La marina de guerra y su armamento en la Baja Edad Media en Castilla y Aragón

Por Francisco José Piña Rodríguez. Universidad de Castilla-La Mancha

Índice

Introducción

La guerra en el mar es un tema muy recurrente en los diversos medios de divulgación a los que tenemos acceso hoy en día. Así, algunos hechos de armas enmarcados en la Modernidad, como Lepanto o Trafalgar, son de sobra conocidos por la mayoría gracias a la abundante bibliografía que han inspirado. Por otro lado, resulta innegable que la guerra terrestre medieval constituyó una de las piedras angulares de la sociedad de su época y, como muchos conflictos acaecidos en el pasado, ha sido abordada hasta el día de hoy por un gran número de publicaciones literarias y trabajos cinematográficos (1).

Sin embargo, con relación a la temática naval, a medida que volvemos atrás en el tiempo y profundizamos en el Medievo, el panorama se vuelve más oscuro y la información se vuelve dispersa y compleja.

Debido a la obvia necesidad de concisión, las siguientes páginas se ceñirán al marco cronológico que supone la Baja Edad Media, que podemos situar entre el siglo XIII y principios del siglo XVI.

La estructura del presente trabajo va en consonancia con los objetivos que me he propuesto, ya que en los tres primeros capítulos nos acercaremos de un modo general a los aspectos más representativos de la marina bajomedieval en los reinos hispánicos. Para ello he tratado de realizar un balance lo más crítico y completo posible de la información existente sobre las marinas hispánicas bajomedievales.

En el primer capítulo, ofreceremos una perspectiva general de la marina de la época, abordando cuestiones como su evolución en Europa, las tipologías navales, el modo en el que se batallaba o la composición de las tripulaciones. Seguidamente, nos acercaremos a los casos específicos de las fuerzas navales de Castilla y Aragón, destacando sobre todo las motivaciones de su aparición, sus cometidos, y las realidades materiales e inmateriales sobre las que se sustentaron.

Finalmente, en los dos últimos capítulos, nuestro objetivo tendrá un carácter más relacionado con la investigación histórica. En esos apartados, analizaremos algunas fuentes de la época en las que se reflejó el armamento naval, y explicaremos la presencia en ellas de diversos ítems relacionados con la guerra en el mar. Para ello, tendremos en cuenta los aspectos tácticos, materiales, cronológicos e ideológicos que caracterizaron los conflictos bajomedievales.

La marina de guerra medieval: perspectiva general

Pese a la enorme importancia que tuvieron las marinas de guerra de tiempos posteriores, parece ser que durante la Edad Media estas contaron con una atención relativamente escasa, especialmente si las comparamos con la que recibieron las fuerzas terrestres. Como sucede en el caso de Castilla, la mayoría de los soberanos europeos no empezaron a dar cierta importancia a la guerra en el mar hasta la Baja Edad Media.

Por ello, con anterioridad a ese periodo, solo nos encontramos con armadas importantes en Bizancio y en las llamadas repúblicas italianas: Pisa, Génova y Venecia (2).

El marco geográfico del continente europeo determinó en gran medida el desarrollo de los barcos que surcarían los mares durante los tiempos medievales. Así, nos encontramos con que en el ámbito mediterráneo, la relativa tranquilidad de las aguas y la predictibilidad de las corrientes supusieron un mayor perfeccionamiento de los barcos propulsados principalmente a remo, de los que el más característico fue la galera.

Embarcación medieval de los moros peninsulares.
Embarcación medieval de los moros peninsulares. Detalle de las Cantigas de Santa María de Alfonso X.

En la zona atlántica, la variabilidad de los vientos y corrientes, así como la bravura propia de las aguas oceánicas, propiciaron un mayor desarrollo de las naves de tipo redondo, propulsadas exclusivamente por velas (3).

Como vemos, esta dualidad entre norte y sur definió los dos principales tipos de navíos que se utilizarían durante la Edad Media. Los barcos desarrollados en el Mediterráneo bebían principalmente de la tradición constructiva romana (4), materializada en la liburna, que luego sería adoptada y mejorada por los bizantinos, dando lugar a la creación del dromon (5).

Esta evolución llevó a la aparición del barco de guerra medieval por excelencia: la galera. Este tipo de barco se caracterizaba por ser alargado, de unos 30 o 40 metros de eslora, y estrecho, de entre 4 y 6 metros de manga. Su bajo perfil y sus características hidrodinámicas se completaban con el uso de la potencia otorgada por los remos, para alcanzar así una gran velocidad y potencia de choque.

Los remeros se disponían en bancos y cada uno de ellos gobernaba un solo remo (6), aunque en caso de necesitar más velocidad, otros tripulantes eran requeridos para operar remos auxiliares. Este método de propulsión se complementaba en origen con una sola vela latina o triangular, pero a partir mediados del siglo XIV se comenzó a utilizar un velamen más complejo. El gobierno de la galera se llevaba a cabo mediante dos timones laterales, aunque durante el siglo XV fueron sustituidos por un único timón de codaste (7), que ya se encontraba extendido entre otro tipo de barcos (8).

Otra característica fundamental de las galeras medievales es que solían tener dos espolones a proa, cuya función era embestir a los barcos enemigos en el combate. Asimismo, estos navíos podían contar con torres o castillos, cuya posición elevada era aprovechada para arrojar proyectiles sobre sus adversarios (9).

Naturalmente, el diseño de las galeras no se ceñía a un tipo único, sino que podía variar, especialmente en lo que a tamaño y a cantidad de remos se refiere.

Así, en las ordenanzas aragonesas de 1354, se distinguen tres clases principales: la gruesa, la bastarda y la sutil (10). La denominación “Galera Real” con la que nos encontramos en ocasiones hace referencia al navío en el que se embarcaban los soberanos para alguna campaña o viaje, pero esta no solía constituir una clase especial de galera, sino que entraba dentro de la clasificación anteriormente mencionada. Generalmente se trataba de una galera gruesa, que era modificada y decorada ricamente para distinguirse del resto de los barcos de una escuadra (11).

La otra clase de barcos característica de la Europa bajomedieval es la de los referidos navíos de tipo redondo. Dentro de esta denominación encontramos diversos tipos de bajeles, entre los que destacan los aparecidos en el entorno atlántico: la nao y la coca. Estos buques, de clara vocación comercial, tenían una reducida relación entre manga y eslora y un gran calado, lo que les otorgaba un considerable volumen que se traducía en una mayor capacidad de carga.

Su forma redondeada y robusta se complementaba con un casco construido mediante tablas superpuestas o “en tingladillo”, lo cual le otorgaba a este tipo de barcos una gran resistencia a las inclemencias propias del océano.

Las naos también adoptaron el uso del timón de codaste a lo largo del siglo XV, mientras que su propulsión –dependiente únicamente de un reducido velamen– causaba que fueran barcos lentos y poco maniobrables. Las cocas contaban con unas características bastante similares a las de las naos, con la diferencia de que su menor tamaño les otorgaba mejores prestaciones (12).

En las Partidas de Alfonso X, podemos encontrar una acertada analogía entre estos dos tipos de barcos y los caballos:

Caualgaduras son los nauios a los que van sobre mar, assi como los cauallos a los que andan por la tierra. Ca bien assi como aquel cauallo, que es luengo, e delgado, e bien fecho, es ligero, e corredor, mas que el gruesso, e redondo (13).

A pesar de las diferencias entre estos barcos utilizados durante la Baja Edad Media (14), el contexto de la época propició que ambos tipos de embarcaciones fueran utilizados indistintamente para el comercio o la guerra.

Como ejemplo de esta situación podemos mencionar el uso por parte de la Señoría de Venecia, a partir de 1391, de grupos de galeras mercantes o mude, cuya mayor capacidad combativa y número de tripulantes las hacían ideales para el transporte de mercancías especialmente valiosas (15).

Ejemplo de guerra en el mar en la Baja Edad Media
Ejemplo de guerra en el mar en la Baja Edad Media. Bib. Ste. Genevieve MS.777 Decades. Biblioteca de Sainte-Geneviève.

Los barcos de tipo redondo podían ser adaptados para el combate, añadiendo provisionalmente castillos a popa y a proa para que fueran utilizados como plataformas de disparo. Con el paso del tiempo, la eficacia de este sistema propició que esas estructuras de uso militar fueran integradas en el diseño original de los bajeles.

La existencia de dos grandes clases de barcos también marcó la configuración de las flotas de combate. Solía ser bastante común que las escuadras estuvieran conformadas por ambos tipos de navíos, especialmente en el ámbito mediterráneo, lo cual condicionaba de un modo considerable las tácticas que se empleaban. Así, eran las galeras las que se acercaban antes al enemigo en los grandes enfrentamientos.

Las formaciones se alineaban cuando se encontraban a corta distancia y disparaban todo tipo de proyectiles y sustancias peligrosas, como la cal viva, con el objetivo de minar la moral del enemigo y causar su desorganización. Seguidamente, aprovechaban la potencia de sus remos para cargar contra el adversario y causar el mayor daño posible con sus espolones, tras lo cual comenzaba el abordaje y el brutal combate cuerpo a cuerpo.

Dada su menor velocidad y su dependencia de los vientos, los barcos de tipo redondo solían ir a la zaga de las galeras. Servían normalmente como apoyo logístico y como plataformas de proyectiles, aunque su desarrollo técnico en el siglo XIV propició que pudieran desempeñar cometidos más propios de las galeras con eficacia (16).

Con relación a la composición numérica de las tripulaciones, resulta evidente que las naves de tipo redondo contarían con una cantidad variable de hombres, dependiendo de si la función del barco era comercial o militar.

La dotación de las galeras, conformada por marineros y soldados, generalmente oscilaría entre los cien y los doscientos tripulantes, aunque la evolución de la guerra en el mar pudo determinar cambios en esos números (17).

Las Partidas establecen un ejemplo de las labores de las personas que embarcaban en una escuadra, a las cuales haremos una breve referencia a continuación.

Encontramos primero al almirante, que era el encargado de comandar toda la formación: el que es Cabdillo de todos los que van en los nauios, para fazer guerra sobre mar.

El cómitre, cuya función sería la de comandar cada navío: que son Cabdillos de mar so el Almirante; e assi cada vno dellos ha poder de cabdellar bien los de su nauio.

Los naocheros o pilotos, expertos navegantes que habrían de guiar cada barco: Naocheros son llamados aquellos, por cuyo seso se guian los nauios por la mar.

Los proeles, soldados que actuaban como fuerza de choque en el combate: que van en la proa de la galea, que es en la delantera. E porque el su oficio es de ferir en las primeras feridas.

Los sobresalientes, que conformarían el resto de la soldadesca embarcada: los omes que son puestos además en los nauios, assi como Ballesteros, e otros omes de armas.

Por último se menciona a los marineros, que habrían de encargarse del resto de las labores relacionadas con la navegación: para seruir la vela, e fazer otras cosas, que les mandaren los Naocheros (18).

La Corona de Castilla y el desarrollo de su marina

En el siglo XII se observa por primera vez la construcción de barcos de guerra en el noreste peninsular, bajo el mandato del arzobispo compostelano Diego Gelmírez (19). A pesar de que la historiografía novecentista estableció este episodio como un posible punto de partida para la marina de guerra de Castilla (20), la realidad es que se trató simplemente de un esfuerzo puntual por acabar con las incursiones musulmanas que asolaban las zonas costeras.

Buque medieval atacando una fortaleza en la Baja Edad Media
Buque medieval atacando una fortaleza en la Baja Edad Media. BNF francés 268 Ab Urbe Condita. Biblioteca nacional, Paris.

Dada la incapacidad técnica para producir navíos potentes, Gelmírez contrató los servicios de un especialista italiano que abordó la construcción de dos galeras: In tempore quoque fui Episcopatus duas Galeas eadem intentione fieri fecit (21). A pesar de lo humilde de esta escuadra, se consiguió acabar con las acciones piráticas contra las costas gallegas, e incluso se llevaron a cabo operaciones de saqueo contra puertos musulmanes (22).

Siguiendo la línea de estas incursiones de castigo contra los puertos que guarecían a los piratas, en 1147 el rey Alfonso VII agrupó a fuerzas navales y terrestres de diversa procedencia con el objeto de tomar Almería (23), cuyo puerto era considerado en su tiempo como uno de los más florecientes del mundo (24). Esta empresa se podría considerar de una gran audacia, ya que se consiguió tomar la plaza, aunque esta volvió a caer en manos musulmanas en 1158 (25).

A pesar de lo efímero de esta conquista, ya se pueden observar cambios en las perspectivas navales de Castilla. A finales del siglo XII y principios del XIII, habiendo sido limpiadas las costas del norte de la Península de piratas, la actividad comercial atlántica vio un claro desarrollo que se materializó en la concesión de fueros a poblaciones costeras y otras iniciativas que potenciarían las relaciones económicas (26).

Así, nos encontramos con la creación de la Marisma de Castilla, que posteriormente se convertiría en la Hermandad de la Marisma, una entidad que llegaría a entrar en competencia con la Liga Hanseática, institución comercial preponderante en el norte de Europa (27). Asimismo, en el terreno jurídico comienzan a adaptarse tratados como los Rôles d’Oleron, promulgados por Leonor de Aquitania a mediados del siglo XII.

El resultado de la aplicación de estas leyes en el ámbito atlántico castellano propició la aparición de las Leyes de Layrón, tratado que tuvo un carácter más general que los privilegios otorgados a cada villa concreta, lo que lo convierte en el primer gran marco legislativo castellano en lo que se refiere al ámbito naval (28).

