fogón del equipaje, pudiendo permanecer encendido el del comandante, si estaba en puerto, lo que le pareciera. En puerto podían comer todos a un tiempo, pero en la mar debían hacerlo por guardias, para que comieran con sosiego.

Si había a bordo de un buque tropa o marinería de transporte, estos estaban a las órdenes del comandante del buque y el oficial de detall los arranchaba en la misma forma que a la dotación, siendo también aplicados a las guardias, con el principio de que no hubiera más gente que la necesaria para el servicio y que la sobrante sirviera de remuda o reemplazo, según las circunstancias, estando todos ellos sujetos a las leyes penales de a bordo.

De guardia

Todos estos ranchos como hemos dicho se dividían en las guardias de babor y estribor. A su vez estaban divididas en cuatro brigadas, repartidas en ocho medias, equilibradas en lo posible, y asignando a cada media un cabo de guardia, que tenía sobre sus ranchos a cargo las mismas autoridades que el cabo de rancho en el suyo. Cada brigada tenía un oficial de mar como responsable inmediato. Los encargados de las brigadas, medias brigadas y ranchos tenían que dar cuenta al oficial de detall de cualquier desorden que se produjera en ellos, para que este obrara en consecuencia. El oficial de detall era normalmente el segundo de a bordo. Este era el único que podía alterar los ranchos u otros destinos de la marinería.

Una vez dividida la marinería en brigadas la mitad de ella, una vez en la mar, entraba de guardia, repartida en el alcázar y castillo con la denominación, como hemos dicho anteriormente, de babor y estribor, y con la asignación a uno y otro lugar correspondiente al laboreo de la maniobra y número de tropa existente en el alcázar. Cada hombre de cada guardia figuraba en un listado particularizado por clases, para que cada uno supiera su destino, y así los oficiales de guerra y mar pudieran revisarlas. Si el buque acababa de armarse y la tripulación no sabía su destino, y una vez hechas las guardias, se asignaba y explicaba a cada uno el objeto particular y común a que estaba destinado. Por ejemplo, una virada u otra maniobra en la que había que manejar o largar todo aparejo. El señalamiento de estos destinos les daba el número de hombres que debía subir a cada verga y el lugar que ocupaba cada uno de ellos. Y siempre bajo el principio de que: “la destreza general en maniobrar será mayor en cuanto cada individuo esté más instruido en un determinado punto”.

Una vez repartido un número de marineros, de cada guardia, para trabajar en la maniobra, se creaban en los sobrantes las llamadas cuadrillas volantes, que eran los marineros que se encargaban de vigías en los topes, centinelas de marinería en el coronamiento de popa, serviolas, pasamanos y demás de alternación.

A todos los marineros, al principio de toda campaña, se les debía explicar y ensayar, las veces que hiciera falta, la maniobra del navío, por ser un punto de vital importancia.

A los marineros más experimentados y hábiles en los trabajos por lo alto se les nombraba gavieros, que tenían como principal cometido el reconocimiento de las maniobras altas, y descubiertas al anochecer y amanecer, dando cuenta a los oficiales y contramaestres de guardia de lo ocurrido.

Estaba permitido que, en caso de necesidad, los miembros de una guardia dejaran momentáneamente su puesto, en orden y poco a poco, para abrigarse si hiciera frío, protegerse del agua o del sol si fuera necesario, siempre que no fuera forzosa su asistencia. Si así fuera, nadie podía abandonar el puesto aunque sufriera las más duras inclemencias del tiempo.

Por la noche, ya fuera en puerto o en la mar, un grumete de la guardia del alcázar tenía que gritar, de media en media hora, a la guardia del castillo para activar su vigilancia. Además había que rezar el rosario a popa y proa en la última media hora de cada guardia de noche cuando no hubiera faena que lo impidiese. De nuevo con la Iglesia hemos topado...

