Claves para entender lo que pasó en la Batalla de Trafalgar

Aprestos para la sublevación en Vizcaya

ACCIÓN:

Con motivo de las sublevaciones acontecidas en Vizcaya, en el verano de 1804, por Real Orden fechada a 22 de agosto del mismo año, se previene al Capitán General del Ferrol, don Félix de Tejada “se habilitasen en Ferrol los navíos, fragatas, urcas, corbetas o bergantines que fuesen necesarios para el transporte de la tropa que debía de salir de La Coruña, a las órdenes del Capitán General del reino de Galicia, don Francisco Taranco”.
Ambos mandos, en consenso, deciden dar salida del arsenal a los navíos “Neptuno”, “Montañés” y “San Agustín”, además de a las fragatas llamadas “Prueba” y “Venganza”, acompañadas de la corbeta “Urquijo” y el bergantín “Esperanza”. El contingente debería tripular a la mitad de sus respectivas dotaciones, a las que habrían de sumarse tres mil números del Ejército, con acopio de víveres para tres meses.
Pero según misiva de Tejada, datada a 14 de septiembre, los preparativos navales ocasionados a raíz de los levantamientos vascos, encendieron los recelos de la flota británica al mando del Almirante Cochrane, que bloqueaba el puerto gallego a la sazón, vigilando los movimientos de la escuadra franco-holandesa al mando del Contralmirante Gourdon. Ésta, se había visto abocada a buscar refugio en la rada ferrolana, ante el acoso de la flota británica, permaneciendo allí bloqueada, cómo era imperativo de la Royal Navy para todas las fuerzas navales imperiales en aquellos tiempos de agitación bélica. España, por su parte, guardaba una dudosa posición de “neutralidad”, si bien existían sangrantes gravámenes que la poderosa y floreciente primero República, y luego Imperio, extraía en concepto de “seguro” de las depauperadas arcas reales. Además de mantener algunos consensos y prebendas, ocultos políticamente a la observancia de la desconfianza anglosajona.
La cuestión se centró en que, hechos los preparativos para dar la vela por parte de la escuadra de castigo española, los navíos franceses “Héroe” y “Argonauta”, junto con la fragata “Guerrero”, montaron a su vez los linos sobre las perchas, dispuestos a aprovechar la salida de los bajeles de la Real Armada.

REACCIÓN:

El Contralmirante Cochrane, atento a cualquier movimiento surgido en puerto, envía oficio a día 14 de septiembre, dirigido al Capitán General del Departamento, don Félix de Tejada, exponiendo sus reparos a la partida de los buques españoles; pues serviría de excusa para que la escuadra del enemigo Gourdon se escabullera de sus posiciones. Ante todo lo cual, mostraba su decisión enérgica de atacar a dicha escuadra, en el caso de abandonar puerto diluida entre la hispana. Tras una sucesión de correspondencia mutua, en la que Tejada intentaba convencer al oficial británico de la nula disponibilidad de los navíos franceses a levar anclas; y en la que Cochrane se reafirmaba en su opinión de abrir fuego a discreción, llegado el caso; la Casa Real llegó a interpretar el lance cómo una bravuconada propia y exclusiva del Contralmirante inglés, que no correspondía con la situación real de status diplomático y político que se mantenía con Gran Bretaña. Uno de los valedores de ésta opinión, fue el mismísimo Godoy que, un mes después de los acontecimientos referidos, instaba al mismo Departamento marítimo “...que se haga respetar el pabellón español, disponiéndose que salgan de esos puertos cuántos buques de guerra sean necesarios... haciendo que nuestro cañón responda en todas partes al de los ingleses si tuviesen la temeraria osadía de quebrantar los sagrados derechos de la neutralidad (...)... disimilándose o desentendiéndose de las bravatas del Contralmirante inglés Alejandro Charane (Cochrane)”.
Así pues, se puede deducir que Godoy hizo oídos sordos a las advertencias de una Inglaterra cada vez más contrariada por el sui sui estado de neutralidad que España mantenía respecto a sus enemigos. En realidad, sin tener muy claro la intencionalidad o no de la medida, culpó al ego de Cochrane de la situación de compromiso en la que se vió envuelta la Armada, obviando que ésta venía directamente avalada por los lores de Londres. Pero, repito, el Príncipe de la Paz no me parecía tan necio cómo para, en su fuero interno, pasar por alto éstas cuestiones. Su actitud tan soberbiamente cínica, se me antoja más forzada que natural. Entre otras cosas, porque a día de 11 de septiembre, la diatriba se hallaba solucionada desde el mismo momento en que se elaboró una R.O. en la cual se expresaba el cambio de planes respecto al movimiento de tropas hacia las vascongadas: habrían de efectuarse por tierra. Al parecer, se tensó un poquito más la cuerda respecto a las relaciones hispano-británicas, a sabiendas de que el motivo de la disputa se hallaba ya subsanado. ¿Preparando el camino...?.

