La tropa embarcada.

Título 13º.- La tropa embarcada.

La tropa de infantería embarcada, como la de artillería de marina, constituía la guarnición. A cargo de esta se encontraba un oficial o sargento para su disciplina. Estaban enteramente subordinados al comandante y demás oficiales de guerra. Los soldados debían conocer a todos ellos para obedecerlos sin demora. También debían saber quienes eran los guardiamarinas, a quienes también debían prestar toda obediencia siempre que se hallaran de guardia.

La tropa también debía conocer a los pilotos, oficiales mayores, de mar y por supuesto a los sargentos que hubiera en el buque, para no faltar a todos ellos a la debida obediencia.

Las guardias de centinela

En las guardias de puerto la tropa de la guarnición se dividía en dos o tres trozos iguales para alternar en la guardia, mudándose cada 24 horas a las 8 de la mañana, y media hora antes se tocaba a asamblea, a cuya señal la tropa entrante se congregaba en el combés u otro paraje del navío que se les hubiera señalado, para que los sargentos examinaran si tenían su armamento correspondiente e iban vestidos y aseados como convenía.

Los centinelas se mudaban cada dos horas. Por el sargento o cabo recibían las prevenciones que el oficial de guardia  hubiera mandado al centinela en su puesto, teniendo que obedecerle en todo lo que este dispusiese.

La tropa de guardia debía vestirse con el uniforme y correaje completo, a no ser que en verano se les dispensase el uso de la casaca. Pero en los días de saludo u otras ocasiones especiales no podía haber ninguna excepción. De noche podían usar los uniformes de mar de faena y gorra de manga, pudiendo sin desvestirse, descansar debajo del alcázar la mitad de los centinelas prevenidos ante cualquier ocurrencia, quedando la otra mitad en sus puestos. Durante el día era obligación de los soldados mantenerse siempre prontos en el combés, pasamanos o castillo o donde dispusiera el oficial de guardia, a cuyas órdenes debían estar siempre.

A pesar de que la tropa de guardia debía relevarse cada 24 horas, si hubiese alguna urgencia que necesitara a todos los hombres de nuevo en servicio, no podían rehusar hacerlo ni servirles de disculpa la fatiga que pudieran tener de la guardia anterior. Se entraba de nuevo al servicio y punto.

Si por alguna comisión buena parte de la tropa de infantería tenía que desembarcarse y disminuyese su fuerza a bordo de manera considerable que no alcanzase la restante a cubrir los puestos de la guardia, la tropa de artillería estaba obligada a auxiliarlos en este cometido, proveyéndose de las mismas armas que los infantes y bajo la sujeción del cabo o sargento de los mismos.

La tropa de guardia sólo estaba a las ordenes de los oficiales destinados a la misma, sin cuyo consentimiento no se podían dejar relevar, ni aun por los oficiales de su compañía, ni admitir comisión alguna, fuese cual fuese el motivo, ni entregarles el arma para su reconocimiento.

Las guardias de mar

En las guardias de mar, en las que eran utilizados para auxiliar a la marinería en los trabajos y faenas pesadas de la mar, la tropa se dividía en dos o más cuartos, según disposición del comandante del bajel, con presencia de su fuerza y la que exigía el servicio de las maniobras, hacían la guardia de mar con su uniforme de esta clase, sin armas ni correaje. El uniforme de mar era uno más cómodo y sufrido para estas faenas que el de casaca. En otros apartados de la web pueden ver imágenes de los distintos uniformes. La guardia se mudaba sin las formalidades de puerto, y cada cuatro horas, a estilo de la marinería, subía la entrante, a toque de campana, con la anticipación necesaria. Los soldados de infantería que tenían que tomar la centinela subían también  con sus cinturones, sables y bayonetas, tomando el fusil de los armeros de la cámara.

El sitio de la tropa de guardia de mar era normalmente el alcázar, sin poder desampararlo aun después de acabada la misma, esperando hasta que la entrante volviese con los centinelas que los iban a sustituir.