Se enseñaba a la marinería, más frecuentemente al principio de los armamentos, el ejercicio de fusil y pistola, a cargar, apuntar y tirar al blanco, o sin el, sin maltratarse ni estropear las armas. También a manejar el chuzo, sable, frascos de fuego, granadas, hachas y hachuelas de abordaje, explicándoles el uso de cada cosa. La instrucción corría a cargo de los sargentos, cabos de artillería y oficiales de mar, según cada objeto, y siempre por un orden de brigadas o trozos para facilitar dicho aprendizaje. También se disponía la marinería al servicio militar si faltara tropa a bordo. También al de combate, en los actos de abordaje, y el de atacar o defenderse de los enemigos, obrando en embarcaciones menores, desembarcos y demás operaciones de mar y guerra, debiendo ser esta instrucción general a todos e insistiéndola a los individuos que más la necesiten.

En puerto entraba de guardia un trozo o brigada de marinería, con sus oficiales de mar y dos cabos por turno. Estos asistirían en el combés, castillo y pasamanos, tras los trabajos de limpieza, para ocuparse de los trabajos ordinarios o auxiliar la atracada de embarcaciones que se guardasen o cuidando de las que se dejaran en el costado. Además de la guardia de cables y demás objetos marineros, tanto de día como de noche, con la alternancia de las horas de descanso que hubiera prescrito el comandante. En esa situación también hacían guardia los carpinteros, calafates, cirujanos, capellanes y demás oficiales mayores y de mar.

Mientras no hubiera faena el alcázar debía estar siempre despejado, ya que era el lugar propio de los oficiales de guerra y plaza de armas del buque. Lo mismo que en la toldilla.

Plan de combate

Repartida así mismo la guarnición (infantería y artillería de marina) en ranchos y guardias, se formaba de toda la dotación un plan de combate por listas, que debían comprender a toda la gente destinada al servicio de cada batería, señalando el cañón y su lugar en el combate u ocupación que a cada uno le correspondía.

  • “Como no puede fijarse el número de hombres en cada destino, ni la parte de tropa y marinería que les respecte, se arreglará esto a la fuerza del bajel, según el número y calibre de su artillería y totalidad de la gente; en el concepto de guarnecer la batería de una banda con todos sus sirvientes, y con el número de grumetes u otros suficientes para lampazos, retirar heridos y demás surtimiento y avío de la batería. Se destinarán así mismo a los grumetes u a otros que sean necesarios en los pañoles de pólvora, en el del contramaestre, bodega y enfermería, a que podrán afectarse los cocineros y criados”.

Del repartimiento de la gente en las baterías y demás puestos se proporcionaba una lista al comandante de cada batería, este a la de su trozo a cada oficial encargado. Se fijaba sobre cada cañón una lista en pergamino con los individuos que lo formaban. Seguidamente se hacía el reparto de la gente destinada a la maniobra, fusilería, cofas, guardia de bandera, rondas y demás militar y marinero. En definitiva, todos los hombres a bordo, de capitán a paje, sabían donde tenían que estar situados en zafarrancho de combate.

De todos los hombres se nombraban dos o tres trozos con tropa y marinería encargados para dar o repeler abordajes, empezando por la gente de sobre cubierta, que eran los más ágiles en sus ejercicios respectivos, y los otros se sacaban de las baterías en el orden más inmediato. Todos estos hombres debían ser instruidos del modo y lugar de armarse, del lugar al que debían acudir, para dar o rechazar un abordaje, ya fuera a la voz o al toque de caja. Había que ensayar las veces que hiciera falta este apartado con el fin de que se cumpliera rápidamente.

Zafarrancho de combate

A la orden de zafarrancho de combate todo individuo debía acudir, cada uno con su mochila, cófano o petate y depositarlo en el lugar del parapeto de la batayola que tenía asignado. Seguidamente y sin perder tiempo debía acudir al lugar que estuviese destinado en el plan de combate, a su cañón, maniobra u otro servicio. Esto lo realizaban primero los destinados a la maniobra y artillería de alcázar y castillo, para hacer la pronta muda de los de guardia. El jefe de cada puesto, ya sea oficial de guerra, mayores, de mar, artillería o sargentos debía supervisar y ocuparse de sus trozos asignados y que tuviesen la distribución y acopio necesario de municiones y pertrechos militares y marineros. Una vez en orden daban parte al comandante de la batería y este a su vez al comandante del buque para que supiera cuando estaban preparados. Este podía exhortar, ya en sus puestos o congregándolos antes a todos en el alcázar,  para que se batieran con valor e intimando a la pena de muerte al que abandonase su puesto, se portara como un cobarde o no cumpliese lo que le ordenaran. El capellán entonces ejercía su oficio con la absolución de los hombres. Los oficiales de guerra estaban obligados a vestir su uniforme, con la espada en mano, al igual que los sargentos de infantería y artillería. La tropa y marinería tenía que estar vestida y armada según el objeto de su destino.