Cuatro contra cuatro

ACCIÓN:

A la amanecida del día 5 de octubre del año de desgracia de 1804, cuatro fragatas propiedad de la Real Armada (“Medea” de 42 cañones e Insignia del Jefe de Escuadra don José de Bustamante y Guerra; “Clara”, “Mercedes” y “Fama”, todas de 34 piezas), oriundas del puerto de Montevideo, y repletas de los caudales recogidos en los virreinatos de Perú y Buenos Aires, divisaban las estribaciones de la sierra de Monchique, cómo preámbulo de su arribada a la Península. Ceñían viento suave del N-NO, y se hallaban cerca de cumplir los dos meses de navegación a través del Atlántico, desde su partida de la costa uruguaya (7 de agosto de 1804). Al mando del cuarteto naval se mantenía el Jefe de Escuadra don José de Bustamante, con insignia izada en la “Medea”, y entre los embarcados en la comitiva figuraban un respetable número de civiles (varios niños entre ellos), pues la precaria paz medrada a raíz del tratado de Amiens, “amparaba” el traslado de población civil a bordo de buques de guerra. Al menos, ajustando estas disposiciones a la lógica, o de mayor grado, a la vigencia de unas firmas de pulso titubeante, que se diluían en papel mojado mes tras mes, pero que ni por un lado ni por el otro (ciñéndonos a España e Inglaterra) se arrojaron movimientos diplomáticos predispuestos a romper la baraja.

Próximas a su destino, la escuadra divisó al alba del 30 de septiembre sendos bergantines en el horizonte, forzandose la vela hasta llegarse a su través y efectuarse un disparo de sobreaviso(...), resultado del cual los bergantines acortaron la vela y pusieron bote con capitán en la mar. Éste, corroboró las noticias de paz del Pabellón Británico que defendía con el Rojo y Gualda; trasladando las nuevas referidas por un bergantín español con el que cruzaron bordas, y en las cuales se aseguraba que en las cercanías de Cádiz permanecía apostada una escuadra de la Royal Navy, recelosa de la presencia de dos navíos y una fragata galas ancladas en él.

A la caída de la tarde del 4 de octubre, se avistó un brick de bandera danesa, proveniente del Estrecho, al que se instó a frenar su marcha (desde el día 2 de octubre, y quizás en relación a la información del bloqueo parcial británico sobre los elementos imperiales surtos en Cádiz, se generalizó al orden entre la escuadra hispana de revisar cualesquiera embarcaciones de fuerza menor que se hallaran en la derrota). Las noticias aportadas por la embarcación danesa apenas diferían de las ya expuestas por la pareja de bergantines inquiridos (aunque éstos explicitaban que el contingente de inmovilización inglés se resumía en dos o tres fragatas), teniéndose a bien continuar el viaje sin mayores disposiciones de prevención o alerta que las empleadas hasta la fecha.