Es durante el reinado de Fernando III cuando comenzamos a encontrar operaciones navales de importancia y transcendencia histórica. Habiendo reunido los reinos de Galicia, León y Castilla bajo el mando de la Corona de Castilla en 1231, el rey Santo se encontró en disposición de presionar a los musulmanes más hacia el sur peninsular. En este contexto, durante la conquista del Reino de Murcia, las naves castellanas tuvieron un papel crucial en el sometimiento de Cartagena, la cual se rindió en 1245.

El hecho de que tanto Fernando III como su hijo Alfonso X otorgaran a Cartagena fueros con apartados específicos referentes al ámbito naval, pone de manifiesto la importancia que ambos monarcas dieron a la guerra en el mar tras esta experiencia (29).

El episodio que siguió a la conquista de Cartagena, ya en los últimos años del reinado de Fernando III, fue la toma de Sevilla en 1248. Se trata de una acción de gran importancia para el desarrollo de la marina castellana, ya que supuso que la Corona de Castilla contara tanto con una salida al mar Mediterráneo en Murcia, como con una importantísima plaza atlántica en Sevilla. Es por ello que, a nivel institucional, Fernando y especialmente su hijo Alfonso dotaron a la capital hispalense con diversas herramientas y privilegios, que tenían como objeto la creación de una fuerza naval capaz de enfrentarse a los musulmanes en África (30).

La primera gran institución castellana referente al ámbito naval a la que debemos hacer referencia es el Almirantazgo, creado por Alfonso X cuando ratifica el Fuero otorgado a Sevilla en 1253. En las Partidas se hace referencia a las atribuciones del almirante de Castilla, así como a otros cargos y asuntos relacionados con el mar, especialmente en el ámbito mercantil (31). A partir de entonces, y pese a que las armadas solían tener un carácter provisional, el cargo de almirante pasaría a identificar, salvo excepciones concretas, al jefe de la marina de Castilla (32).

En el mencionado Fuero, también se pone de manifiesto la importancia que Sevilla tendría para los planes de expansión extrapeninsular de Fernando III y Alfonso X, especialmente si atendemos a la creación del Barrio del Mar. Este espacio, de un cariz tanto físico como jurídico, dotaba a los trabajadores relacionados con la marina de varios privilegios para así potenciar la atención prestada al ámbito naval.

Ligadas a esta institución estaban las atarazanas, estructuras que tuvieron su origen en los mencionados planes del rey Sabio y que, junto con las de Santander, fueron los edificios más importantes de estas características en la Corona de Castilla durante la Baja Edad Media.

Caballeros castellanos en lucha con los moros. Cantiga 63 de las Cantigas de Santa María de Alfonso X.
Caballeros castellanos en lucha con los moros. Cantiga 63 de las Cantigas de Santa María de Alfonso X.

Estas atarazanas fueron utilizadas para construir, guarecer y reparar navíos, al menos desde 1278 (33) hasta probablemente finales del siglo XV (34), época en la que se requerían cada vez menos galeras de las que en Sevilla se construían (35). Con respecto a las atarazanas medievales de Santander, el documento más antiguo que hace referencia a ellas es de 1396, y hay testimonio de que fueron ampliadas en 1435. No obstante, parece ser que a principios del siglo XVI habrían sido abandonadas (36).

Otra institución de importancia, creada por Alfonso en 1272, fue la Orden de la Estrella u Orden de Santa María de España (37). Esta entidad típicamente caballeresca, enmarcada en la regla cisterciense, contaba con la particularidad de estar plenamente dedicada a los asuntos del mar, ya fuera en la defensa de las recién conquistadas costas o en la participación en la proyectada expansión africana del rey Sabio. Sin embargo, su recorrido temporal fue extremadamente corto, y se acabó por integrar en la Orden de Santiago en 1280 (38).

La primera de las grandes operaciones navales en las que tomaría parte la marina creada por Alfonso X fue el ataque contra Salé de 1260, cerca de la actual capital marroquí. Esta empresa se enmarca en los planes de expansión extrapeninsular del rey Sabio, que serían conocidos como el fecho dallende el mar.

La operación en sí misma puede considerarse como un éxito, ya que treinta y siete naves de diversos tipos consiguieron desembarcar una fuerza terrestre que saqueó la ciudad durante aproximadamente dos semanas, y que regresó a Castilla con un gran botín (39).

Sin embargo, y a pesar de que las fuentes castellanas tratan este ataque como un triunfo, los musulmanes hablaron de que Alfonso X entró en cólera hasta el punto de querer cocer a su almirante (40), probablemente debido al mediocre resultado de una expedición cuyo objetivo era la conquista de tierras africanas.

Podríamos concluir pues que, a pesar de los esfuerzos puestos en el ámbito naval desde la toma de Sevilla, Alfonso pecó de optimismo al querer acometer una empresa de tal envergadura con medios muy insuficientes para ese cometido y con una marina todavía en ciernes.

Este fracaso estratégico, unido a la necesidad de control de las propias costas tras la rebelión mudéjar de 1264 y a la posterior pérdida de la mayor parte de la flota castellana en Algeciras en 1279, supuso el fin de los sueños alfonsíes de expansión africana (41).

Con el desencanto del rey Alfonso X acaba la etapa más importante para la marina de guerra castellana, la cual resulta crucial, ya que marcó las pautas a seguir durante el resto del Medievo. El desastre de Algeciras, que dejó a Castilla sin una flota permanente, causó que en la posteridad se requiriera en muchas ocasiones el apoyo naval de otros estados, especialmente Aragón y Génova. Sin embargo, la conquista terrestre por parte de los cristianos de la mayor parte de la Península crearía una situación ventajosa para la Corona de Castilla (42).

Así, además de luchar contra los musulmanes en el Estrecho de Gibraltar, las escuadras castellanas se vieron ocasionalmente en disposición de emprender acciones contra Inglaterra, Portugal e incluso Aragón, especialmente en el marco de la Guerra de los Cien Años (43).

A pesar de ello, durante el resto de la Baja Edad Media, no se volvieron a ver en Castilla empresas navales de carácter bélico tan ambiciosas como la de Alfonso X, y ni mucho menos comparables a las de la vecina Corona de Aragón.

La marina de guerra de Aragón: proyección mediterránea y bases que la sustentaron

El particular contexto espacial de la Corona de Aragón, que limitaba sus posibilidades de expansión al teatro mediterráneo, la llevó a convertirse en una potencia naval de gran importancia durante la Baja Edad Media, hasta el punto de que podríamos definirla como un estado en cierta medida talasocrático.

Esta particularidad, marcada por las necesidades que determinaron los acontecimientos, venía reforzada por la unión de los títulos de Rey de Aragón y Conde de Barcelona en la figura de Alfonso II a partir de 1146.

Los condes catalanes, al estar sus territorios en contacto con el Mediterráneo, eran conscientes desde antaño de la importancia del dominio del mar para la salvaguarda de sus intereses.

A ese respecto, tenemos conocimiento de que ya en el siglo IX, el Conde de Ampurias se enfrentó en el mar a escuadras árabes cerca de Baleares, e incluso llegó a organizar una expedición contra Almería (44). A nivel jurídico, los Usatges de Barcelona, que se comenzaron a poner por escrito a mediados del siglo XI por orden de Ramón Berenguer I, ya establecían que los navíos que surcaran las costas catalanas estarían bajo la protección del conde (45).

La construcción de un “imperio” en el Mediterráneo por parte de Aragón tiene como precedente directo las campañas militares de Jaime I, cuyo reinado acaecido entre 1213 y 1276 supuso la conquista o incorporación a la Corona de los reinos de Valencia y Mallorca (46), que anteriormente se encontraban en manos musulmanas. Configurado así el territorio aragonés, se vivió un contexto social y económicamente favorable, que propició la ulterior expansión por el Mediterráneo.

Otra gran adquisición ultramarina de la Corona de Aragón fue la de Sicilia, llevada a cabo durante el reinado de Pedro III, hijo de Jaime I. La célebre revuelta conocida como las “Vísperas Sicilianas” de 1282 propició la expulsión de esa isla de los mandatarios de la casa de Anjou, aunque una contraofensiva de sus fuerzas puso en apuros a los rebeldes. En ese contexto, estos le ofrecieron a Pedro la corona de Sicilia a cambio de su ayuda, lo cual supuso que el monarca aragonés desembarcara en la isla y se hiciera con su control.

Caballeros de la Corona de Aragón
Detalle del mural: La conquista de Mallorca, 1285-1290. Museo de Arte Catalán, Barcelona. Podemos apreciar a soldados de la Corona de Aragón con sus vestimentas propias de la época.

Tras esto, Francia y el Papado, alineados con los Anjou, trataron de recuperar Sicilia con la ayuda de Jaime II de Mallorca, hermano de Pedro III. Sin embargo, las escuadras aragonesas, al mando de los almirantes Lauria y Marquet, se impusieron en el Mediterráneo (47) y permitieron a Pedro conservar la corona siciliana (48). Durante los años siguientes, el Reino de Nápoles, en manos de la casa de Anjou, armó grandes flotas con el objetivo de recuperar la isla siciliana, pero tanto en 1314 como en 1325 las armas aragonesas salieron victoriosas (49).

La incorporación de la isla a la esfera aragonesa supuso un cambio en el equilibrio geoestratégico en el mar Mediterráneo, ya que dejaba a la Corona de Aragón en una posición en la que podía desafiar el tradicional dominio comercial de Génova y Venecia (50).

Al margen de la adquisición de la titularidad de los ducados de Atenas y Neopatria en la lejana Grecia (51), la siguiente adquisición de importancia para la Corona de Aragón fue la de Cerdeña. El dominio de iure de ese espacio había sido concedido por investidura papal a Jaime II, a cambio de que renunciara al dominio directo de Sicilia (52).

Quedaba por llevar a cabo la misión de materializar el dominio sobre la isla, cuya importancia radicaba en sus abundantes recursos y en que era una escala crucial para el comercio en el Mediterráneo. La guerra, que enfrentó a los aragoneses con los pisanos que dominaban parte de la isla, se extendió de 1323 a 1349, aunque posteriormente se sucederían una serie de revueltas que precarizarían el dominio sobre la isla hasta bien entrado el siglo XV (53).

Quedaba así configurado el poder ultramarino aragonés, que otorgaba a la Corona una gran proyección comercial sobre el Mediterráneo occidental, convirtiéndola en una de las principales potencias navales de la Baja Edad Media. Sin embargo, el mantenimiento de este poder supuso que las armas aragonesas entraran en conflicto en numerosas ocasiones contra otras potencias pujantes, como Génova, Francia o Nápoles (54), amén de tener que enfrentarse a la amenaza casi constante de piratas musulmanes.

Con el objetivo de mantener su dominio, Aragón contaba con sólidas estructuras, tanto materiales como jurídicas, que le permitieron hacer frente a sus numerosos enemigos.

Barcos medievales
Detalle de una miniatura de Louis IX navegando en su segunda cruzada, de las Chroniques de France ou de St Denis, Francia (París), entre 1332 y 1350, Royal 16 G. vi , f. 437v

Entre las bases materiales sobre las que se sustentaba el poder naval aragonés, nos encontramos con sus importantes ciudades portuarias y atarazanas, entre las que destacamos aquí a Barcelona, Valencia y Mallorca.

Las atarazanas de Barcelona, de factura gótica, son probablemente la construcción medieval de este tipo mejor conservada de España y albergan hoy en día el Museo Marítimo de Barcelona. Antes de la creación del edificio que conocemos, existía un espacio reservado como varadero de naves, ya documentado en una Cédula de Jaime I de 1243 (55).

La gran necesidad de reparar galeras para la expedición siciliana de 1284 ocasionó que Pedro III protegiera el espacio con murallas, aunque el edificio aún no se encontraba cubierto. Esta situación era causante de un mayor deterioro de los navíos (56), hasta que en 1378 Pedro IV consiguió llegar a un acuerdo con la ciudad para la construcción de otro edificio. El nuevo complejo no solo contaba con las necesarias estructuras utilizadas para el resguardo de los barcos, sino que también disponía de almacenes para guardar los armamentos y pertrechos de los mismos.

En otro acuerdo de 1390, se especifica que el número de galeras guarecidas en las atarazanas de Barcelona podía llegar hasta las treinta, así como también se requiere la construcción de otros edificios, oficinas e incluso unas dependencias reales, que seguramente nunca fueron completadas (57). Bajo el reinado de Alfonso V, en 1423, se volvió a ampliar el edificio para que pudiera acometer la construcción simultánea de doce galeras, aunque después de la Guerra Civil Catalana, acaecida entre 1462 y 1472, la actividad en el lugar perdería su vigor anterior (58).

Con respecto al puerto de esta ciudad, sabemos que hubo algunos intentos de construcción de muelles, que facilitarían el anclaje de barcos y la carga y descarga de mercancías. El primero de ellos se dio en 1438, cuando Alfonso V concedió permisos a la ciudad para construir un puerto en el lugar que se estimara oportuno. Sin embargo, el resultado de esta empresa, si es que llegó a buen término, habría desaparecido para finales de ese siglo, ya que en 1474 se trataron de acometer unas obras de similares características.

En esta ocasión, es sabido que tanto el rey Juan II como los notables de la ciudad coloraron simbólicamente las primeras piedras del proyecto. A pesar de ello, las fuentes inmediatamente posteriores no mencionan que hubiera un puerto cerrado en la ciudad, por lo que resulta probable que o no se llegara a finalizar la obra, o que esta fuera destruida por la acción de la naturaleza (59). Desde la perspectiva actual, resulta curioso que una ciudad marítima tan importante como Barcelona no contara con un puerto de importancia hasta tiempos relativamente recientes.

A pesar de ello, existen testimonios de los siglos XIV y XV que demuestran que sus aguas sí que contarían con lenguas de arena sumergidas, las cuales permitían controlar el tráfico naval y resultaban útiles para la defensa frente a asaltos, como el del rey castellano Pedro I en 1359 (60).