Se le recordaba al oficial, o guardiamarina encargado de la bandera, que no la arriase sino por orden directa y personal del que mandase el bajel. Lo mismo a los centinelas de alguna escotilla que por necesidad tenía que estar abierta, igualmente a los sargentos y cabos de ronda encargados de la vigilancia en el combate; debiendo todos y cada uno cooperar en el según su instituto o rango y dar cuenta a su comandante de cualquier novedad de importancia.

Algunas particularidades del servicio

Estando en escuadra se tocaba diana, tocando las cajas (tambores), en el navío insignia al rallar el alba, al que seguían los demás buques hasta el disparo de un cañonazo; al anochecer se tocaba a oración y a las ocho la retreta, desde el equinoccio de septiembre hasta el de marzo, y a las nueve el resto del año, siempre y cuando el general en jefe no dispusiera otros horarios. En puerto español no se disparaba ningún cañón sino había más de tres buques en la escuadra. En puerto extranjero siempre había que disparar el cañonazo, aun siendo buque suelto.

Si se estaba en puerto al cañonazo o toque de retreta debían estar a bordo todos los individuos del buque que no habían tenido licencia por más tiempo para estar en tierra, debiendo presentarse a sus jefes respectivos al subir a bordo. Desde el anochecer no se permitía a ninguna embarcación atracar al costado del buque sin ser reconocida y dar el santo. Para ello siempre había una guardia rondando alrededor del barco. Estos centinelas estaban obligados a gritar, a toda embarcación o bote que se aproximara, el santo y seña.

Durante la noche se mantenían encendidas las luces de dotación de cada buque, según el reglamento, pero el comandante podía aumentar su número según la conveniencia. En la mar la luz de la antecámara alta pasaba a la cámara baja y la de la Santa Bárbara se mantenía encendida toda la noche, apagándose en puerto a las diez.

Las luces obligatorias en las guardias no podían ser tocadas excepto por su centinela, pero fuera de la Santa Bárbara se permitía a los oficiales mayores, de mar y sargentos que las utilizaran en sus ranchos hasta el toque de retreta. Los oficiales de guerra y guardiamarinas podían permanecer con luces más tiempo, según lo dispusiera el comandante.

Los días de fiesta podía haber una misa o dos, según el buque, donde tenían que acudir obligatoriamente, vestidos adecuadamente y guardando el debido respeto, toda la dotación del buque. Tras esta permanecían todos unidos para proceder a la lectura de ordenanzas, de modo que todos los hombres se fueran enterando de manera progresiva de los deberes a bordo y de las penas impuestas por el no cumplimiento de los mismos. Esto se solía hacer al principio del armamento de un buque, cuando la tripulación todavía estaba habituándose, y la lectura podía hacerse antes o después de misa.

Esos momentos de lectura de ordenanza también podían ser aprovechados al principio de los armamentos para que todos los tripulantes del buque conociesen a los oficiales de guerra, guardiamarinas, oficiales mayores, de mar y sargentos que formaban parte de la dotación, para su debido respeto, aunque  nadie podía alegar ignorancia si no los conocieran, para faltarles a la subordinación. A los oficiales de guerra se les prohibía tomar familiaridad con la gente, a los que debían respetar y cuidar, pero nada de alternar con ellos.

Cuando la tripulación y guarnición se congregaba para esos actos, así como para los bandos, castigos u otro acto común, tenía que estar toda la tropa de guardia sobre las armas en el alcázar, pasamano o castillo con la formalidad necesaria a la importancia del asunto y a su debida circunspección.