Hasta que en la madrugada del día 5, a eso de las 7 horas, cuatro bajeles marcaron su silueta dónde el mar moría por barlovento, con las proas enfiladas hacia las posiciones ocupadas por la comitiva de Bustamante. Al cabo de una hora, y tras verificar la maniobra de amenaza por parte de la flotilla avistada, se exhortó a disponerse en zafarrancho de combate, formándose una línea de batalla encabezada por la “Fama”, tras la cual se dispusieron en el orden siguiente: “Medea”, “Mercedes” y “Clara”. A las 8:30 h, y ya identificadas como británicas las fragatas que dieron la vela sobre las hispanas, “se colocaron cada una por el costado de barlovento de una nuestra, a tiro de pistola” (según oficio del entonces Alférez de Fragata, José María Chacón, embarcado en la “Fama”). Expresándose en portugués, el comandante de la fragata británica “Medusa”, apremió a la española a ponerse en facha. Por tres veces repitió el HMS el imperativo, respondido en todas ellas por la negativa del Capitán de Navío Miguel Zapiaín, con potestad sobre la “Fama”, a acatar cualquier orden que no manara de las propias al Jefe de Escuadra adscrito a su Pabellón, que navegaba a popa del bajel. Tronó el ánima de un “18 libras” fijado a la cubierta de la “Medusa” (Insignia del Comodoro Graham Moore), poniendo mal punto la “Medea” en facha su gavia, imitada en cadena por el resto de fragatas de la Real Armada.

Lanzado el protocolario bote desde la Insignia británica, vino su oficial, el teniente Ascott, a la cubierta de la “Medusa”, a explicarse en éstos términos: “...aunque no estaba declarada la guerra, y habían reconocido y dejar pasar libres varias embarcaciones españolas, tenía orden particular el Comodoro de S.M.R. para detener la división de mi mando (relato del Jefe de Escuadra) y conducirla a los puertos de la Gran Bretaña, aún cuándo para ello hubiere de emplear las superiores (...) fuerzas con que se hallaba”. Reunida la oficialidad en torno al comandante de la escuadra, por discernir los resultados de la conminación británica, se tomó el asunto desde una perspectiva de amenaza más política que militar (no es la primera vez que así se consideraba el asunto, tomando cómo ejemplo las tensiones producidas en El Ferrol durante el episodio de la insurrección vizcaína y la escuadra de bloqueo pro-francés de Cochrane). El status-quo imperante en aquellas fechas (obviando la sucesión de tensiones entre Madrid y Londres) predicaba un estado de neutralidad por parte de España (muy mal disimulada), sin una declaración de guerra previa con la que amparar el proceder de la división del Comodoro Moore (de apropiado apellido para la raposa actitud, según traducción a la lengua de Cervantes). Así quisieron hacérselo ver al oficial inglés, el cual agitó su pañuelo para que fuera bien visible a ojos de sus compatriotas desde el alcázar de la “Medea”, tras todo lo cual dejó patente su intención de regresar con presteza a tomar fé de la reunión y el dictamen que quisiera trasladar al asunto el consejo de guerra citado a la ocasión. Más, en cuanto hubo puesto sus pies sobre las tablazones de la “medusa”, rompió el fuego la batería de estribor de ésta fragata, animándose en la acción las tres restantes de su Bandera. Eran las nueve de la mañana, y las dotaciones de guerra empleadas en la cuadrilla de fragatas españolas, se apremiaban por dar cumplido servicio a su artillería, y responder así a la metralla, hasta ese mismo instante “neutral”.