Tras su conquista a mediados del siglo XIII por parte de Jaime I, Valencia experimentó un gran crecimiento como ciudad marítima, debido en parte a que constituía el punto de salida al Mediterráneo más cercano a los principales núcleos comerciales castellanos (61). Este y otros factores supusieron que, durante la Baja Edad Media, se acometieran algunas obras de uso naval en la ribera valenciana.

Aunque anteriormente ya se usaba la playa de la ciudad como puerto natural, en 1338 se construyó en la zona del Grao un edificio destinado a almacenar diversos pertrechos de los barcos.

Ya a finales de siglo, en 1394, se comenzó la creación de un complejo de atarazanas que permitiría la construcción de galeras a cubierto, y que estaría formado por cinco naves, un patio, acequias, un porche y estancias para regidores y jurados (62). La obra comenzó a sufrir modificaciones a partir del siglo XVI, y en los siglos posteriores se acometieron otras reformas, por lo que el edificio conservado en la actualidad no es exactamente igual al originalmente planteado.

En la ciudad de Mallorca tenemos noticias de la existencia de cierta infraestructura naval desde época musulmana. A principios del siglo XIV se encontraban diferenciados un muelle y un puerto, estando situado el primero en la ribera de la ciudad y el segundo en Portopí, al sur de la misma. Parece ser que esta diferenciación venía dada por el uso que se le procuraba a cada espacio, sirviendo el primero como fondeadero en primavera y verano, y el segundo en otoño e invierno.

El puerto de Portopí contaba con algunas estructuras defensivas, como torres y una muralla, y con un camino que llevaba a la ciudad. Una de esas torres también era usada como faro, mientras que en la entrada del puerto había instalada una cadena que por la noche se cerraba para evitar el paso de barcos (63). El muelle aledaño a la ciudad estaba construido en madera y junto a él se encontraba la atarazana antigua, que dataría al menos de 1299.

Posteriormente, la ciudad contaría con dos edificios de atarazanas, el primero reservado para el almacenaje de pertrechos y el segundo destinado a la construcción y reparación de barcos, con una capacidad para albergar veinte galeras en 1348 (64).

Como exponíamos anteriormente, el aspecto jurídico también resultó fundamental para el desarrollo y el mantenimiento del poder aragonés. Los primeros documentos jurídicos relacionados con el mar en la Corona de Aragón fueron las Ordinacions de la Ribera barcelonesas, confirmadas en 1258. Esto las convierte en las ordenanzas navales más antiguas de la Península, anteriores incluso a las contenidas en las Partidas de Alfonso X (65).

Contemporáneas a estas encontramos las Costums de la mar, recopilaciones de la misma naturaleza que las Ordinacions que se realizaron en diversos lugares de Cataluña durante el siglo XIII. Estas Costums se encuentran incluidas en uno de los textos sobre derecho naval más importantes de la Historia, el Llibre del Consolat de Mar. Existe la posibilidad de que las primeras normativas incluidas en este tratado dataran de 1266, ya que en esa fecha Jaime I concedió a Barcelona la potestad de nombrar cónsules anuales en las embarcaciones (66).

A estos textos se les sumaría en el siglo XIV el de las Ordinacions sobre lo feyt de la mar, que constituían las normas a seguir por parte de las armadas aragonesas. Estos y otros documentos jurídicos serán brevemente analizados en el siguiente capítulo de este trabajo, en el que haremos hincapié en su relevancia para la cuestión armamentística en las armadas hispánicas medievales.

Documentos para el estudio del armamento marítimo bajomedieval

En este capítulo da comienzo la investigación original de este trabajo, basada en documentos editados relacionados con las marinas hispánicas bajomedievales y su armamento. Los criterios de selección de los mismos han respondido a tres factores fundamentales. En primer lugar, hemos de comentar que la posibilidad de acceso a esos documentos ha resultado crucial ya que, como veíamos en la introducción, la información al respecto resulta relativamente escasa si la comparamos con otros ámbitos de la Edad Media.

Por ello, se ha recurrido tanto a medios directos como digitales, los cuales nos han proporcionado cierta cantidad de textos referentes al tema que nos ocupa. En segundo lugar, hemos tenido en cuenta la distribución cronológica y territorial de las fuentes examinadas. Así, nos encontramos con documentos que hacen referencia a diferentes fechas de la Baja Edad Media en los principales reinos hispánicos (67).

Finalmente, hemos de comentar que, en la medida de lo posible, se ha buscado cierta heterogeneidad tipológica en las fuentes analizadas. Por ello, algunos de los documentos analizados tienen un carácter legislativo-prescriptivo, mientras que otros son inventarios en los que se enumeran diversos objetos dentro de una realidad determinada.

Teniendo en cuenta lo anterior, procederemos a continuación a realizar una breve descripción de los documentos con los que hemos tenido la oportunidad de trabajar:

Documento I: Ordinacions de la Ribera u Ordinationes Ripariae

(1258. Ámbito aragonés). (68)

Este documento, confirmado por Jaime I en 1258, se compone de veintidós ordenanzas en las que se refleja la normativa a cumplir por parte de los barcos mercantes en el ámbito barcelonés. Estos preceptos tienen que ver con contratos y pago de sueldos, labores a realizar por los diferentes tripulantes, actuaciones frente a averías e imprevistos, distribución de mercancías según el tipo de navío y provisiones que debían ser embarcadas.

La octava ordenanza, de mayor interés para este trabajo, hace una breve referencia al armamento que debían llevar los embarcados en un navío mercante, so pena de un castigo de carácter económico.

Documento II: Ordenanzas de los armamentos marítimos para la guerra del corso

(Mediados del siglo XIII. Ámbito aragonés). (69)

La expansión del poder aragonés supuso un incremento en los conflictos con otros agentes económicos del Mediterráneo, especialmente Génova. Por ello, los diferentes estados llevaron a cabo acciones de acoso y pillaje contra las líneas comerciales de sus contrincantes.

En este documento de mediados del siglo XIII se establece la normativa a seguir por aquellos que armaran buques con el objetivo de realizar acciones de corso contra potencias rivales. Destaca principalmente la minuciosidad con la que describen las labores, atribuciones y prestaciones de cada participante en la empresa corsaria, desde el almirante al ballestero, siendo este último el único tripulante al que se le requiere un armamento específico.

Documento III: Partidas de Alfonso X

(1266. Ámbito castellano). (70)

En el título veinticuatro de la partida segunda de esta gran obra jurídica castellana, se hace referencia específica al armamento naval. Con el objeto de realizar una breve descripción del mismo, acudiremos a la propia introducción original del citado título, ya que creemos que resume a la perfección su contenido y los temas que en él se tratan:

Mar es logar señalado en que pueden los homes guerrear á sus enemigos: […], queremos aqui decir desta otra que facen por mar, et mostraremos qué guerra es aquesta: et en quántas maneras se debe facer: et de qué cosas han de estar guisados los que quieren guerrear por mar: et quáles homes son aquellos que son hi meester: et cómo se deben acabdellar: et quáles navios son meester para facer esta guerra: et de qué cosas deben ser bastecidos: et qué pena merescen los que en alguna dellas errasen.

Documento IV: Capítulos del Rey Don Pedro IV de Aragón sobre los actos y hechos marítimos

(1340. Ámbito aragonés). (71)

Inserto en el Llibre del Consolat de Mar, este documento, promulgado en Barcelona en 1340, trata también sobre los preceptos que debían seguir los navíos mercantes y sus tripulaciones. Su contenido guarda numerosas similitudes con las Ordinacions de la Ribera, ya que en sus treinta y ocho apartados se hace referencia a las mismas cuestiones abordadas en el citado texto.

Sin embargo, el número de capítulos y la extensión de los mismos nos dan una idea de la mayor complejidad y atención que se le prestaba a los asuntos del mar en el siglo XIV, debido probablemente a la creciente proyección mediterránea del poder aragonés que se dio en ese periodo. De nuevo, la imperante rivalidad con otras potencias comerciales requería que los navíos mercantes fueran dotados de armamento defensivo, el cual se especifica brevemente en el capítulo ocho del documento que nos ocupa.

Documento V: Ordinacions sobre lo feyt de la mar u ordenanzas de Bernat de Cabrera

(1354. Ámbito aragonés). (72)

Formadas en 1354 por el veterano almirante Cabrera, buen conocedor de la guerra en el mar, estas ordenanzas se componen de treinta y cuatro breves capítulos, en los que se tratan con claridad diversos temas referentes al ámbito naval. Resulta especialmente relevante la minuciosidad con la que el almirante enumera el armamento necesario para la guerra naval, ya que especifica de un modo nunca visto anteriormente el equipo requerido para cada tipo de combatiente.

Documento VI: Inventario de las atarazanas de Valencia

(1413-1414. Ámbito aragonés). (73)

Se trata del documento más antiguo de este tipo que hemos tenido la oportunidad de estudiar, ya que los textos anteriores tienen un carácter jurídico, mientras que este hace referencia a objetos tangibles que existieron en su tiempo. Responde a un encargo realizado al atarazanero Jaume Cabanes por la ciudad de Valencia, que tenía como objetivo identificar y contabilizar los objetos almacenados en las atarazanas locales.

Además del armamento que incluimos en este trabajo, en el inventario se pueden encontrar otros muchos ítems, entre los que destacan diversas herramientas navales, partes de galeras y otros objetos relacionados con la vida cotidiana de los marineros.

Documento VII: Pertrechos y efectos de la armada de Alfonso V

(1419-1420. Ámbito aragonés). (74)

Este documento relata el contrato de personal, navíos y armamentos para la armada aragonesa que comenzó a ser reclutada en 1419, y que tuvo como primer destino Sicilia. Para esta expedición, se reunieron unas veinte galeras, diez galeotas y otros barcos para el transporte de tropas, cuyos pertrechos y armamentos se detallan minuciosamente.

Además, el rey ordenó a numerosos artesanos barceloneses la fabricación de armamento que serviría para completar el ya existente. El texto también ofrece información complementaria de diversa índole, entre la que destaca una lista de señores y caballeros junto a los hombres que aportaron para la campaña.

Documento VIII: Gastos para armar una nave en Santander

(1476. Ámbito castellano). (75)

Se trata de un raro (76) documento de 1476, en el que se especifican los gastos que fueron pagados por el concejo de la ciudad para pertrechar una nave en el contexto de la Guerra de Sucesión Castellana. La excepcionalidad de este texto radica en el hecho de que, dentro del ámbito castellano, se trate posiblemente de la relación de pagos para un barco de guerra más antigua que conocemos. Sin embargo, esta fuente no ha sido de gran interés para nuestra investigación, ya que trata la cuestión armamentística de un modo muy superficial.

Documento IX: Armamento de la escuadra de Fernando el Católico

(1506. Ámbito aragonés). (77)

Aquí se hace referencia a los pertrechos embarcados en las nueve galeras con las que el rey Fernando viajó a Nápoles en 1506. Resulta interesante que el texto nos permita conocer los nombres de dichos barcos y de sus capitanes, así como el dinero invertido en la expedición. El documento consultado hace una distinción entre el armamento embarcado en la galera del rey, y el del conjunto de los nueve barcos, lo cual nos proporciona una buena idea de la capacidad combativa de una fuerza naval tardomedieval.

Documento X: Inventario de las atarazanas de Valencia

(1512. Ámbito aragonés). (78)

La realización de esta relación fue encargada al constructor Joan Oris con motivo de la reparación de dos galeras que se encontraban en el puerto de Valencia, ya que su armamento debía ser organizado y almacenado dentro de las atarazanas. A pesar de encontrarse enmarcado en los albores de la Modernidad, el documento resulta de gran interés, ya que, si lo comparamos con la anteriormente citada relación de 1414, podemos observar la evolución del armamento almacenado en las atarazanas de Valencia durante el transcurso de un siglo.

Tras analizar los documentos anteriormente expuestos, nuestro objetivo ha sido extraer un elenco del armamento contenido en los mismos con el fin de examinar su tipología, características y, en determinados casos, su evolución cronológica. El resultado final de esta confrontación heurística quedará reflejado en el apéndice documental de este trabajo, en el que se podrá encontrar una relación de todo el armamento encontrado en las fuentes analizadas.

En ese apartado, hemos tratado de sintetizar y ordenar los objetos relacionados con nuestro estudio, utilizando para ello diferentes tablas y clarificando, cuando ha sido conveniente, la distribución de los ítems dentro del documento y el significado de algunos vocablos concretos. A este respecto cabe aclarar que, para facilitar la lectura de este trabajo, el lenguaje que define los objetos estudiados ha sido adaptado al castellano actual desde el castellano o el catalán medievales.

Para ello, hemos recurrido al uso de los diversos diccionarios que se detallan en la bibliografía de este trabajo, lo cual nos ha permitido dar con una definición bastante exacta de cada ítem. No obstante, algunos de los textos estudiados, y específicamente los publicados por Antonio de Capmany en el siglo XVIII, ya se encuentran traducidos al castellano desde el latín o el catalán, lo cual nos ha facilitado el trabajo en gran medida. Sin embargo, esto también ha supuesto en ocasiones un problema, ya que algunos términos fueron castellanizados de un modo algo arbitrario, por lo que nos hemos topado con palabras cuyo significado desconocemos.