En este tipo de guardias de mar los soldados tenían la obligación de ayudar a la pronta ejecución de las maniobras con el trabajo de halar sobre cubiertas por los cabos de labor que fuera menester y virar los cabestrantes. Aunque la tropa de artillería debía acudir preferentemente a los trabajos de su cargo con arreglo a las órdenes del comandante u oficial de guardia. Si en el navío se descubriese que hacía agua de manera considerable se empleaba toda la tropa necesaria a las bombas, así como en desarbolos y otras urgencias, embarco y desembarco de víveres, aguada, artillería y pertrechos. En definitiva, en todas aquellas tareas que se necesitase la fuerza bruta, y particularmente en las que se empleara a todo el equipaje, siempre con el mayor silencio y orden. Estándoles prohibido emplearlos, excepto si se presentaban voluntarios, a las tareas propias y peculiares al oficio marinero como era el trabajo por los altos entre otros.

Como estos soldados, en este tipo de guardia, se ocupaban de la maniobra de labor y si la navegación discurría de tal forma que no se hacía necesaria su intervención durante mucho tiempo, se hallaban muchas veces ociosos,  pero aun así no podían estar dormidos ni recostados sin que se lo permitiera el oficial de guardia, ni tampoco separarse del puesto bajo el pretexto de amparase de las lluvias u otros sucesos.

Otras particularidades.

A pesar de que la tropa de infantería y la de artillería de marina debían tener una debida instrucción antes de su embarque, debían conocer cual era el puesto que cada uno ocupaba en el plan de combate, ya fuera para el servicio de artillería, fusilería o rondas, para proceder cuando fuera requerido ya no sólo a los zafarranchos reales sino también a los doctrinales de ejercicio de las diferentes armas, ya fuera de cañón, armas de chispa o blancas.

La tropa embarcada en los buques además de su paga, que era igual al servicio en tierra, tenía derecho a una ración entera de Armada al día mientras estuviera destinado a bordo, menos el tiempo que subsistieran enfermos en el hospital. Podían recibir sus pagas al principio de las campañas de mar, de lo que tenían que cuidarse los oficiales y sargentos en que las percibieran.

La tropa de infantería y artillería, estando embarcada, pasaban revista de la misma forma que la tripulación (gente de mar).

Los días de misa concurría la tropa con el aseo correspondiente tras haber sido llamada tres veces por el toque de caja (tambor). La guardia de infantería formaba en una columna de tres o cuatro hombres de frente en la banda en que estuviese el altar, con un oficial a la cabeza, y todos sin armas para poder estar de rodillas. Se nombraban 4 hombres de la guardia para situarse de custodia en los extremos del altar permanecían descubiertos, con los sables terciados.

Todo soldado estaba obligado a sufrir que sus superiores les castigaran con palos o varas las faltas leves que cometiesen, pero si estos excedían en la cantidad y modo el soldado podía quejarse a su inmediato superior del que le había castigado.

En los castigos de baquetas a bordo el soldado usaba el correaje de su fusil, lo mismo que en tierra, y nunca de rebenque o baderna, formándose dos filas o rueda según la capacidad del sitio y disposición del comandante del buque.

Por falta de conducta u otras relativas a la policía interior el soldado podía sufrir castigos sin necesidad de consejo de guerra. Normalmente, según como fueran, se les castigaba con privación de paseo, plantón, destino a limpieza de los alojamientos, arresto de cepo o grillos por 24 horas, y hasta una paliza que no pasara de doce golpes. Si el soldado perdía una prenda de su uniforme se le privaba de su ración de vino, estando en puerto, por los días necesarios para con su producto reemplazarla. En alta mar el servicio era tan duro que la ración de vino no se lo solía quitar a nadie.

Esa diferenciación entre la tropa y la marinería se llevaba a extremos tales que se les prohibía que se familiarizasen entre ellos. Dormían y comían separados y no se juntaban ni para jugar. Ni siquiera se les castigaba de la misma forma. Todo eso hacía que ambos cuerpos no tuvieran relaciones amistosas y que en caso de motín, o alguna insubordinación de la gente de mar, los soldados no tuvieran ningún problema “moral” en reducir a los marineros por la fuerza. Los soldados, siempre marciales, orgullosos de ser soldados y no marineros a los que solían despreciar, siendo además los únicos que llevaban una verdadera uniformidad a bordo y armamento siempre a mano, podían llegar a maltratar a los marineros que estaban en inferioridad de condiciones. Para intentar que esto no pasase estaba regulado un castigo por desacato a los marineros, algo que no existía a la inversa. Según este artículo el soldado que atropellara, insultara o se burlara de un marinero, sería castigado a discreción por el comandante, con cepo, grillos o privación de vino. “Pues han de vivir en paz y en buen orden los soldados y marineros”. Si el soldado amenazaba con el uso de las armas, o golpease a algún marinero, las penas eran mucho más duras.