Voladura de la fragata Mercedes

El combate fue tan breve como demoledor. A las pocas avancargas, la fragata española de nombre “Mercedes” (con un importante contingente civil entre sus cubiertas), esparcía literalmente sus maderas por unas cuantas yardas alrededor. No he encontrado la cita, pero me permito suponer que el fuego alcanzó su “santabárbara”, estallando en apoteósica deflagración ante el estupor y la confusión propia de la batalla en la que, cómo tantas otras, apenas se discernía el color de los pabellones y el humo de las bocachas propias y extrañas empañaba el entorno. Ni los alaridos sujetos al dolor, proferidos en la internacional lengua del lamento, podían imputarse a uno u otro bando. Sólo los juramentos y maldiciones decantaban a los protagonistas de tan fúnebre acto. Entre varios de los testimonios concurrentes, se puede citar la gravosa situación que vivió la “Fama”, al situársele por la aleta de babor la “Medusa” de Moore (hay que ver que frenética actividad la suya...), con 48 piezas de 18 y alguna carronada a bordo, soltándole un fuego que inutilizó el propio, pues por sus portas penetraron no sólo los tacos, sino la inflamación misma de la pólvora producida por los cañones enemigos. La HMS “Amphion”, en una de sus primeras andanadas, dispersó por el Océano los restos del buque de guerra español “Mercedes” (por los efectos de la deflagración resultaron magullados dos de los tres partes de baja suministrados por la fragata agresora), lanzándose inmediatamente después en auxilio de la homónima que se batía con la “Medea”, colocando a ésta entre dos fuegos “de dos fragatas más poderosas de artillería de á 18 y 24, con carronadas de á 32 y 42 servidas con llaves y con una marinería escogida e inteligente, cuando, por el contrario, la española, la mayor parte de leva, "grandemente abatida, y llena de consternación por el reciente fracaso de la “Mercedes”, cuyos despojos tenía a la vista...” (según relato del propio Bustamante). Empeñados en la refriega, y desde la misma “Fama”, el AF Chacón continúa refiriendo las dudas mantenidas a bordo sobre la afinidad de la fragata volada, debido a la tupida humareda provocada por las baterías que asolaban su popa. A las 10:30 horas comprobaron con decepción la entrega de sable de la “Medea”, a la que siguió la “Clara” un cuarto de hora más tarde. Confiando entonces su suerte al buen andar del buque, intentó defenderse de la presa británica. Infausta tarea, pues a su estela largó todo su intacto aparejo la “Lively” (o “Briosa”, para las gentes de mar españolas, que en más se asemejaba a un navío que a una fragata, con sus 46 cañones de 18 libras protegiendo sus costados), que la ganó el barlovento e hizo que escorara sobre el radio de artillería de un segundo adversario, pudiendo responder al fuego de ambos hasta las 2:30 de la tarde, en caótica situación “...sin cabo alguno de labor, las gavias sobre los tamboretes, rota la caña del timón, con cinco pies de agua en la bodega, 7 balazos a flor de agua, 11 muertos, 43 heridos, el Comandante y 7 oficiales contusos...”

REACCIÓN:

El acto de piratería perpetrado por la cuadrilla de HMSs trasladó hacia los abrigos de Porstmouth la cifra de 3.855.153 pesos fuertes. En realidad, el montante embarcado desde Montevideo ascendía a 4.736.153 pesos (sin contar el valor de los efectos personales), de los cuales reclamó para sí el Océano los 871.000 cargados en las bodegas de las malograda “Mercedes”. Pero, a pesar de que con los números apresados la Inglaterra podría sufragar una módica parte de su presupuesto anual fijado a al Royal Navy; para el depauperado Erario de España no supuso todo lo que pudiera en un primer momento parecer, pues en el cómputo total de la mercancía disponía de una cantidad propia de 1.307.634 pesos (todos en plata), quedando el sobrante (3.428.519) en manos de particulares (según datos del historiador Manuel Marliani, con 1.269.669 en oro, 2.158.850 en plata, 26.925 en cueros de lobo, 4.732 en estaño, 1.735 en cobre y otras cantidades menores de lana de vicuña, tablones de madera, cajones y zurrones de ratania...). Sin dejar las cifras, asignaremos unas 15.000 libras al capitán Hamon, de la “Medusa”, sumadas a las 60 por persona adjudicadas a la tripulación y dotación embarcadas en dicha fragata. Multiplicado por cuatro. Por la Real gracia británica, pues en éstos casos en que no mediaba declaración formal de guerra, las presas pendían directa e íntegramente de la Corona. Y ésta demostró su generosidad para con los acólitos, premiando con la mitad del botín embarcado a los ejecutores de un acto de terrorismo naval.