Hemos de destacar también que se ha establecido una clasificación tipológica del armamento encontrado, con el fin de acometer su explicación en el quinto capítulo y la identificación de todos los objetos en el apéndice documental. Para su creación han sido tenidos en cuenta los aspectos cuantitativos, cualitativos y técnicos de cada clase de objetos, así como los consejos ofrecidos por el director del presente trabajo, quedando la categorización del siguiente modo:

  • Grupo 1: Armamento sin especificar.
  • Grupo 2: Ballestas y sus partes.
  • Grupo 3: Proyectiles para ballesta.
  • Grupo 4: Armas blancas pequeñas y medianas.
  • Grupo 5: Garfios y objetos de la misma naturaleza.
  • Grupo 6: Armas de asta.
  • Grupo 7: Piedras, que se arrojarían manualmente o mediante un ingenio de pólvora.
  • Grupo 8: Sustancias o trampas que serían arrojadas sobre el enemigo.
  • Grupo 9: Artillería de pólvora y sus partes.
  • Grupo 10: Armas de fuego manuales y sus elementos auxiliares.
  • Grupo 11: Pólvora.
  • Grupo 12: Elementos de protección para la cabeza.
  • Grupo 13: Escudos y similares.
  • Grupo 14: Armaduras ligeras.
  • Grupo 15: Armaduras pesadas.
  • Grupo 16: Grilletes y cadenas.

Teniendo en cuenta lo expuesto, pasamos a exponer los frutos de la labor realizada en el siguiente capítulo, donde procederemos a dar una explicación de los principales tipos de armamento encontrados en la documentación bajomedieval analizada (79).

Tipología de las armas en el caso hispánico

Ballestas

El arma que más destaca desde un punto de vista cuantitativo dentro de los documentos consultados es la ballesta, un arma típicamente medieval que en ocasiones es citada haciendo referencia a sus diferentes tipologías. Entre estas observamos la ballesta de dos pies que, como su nombre denota, era cargada apoyando ambos pies en el arco y tirando con ambas manos de la cuerda.

También se hace referencia a la ballesta de estribo, que se cargaba apoyando un único pie en un estribo o gafa que sobresalía en la punta del arma. Finalmente, nos encontramos con la potente ballesta de torno, que era tensada mediante una manivela mecánica.

Aunque este último tipo solo es mencionado específicamente en los Documentos III y VII (80), su mayor capacidad destructiva y complejidad nos llevan a pensar que sería el tipo más común en los navíos de la Baja Edad Media, ya que su antecesora, la ballesta de estribo, comenzó a entrar en declive durante el siglo XIV (81).

La importancia de las ballestas en las marinas medievales es obvia, si tenemos en cuenta la naturaleza del combate naval que exponíamos brevemente en el primer capítulo. Con el objeto de desorganizar la formación enemiga causando el mayor daño posible, se utilizaba todo tipo de munición, entre la que destacaba la lanzada por las citadas ballestas.

Sus proyectiles reciben diferentes denominaciones dentro de los documentos consultados: saetas, pasadores, virotes, flechas… aunque todos ellos contaban con una gran potencia capaz de atravesar pesadas armaduras. La letalidad de la ballesta era tal que llegó a ser prohibida por el papa Inocencio II en 1139, aunque en la práctica esto no afectó a su uso en los campos de batalla (82).

Si tenemos en cuenta que los ballesteros eran los soldados de infantería más numerosos en los ejércitos castellanos y aragoneses en tierra (83), no es de extrañar que también lo fueran en el ámbito naval, dado que constituían un tipo de combatiente muy versátil y temible en el mar.

La capacidad de adaptación de los ballesteros puede ser observada en los Documentos I y II, ya que en ellos se hace mención específica a la necesidad de que portaran armas para el combate cuerpo a cuerpo, por lo que pensamos que es muy posible que su labor no se redujera siempre al intercambio de proyectiles entre navíos.

No obstante, si tenemos en cuenta los Documentos I, II y V, en los que se menciona que cada ballestero debía llevar más de una ballesta, podemos deducir que el cometido principal del ballestero sería el de arrojar sus saetas contra los barcos enemigos.

A pesar de la mayor especialización de los citados ballesteros, observamos en el Documento V que también existían otros tripulantes que debían portar una ballesta. Al hilo de esto hemos de comentar que, al constituir el equipamiento principal de los combatientes a pie, la ballesta no es identificada normalmente con la nobleza medieval, ya que esta siempre tuvo una íntima relación con el arma de caballería.

Sin embargo, la existencia de torneos de tiro en los que participaban nobles nos da una idea de que estos también tendrían conocimientos del manejo de la ballesta (84), lo cual es más que probable en el ámbito naval dado que era imposible luchar a caballo sobre un barco. En el Victorial de Díez de Games nos encontramos con que el propio Pero Niño, noble y capitán de galeras, cuenta con una gran destreza para armar ballestas:

Abía una famosa vallesta e fuerte, que llamavan la Niña, e prováronla, e non la pudieron armar. E levántose Pero Niño de la cama, aunque aquella ora estava con calentura, vestido un camisón, armó la ballesta a çinto (85).

Otra arma que se suele identificar con la Edad Media, de naturaleza similar a la de la ballesta, es el emblemático arco. Durante el siglo XIV aragonés, nos encontramos con grupos de mercenarios extranjeros conocidos como fletxers, que eran expertos en el uso del arco largo en tierra (86). Sin embargo, en nuestra investigación solo hemos encontrado la referencia a un único arco en el Documento IX, por lo que es obvio pensar que la presencia de este tipo de arma sería muy limitada en las armadas hispánicas.

Esta escasa importancia del arco en el ámbito naval podría venir definida por la gran complejidad de su manejo, ya que, a pesar de ser un arma accesible y barata, requería de un gran entrenamiento para ser usada adecuadamente (87). Otro factor que podría determinar la primacía de la ballesta sobre el arco es la influencia de los estilos de combate naval de las marinas genovesa y veneciana, que como veíamos en el primer capítulo se desarrollaron con anterioridad a las de los territorios hispánicos.

El caso de Génova es muy ilustrativo a este respecto, ya que era una potencia naval de primer orden, que además solía proveer de ballesteros mercenarios a otros estados (88). Esta dualidad nos permite deducir una temprana relación entre ballestas y navíos que podría haber influenciado a otros estados mediterráneos.

A pesar de ello, en el combate naval, el uso de la ballesta no era exclusivo en todos los estados europeos. A este respecto sabemos que, en la gran batalla de Sluys de 1340, los ingleses embarcaron a unos siete mil arqueros que se impusieron a las ballestas francesas durante el intercambio de proyectiles (89).

Si tenemos en cuenta la importancia de la ballesta en los documentos analizados, unida a lo anteriormente expuesto, concluimos que esta arma sería un elemento fundamental en las marinas de las Coronas de Castilla y Aragón. Sobre su dominio en esta última, el cronista catalán Ramón Muntaner escribía en el siglo XIV: Quels Cathalans ho aprenen [el uso de la ballesta] ab la mamella, e les altres gents del mon nou fan; per que los Cathalans son los pus subirans ballesters del mon (90).

Armas blancas pequeñas y medianas

Las armas destinadas al combate cuerpo a cuerpo también aparecen en la documentación analizada, destacando la gran variedad tipológica de las mismas. A pesar de que las armas blancas tendrían como objetivo fundamental causar el mayor daño posible o ferir á mantenientec (91) al contrincante, algunas de ellas también serían idóneas para causar daños materiales a los barcos enemigos.

Entre las dedicadas parcialmente a este fin destacan las hachas citadas en el Documento III, y las ronzolas y destrales del Documento V, ya que por su naturaleza podrían ser utilizadas para cortar cabos y desarbolar los barcos enemigos, impidiendo así su retirada. El resto de armas blancas citadas en la documentación son espadas, sables, cuchillos, puñales, serraniles, porras y por último, glavis, que no son más que otra denominación dada a las primeras. Debido a la escasez de espacio para maniobrar en el combate cuerpo a cuerpo dentro de un navío, podemos presumir que las citadas espadas serían relativamente ligeras y siempre blandidas con una única mano.

Dado que el sable es un arma destinada a herir con un movimiento de corte (92), el cual podría ser realizado en un área menor que la que requeriría pinchar al enemigo, es más que probable que la citada escasez de espacio fuera muy tenida en cuenta por los marinos medievales.

Esto lo podemos comprobar en el Documento V, ya que en él se requiere que los proeles, como primera fuerza de abordaje, fueran equipados con un sable. Los puñales y cuchillos, debido a su menor tamaño (93), no tendrían la misma capacidad destructiva que las espadas y los sables, por lo que podemos deducir que se utilizarían como un recurso defensivo por parte de los tripulantes que no estaban destinados en principio a participar en el asalto.

A este respecto observamos que, en los Documentos II y IV, se requiere que los ballesteros contaran con cuchillos. Esto denota la naturaleza defensiva de esas armas, ya que, como hemos visto, el ballestero era un tipo de combatiente más especializado en el combate a distancia.

En nuestra indagación, hemos observado que las armas blancas pequeñas y medianas aparecen en todos los documentos de carácter prescriptivo que hemos consultado, pero sin embargo, solo nos las encontramos en uno de los inventarios, específicamente en el Documento IX. Aunque dicha situación podría llevarnos a pensar que las armas blancas eran escasas en las marinas medievales, esta es una idea que podemos descartar por completo, si tenemos en cuenta la importancia de los abordajes en los combates navales de la época.

La deficiente información sobre este tipo de equipamiento en los inventarios podría ser explicada por el carácter personal y de prestigio que tenían las espadas en la Edad Media (94). Esto sería causa de que los profesionales contratados para una armada proporcionaran sus propias armas, razón por la que estas no estarían incluidas entre los pertrechos de los barcos y las atarazanas.

A este respecto comentaremos que, en 1395, el 15% de los componentes de las clases populares inscritos en el municipio de Barcelona contaba con un equipo adecuado para la guerra, mientras que la mayoría de la población tendría en su haber algún tipo de arma blanca o lanza (95). También existía la posibilidad de que las comitivas de guerreros aportadas por los nobles, como las que se pueden encontrar en el Documento VII (96), recibieran parte o el total de su equipamiento de sus señores.

En algunos casos, como en el de los escuderos que solían acompañar a los caballeros, esto podía suponer un problema, ya que la presencia de numerosos jóvenes armados en las ciudades llevaba a la aparición de diversos disturbios y tumultos, como sucedió en el burdel de Valencia en 1439 (97).

Garfios y otros objetos de la misma naturaleza

En los Documentos II, III, V y X nos encontramos con la presencia de garfios, garabatos y arpones. A pesar de que estos elementos podrían considerarse más como herramientas que como armas, su naturaleza denota que normalmente eran utilizados para el combate, por lo que los hemos incluido en nuestro estudio. Sus características se podrían resumir en que eran elementos metálicos, torcidos y agudos, que servían para prender y colgar (98).

A pesar de su aparente sencillez, su empleo en la batalla respondería a dos necesidades diferentes, tal y como se explica en las Partidas: Et hastas con garabatos de fierro para trabar á los homes et derriballos; et aun otros […] para prender los navios que non se vayan (99).

El primer uso descrito por el citado documento resulta más que obvio, por lo que podríamos considerar los objetos que nos ocupan como un arma de combate cuerpo a cuerpo más. Sin embargo, cuando se habla de prender los navíos, nos encontramos con una dualidad ofensiva-defensiva en el modo de utilizar estos elementos.

En relación con el aspecto ofensivo, los garfios servirían para atrapar al barco enemigo sobre el que se lanzaría el abordaje, permitiendo así que los asaltantes pasaran al bajel contrincante usando elementos como tablas o cuerdas. Todos recordamos la visión cinematográfica de los abordajes de piratas en la Edad Moderna, en las que se nos muestra la ejecución de esta maniobra a babor o a estribor de los grandes navíos de la época.

Sin embargo, durante el periodo que nos ocupa, el asalto se realizaría normalmente por la proa, especialmente en el caso de las galeras, que debían presentar su delantera al enemigo con el objeto de poder usar sus espolones. Miguel de Cervantes, que conoció el combate entre galeras en Lepanto, nos muestra en el Quijote lo arriesgado de esta maniobra: Y si este parece pequeño peligro, veamos si le yguala, […] el de enuestirse dos galeras por las proas. […] Las quales enclauijadas, y trauadas, no le queda al soldado mas espacio, del que concede dos pies de tabla del espolon (100).

Observábamos que las Partidas hablan del uso de los ganchos con el objetivo de que los navíos no escaparan. Esto denotaría en principio un uso eminentemente ofensivo de esos elementos, pero sin embargo, es muy probable que también se refieran a su utilización con el fin de evitar la huida de los barcos propios. Veíamos en el primer capítulo que los bajeles de guerra se solían alinear frente a frente con el objetivo de desorganizarse mutuamente.

En esa situación, los ganchos tendrían una función defensiva, ya que era frecuente que las formaciones se fijaran entre sí usando cadenas y cuerdas que serían lanzadas usando garfios y otros elementos similares, lo cual mejoraría la cohesión de la escuadra (101). No obstante, esta maniobra suponía en ocasiones un perjuicio para los barcos agrupados entre sí, ya que podía evitar que se persiguiera al enemigo de un modo organizado, tal y como les sucedió a los navíos franceses en Sluys (102).

Armas de asta

Las armas astadas aparecen en la mayoría de los documentos examinados, independientemente de si estos constituyen ordenanzas o inventarios. La gran variedad de este tipo de objetos queda patente en la diferente terminología utilizada para denominarlos: lanzas, lanzas largas, dardos, romañolas, guadañas, astas, horcas, chuzos, picas, partesanas y rajavelas. Una característica común a todas ellas es que incluyen una vara larga de madera, que iría rematada por alguna pieza metálica punzante o cortante. Podemos encontrar una dualidad en la utilización de estas armas, ya que algunas de ellas serían empleadas en la lucha cuerpo a cuerpo, mientras que otras servirían como proyectiles en el combate a distancia.

Caballero peninsular basado en "Las Cantigas de Santa María" y la "Conquista de Mallorca". Por Ian Heath.
Caballero peninsular basado en «Las Cantigas de Santa María» y la «Conquista de Mallorca». Por Ian Heath. Porta un arma de asta, en este caso una lanza.