Los soldados que estaban libres de guardias, y estando en puerto, podían tener licencia para bajar y pasearse, según el número que hubiera señalado el oficial en detall, y exceptuando siempre a los que hubieran demostrado tener mala conducta o faltas anteriores. Teniendo que volver a bordo a la puesta del sol, a cuya hora su sargento o cabo de guardia debía informar al oficial de guardia de las novedades en su vuelta. Normalmente los sargentos, cabos y soldados distinguidos tenían más tiempo, y tanto estos como los demás soldados que estuvieran casados en la población, podían dormir en sus casas, según lo dispusiera el comandante.

El rancho de la tropa

Al igual que la marinería los ranchos que formaban los soldados no podían cambiarse sin permiso. Además no podían ser rancheros más de 24 horas, teniendo que alternar en esta función todos los miembros del rancho, excepto los sargentos. Los rancheros recibían su ración y la guisaba junto a la de sus compañeros, pero la tenía que apartar para comerla solo después de haber servido a sus compañeros. El soldado nombrado como cocinero para toda la tropa debía servir en su puesto durante un mes, quedando en ese tiempo dispenso del servicio ordinario de guardias, tanto de día como de noche.

Los rancheros diarios de tropa, ya sea de guarnición o de transporte, se mudaban después de la comida de la mañana, haciéndose allí mismo en presencia del cabo, la entrega de las sobras del rancho y de sus útiles, de los cuales eran responsables. El que inutilizaba o extraviaba alguna pieza de le cargaba el valor de la misma en su asiento.

Los sargentos, tanto de infantería como de artillería, formaban todos juntos su propio rancho. La tropa no comía nunca, ni dormía, mezclada con la marinería.

En cada rancho de tropa podían hacer sus individuos la separación de pan y vino que quisieran para el almuerzo y sin necesidad de hacerlo con todos los demás ranchos, sino cuando pudieran y quisieran. No obstante las comidas de tarde y de mañana si las hacían unidos y a las horas establecidas por el comandante del bajel o el de la escuadra, al mismo tiempo que la marinería, tanto en puerto como en la mar, en dos tandas, primero la franca y luego la de guardia, mudándose entre tanto por la primera.

La tropa como hemos dicho, comía separada de la marinería, y lo hacía en el combés o última batería, y no en el alcázar ni castillo, sino lo previniese así el comandante en circunstancias de crecidos transportes, en que convenga esta excepción, pero nunca en los entrepuentes.

Era obligación de los soldados, que de manera alternativa se nombraban, condujeran los barriles de agua que correspondiesen a la ración de toda la tropa, así como a la cocina del equipaje para que se les guisase la comida, como al almacén destinado como depósito de donde bebían por el día. Luego, tras su uso, debían devolver vacíos a la boca de la escotilla para entregarlos al bodeguero o alguacil de agua, según de quien los hubieran recibido. Por cierto solo se podía ir a ese almacén donde podían beber agua, a las horas indicadas para ello, que normalmente correspondía después de las comidas, siendo llamados cada rancho para que por orden fueran a beber en presencia del cabo de escuadra o de guardia. Esto se hacía así porque el agua siempre estaba racionada y de no vigilarse su consumo podría encontrarse en apuros en los viajes largos.

Cuando los soldados tenían que lavar su ropa lo hacían en la proa, salvo indicación de otra cosa del comandante que podía disponer que se pusieran algunas tinas en alguna chaza del combés para aquellos que a sus expensas trajeran agua dulce de tierra para enjabonarla, en cuyo caso era obligación del soldado verterla en la proa para no ensuciar la chaza.

Los cuarteleros.

Los soldados estaban obligados a alternar por semanas en el servicio de cuartelero de sus respectivos alojamientos. Mientras durase este estaban exentos del servicio ordinario de guardias y otro cualquiera que no sea la salida de armas.