Así también llegaron a contemplarlo incluso los partidarios de la guerra con España. El dato arrojado de la desgraciada explosión de la “Mercedes”, ayudó a reprobar las formas por parte de un amplio sector social británico, censurado el episodio desde los medios vocales e impresos “con tanta acritud cómo pudiera hacerlo la nuestra” (según señala el historiador D. Modesto Lafuente). Sin embargo, desde el ombligo político de la Gran Bretaña, las versiones y opiniones diferían un trecho de las mayormente críticas. El día 19 de octubre fue requerido el embajador de España en Londres, sr. José deAnduaga, al que se le instó a dirimir los puntos en disputa con Madrid, cómo condición final para salir de la situación de bloqueo y acoso sobre nuestra Armada o Marina que sus buques mantenían, preferencialmente sobre los portadores y centinelas de caudales. Al capítulo de las cuatro fragatas del cabo de Santa María (que no habrían de restituir ni en madera ni menos en carga a su “legítimo” poseedor), se le mostró cómo un ejemplo de la firmeza y energía que la Inglaterra estaba dispuesta a poner sobre el tablero, pero en ningún caso cómo una acción de guerra (...). Todo expresado por la figura del Ministro de Estado británico, Lord Harrowby, que recibió al embajador hispano a los dos días del suceso. Conviene señalar que, aunque “oficialmente” el Gobierno isleño lamentara el contratiempo de la fragata “Mercedes”, su acción respondía a un ultimátum que venía de largo (concretamente del 18 de febrero del mismo 1804), en el cual se mencionaba la firme intención de apresar cualesquiera navío de guerra de Pabellón español que transportase caudales, cómo medida de fuerza y respuesta al incipiente armamento de los navíos de la Real Armada que los británicos venían detectando en las Capitanías de Mar españolas.

Varios medios escritos de Londres, en consonancia con otros sectores de la fachada “cara al público” del Gobierno británico, vilipendiaron en mayor o menor medida el hecho: “...se ha considerado semejante proceder, sin declaración de guerra o algún equivalente a ella entre las naciones, como un acto de piratería. Puede convenirnos coger un millón de libras esterlinas (cínico aserto, pues fueron algunos cientos de millones los embolsados por los asaltantes, según cambio de divisa de época a “grosso modo”: 1 millón de pesos fuertes = 300 millones de libras esterlinas), pero lo conseguimos a costa del derecho de gentes, que ya en éste hecho puede considerarse como absolutamente violado”. O “...aplaudirá el populacho necio la presa de los galeones (obviamente, eran fragatas; pero el autor señala el motivo de fiesta y esperanza que suponía una declaración de guerra a España, la cual contribuía a oxigenar las arcas privadas y públicas de Gran Bretaña), sin examinar si se hizo en guerra o en paz, más los hombres sensatos se lamentarán de un proceder que compromete la buena fé de las naciones...”. O Mr. Fox, en la Cámara de los Comunes: “...me será permitido desaprobar altamente el modo con que nos hemos apoderado de las fragatas españolas...”; o Lord Carlisle, en la de los Pares: “...No sólo era necesario que fuera justo y equitativo el principio de ésta guerra, sino que hubiese empezado de un modo justo e igualmente conforme al derecho reconocido de las naciones cultas. Ha habido en el primer acto del rompimiento una circunstancia odiosa, de que no acuso a ninguno (...), pero no puedo abstenerme de comentar...”. O el duque de Clarence, abogando por la intervención de una fuerza mucho mayor en aguas del cabo de Santa María, que llegara a disuadir de oponer cualquier resistencia a las fragatas de la Real Armada; o Lord Greenville lamentándose de las 300 víctimas (incluyendo a mujeres y niños) fulminadas en tiempos de paz... Pero, cómo en tantos y tantos casos, no todo el monte es orégano, y habría que cuantificar y localizar las voces disonantes de las que Don Pelayo Alcalá Galiano ha tomado testimonio indirectamente. Porque enemigos, los tenía la Ynglaterra tantos dentro de su Gran Bretaña cómo extramuros; no fuera a ser que leyéramos siempre el mismo rotativo...