Un buen indicador que nos permite realizar una distinción entre dichos usos es el componente cuantitativo, ya que las que serían arrojadas contra el enemigo son abrumadoramente más numerosas que las empleadas en el combate cercano. Entre las primeras destacan las lanzas y los dardos, que en los Documentos VI, VII y IX se pueden contar por centenares. La abundancia de estos ítems explicaría su uso como proyectiles, ya que, al igual que la munición de las ballestas, estas armas eran lanzadas en gran número contra el enemigo durante el intercambio de proyectiles.

Sin embargo, no podemos aventurarnos a afirmar que todas las lanzas que aparecen en los textos analizados fueran usadas como armas arrojadizas, ya que en los Documentos I y III se observa que también podían denominar a un arma de combate cuerpo a cuerpo. El caso de los dardos es diferente, puesto que este término designa específicamente a un proyectil astado que era propulsado por la fuerza del brazo (103). En la obra del cronista francés Jean Froissart, escrita en el siglo XIV, se pone de manifiesto la letalidad y capacidad de penetración de este tipo de armamento, especialmente en manos de los castellanos (104).

Otras armas astadas que podemos encontrar en la documentación servirían para ser empleadas en el combate cuerpo a cuerpo, especialmente si atendemos a las consideraciones numéricas anteriormente expuestas. Destacaremos aquí la lanza larga, una denominación genérica que se refiere a un arma astada utilizada en el combate personal (105), y cuya longitud le permitía herir al enemigo desde cierta distancia. Al igual que sucedía con las ballestas, las lanzas de combate cuerpo a cuerpo estaban muy extendidas entre la infantería medieval, por lo que su presencia en el ámbito naval no resulta extraña.

Armas de pólvora

Una cuestión muy recurrente referente a la guerra en el mar en la Edad Media es el uso de armas de pólvora. El primer caso documentado en Europa del uso de esta tecnología a bordo de un barco es el de la coca inglesa Christopher, que en 1338 montaba tres cañones y un arma menor (106). En el ámbito hispánico, uno de los primeros testimonios del uso de este tipo de armamento se vio en el asedio de Algeciras de 1342, donde quedó patente lo aterrador de esta tecnología (107).

Los primeros artefactos de pólvora montados a bordo de un barco hispánico podrían haberse visto en el ataque a Barcelona por parte de los castellanos en 1359, en el contexto de la Guerra de los Dos Pedros. Sin embargo, en este caso, las fuentes que tratan este episodio discrepan sobre si las armas de fuego fueron utilizadas desde tierra o desde un navío.

Por ello, el primer uso seguro de cañones montados en un navío hispánico se demoraría hasta la batalla de la Rochelle de 1372, en la que los barcos castellanos contaban con armamento de pólvora (108). Ya en el siglo XV, nos encontramos con claras referencias al uso de armas de fuego sobre navíos en el anteriormente citado Victorial: En la mayor parte de la noche non çesaron las galeas de lanzar truenos en la villa (109).

Con respecto a la documentación consultada para la realización del presente capítulo, nos encontramos con la presencia constante de armas de pólvora a partir del Documento VI, como se puede observar en la Tabla 14 del apéndice documental. Esto nos da la idea clara de la normalización y evolución de este tipo de armamento a partir del siglo XV, ya que, a medida que avanzamos en el tiempo, observamos una mayor variedad tipológica del mismo. Entre las piezas de artillería extraídas de nuestra investigación destaca ante todo la bombarda o lombarda, un primitivo tipo de cañón que lanzaba piedras y que en ocasiones se ha identificado con el citado “trueno” (110).

Aunque no podríamos establecer con exactitud el tamaño de este tipo de armamento, resulta muy posible que gran parte de las bombardas que aparecen en los textos analizados no contaran con unas dimensiones excesivamente grandes. Esto se podría explicar debido al hecho de que, en algunos documentos, las piezas de artillería de este tipo aparecen en gran número, pero sin embargo una galera solo podría montar una única pieza pesada en su proa (111).

A este respecto, el Documento IX confirma que a principios del siglo XVI las galeras aragonesas montaban una sola pieza de artillería pesada, ya que en él nos encontramos con una dotación de exactamente nueve bombardas gruesas para nueve barcos. La recurrente presencia de cañones de bombarda en los inventarios podría explicarse por el hecho de que estos ingenios estaban formados en un principio por dos piezas independientes (112), por lo que sería muy común contar con estos cañones como repuesto.

Como comentábamos, con el transcurso del tiempo se dio un incremento en la variedad de armamento de fuego que portaban los barcos. Un ejemplo de esto es el pasavolante (113) que encontramos en el Documento X, una pieza de artillería similar a la bombarda pero de una mayor longitud (114). Sin embargo, lo que más destaca en el citado documento es la aparición de armas de fuego de uso individual junto a algunos elementos que les servían de complemento.

Entre ellas nos encontramos con la espingarda. Esta, a pesar de haber sido identificada por el Diccionario de la Real Academia en la acepción referente a la Edad Media como una pieza de artillería (115), probablemente se trate de un modelo de arma manual (116).

A este respecto existen testimonios, como el de la Crónica de Juan II de Castilla de mediados del siglo XV, que clarifican en gran medida la cuestión: É luego salió un hombre en camisa, é puso fuego á un espingarda […], é firió á un escudero por la fruente, é luego cayó muerto en el suelo (117). Aquí observamos que, en caso de que la espingarda hubiera sido una pieza de artillería, el hombre que la disparó no la hubiera podido usar con tanta facilidad y, además, el destino del infortunado escudero habría sido aún más desagradable si cabe.

En el Documento X también se puede intuir la naturaleza ligera de este tipo de armamento ya que, a pesar de la minuciosidad con la que se enumeran la mayoría de ítems de la relación, no se ofrece el número exacto de espingardas con las que contaban las atarazanas valencianas. Este sería un descuido prácticamente impensable si se tratara de grandes y valiosas piezas de artillería. Otra arma que encontramos en el citado documento es el emblemático arcabuz, que sería una evolución de piezas anteriores, como la citada espingarda.

Es posible que la diferencia principal entre ellas radique en el hecho de que el arcabuz contaba con un primitivo sistema mecánico para dar ignición a la pólvora, aunque durante su dilatado servicio experimentaría una constante evolución en su funcionamiento y calidad (118).

En el Documento X se pone de manifiesto la rareza de este ingenio en una época tan temprana, ya que solo observamos en él una única pieza de ese tipo. Sin embargo, el arcabuz no tardaría en convertirse en una de las piedras angulares de los ejércitos y armadas europeos, y ya en 1539 nos encontramos con la existencia de un cuerpo especial de arcabuceros que operaban en las galeras de Carlos V (119).

Elementos de protección

Los siguientes objetos que destacan en la documentación analizada son los referentes a la protección corporal de las tripulaciones, que por sus características se podrían dividir entre escudos y armaduras. Los primeros son citados utilizando diferentes términos más o menos genéricos: escudos, paveses, tarjas, taularinas o rodelas.

De ellos, tal vez el más relevante dentro del ámbito que nos ocupa sea el pavés, dada su íntima relación con la naturaleza del combate naval y el gran número de ellos que se puede encontrar en la documentación. En un encuentro entre barcos medievales, una de las primeras acciones era establecer una hilera de escudos como protección, desde la que los ballesteros y marineros arrojaban su munición (120).

La morfología de los altos y pesados paveses los hacía idóneos para el mencionado cometido, ya que en batalla se solían alinear en gran número para formar así una suerte de muralla defensiva, que protegía a los ballesteros mientras recargaban sus armas (121). Su importancia a tal efecto era tan grande que su ausencia en la batalla de Crecy, en 1346, pudo influir en gran medida en la derrota francesa, ya que esta vino desencadenada por la huida de los desprotegidos ballesteros de ese bando (122).

Ese característico modo de usar el pavés sería crucial durante el intercambio de proyectiles en las batallas navales medievales, lo cual explicaría que los encontremos en gran número en los Documentos V, VI, VII, IX y X, aunque también resultaba extremadamente útil durante los desembarcos: E salieron en tierra e ordenáronse muy bien: hombres darmas, e ballesteros, e pabesados. […] E los cristianos estuvieron muy firmes, que ansí les combenía (123).

El otro tipo de escudo que destaca cuantitativamente es la rodela, que se puede encontrar en los Documentos IX y X, enmarcados ambos a principios del siglo XVI. Se trata de una pieza pequeña y redonda cuya ligereza la convertía en una defensa ideal para los marinos que se dedicaran al asalto, más teniendo en cuenta la citada escasez de espacio en la que estos se debían desenvolver.

La agilidad que proporcionaba la rodela la hizo muy popular en las batallas terrestres y navales ya desde finales del siglo XV, y a ella debieron parte de su éxito los célebres Tercios hasta principios del siglo XVII (124). A pesar de esta gran utilidad de los escudos ligeros, no encontramos mención específica a ninguno de ellos en la documentación consultada anterior al siglo XVI. Esto puede deberse a que en muchas ocasiones, los soldados de infantería medievales no contaban con escudos, ya que estos solían estar reservados a la caballería nobiliaria de la época (125).

Destacan también por su presencia en casi todos los textos los elementos referentes a la protección de la cabeza, como capacetes, yelmos, cascos y celadas. Teniendo en cuenta la naturaleza del combate naval, no resulta extraño que nos encontremos con estas piezas en grandes cantidades: tanto para el combate a distancia como para la lucha cuerpo a cuerpo, la defensa de una parte tan vital del cuerpo resultaba crucial.

Entre este tipo de armaduras, las más recurrentes son los capacetes, que son citados mediante diferentes términos en los Documentos I, II, III, IV, V, VII, IX y X. Su abundancia puede tener relación con la citada presencia de numerosos ballesteros en los navíos, ya que el capacete, al ser una pieza ligera y sin visera, proporcionaba una mayor capacidad de visión y puntería a los tiradores (126). Los yelmos y celadas constituirían piezas algo más pesadas, lo cual las haría más adecuadas para el combate cuerpo a cuerpo.

Las armaduras para el cuerpo aparecen, al igual que la protección para la cabeza, en prácticamente todos los textos analizados. Con respecto a su tipología, en el apéndice documental hemos realizado una distinción entre armaduras ligeras y pesadas, apareciendo estas últimas únicamente en los Documentos I y III. Su denominación queda reducida a los términos loriga y lorigón y, aunque estas piezas tienen un origen antiguo y una composición variable, es muy posible que las de la Baja Edad Media estuvieran hechas de una malla compuesta por numerosos anillos de metal entrelazados.

Un ejemplo de esto, que también da una imagen plausible de la anteriormente citada caballería, se puede encontrar en el Amadís de Gaula: Entonces llegó […], bien armado, encima de un gran caballo y su loriga de gruesa malla; y traia un escudo y yelmo […], y ceñida la buena espada […], y una gruesa lanza (127). Esta descripción pone de manifiesto que la loriga sería un elemento más propio de la caballería que de la infantería. Pero, además, a esto tenemos que sumar que las armaduras de metal supondrían un elemento más de distinción social (128), lo cual denota que serían piezas caras.

A este respecto comentaremos que el coste de una armadura completa a principios del siglo XV equivaldría, aproximadamente, a lo que percibía un obrero de la construcción durante un año y medio (129). No obstante, a pesar de su rareza en los documentos navales, no sería de extrañar que los nobles que formaran parte de las tripulaciones, en los casos en que los hubiese, fueran equipados con una loriga u otros elementos metálicos.

Las anteriores reflexiones también han sido tenidas en cuenta para clasificar el resto de elementos defensivos como piezas de armadura ligera. Entre ellas destacan la coraza y el perpunte, consistiendo este último en un sencillo sayo de tela gruesa acolchada (130). La coraza (llamada cuera en el Documento I), un término genérico que aparece en todos los documentos excepto en el VIII, haría referencia a una pieza de metal si nos ceñimos a la primera acepción que sobre ella ofrece la Real Academia (131).

Sin embargo, esa definición no sería exacta en el contexto bajomedieval, ya que la citada exclusividad de las armaduras de metal es un indicativo que muestra que las corazas que encontramos por centenares en los inventarios no estarían fabricadas en ese material. A esto tenemos que sumar otras consideraciones, como la naturaleza etimológica del término (132), que nos hacen pensar que las citadas protecciones estarían fabricadas en cuero. También encontramos que en el Documento III se hace una distinción entre perpuntes, corazas y lorigas, lo cual denota que esos tres elementos estarían hechos con diferentes materiales.

Además, si tenemos en cuenta que la mayoría de la infantería medieval iría equipada con elementos de cuero (133), no sería de extrañar que esta situación se repitiese a bordo de un navío. Finalmente, hemos de unir a estas consideraciones la obvia necesidad de moverse con ligereza en el combate naval, por lo que concluimos que las corazas encontradas en la documentación harían referencia a elementos defensivos no metálicos. A pesar de ello, existe la posibilidad de que estas piezas de cuero estuvieran reforzadas por piezas de metal (134), lo cual se pone de manifiesto en el Documento X, en el que se menciona específicamente que las corazas estaban taraceadas.

Grilletes y cadenas: el deterioro de la condición del galeote

Por último, nos acercaremos a elementos que no se podrían considerar armamento, pero que resultan especialmente interesantes a la hora de abordar un tema muy recurrente referente a la marina medieval: los galeotes. En los dos últimos documentos de la Tabla 14 del apéndice documental, nos encontramos con la presencia de grilletes y cadenas, lo cual implicaría la existencia de presos o esclavos remando en galeras a principios de la Edad Moderna. Sin embargo, durante la mayor parte del Medievo la condición de los galeotes pudo ser diferente. (135).