Toda la tripulación y guarnición podía fumar tabaco en el combés y castillo de día y de noche, pero siempre en pipa, bien tapada con capillo; en la mar, con vientos recios, sólo podían hacerlo debajo del castillo sobre tinas de agua dispuestas a este fin. Estaba terminantemente prohibido fumar en cigarro de papel. Los comandantes debían cuidar que los oficiales no hicieran desorden sobre esta materia en las cámaras y camarotes.

Se comprende este cuidado con el fumar porque en un buque de madera lleno de productos altamente combustibles cualquier descuido podía llevar a un desastre y si se encontraban en alta mar podía ser dramático. Si había que tirar cohetes de señales por la noche, artificios también muy peligrosos, había que dispararlos siempre desde popa, nunca en alcázar y pasamanos, y siempre con centinela y la precaución de tener dispuestos dos o tres baldes de agua a parte de los lampazos mojados que debía haber en aquel lugar con motivo de los faroles de popa.

A los individuos que tuviesen licencia del comandante para bajar a tierra se les auxiliaba con embarcaciones para su ida y vuelta. Reglando, en cuanto fuera posible, las horas y lugares de su reunión. Según el clima de las plazas en las que estuvieran la tropa podía variar su uniforme por uno más fresco que el de casaca cuando bajaran a tierra. Así mismo tenían prohibido, tanto la marinería como la tropa, llevar cuchillos o cualquier arma prohibida. Eso evitaba que echaran mano de ellas en las trifulcas que solían tener en tabernas y calles. Además así se garantizaba el cumplimiento de las posibles reglas de policía que hubiera en aquellas ciudades por las que pasaran, que no siempre permitían portar armas.

Antes de salir los revisaba en su lista el oficial de guardia, y a la vuelta se presentaban después a su cabo o jefe más inmediato que a su vez daban cuenta al oficial de guardia. Los oficiales de guerra, contador y capellanes se presentaban a los comandantes del buque en el orden descendente de su mando.

Si faltase algún hombre de mar el cabo de su rancho le encomendaba el cuidado de la mochila a otro hombre del rancho, por si se presentase a bordo al poco tiempo. Pasados tres días se la daba al oficial de mar de su brigada para que este, tras puesto en conocimiento del oficial de detall,  la entregase al contramaestre. Se le declaraba entonces desertor y se vendían sus ropas entre la dotación, para cubrir sus posibles  deudas. Lo no vendido se formaba cargo a favor de la Real Hacienda.

En los botes de todo buque  de guerra en los que iban de noche algún oficial, guardiamarina u otro individuo llevaban el santo y contraseña para que las rondas los dejaran pasar, sin el cual los obligaban a restituirse por donde habían venido. Aún dando el correspondiente santo debían los de la ronda reconocer a todos los que encontrasen. Cuando había una escuadra fondeada se formaban los llamados botes de ronda, que navegando por los navíos iban reconociendo a toda embarcación menor que se acercara, ya fuera de guerra o particular.

Estaba prohibida la introducción a bordo de géneros de contrabando de cualquier naturaleza, sobre todo la de tabaco, que era lo más común, ya que ese género se suministraba por ración, reemplazándola si hiciera falta a cuenta de la Real Hacienda. Y es que hace dos siglos el tabaco ya era un gran vicio entre la gente.

Cuando se pagaba a la tripulación, o en épocas de regocijo por alguna fiesta señalada, se aumentaba el número de centinelas de las rondas para asegurar el buen orden. Particularmente en el atracadero y desatracadero de las embarcaciones, donde se debían juntar muchos hombres embriagados por gastarse la paga en las tabernas o por la algarabía de la celebración.

Cuando se desembarcaba en puerto a un hombre de mar para ir al hospital o enfermería, se entregaba su ropa al oficial de mar de su brigada, y este al primer contramaestre, con noticia del oficial de detall. Luego, si el enfermo iba a quedarse en tierra, se le mandaba sus efectos al hospital por medio de un cabo o sargento que era el encargado del traslado de los enfermos. El oficial de guardia firmaba los que salían y el controlador del hospital daba recibo de los mismos, dando un resguardo de entrada que había que volver a llevar al oficial de guardia, para que se cerciorase que no se había extraviado ninguno por el camino.