Anduaga exigió de Londres contestación respecto a la situación en las que se encuadraban las tgres fragatas apresadas, respondiéndoseles que se hallaban “en calidad de detenidas, hasta que el Gobierno español diera las explicaciones que se le habían pedido sobre armamentos, sus relaciones con Francia y futura conducta”. En éste lance, las redes de espionaje británicas, así como la actitud vigilante del Almirante Cochrane desde Ferrol, jugaron un papel primordial al poner en alerta al Almirantazgo anglosajón sobre la próxima arribada de 3 fragatas de la Armada (pues ése número estaba previsto que zarparan en principio), rebosante de unos caudales que bien podrían redireccionarse a las arcas de París.
Pues sí, señorías, España rendía pleitesía económica a la figura de Bonaparte, “comprando” su neutralidad al contado, mientras mantenía un déficit en el Tesoro, para el año en curso, de 1.189 millones de reales.

Continuando con la política de apresamientos (o “guerra de prevención”), los HMS capturaron varias embarcaciones de Rojo y Gualda en posteriores fechas, cómo la fragata “Santa Matilde” (38) a día 23 de octubre, rendida al “Donegal”(84) y la omnipresente “Medusa” (44); la “Antitrite”(42), también puesta fuera de combate por el “Donegal”; la “Santa Gertrudis” (34); la corbeta correo “Infante Don Carlos”, la “Diligencia” (20)... Las explicaciones requeridas por la embajada española en Londres fueron desoidas sistemáticamente, y los caudales retenidos de la “Clara” y “Medea”, ingresados en el Banco de Inglaterra. A Napoleón, pues, sólo le restaba dar la palmadita en la espalda a la Familia Real, al tiempo que susurraba a su oído, frunciendo el ceño en dirección al Canal de la Mancha. Y aguardar a diciembre para redactar y formalizar la oportuna declaración de guerra.

Reyes, reinas y alfiles

ALGUNAS CONSIDERACIONES:

