Domingo , 25 Junio 2017
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El espantoso primer viaje del navío Príncipe de Asturias

El espantoso primer viaje del navío Príncipe de Asturias
Navío Príncipe de Asturias, de 112 cañones en tres puentes de artillería. Detalle de una pintura de Carlos Parrilla.

Hoy les traigo una entrada que no deja en muy buen lugar a las instituciones navales españolas de finales del siglo XVIII. Una vergüenza tan grande que hasta el comandante del navío de línea Príncipe de Asturias, protagonista de nuestra historia de hoy, creyó oportuno mencionar (con desgarradora sinceridad) en el informe del primer viaje del navío desde La Habana, donde se construyó, hasta Cádiz.

El navío Príncipe de Asturias en su primer viaje

El Príncipe de Asturias era un navío de línea de 112 cañones. Era el último de la serie Santa Ana; ocho buques realizados con los mismos planos que debían ser la punta de lanza de la Real Armada. Buques en los que se dejaron cantidades ingentes de dinero para llevarlos a cabo.

Ahora, si tanto costaban estos soberbios navíos de tres puentes, si cada uno de ellos representaba la esperanza de tener una potente flota de guerra, ¿por qué fueron tan sumamente indolentes en la preparación para aquel viaje que podía haber costado el propio buque, por no hablar de las graves pérdidas humanas?

Botado el 28 de enero de 1794 en los astilleros de La Habana, el Príncipe de Asturias quedó a la espera para su partida a la Península, quedando al mando del capitán de navío don Adrián Valcárcel, autor del informe donde se dieron a conocer los hechos. Se supone que aquel primer informe debía indicar las propiedades o perjuicios del navío recién construido, pero lo que puso de relieve fue la mala administración de la Armada.

Suponemos que el comandante no pudo dejar a su navío mejor preparado de lo que salió, puesto que se queja de ello. Es posible que tuvieran prisa por llevar al navío de tres puentes cuanto antes a España. Solo así se explica que este saliera «con mala estiba, muy boyante cerca de tres pies de diferencia, mucha guinda, mala jarcia, sin un oficial de mediana inteligencia, ni gavieros, ni cabos de guardia, la mayor parte de su tripulación negros y mulatos».

Llama la atención que el comandante del navío mencionara que no tenía ni un oficial competente y que la tripulación fueran gente del lugar, producto de una leva hecha con tanta prisa que los infelices, provenientes de Santa Fe y Campecheesqueletos y en cueros») no tuvieran más ropa que la que les dieron a la salida, sin forros y mal cosida, sin zapatos, medias ni con qué abrigarse.

Aquella gente, proveniente de un clima caribeño, fueron metidos a bordo de un buque de guerra e iban hacia un clima tan frío y desapacible como era el del Atlántico en febrero. No sabían nada del oficio marinero y con su falta de aclimatación y nulo equipamiento empezaron a caer como moscas.

A los dos días de navegación empezaron a morir los primeros, encontrando algunos muertos en los entrepuentes y en las propias guardias. Lo peor, a parte del frío, era que ni siquiera tenían buena comida a bordo, ya que los víveres embarcados eran de mala calidad y los cirujanos, en palabras de Valcárcel eran «unos inútiles», contando, para rematar tan sombrío panorama, con pocas medicinas disponibles.

Estos pobres, contristados de verse en un mundo nuevo para ellos… era de considerar un fin trágico.

Y lo fue, ya que murieron 34 de aquellos desgraciados, que fueron echados al agua, además de 31 que tuvieron que pasar al hospital. Una cifra realmente elevada que parecería más propia de un combate naval que de un rutinario viaje trasatlántico.

El comandante se admira de que, a pesar de todas las calamidades, aquella gente no desertara en el puerto y no dieran motivo alguno para ser castigados, haciendo cuanto se les mandaba sin rechistar.

…por cuya razón me parece que si no hablo a V.E. con esta claridad, no llenaría mis obligaciones de buen católico y de caballero, y así, los considero acreedores a la piedad del Rey y al patrocinio de V.E. haciendo por remitirlos a la Habana.

El comandante Valcárcel, en unas palabras que le honran y que eran igual de sinceras como de extrañas de ver en un informe así, termina rematando:

Y puede V.E. creerme que este navío ha llegado aquí por la misericordia de Dios y por mis desvelos que, como es notorio, he perdido mi salud en este viaje… y no puedo creer que haya salido a la mar navío en los términos que han echado a este…; ha venido… vendida la estimación de las Armas del Rey y la mía pendientes de la suerte.

Se puede decir más alto pero no más claro. La amargura de este capitán de navío por lo vivido es bien patente y no es falta de modestia que puntualizase que si habían llegado a su destino fue porque él se había preocupado de ello. Como vimos al principio, ni siquiera tenía oficiales competentes a su lado.

Esta carta la mandó a su superior Valdés el 17 de mayo de 1795, quien la remitió a Mazarredo el 26 de ese mismo mes. Las penurias de la Armada en aquel momento dejarían aquel triste episodio en el fondo de algún cajón.

Por Todo a babor

Me llamo Juan y soy el administrador de Todo a babor. Llevo desde 2003 dando a conocer la historia naval, de una forma divulgativa, sin pretensiones de ningún tipo y tratando de hacerlo de la manera más amena posible.

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