Las aves que se embarcaban vivas a bordo eran utilizadas para las dietas de los enfermos y mesas de generales, capitanes y oficiales. Los gallineros se colocaban en la toldilla o pasamanos de forma que no embarazasen la maniobra, embarcando para los mismos fines ganado lanar o terneras necesarias y nunca de cerda. En puerto el ganado se situaba en medio del combés, encerrándolo con redes de meollar, y en la mar debajo de la lancha debiendo meter en ella, todas las tardes antes del anochecer, así como sus comederos, para dejar la batería totalmente despejada. A la mañana siguiente se volvía a colocar a los animales en su anterior sitio después de realizada la limpieza.

Disposición de los útiles para el servicio a bordo.

En la toldilla se colocaban unos estantes para colocar las banderas, nacionales y de señales, colocadas en tal forma que pudieran ser usadas con prontitud, los demás útiles del cargo del piloto que no cabían allí eran puestos en una caja que se situaba en el sollado.

A la puerta de la cámara, u otro paraje seguro, de todo bajel de guerra tenían que tener siempre cargados un proporcionado número de fusiles de su dotación, para que en caso de necesidad pudiera echar mano de ellos prontamente la tropa de guardia.

Fuera de la cámara alta se formaban también armeros para la colocación de las armas de la tropa de guardia, y para algunas de chispa de la dotación, listas para su uso. También se disponía en la cámara alta otros armeros con fusiles y las armas blancas correspondientes a la gente de sobrecubiertas, que eran las destinadas al primer abordaje. Las del segundo abordaje se componían en la segunda batería, así mismo entre los baos de cada cañón las respectivas a su gente, siempre que se hiciera zafarrancho de combate. Fuera de este caso las armas estaban en sus cajas en el sollado. Allí también se guardaba la ropa de la tropa, de enfermería, de embarcaciones menores y las de botica, procurando colocarlo de forma que estorbasen lo menos posible. Las armas de la tropa que no estaba de guardia se colocaban en las chazas de sus alojamientos, con barrotes entre los baos o en armeros volantes entre los puntales del centro.

Contra el mamparo de la Santa Bárbara se habilitaban unos estantes, con los asientos precisos para alojar los guardacartuchos, estando divididos por calibres y separación para metralla.

En cada chaza (recordemos que una chaza es el espacio que mediaba entre una porta y otra) de todas las baterías se ponía, inmediata al suelo, una chillera de barrote, con agujeros proporcionados al calibre del cañón correspondiente. Tenía que haber un repuesto en ella de entre 10 y 12 balas. En la crujía (centro) de cada batería había chillerones para los grandes repuestos de municiones y pertrechos para el servicio de la artillería. En cada cañón se colocaban, bien mediante gazas o con candeleros de hierro, según lo proporcionase el buque, todos los útiles correspondientes para su manejo. Y para tener de repuesto cucharas y sacatrapos se clavaban listones proporcionados para que los hubiera en cada batería.

En combate los repuestos de tacos se colgaban encima de los cañones, dentro de unas redes. Fuera del combate los recogía el sargento de artillería a su pañol de jarcia, o en el del contramaestre sino cupiesen. Estando prohibido formar para los tacos cajones ni estantes en las baterías, con el fin de mantener esa obsesión por dejar las baterías lo más despejadas posibles. Esto se insiste, una y otra vez, a lo largo de toda la ordenanza naval. Además de mejorar el transito de la gente por el interior, también se hacía para quitar todo elemento que fuera susceptible de producir astillas, en caso de que una bala del enemigo entrara a la batería, algo que en un espacio tan cerrado podía producir unos efectos devastadores a los que se encontraran cerca.

En tiempo de guerra las enfermerías se establecían en los sollados, donde estaban más protegidas. Y en tiempo de paz o en puerto, cuando no hubiera hospital donde remitirlos, se podían poner a los enfermos en los puentes para su mayor desahogo y ventilación.

Limpieza a bordo

El aseo de cada alojamiento correspondía a los mismos que lo habitaban. Para ello se les proporcionaba rasquetas y escobas de las de cargo del contramaestre a los sargentos primeros de infantería y artillería, que se encargaban de repartirlas a los cabos de cada rancho, para que su tropa rascara y barriese todo su distrito desde la crujía; quedando esta como los demás parajes de las otras cubiertas a cargo de la marinería, bajo la alternativa de ranchos. Los pajes sólo podían destinarse a barrer las altas, no empleándolos en las bajas ni parajes ocultos.