A Gravina, representando a España, le convenía una confrontación rápida, encaminada a minimizar el efecto de “derecho de pernada” que sobre los buques de comercio ya había empezado a poner en práctica Gran Bretaña. La guerra dibujaba un horizonte realmente tormentoso si la Royal Navy era capaz (cómo venía demostrando) de darse el festín con el pillaje del pulmón económico de los Borbones, allén del Atlántico. Otro capítulo de asfixia comercial, con la flota de guerra cautiva en cualquier puerto propio o extraño, y paralizados por consiguiente los distintos envíos previstos desde Sudamérica, se convertiría en un golpe demoledor para las reales, aristocráticas y plebeyas arcas. Don Federico, en el rol de embajador español en París, con la misión de gestionar con sus aliados los movimientos propios a una formalización de la guerra, declarada a 12 de diciembre de 1804, remite sendos oficios al Ministro de Marina francés, Decrès, apremiando en la puesta a punto de los preparativos para el combate en el mar. El mismo Emperador, molesto por la insistencia de Gravina en el requerimiento, respondió por medio de su ministro a las misivas subrayando: “... parece inútil e imposible el tratar éste asunto antes de saber a punto fijo cúal es el número de navíos que podemos armar, con toda la gente, pertrecho, municiones y víveres para seis meses; en que tiempo preciso se hará éste apresto, y en qué puertos...”. La deuda de sangre de la Armada con la Armeè, comprometía a la práctica totalidad de la flota operativa que España mantenía en “nómina” (a pesar de tantos y tantos impagos). Algunos estudios tienden a infravalorar el descalabro de Trafalgar, argumentando que se aniquiló apenas una tercera parte de la flota censada por la fecha. Pero creo que supone un craso error el contabilizar navíos que no resultasen operativos. Igual que apreciar la potencia de fuego en un buque por el número de cañones, obviando el análisis sobre la cantidad y calidad de artilleros embarcados. La ingente cifra de navíos echados a pique o a la lumbre, hasta poco después de acabada la Guerra de la Independencia, certifica la defunción de muchos números que ya permanecían enfermos para las fechas que nos ocupan. Y los que no, fueron labrándose el “nicho” en el puerto de turno, a falta de tripulación o reparación. No es de extrañar pues que el Gobierno francés recelara de la capacidad de movilización y mantenimiento de las unidades funcionales de la Real Armada. Según Don Pelayo Alcalá Galiano, sería el Contralmirante Gourdon, maniatado con su escuadra en El Ferrol desde finales de 1803, el creador de los pesimistas informes entregados a París alusivos a la carencia de medios y efectivos que padecía la Marina de Guerra española.

Así, se encadenó una serie de requerimientos militares complementarios a los subsidios pagados en metálico a Francia (tasados en una cifra mensual de seis millones de reales), que fue socavando la infraestructura de la flota española (aunque no supusiera, sin duda, el único gremio esquilmado). Las continuas escapadas a puertos hispanos de las escuadrillas francas, acosadas por el sir de turno, contribuyeron a succionar para sí los menguados recursos de que aún pudieran disponer algunos de los fondeaderos peninsulares. Por otra parte, la sangría producida en el Ejército durante la nefasta campaña militar llevada a cabo en los Pirineos (que abocó a la Paz de Basilea en julio de 1795), las paupérrimas cosechas, la hambruna generalizada y la fulminante aparición de la peste amarilla sobre parte del territorio español, diezmó los recursos humanos (tratándolos en el ámbito militar) destinados al ingreso, voluntario o por fuerza, en los distintos ejércitos. Andalucía pareció sufrir de pleno los devastadores efectos de la plaga y Cádiz, por constituir su máximo exponente marítimo, se vió asolada por la enfermedad. También en otro punto de reclutamiento masivo, cómo lo fue el puerto de Cartagena, los tentáculos de la epidemia cercenaron la contratación/apropiación de personal de refuerzo que surtiera de mano de obra a los múltiples navíos en “hibernación” que habrían de movilizarse. Sólo la Capitanía de El Ferrol pareció mantener el tipo ante la desgracia, pudiéndose trasladar algunos contingentes desde Galicia a la Tacita de Plata (muchos menos de los previstos, según lamentaría Escaño en su día). También Valencia y Barcelona enviaron levas o matrículas al sur de Andalucía.

Los designios del Emperador pasaban por apropiarse fugazmente del Canal de La Mancha, proyectando sus divisiones (arrolladoras por aquél entonces) sobre suelo inglés. Las sucesivas derrotas de Francia en la mar, fueron cambiando el ingenuo concepto que Napoleón mantuvo en un principio sobre su Marina de Guerra. Era otro tipo de catecismo, muy “sui-géneris”, que escapaba a sus amplios conocimientos sobre táctica y estrategia terrestre. Tuvo que entender que el desarrollo de su plan pasaba indefectiblemente por generar una batalla naval en cualquier mar propicio para su causa. Habría de ser la más grande de las batallas. Pero su puesta de largo implicaba dos condiciones ineludibles: el apresto de todas las unidades operativas posibles, y el desbloqueo de los puertos en que se veían implicados efectivos propios o aliados.