Los cuarteleros debían cuidar los alojamientos de la tropa, y no permitir gente escondida en las chazas, ni que hubiera nadie jugando en ellas, ni que hubiera otros individuos hurgando en las mochilas de los demás sino en la suya propia, vigilando con particularidad a los sospechosos de ratero. Si atrapaban a uno de estos lo tenían que presentar al oficial de guardia para que se ocuparan de el.

Los cuarteleros además recibían de sus respectivos cabos las rasquetas y escobas necesarias para el aseo del alojamiento de su cargo, e igualmente eran los que llevaban las basuras o escombros que hubiera a las tinas destinadas a ello, sin valerse para ello de los pajes, siéndoles también prohibido arrojar desperdicios por las portas, costados u otro lugar del navío.

 

Título nº 15.- Las obligaciones peculiares de la tropa de infantería a bordo.

De guardia

Cuando la guarnición entraba de guardia había que seguir unos rituales marciales. Una vez formados el cabo llamaba por su número a los soldados que entraban de centinela y que salían al frente. Estos le seguían para entregarse cada uno a la presencia de la que aquel le había asignado. El cabo le informaba de las órdenes del puesto y las instrucciones correspondientes, como por ejemplo que bajo ningún motivo podía entregar su arma a persona alguna una vez esté de centinela, aun con el pretexto de reconocerla por encargo de su capitán o comandante de la guardia.

Mientras la guardia entrante se dirigía a sus puestos la saliente desfilaba por el pasamanos de estribor, donde se despedía. Todo ello bajo los movimientos militares ordinarios. Después colocaban sus fusiles en el armero, poniendo unidos y con distinción a cargo del centinela de los que estuvieran cargados.. Seguidamente el sargento reconocía los fusiles de dotación que tenía que haber siempre en la puerta de la cámara. Era muy importante que estos fusiles estuvieran en buen estado porque eran los más inmediatos en su uso en caso de necesitar armas de fuego.

Los centinelas de guardia en los pasamanos, toldilla y castillo tenían siempre cargado el fusil. Si durante la guardia no había habido motivo alguno para dispararlo (en cuyo caso se volverían a cargarse) lo tenían que verificar a la voz del oficial o sargento en el pasamano, tras el relevo al día siguiente y antes de ser despedidos.

Los soldados de centinela empezaban al toque de retreta. Cada cuarto en cuarto de hora, hasta el toque de diana al alba, los soldados daban las alertas de este modo: “Centinela de tal parte alerta”. Empezando por el de la toldilla llamando al del portalón de estribor, este al de babor, este al del castillo, y siguiendo así al fogón, y por los puestos de entrepuentes desde proa a Santa Bárbara, finalizando por las puertas de las cámaras en la superior.

Los soldados que en puerto estaban destinados a patrullar en tierra o para ir de ronda en bote o lancha, recibían del cabo o sargento cinco cartuchos por hombre, los cuales debían restituir a su regreso si no los hubiesen consumido en legítimo servicio. Los soldados destinados en busca de hombres que habían faltado al embarque no era necesario que fueran con fusil, sino solamente con sus sables y bayonetas.

Otras Tareas

Había soldados de la tropa que, por orden del sargento encargado del apresto de armas para combate de la dotación, se encargaban de recibir y preparar en la Santa Bárbara los cajones de cartuchos. Las cacerinas, piedras de fusil y pistola, cajas de granadas, frascos de fuego, y conducirlos a la cámara alta, municionar a la tropa y marinería y demás; también era obligación de estos soldados el repartimiento de armas y artificios siempre que hubiera que dar o rechazar un abordaje.

Así mismo para ayudar al maestro armero, y siguiendo las prevenciones del oficial en detall, se nombraba por el sargento varios soldados para ayudar al maestro armero en la limpieza de las armas de la dotación. Con la obligación de hacerlo con el mismo esmero que limpiaban las suyas y sin ninguna opción de gratificación. A esta obligación debían alternar cada cierto tiempo todos los componentes de la tropa siempre que no estuvieran de guardia.

 

Título nº 17.- Las obligaciones peculiares de la tropa de artillería a bordo.