A las 7 de la mañana, más o menos tarde según los motivos, se tocaba a zafarrancho general, ejecutándolo toda la tropa y marinería. Estos recogían sus mochilas y coys y se iban a depositarlos, según método y orden establecido por el oficial de detall, a las redes destinadas a ello en la batayola. Había un orden en esto para evitar aglomeraciones. Seguidamente se procedía a la limpieza de los alojamientos en los puentes y baldeo de las cubiertas altas, que podía hacerse más temprano, deshaciéndose el zafarrancho con igual orden a la puesta del sol, o antes si hubiese una causa que obligara a ello por lluvia o por otra razón. Si estas razones impidiesen llevar a cabo el zafarrancho de limpieza por la mañana se depositaban las mochilas y coys en el sollado. Tras la lluvia había que baldear la cubierta para impedir que el agua dulce estancase en las grietas y costuraje de la tablazón, cuidando que los imbornales quedaran claros para que ningún agua pudiera hacer charco en las muradas.

Cada varios días que se hiciera zafarrancho de limpieza se rociaban con vinagre las muradas y cubierta.

Los que gozaban del privilegio de usar catre, no se exceptuaban en su aseo, y tenían que limpiarlos y ventilarlos suspendiéndolos, atracados a la cubierta alta y pasando sus colchones y ropa en forma de salchichón al lugar que tuvieran asignado, bien en las redes o en el sollado.

La ventilación del buque era muy importante. Para ello se tenía abierta toda o la parte de batería que fuese posible, destinándose en las portas de la primera hombres de mar o de artillería que cuidasen de cerrarlas al tiempo de virar si hubiera viento fresco, o en cualquier repentina turbonada que no diera tiempo a notificarlo al oficial de guardia.

En puerto estaba prohibido arrojar inmundicia por dichas portas, ni entrar ni salir gente por ellas, debiendo hacerlo por la escala. Algo que tenían que vigilar los sargentos de guardia y centinelas, al igual que los sargentos, cabos y oficiales de mar que no estuviesen de guardia.

Los costados del buque se tenían que baldear con frecuencia, normalmente por las mañanas cuando se hacía en las cubiertas, y siempre después de lluvia. Igualmente la proa, cuya limpieza estaba a cargo del oficial de mar que se hallara de guardia en aquella parte. Este también debía cuidar del depósito de escombros en la tina que debía haber para ese efecto, y que diariamente conducía la lancha a vaciarla al lugar señalado por el capitán del puerto.

Los contramaestres y guardianes debían inspeccionar con frecuencia los costados, disponiendo que se limpiasen al instante las manchas y que se barriesen las basuras que hubiera sobre las mesas de guarnición, portas, guardaguas, galones y cintas. Así como vigilar que no se pusiera a secar las ropas de la tripulación en sitios no autorizados y que daba mala imagen a un buque de guerra.

En verano se reservaban las cubiertas del sol por medio de toldos, a menos que el viento fresco lo impidiese. El lavado de la ropa de la gente de mar y tropa se hacía en proa, poniéndose a secar en la misma zona por medio de andariveles en los penoles de las vergas.

Antes de las 8 de la mañana se tenía que haber concluido el zafarrancho de limpieza de los entrepuentes. El oficial subalterno de la guardia entonces iniciaba una inspección para comprobar que todo estaba limpio y en orden, enmendando lo que faltase y dando cuenta a su comandante. Las baterías tenían que estar todo el día limpias, si algo se ensuciaba había que limpiarlo porque no servía de excusa decir que ya se había hecho por la mañana.

Especial cuidado tenía el aseo de la lancha y botes, estando a flote o dentro del bajel. Si estaban dentro había que llenarlos de vez en cuando  con una cierta cantidad de agua para evitar la abertura de las costuras.

La arboladura de respeto tenía que estar ordenadamente colocada y apuntalada para que no se desmoronase, poniendo encima las piezas pequeñas y de uso más necesario, como botalones de desatracar, los de las alas y rastreras y otras.

 

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