A pesar de lo penoso de ese trabajo, no faltaron hombres libres que se embarcaban para remar a cambio de un sueldo, especialmente hasta mediados del siglo XIV, cuando el crecimiento demográfico propició un aumento de la mano de obra. Como ejemplo documentado del pago de salarios a galeotes encontramos que, en una escuadra armada en Mallorca en 1322, un remero no cualificado percibía de cuatro a cinco libras cuatrimestrales, aproximadamente una quinta parte de lo que se le pagaba a un cómitre (136).

La importancia de embarcar remeros libres en las galeras podría radicar en la naturaleza del combate naval, que estando muy enfocado al combate cuerpo a cuerpo requeriría que todos los tripulantes fueran confiables a la hora de batallar o de realizar otras labores: e la gente aforrada, vallesteros e galeotes, mandó que çercasen todo el ganado, que andava en muchos rebaños, e lo truxesen a la mar (137). La idea del galeote como combatiente vendría reforzada por la mención específica de armamento para galeotes o remeros rasos que se puede observar en los Documentos V y VII.

Al margen de la situación previamente expuesta, en Aragón existía la posibilidad de que los condenados por delitos menores conmutasen sus penas a cambio de servir en galeras, aunque se daban casos en que los patronos apresaban a inocentes para este cometido. Esta práctica ilegal fue muy perseguida por la Corona, hasta el punto de que Alfonso V llegó a penarla con la muerte en 1432. La situación de los galeotes fue empeorando progresivamente, como se pone de manifiesto en los elementos encontrados en los Documentos IX y X, hasta que en 1530, la pena de galeras se extendió a todos los territorios de la Monarquía Hispánica (138).

Conclusiones

A lo largo de las páginas de este trabajo hemos tratado de acercarnos a una realidad tan poco estudiada como es la marina de guerra bajomedieval. Tal vez la relativa escasez de trabajos sobre el tema se deba a que es un campo que normalmente se podría relacionar con la historiografía militar, que como vemos en la bibliografía ha proporcionado cierta parte de la información al respecto. No obstante, como hemos constatado en estas páginas, la marina de guerra guardó una íntima relación con otros ámbitos, como el jurídico, el político, el social o el comercial. Esta interdependencia se puso de manifiesto más que nunca en la Baja Edad Media, una época en la que las marinas militar y mercantil podían reducirse a un único conjunto en tiempos de conflicto.

Otro factor que podría explicar la exigua atención prestada a la cuestión que en este trabajo se aborda, sería la escasez de las fuentes primarias que traten el asunto en concreto. Aunque, como comentábamos en la introducción, la guerra terrestre medieval ha sido abordada con profusión, el ámbito naval no ofrece tantas facilidades al investigador, lo cual puede ser motivo de que encontremos pocas publicaciones al respecto, que además solo abordan cuestiones muy específicas.

También es cierto que acercarse a la marina de tiempos posteriores puede resultar más interesante para muchos, ya que las grandes y mejor documentadas gestas de las armadas españolas de la Modernidad ofrecen en principio un mayor rango de posibilidades al investigador histórico. Sin embargo, creo que sería importante que la historiografía abordara la creación de trabajos más amplios y completos sobre un tema tan fascinante como el de la marina medieval, ya fuera con objetivos científicos o de carácter divulgativo. Esto último podría resultar interesante, puesto que, dada la gran cantidad de publicaciones existentes sobre temas militares, sería lógico pensar que las que abordaran la marina de guerra medieval tendrían una buena acogida entre los lectores no especializados.

Ese carácter compilatorio guarda gran relación con el primer objetivo que me planteé para este trabajo, puesto que, como hemos visto, los primeros tres capítulos consisten en una investigación puramente bibliográfica sobre las armadas hispánicas bajomedievales. A pesar de que esa pueda parecer una cuestión baladí, he de destacar la complejidad que ha supuesto la redacción de esa parte del trabajo, ya que, en mi afán por acercarme en la medida de lo posible a la veracidad histórica, me he tenido que enfrentar a la dificultad que supone contrastar y sintetizar la información que diversos autores ofrecen al respecto.

Con relación al objetivo de analizar y explicar el armamento contenido en documentos bajomedievales concretos, he de destacar en primer lugar que existe una gran correlación entre lo que he expuesto y lo que se establece en la bibliografía consultada. A este respecto, creo que resulta especialmente interesante observar la aparición y desarrollo de tecnologías nuevas, como las armas de pólvora, a partir de cierto momento de la Edad Media.

Si a esto le sumamos la existencia de otros elementos más convencionales en los documentos analizados, podemos concluir que el armamento de las marinas hispánicas guardaría gran relación con el que se pudo ver en los conflictos terrestres. No obstante, como explicábamos, las particularidades y limitaciones del combate naval justificarían la presencia en mayor o menor número de ítems con usos más específicos, como pueden ser los garfios. El contexto de la época también resulta importante para comprender la presencia de ciertos elementos en el mar, ya que algunos factores, como el estatus social de la tripulación, definieron en cierta medida el armamento utilizado.

Otro asunto interesante que guarda relación con el armamento es la falta de consenso que existe a la hora de determinar la naturaleza de algunos objetos. A ese respecto, resultan especialmente relevantes los casos de la coraza y la espingarda, que son definidos por la Real Academia de un modo que contraviene las evidencias expuestas en el quinto capítulo. Al hilo de esto he de comentar que, siempre que me he encontrado con objetos cuya naturaleza o usos podrían resultar confusos, he buscado su presencia en textos medievales diferentes a los analizados en este trabajo, lo cual me ha permitido aclarar las dudas sobre esos elementos en concreto.

La información aquí expuesta también trata algunos temas que podrían ser investigados de un modo más extenso y profundo. Tal vez el ejemplo más relevante a ese respecto sería el relacionado con el deterioro de la condición del galeote, que como veíamos ejerció su función durante la Edad Media en circunstancias que pudieron alejarse de la esclavitud. La transición del remero libre a un remero preso o esclavo ha sido aquí constatada gracias a las pruebas materiales que aportan algunos documentos.

Pero, sin embargo, ese cambio debió depender de otros elementos imperantes en el contexto de la época. Por ello, creo que un trabajo historiográfico enmarcado entre el Medievo y la Modernidad, que abordara en profundidad todos los factores que condicionaron esa transformación, resultaría muy fructífero e interesante.

Apéndice documental

En este apartado se expondrá cronológicamente el armamento reflejado en los documentos consultados, atendiendo siempre a la clasificación grupal expuesta en el capítulo cuarto. En caso de que sea necesario, se especificará el tipo de tripulante que debería llevar cada clase de armamento.

Tabla 1. Documento I: Ordinacions de la Ribera u Ordinationes Ripariae

GrupoArmamento
22 ballestas de dos pies y una ballesta de estribo por cada ballestero.
3300 saetas por cada ballestero.
41 espada o sable por cada marinero o ballestero.
62 lanzas por cada marinero.
121 capacete por cada marinero o ballestero.
141 perpunte o cuera por cada ballestero.
151 loriga por cada marinero.
(1258. Ámbito aragonés).

Tabla 2. Documento II: Ordenanzas de los armamentos marítimos para la guerra de corso

GrupoArmamento
1Solo se especifica el armamento de los ballesteros
22 ballestas de dos pies y 1 ballesta de estribera por cada ballestero.
3300 saetas por cada ballestero.
41 cuchillo por cada ballestero.
52 garfios por cada ballestero.
121 capacete por cada ballestero.
141 perpunte, coraza o coselete por cada ballestero.
(Mediados del siglo XIII. Ámbito aragonés).

Tabla 3. Documento III: Partidas de Alfonso X: Partida II, Título XXIV, Ley IX

GrupoArmamento
2Ballestas de estribera, de dos pies y de torno.
3Saetas.
4Cuchillos, puñales, serraniles, espadas, hachas y porras.
5Garabatos.
6Lanzas y dardos.
7Piedras.
8Cal, jabón y alquitrán.
12Capiellos (139) y yelmos.
13Escudos.
14Perpuntes y corazas.
15Lorigas y lorigones.
(1266. Ámbito castellano).

Tabla 4. Documento IV: Capítulos del Rey Don Pedro IV de Aragón sobre los actos y hechos marítimos

En este documento, se hace referencia a lo que debe portar cada marinero o ballestero:

GrupoArmamento
22 ballestas.
3200 pasadores o virotes.
41 cuchillo y 1 espada.
51 garfio.
121 capacete.
141 coraza y 1 gorguera.
(1340. Ámbito aragonés).

Tablas 5 y 6. Documento V: Ordinacions sobre lo feyt de la mar u ordenanzas de Bernat de Cabrera

En este documento, se hace una distinción entre lo que debe portar cada galera y lo que deben llevar los diversos tipos de tripulantes individualmente:

PARA CADA GALERA
GrupoArmamento
35000 virotes.
46 ronzolas (140) y 10 destrales.
6400 lanzas, 1000 dardos, 3 romañolas (141) y 6 guadañas.
13120 paveses.
14100 corazas.
(1354. Ámbito aragonés).
POR TRIPULANTES
GrupoArmamento
1Se citan armas sin especificar en el equipo de alguaciles, cómitres y sotacómitres.
21 ballesta por cada escudero, escribano, nochero o proel y 2 ballestas por cada ballestero.
3200 virotes por cada escudero, escribano o ballestero y 100 virotes por cada nochero.
41 espada por cada remero raso o trompeta y 1 sable por cada proel.
51 garfio por cada escudero, escribano, nochero o proel y 3 garfios por cada ballestero.
121 capacete por cada escribano.
131 pavés por cada nochero, proel, aliero (142), curullero (143) o espaldero.
141 coraza por cada tripulante, con excepción de los remeros rasos.
(1354. Ámbito aragonés).

Tabla 7. Documento VI: Inventario de las atarazanas de Valencia

GrupoArmamento
235 ballestas.
31.825 virotes, 270 puntas y 12 cajones de los mismos, además de otra cantidad indeterminada. 633 saetas.
68 astas de bandera, 710 astas y 1511 fustas de las mismas. 25 lanzas largas, 790 lanzas, 247 puntas y 4 fajos de fustas de las mismas. 563 dardos, 174 puntas y un haz de los mismos. 14 puntas de romañola y 8 puntas de horca.
760 piedras de bombarda.
937 bombardas, 1 cañón de bombarda y 7 cureñas.
112 cajones de pólvora.
12747 cascos.
13115 paveses y 2 tarjas.
14751 corazas y 664 gorjales.
(1413-1414. Ámbito aragonés).

Tablas 8 y 9. Documento VII: Pertrechos y efectos de la armada de Alfonso V

PERTRECHOS DE LAS GALERAS Y OTROS BARCOS
GrupoArmamento
1Encontramos armamento sin identificar en los barcos de transporte.
22 tornos de ballesta.
317 cajones de saetas de diversos tipos.
6644 lanzas, 95 lanzas largas, 142 dardos, 30 chuzos, 12 guadañas y 24 romañolas.
736 piedras de bombarda y otras tantas en los barcos de transporte.
8Un número indeterminado de abrojos.
94 bombardas y un número indeterminado de piezas de artillería en los barcos de transporte.
111 quintal, 2 arrobas y 22 libras de pólvora.
12120 capacetes.
13386 paveses.
14265 corazas y 132 gorguerines (siendo algunas de estas piezas para galeotes) (144).
(1419-1420. Ámbito aragonés).
PERTRECHOS PAGADOS A ARTESANOS BARCELONESES
GrupoArmamento
3Flechas y cajas de las mismas.
6156 picas y 40 mangos de repuesto.
7200 piedras de bombarda.
914 bombardas y otras piezas sin identificar.
11Se menciona pólvora.

Tabla 10. Documento VIII: Gastos para armar una nave en Santander

GrupoArmamento
1Armas no especificadas.
9Se menciona el transporte de 1 lombarda.
11Se menciona pólvora.
(1476. Ámbito castellano).

Tablas 11 y 12. Documento IX: Armamento de la escuadra de Fernando el Católico

En este documento, se hace una distinción entre la provisión de la Galera Real y la del conjunto de las nueve galeras que formaban la expedición.

GALERA REAL
GrupoArmamento
230 ballestas, 8 ballestas gruesas y 5 martinetes o carranquines (145).
38 cajones de flechas, 3 de ellos con 62 docenas de prueba, 4 de ellos con 120 docenas de prueba y 1 de ellos con 25 docenas de munición.
6193 lanzas, 12 lanzas largas, 4 partesanas, 6 rajavelas (146) y dardos.
710 piedras grandes y 132 piedras menores.
912 bombardas, 1 bombarda gruesa y 12 pasavolantes.
1112 quintales y 2 arrobas de pólvora.
12100 celadas.
13108 paveses, 24 taularinas (147) y 34 rodelas.
14136 corazas.
16122 cadenas (se especifica que para galeotes), 138 argollas de grillete y 20 grilletes de argolla doble.
(1506. Ámbito aragonés).
PROVISIÓN PARA NUEVE GALERAS
GrupoArmamento
1Incluimos aquí 353 lasaynas (148).
2292 ballestas viejas, 33 ballestas nuevas, 1 arco, 38 martinetes y 8 carranquines.
310.505 flechas.
4Parte de un grupo de 852 armas son glavis (149).
610.181 lanzas, 4 lanzas largas, 10.416 dardos, 6 partesanas. Encontramos además, romañolas y rajavelas, que forman parte de un grupo de otras 852 armas.
7129 piedras de bombarda y 980 piedras pequeñas.
99 bombardas gruesas y 12 morteretes.
11101 quintales de pólvora.
12952 celadas y cerveleras (150).
13913 paveses y 426 rodelas y taularinas.
14746 corazas.
(1506. Ámbito aragonés).