Los artilleros de marina estaban obligados a asistir, en el buque de su destino, al armado o desarmo del mismo, para recibir la artillería, montarla en sus cureñas y guarnirla con su jarcia correspondiente, así como las portas, conducción, embarco y estiba de la pólvora y de todos los pertrechos y efectos pertenecientes a la artillería del bajel. Además de calibrar y separar las balas que había que embarcar y distribuirlas por sus chilleras correspondientes, formar los repuestos de combate, preparando en este caso todos los útiles y municiones y finalmente estos artilleros debían emplearse, tanto en puerto como navegando, en todas las faenas y trabajos relacionados con el servicio de la artillería, así en su buque como en otro cualquiera de la escuadra o en tierra, según donde se les enviase.

Estando en puerto la tropa de artillería también hacia guardia. Normalmente la hacía la tercera parte o la mitad de los que hubiera. A la hora que se mudaba la guardia de infantería entraban los de artillería por detrás de esta en el alcázar, con su sargento o cabo a la cabeza, vestidos con su uniforme reglamentario, con cinturones y sables; formaban entonces frente a los salientes, que esperaban de igual forma, ejecutándose el relevo, tomando para ello el permiso de los oficiales entrantes y salientes. Si se hallasen en faenas propias de su ramo, y de noche, les estaba permitido hacer la guardia en traje de mar, para no tener que cambiarse por el uniforme. Durante la misma permanecían en los lugares que estuviese de guardia la tropa de infantería, con el fin de formarse cuando hubiera que hacer honores y otros servicios que mandase el comandante de la guardia.

La guardia de artillería proveía un centinela de día dentro de la Santa Bárbara, encargado de la custodia de los pertrechos y de que nadie extrajera ninguno sin la orden expresa del sargento de cargo y del de guardia de su cuerpo. De noche para el cuidado de la luz del farol. Otro centinela era puesto en el lugar que el comandante tuviese dispuesto el depósito necesario para cualquier ocurrencia, así como los cohetes y la cartuchería de la tropa de guardia, debiendo tener a su cuidado la mecha, que tenía que estar constantemente encendida. Si se disponía de noche poner la mecha debajo del castillo o en otra parte de abrigo se proveía igualmente para su custodia un centinela de los artilleros, además del anterior de los pertrechos de su ramo. Pero si el número de soldados de artillería fuese tan corto que no pudiesen dar más de un centinela tendrá preferencia el situado en la Santa Bárbara, haciendo las de pertrechos y mecha la guardia de infantería.

Ningún artillero de marina podía salir de su buque para otro o para tierra sin su correspondiente uniforme. Además tenía que ir bien aseado y sin más armas que su sable. Aunque si salía a trabajar en faenas propias de su profesión podía hacerlo con la ropa de faena. Este uniforme de faena o de mar era igual al de los infantes de marina, exceptuando el emblema del gorro.

Aunque los artilleros, al igual que los infantes, cuando se embarcaban ya tenían una instrucción solían juntarse con frecuencia en la Santa Bárbara con sus sargentos y cabos para repasar la teoría adquirida en sus escuelas, adquirir otras que surgieran. Además se solía señalar las horas y días para la práctica del ejercicio de cañón y obús, con fuego real o sin el, en los que tenían que ser particularmente diestros. Los artilleros de marina, así como sus sargentos y cabos eran los encargados de asistir a los ejercicios doctrinales de artillería por parte del resto de la tripulación. Normalmente en caso de combate el cabo de cañón era un artillero de marina.

Para el servicio de mar, o mientras el buque navegase, el destacamento de artillería con sus sargentos y cabos se repartía según lo estipulase el comandante del buque, en dos o tres guardias, que practicaban con el traje señalado par entonces, mudándose la guardia a las mismas horas que la gente de mar. Durante esta guardia se mantenían en el alcázar para ejecutar todo lo que mandasen los oficiales de guardia perteneciente a la artillería, debiendo cuidar la seguridad de la misma y de la portería en los malos tiempos, en los cuales debían inspeccionarlas frecuentemente, dando parte al oficial de guardia de cualquier ocurrencia. Sino tenían ninguna faena propia de su oficio asistían junto a la infantería de guardia a los trabajos de cabestrante y maniobras bajas, debiendo proveer, como en puerto, de centinelas de Santa Bárbara y mecha.

Una vez que los miembros de la artillería de marina desembarcaban del buque, para concurrir a una expedición, o cualquier otro servicio con la artillería del Ejército, formaban ambas en un solo cuerpo.