Tabla 13. Documento X: Inventario de las atarazanas de Valencia

GrupoArmamento
262 ballestas.
542 garfios y 8 arpones.
638 lanzas.
7Un montón de piedras de bombarda.
944 bombardas, 3 bombardas grandes y 88 cañones de bombarda. 2 cañones y 1 pasavolante.
101 arcabuz y un número indeterminado de espingardas. Además, encontramos algunos elementos auxiliares, como son 27 tenedores para apoyar el arma y 8 cucharas para cargar la pólvora.
11Se mencionan 24 barriles y 7 docenas de los mismos, pero no sabemos si contenían pólvora.
1256 capacetes y 27 celadas.
1393 rodelas, 116 paveses planos y 24 paveses de barrera.
14Un número indeterminado de corazas taraceadas.
1698 grilletes de dos pies, 75 grilletes de un pie y 37 cadenas de dos pies.
(1512. Ámbito aragonés).

Tabla 14. Resumen del armamento reflejado en los documentos analizados

Resumen del armamento reflejado en los documentos analizados
Resumen del armamento reflejado en los documentos analizados

Notas

Título original del artículo: La marina de guerra y su armamento en la Baja Edad Media: el caso de las Coronas de Castilla y Aragón. Además del título original, hemos editado parte del contenido para adecuarlo a su publicación online en Todo a babor.

  1. A este respecto, podríamos hablar incluso de una “moda de lo medieval”, ya que en los últimos años hemos atendido a la aparición de fenómenos, como espectáculos y deportes, que tienen como trasfondo la Edad Media. Además, las nuevas tecnologías han proporcionado otro enfoque sobre ese ámbito, como pudimos observar en la exposición Videojuegos y Edad Media, que tuvo lugar recientemente en nuestra Facultad.
  2. BORDEJÉ MORENCOS, F.: “La Edad Media. Los años obscuros del poder naval (Primera parte)”, Revista de Historia Naval, 40, 1993, p. 81.
  3. FERNÁNDEZ-ARMESTO, F.: “La guerra naval después de la era vikinga”, en KEEN, M. (ed.): Historia de la guerra en la Edad Media, A. Machado Libros, Madrid, 2005, p. 296.
  4. ORTEGA VILLOSLADA, A.: La marina mercante medieval y la Casa de Mallorca: entre el Mediterráneo y el Atlántico, Pagès Editors, Lleida, 2015, p. 193.
  5. La liburna sería un barco de guerra ligero, veloz y maniobrable, ideal para persecuciones o comunicaciones rápidas. El dromon (corredor) también estaba diseñado para ser rápido, por lo que contaría con unos cien remos. Vid. CASSON, L.: The Ancient Mariners. Seafarers and Sea Fighters of the Mediterranean in Ancient Times, Macmillan, Nueva York, 1959, pp. 213 y 243.
  6. A finales del siglo XVI, el aumento de peso de las galeras causó que se pasara a usar grandes remos operados por varios remeros. Vid. SAMPER, M.: A galeras a remar, Guardarramistas Editorial, Madrid, 2016, p. 11.
  7. ORSI LÁZARO, M.: “Tipologías y tácticas navales”, Desperta Ferro Antigua y Medieval, 22, 2014, pp. 40-41.
  8. ORTEGA VILLOSLADA, A.: La marina mercante…, op. cit., p. 194.
  9. ORSI LÁZARO, M.: “Tipologías y tácticas…”, op. cit., p. 41.
  10. CAPMANY Y MONPALAU, A.: Memorias históricas sobre la marina, comercio y artes de la antigua ciudad de Barcelona, Vol. I, Cámara oficial de comercio y navegación de Barcelona, 1961, pp. 636-637.
  11. En el caso de la galera que montaba Alfonso V de Aragón en 1420, se hizo especial hincapié en el uso de los colores blanco y rojo, que también debían ser vestidos por los tripulantes. Vid. BOFARULL Y SANS, F.: Antigua marina catalana, Memorias de la Real Academia de buenas letras de Barcelona, Vol. 7, 1901, p. 93.
  12. GARCÍA DE CASTRO, F.J.: La marina de guerra de Castilla en la Edad Media (1248-1474), Universidad de Valladolid, 2014, pp. 88-89.
  13. REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA: Las siete Partidas del rey Don Alfonso el Sabio, Tomo II, Título XXIV, Ley VIII, Imprenta Real, Madrid, 1807. A partir de ahora, y para mayor comodidad del lector, reflejaremos únicamente los Tomos, Títulos y Leyes a los que nos referimos.
  14. Dada la obvia necesidad de concisión, aquí solo hemos descrito los tipos más característicos de embarcaciones medievales. Sin embargo, dentro de la clasificación que hemos establecido, se pueden enmarcar otros muchos tipos de barcos. Para una relación más detallada al respecto vid. ORTEGA VILLOSLADA, A.: La marina mercante…, op. cit., pp. 240-313, y BORDEJÉ MORENCOS, F.: “La Edad Media… (Primera parte)”, op. cit., pp. 88-92.
  15. IGUAL LUIS, D.: “Las galeras mercantiles venecianas y el puerto de Valencia (1391-1534)”, Anuario de estudios medievales, 24, 1994, pp. 180-181.
  16. ORSI LÁZARO, M.: “Tipologías y tácticas…”, op. cit., pp. 42-43.
  17. GARCÍA DE CASTRO, F.J.: La marina de guerra…, op. cit., p. 92.
  18. Partidas II, Título XXIV, Leyes III-VI. Aunque los galeotes o remeros no son mencionados específicamente en estas Leyes, fueron tripulantes de gran importancia, ya que constituían la fuerza motriz que impulsaba las galeras. Debido a su relación con algunos elementos materiales encontrados en los documentos que hemos investigado, su situación durante la Edad Media será abordada en el capítulo cinco de este trabajo.
  19. BORDEJÉ MORENCOS, F.: “La Edad Media. Los años obscuros del poder naval (Segunda Parte)”, Revista de Historia Naval, 41, 1993, p. 108.
  20. Un buen ejemplo de la difusión de esta idea nos lo ofrece FERNÁNDEZ DURO, C.: La marina de Castilla, El Progreso Editorial, Madrid, 1894, p. 22: “Lo que no cabe dudar es que al arzobispo Gelmírez corresponde el título glorioso de fundador de la marina castellana en el siglo XII”.
  21. FLOREZ, H. (Ed.): Historia Compostelana, España Sagrada, Madrid, 1765, pp. 424-425.
  22. GARCÍA DE CASTRO, F.J.: La marina de guerra…, op. cit., pp. 19-20.
  23. Ibidem, pp. 20-21.
  24. BELLO LEÓN, J. y MARTÍN PERERA, A.: Las atarazanas de Sevilla a finales de la Edad Media, Editum. Ediciones de la Universidad de Murcia, 2013, p. 16.
  25. FLORES DÍAZ, M.: “Fases del poder naval en la Edad Media hispana”, Revista de Historia Naval, 77, 2002, p. 15.
  26. Como ejemplo de este desarrollo comercial, nos encontramos con la prosperidad de Burgos a partir del siglo XIII, que dependió en parte de su relación con las villas marineras del Cantábrico. Vid. CEREZO MARTÍNEZ, R.: “Castilla, potencia marítima”, Revista de Historia Naval, 8, 1985, p.6.
  27. GARCÍA DE CASTRO, F.J.: La marina de guerra…, op. cit., pp. 22-24.
  28. FLORES DÍAZ, M.: “Fases del poder…”, op. cit., p. 17.
  29. GARCÍA DE CASTRO, F.J.: La marina de guerra…, op. cit., pp. 25-27.
  30. Sobre las consideraciones ideológicas y estratégicas de este episodio, vid. RODRÍGUEZ GARCÍA, J.: “La marina alfonsí al asalto de África, 1240-1280. Consideraciones estratégicas e historia”, Revista de Historia Naval, 85, 2004, pp. 1-4.
  31. GARCÍA DE CASTRO, F.J.: La marina de guerra…, op. cit., pp. 69-70.
  32. Ibidem, p. 36.
  33. BELLO LEÓN, J. y MARTÍN PERERA, A.: Las atarazanas de Sevilla…, op. cit., pp. 16-21.
  34. En unas declaraciones de 1516, el cómitre Juan de Sevilla afirmaba que todavía en tiempos de Enrique IV las atarazanas seguían en funcionamiento: Y que este testigo se acuerda desde en vida del rey don Enrrique, que no se acuerda quantos annos puede aver, que vio en las dichas ataraçanas vyente y quatro e vyente y cinco galeras. Vid. Ibid., p. 49.
  35. Ibidem, p. 27.
  36. CASADO SOTO, J.: “Santander, el caso de una villa de desarrollo urbano bajomedieval paralizado en el siglo XVI”, En la España medieval, 6, 1985, p. 654.
  37. La relación entre ambas designaciones viene dada por la identificación de María con el símbolo de la estrella por parte de Alfonso X. Vid. TORRES FONTES, J.: “La Orden de Santa María de España y el monasterio de Santa María la Real de Murcia”, Alcanate, 2, 2000-2001, p. 88.
  38. Ibidem, p. 87-91.
  39. RODRÍGUEZ GARCÍA, J.: “La marina alfonsí…”, op. cit., p. 25.
  40. GARCÍA DE CASTRO, F.J.: La marina de guerra…, op. cit., p. 135.
  41. RODRÍGUEZ GARCÍA, J.: “La marina alfonsí…”, op. cit., pp. 30-31.
  42. FLORES DÍAZ, M.: “Fases del poder…”, op. cit., p. 21.
  43. Para una descripción pormenorizada de las acciones navales castellanas durante el resto de la Edad Media, vid. GARCÍA DE CASTRO, F.J.: La marina de guerra…, op. cit., pp. 132-197.
  44. FLORES DÍAZ, M.: “Fases del poder…”, op. cit., p. 16.
  45. BORDEJÉ MORENCOS, F.: “La Edad Media. Los años obscuros del poder naval (Tercera Parte)”, Revista de Historia Naval, 42, 1993, pp. 94-95.
  46. La conquista de Mallorca está relacionada con esa importancia dada por los catalanes al ámbito naval, ya que su desencadenante fue la captura de dos barcos aragoneses en 1227 por parte de los musulmanes. Finalmente, la isla caería en 1229. Sobre la incorporación de Mallorca y Valencia a la Corona de Aragón, vid. MARTÍNEZ RUIZ, E.: “Formación y geopolítica peninsular de la Corona de Aragón”, en La Marina de la Corona de Aragón, Instituto de Historia y Cultura naval, Madrid, 2015, pp. 28-29.
  47. Hasta 1298, las escuadras aragonesas, formadas por un número de entre dieciséis y setenta barcos, se enfrentaron a las fuerzas angevinas en una docena de ocasiones. Vid. FERNÁNDEZ GONZÁLEZ, F.: “La construcción naval en la corona de Aragón”, en La Marina de la Corona de Aragón, Instituto de Historia y Cultura naval, Madrid, 2015, p. 46. Para una descripción más detallada de estas batallas, vid. CAPMANY Y MONPALAU, A.: Memorias históricas…, op. cit., pp. 140-149.
  48. RODRÍGUEZ-PICAVEA, E.: “La expansión mediterránea de la Corona de Aragón”, Desperta Ferro Antigua y Medieval, 22, 2014, p. 7.
  49. CAPMANY Y MONPALAU, A.: Memorias históricas…, op. cit., p. 38.
  50. RODRÍGUEZ-PICAVEA, E.: “La expansión mediterránea…”, op. cit., p. 7.
  51. Sobre este episodio, vid. BOLEA, C.: “Almogávares en Bizancio. Súbditos de Aragón, vasallos de nadie”, Desperta Ferro Antigua y Medieval, 22, 2014, pp. 44-52.
  52. No obstante, Sicilia permaneció en la órbita de influencia aragonesa hasta su definitiva incorporación a la Corona en 1409. Vid. RODRÍGUEZ-PICAVEA, E.: “La expansión mediterránea…”, op. cit., p. 9.
  53. ORSI LÁZARO, M.: “Cerdeña y la Corona de Aragón”, Desperta Ferro Antigua y Medieval, 22, 2014, pp. 15-18.
  54. Esta última también quedaría incorporada a la Corona de Aragón en 1443. Vid. FERNÁNDEZ GONZÁLEZ, F.: “La construcción naval…”, op. cit., p. 42.
  55. CAPMANY Y MONPALAU, A.: Memorias históricas…, op. cit., p. 45.
  56. FERNÁNDEZ GONZÁLEZ, F.: “La construcción naval…”, op. cit., p. 58.
  57. CAPMANY Y MONPALAU, A.: Memorias históricas…, op. cit., pp. 46-47.
  58. FERNÁNDEZ GONZÁLEZ, F.: “La construcción naval…”, op. cit., p. 58.
  59. CAPMANY Y MONPALAU, A.: Memorias históricas…, op. cit., pp. 70-72.
  60. Ibidem, pp. 69-70.
  61. IGUAL LUIS, D.: “Valencia y Sevilla en el sistema económico genovés de finales del siglo XV”, Revista d’Història Medieval, 3, 1992, pp. 84-85.
  62. FERNÁNDEZ GONZÁLEZ, F.: “La construcción naval…”, op. cit., p. 58.
  63. SASTRE MOLL, J.: “El puerto de la ciutat de Mallorca durante el reinado de Sancho y la regencia de Felipe de Mallorca (1311-1330)”, Miscel.lània de Textos Medievals, 7, 1994, pp. 141-144.
  64. FERNÁNDEZ GONZÁLEZ, F.: “La construcción naval…”, op. cit., p. 58.
  65. GRACIA RIVAS, M.: “Las ordenanzas y tratados navales de la Corona de Aragón”, en La Marina de la Corona de Aragón, Instituto de Historia y Cultura naval, Madrid, 2015, pp. 71-74.
  66. CAPMANY Y MONPALAU, A.: Memorias históricas…, op. cit., p. 24.
  67. Hemos de destacar aquí la gran diferencia cuantitativa existente entre la documentación castellana y aragonesa. Como se pondrá de manifiesto en las siguientes páginas, las fuentes referentes a la temática que nos ocupa son mucho más numerosas en la Corona de Aragón, por lo que en nuestra investigación solo hemos podido incluir dos textos referentes a la marina de guerra castellana. Entre ellos destacan las ya citadas Partidas, siendo estas el único documento de naturaleza jurídica que refleja el uso de armamento naval en su ámbito. Al hilo de esto, hemos de comentar que existen también unas ordenanzas navales castellanas posteriores, que fueron creadas por el almirante Fadrique Enríquez en 1430. Sin embargo, tras consultar ese documento, observamos que en ningún momento hace referencia a la cuestión armamentística, por lo que no ha resultado útil para la realización de esta investigación. Cf. FERNÁNDEZ DE NAVARRETE, M. (Coord.): Colección de los viajes y descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines del siglo XV, Imprenta Nacional, Madrid, 1858, pp. 554-564.
  68. CAPMANY Y MONPALAU, A.: Libro del Consulado del Mar, Cámara oficial de comercio y navegación de Barcelona, 1965, pp. 551-556.
  69. Ibidem, pp. 719-733.
  70. Partidas II, Título XXIV.
  71. CAPMANY Y MONPALAU, A.: Libro del Consulado…, op. cit., pp. 573-580.
  72. CAPMANY Y MONPALAU, A.: Ordenanzas de las armadas navales de la Corona de Aragón, Imprenta Real, Madrid, 1787, pp. 1-27.
  73. AA.VV.: “L’inventari de Jaume Cabanes, drassaner (1413-1414): una font per a l’estudi del lèxic naval a la València de començaments del segle XV”, Miscel.lània Joan Fuster, 8, 1994, pp. 139-188.
  74. CAPMANY Y MONPALAU, A.: Ordenanzas de las armadas… (Apéndice), op. cit., pp. 4-24.
  75. SOLORZANO TELECHEA, J.: Colección Diplomática del Archivo Municipal de Santander (1295-1504), Fundación Marcelino Botín, Santander, 1995, pp. 185-191.
  76. GARCÍA DE CASTRO, F.J.: La marina de guerra…, op. cit., p. 202.
  77. CAPMANY Y MONPALAU, A.: Ordenanzas de las armadas… (Apéndice), op. cit., pp. 28-31.
  78. CAÑETE BROSETA, E.: “La drassana del grau de València a principis del segle XVI”, Butlletí de l’Associació Arqueológica de Castelló, 13, 1993, pp. 51-57.
  79. Quedarán al margen algunas tipologías por su escasa relevancia o porque su explicación se encuentra inserta en la de otros armamentos.
  80. Para facilitar la lectura de esta parte del trabajo, siempre que hagamos referencia a uno de los documentos analizados, se aludirá al número que le adjudicamos en el anterior capítulo.
  81. LILLO CARPIO, P.: “Notas sobre la ballesta y el cuadrillo en la Baja Edad Media”, Homenaje al profesor Juan Torres Fontes, Universidad de Murcia y Academia Alfonso X el Sabio, Murcia, 1987, pp. 874-876.
  82. GILLINGHAM, J.: “Una era de expansión c. 1020-1204”, en KEEN, M. (ed.): Historia de la guerra en la Edad Media, A. Machado Libros, Madrid, 2005, p. 102.
  83. LAFUENTE GÓMEZ, M.: “Categorías de combatientes y su armamento en el Aragón bajomedieval: la Guerra de los Dos Pedros (1356-1366)”, Gladius, 33, 2013, p. 142.
  84. Ibidem, p. 150.
  85. DÍEZ DE GAMES, G.: El Victorial, Cátedra, Madrid, 1993, p. 309.
  86. LAFUENTE GÓMEZ, M.: “Categorías de combatientes…”, op. cit., p. 140.
  87. Para entender la necesidad constante de practicar con el arco para adquirir su dominio, nos haremos eco de la orden de 1363 promulgada por Eduardo III de Inglaterra, en la que se establecía que todos los hombres del reino tenían que dedicarse al uso de esta arma en su tiempo libre: Quod quilibet ejusdem comitatús, in corpore potens, diebus festivis, cum vacaverit, arcubus et sagittis, vel pilettis aut boltis, in jocis suis, utatur, artemque sagittandi discat et excerceat. Vid. RYMER, T.: Foedera, conventiones, litterae, et cujuscunque generis acta publica, inter reges Angliae, Vol. 3, Parte 2, Londres, 1830, p. 704.
  88. DEVRIES, K.: “El arco largo inglés frente a la ballesta genovesa”, Desperta Ferro Antigua y Medieval, 32, 2015, p. 21.
  89. RUNYAN, T.: “La guerra en el mar (1337-1348)”, Desperta Ferro Antigua y Medieval, 32, 2015, pp. 46-48.
  90. LANZ, K. (Ed.): Chronik des Edlen en Ramon Muntaner, Gedruckt auf Kosten des literarischen Vereins, Stuttgart, 1844, p. 244.
  91. Partidas II, Título XXIV, Ley IX.
  92. ALMIRANTE, J.: Diccionario militar etimológico, histórico, tecnológico, Imprenta y Litografía del Depósito de la Guerra, Madrid, 1869, p. 985.
  93. Ibidem, p. 934.
  94. LAFUENTE GÓMEZ, M.: “Categorías de combatientes…”, op. cit., p. 148.
  95. SÁIZ SERRANO, J.: Caballeros del rey. Nobleza y guerra en el reinado de Alfonso el Magnánimo, Universitat de València, 2008, p. 218.
  96. CAPMANY Y MONPALAU, A.: Ordenanzas de las armadas… (Apéndice), op. cit., pp. 17-22.
  97. SÁIZ SERRANO, J.: Caballeros del rey…, op. cit., p. 159.
  98. ALMIRANTE, J.: Diccionario militar…, op. cit., p. 534.
  99. Partidas II, Título XXIV, Ley IX.
  100. CERVANTES SAAVEDRA, M.: El ingenioso hidalgo Don Qvixote de la Mancha, Juan de la Cuesta, Madrid, 1605, p. 228.
  101. ORSI LÁZARO, M.: “Tipologías y tácticas…”, op. cit. p. 43.
  102. RUNYAN, T.: “La guerra en el mar…”, op. cit., p. 50.
  103. ALMIRANTE, J.: Diccionario militar…, op. cit., p. 323.
  104. Par ma foi, dit le duc à Laurentien, de toutes les armes que les Castelloings et ceux de votre pays font et savent faire, celle de jeter la darde me plait le mieux, et le vois le plus volontiers. Car trop bien me plait et trop bien en savent jouer; et qui en est atteint à coup, je vous dis que il faut que trop fort il soit armé si il n’est per é tout outre. Vid. BUCHON, J.A.C.: Les chroniques de Sire Jean Froissart, Société du Panthéon Littéraire, París, 1840, p. 473.
  105. ALMIRANTE, J.: Diccionario militar…, op. cit., p. 744.
  106. RUNYAN, T.: “La guerra en el mar…”, op. cit., p. 48.
  107. Et porque era muy cerca de la ciubdat, los Christianos sofrieron […], rescibiendo muchas saetadas […], et otrosí muchas pellas de fierro que les lanzaban con truenos, de que los omes avian muy grand espanto, ca en cualquier miembro del ome que diese, levabalo cercen, como si ge lo cortasen con cochiello: et quanto quiera poco que ome fuese ferido della, luego era muerto, et non avia cerurgia nenguna que le podiese aprovechar. Vid. CERDÁ Y RICO, F (Ed.).: Crónica de D. Alfonso el onceno, Antonio de Sancha, Madrid, 1787, p. 536.
  108. GARCÍA DE CASTRO, F.J.: La marina de guerra…, op. cit., p. 91.
  109. DÍEZ DE GAMES, G.: El Victorial…, op. cit., p. 332.
  110. ALMIRANTE, J.: Diccionario militar…, op. cit., p. 77.
  111. SICKING, L.: “Naval warfare in Europe, c. 1330- c. 1680”, en TALLET, F. y TRIM, D. (Eds.): European Warfare, 1350-170, University of Chicago, 2010, p. 241.
  112. MELERO, M.: “La evolución y empleo del armamento a bordo de los buques entre los siglos XIV al XIX”, Militaria. Revista de Cultura Militar, 5, 1993, p. 46.
  113. ALMIRANTE, J.: Diccionario militar…, op. cit., p. 885.
  114. MELERO, M.: “La evolución y empleo…”, op. cit., p. 47.
  115. REAL ACADEMIA ESPAÑOLA: Diccionario de la lengua española, en http://dle.rae.es.
  116. ALMIRANTE, J.: Diccionario militar…, op. cit., p. 428.
  117. PÉREZ DE GUZMÁN, F.: Crónica del señor rey Don Juan, segundo de este nombre en Castilla y en León, Imprenta de Benito Monfort, Valencia, 1779, p. 559.
  118. ALMIRANTE, J.: Diccionario militar…, op. cit., p. 57.
  119. SAMPER, M.: A galeras…, op. cit., p. 71.
  120. BORDEJÉ MORENCOS, F.: “La Edad Media… (Primera parte)”, op. cit., p. 85.
  121. DEVRIES, K.: “El arco largo…”, op. cit., p. 26.
  122. Ibidem, p. 22.
  123. DÍEZ DE GAMES, G.: El Victorial…, op. cit., p. 333.
  124. ALMIRANTE, J.: Diccionario militar…, op. cit., p. 981.
  125. LAFUENTE GÓMEZ, M.: “Categorías de combatientes…”, op. cit., p. 148-149.
  126. ALMIRANTE, J.: Diccionario militar…, op. cit., p. 220.
  127. DE GAYANGOS, P. (Ed.): Abenturas del Caballero Andante Amadis de Gaula, Tomo 1, Biblioteca de Autores Españoles, Madrid, 1857, p. 135.
  128. LAFUENTE GÓMEZ, M.: “Categorías de combatientes…”, op. cit., p. 147.
  129. SÁIZ SERRANO, J.: Caballeros del rey…, op. cit., p. 202.
  130. GARCÍA DE CASTRO, F.J.: La marina de guerra…, op. cit., p. 90.
  131. REAL ACADEMIA ESPAÑOLA: Diccionario de la lengua…, op. cit.
  132. ALMIRANTE, J.: Diccionario militar…, op. cit., p. 296.
  133. LAFUENTE GÓMEZ, M.: “Categorías de combatientes…”, op. cit., p. 149.
  134. Ibidem.
  135. A pesar de ello, la imagen del galeote esclavo en la Edad Media aparece en una ocasión en la bibliografía consultada. Dada la carencia de referencias en el texto concreto, no sabemos en qué se basa para realizar esa afirmación, y pensamos que probablemente se trate de un error que, como vemos, está muy extendido. Cf. BORDEJÉ MORENCOS, F.: “La Edad Media… (Primera parte)”, op. cit., pp. 88 y 91.
  136. ORTEGA VILLOSLADA, A.: La marina mercante…, op. cit., p. 235.
  137. DÍEZ DE GAMES, G.: El Victorial…, op. cit., p. 327.
  138. SAMPER, M.: A galeras…, op. cit., pp. 19-20.
  139. Almófar o capacete. Vid. UNIVERSIDAD DE MURCIA: Vocabulario de Comercio Medieval, en http://www.um.es/lexico-comercio-medieval/.
  140. Puede referirse al término italiano róncola, que es un instrumento curvado usado para podar ramas. Vid. Dizionario Italiano Olivetti, en http://www.dizionario-italiano.it/. Por su morfología, se podría tratar de un objeto usado para cortar cabos o atacar al enemigo.
  141. “Variedad de arma ofensiva, enastada en la Edad Media”. Vid. ALMIRANTE, J.: Diccionario militar…, op. cit., p. 981.
  142. “Alier: individuo destinado al lado de cada proel en las galeras para defender los abordajes”. Vid. Diccionario Marítimo Español, Imprenta Real, Madrid, 1831, p. 23.
  143. “Individuo destinado en las galeras al cuidado de las anclas y faenas del puerto”. Vid. Ibid., p. 199.
  144. Gorguera. Vid. ALMIRANTE, J.: Diccionario militar…, op. cit., p. 560.
  145. Del catalán carranquí. Es una pieza del engranaje para armar ballestas. Vid. ALCOVER, A.M. y MOLL, F.B.: Diccionari català-valencià-balear, en http://dcvb.iecat.net/.
  146. “Rajasola: Es una variedad de arma ofensiva enastada, en la Edad Media”. Vid. ALMIRANTE, J.: Diccionario militar…, op. cit., p. 938.
  147. Dada la naturaleza etimológica de esta palabra y a que se encuentra siempre agrupada con escudos, probablemente se trate de algún tipo de defensa de ese tipo.
  148. Lasaynas (sic). Me ha sido imposible encontrar el significado de esta palabra, aunque puede tratarse de una castellanización incorrecta del catalán les eynes o les aynes, es decir, los utensilios o herramientas. Ha sido incluida en este apéndice debido a que es muy posible que haga referencia a algún tipo de armamento, ya que se encontraba enumerada entre otros tipos de pertrechos para el combate.
  149. Del latín gladium. Es una espada. Vid. UNIVERSIDAD DE MURCIA: Vocabulario…, op. cit.
  150. Del catalán cervellera. Es un capacete. Vid. ALCOVER A.M. y MOLL, F.B.: Diccionari…, op. cit.

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