Gravina y Decrès elaboran desde la Ciudad de la Luz el planteamiento de las acciones propias de las flotas que representaban. Sus impresiones quedaron reflejadas en la Corte de Madrid a 3 de febrero de 1805, celebrándose una reunión entre Godoy, el General Beournonville (embajador de Francia) y el propio Federico Gravina. Una vez que éste fue puesto a la cabeza de la escuadra rojigualda (dando Godoy cumplimiento a un antiguo pacto que supeditaba el tiempo de empleo en labores diplomáticas, a la proclamación cómo mando absoluto de la escuadra española, en caso de romperse hostilidades), partió al día siguiente a Cádiz, con la resolución referente a sus lugartenientes aprobada de puño y letra por el Príncipe de la Paz. Así, se disponía que los Tenientes Generales D: Ignacio María de Álava y D. Juan María Villavicencio quedaran como Segundos, y el General D. Antonio de Escaño, como Jefe de Escuadra. De cualquier modo, la aparición de Gravina por la escena de la Corte, trajo ciertas cotas de optimismo respecto a los planes iniciales concernientes al armamento de los buques de guerra. Durante su estancia en Inglaterra, había efectuado labores de "vigilancia" sobre la Royal Navy. Eran tiempos de paz, pero Gravina ya propugnaba una paridad de fuerzas navales con Gran Bretaña en caso de confrontación. Contando, eso sí, con el apresto de una cantidad de navíos disponibles sobre el papel, pero con serias dudas respecto a su puesta en navegación. A falta de “poner la mano en el fuego” respecto al reclutamiento de tripulación y acopio de víveres, Gravina aventuró que para Marzo de 1805 se podrían habilitar 31 navíos de línea (16 en Cádiz, 9 en Ferrol y 6 en Cartagena), sobre los 20 estipulados en una primera estimación.

Una vez en Cádiz, se hace acompañar de sus nuevos segundos para visitar el Arsenal de La Carraca. Distribuye responsabilidades concernientes al armamento de los efectivos a Álava, y las de aprovisionamiento a Villavicencio, sellando en una docena los navíos que habrían de servir en la mar para principios del mes de marzo. Y para cada uno de los armados, elabora el cuadro de mando, en atención a la hoja de servicio (y al criterio del “triunvirato”), quedando en mano de los escogidos la nominación relativa a los segundos de a bordo. Sin embargo, el celo con el que el General de la Escuadra se desenvolvió para hacer operativo el mayor número de quillas asignadas a Cádiz (en 12 según acuerdo entre ambas naciones), llevó a incluir al “Rayo” y “San Justo” entre los escogidos. Atribuciones que no sentaron nada bien al “presunto antagónico”, Godoy. Y así se las devolvió por carta a Gravina. Pudiera parecer un tira y afloja político-militar, o bien un evento de filias y fobias que podían dispensarse dos facciones de ideario contrapuesto... Existe cantidad de documentación intercambiada entre las figuras protagonistas, que intuye desavenencias entre dos sectores bien definidos: Godoy-Grandallana ,como la desconfianza; y Napoleón (con Decrès, Beournonville, Villenueve...)-Gravina (arrastrando a su oficialidad, y las eternas simpatías del Soberano). Mas, por lo enrevesadas y discutidas que pudieran parecer, merecen mención en otro momento.

Por una parte, la cúspide jerárquica de ésta doble pirámide conformada por los aliados, recaía en la figura del Emperador. Sin paliativos. La estirpe borbónica que representaba a la Corona española se mostraba tan sumisa como amedrentada ante los imperativos de Bonaparte. El manido Godoy (cómo en tantas y tantas ocasiones, y según Real Femenino Capricho-en muchas de ellas-) consensua las decisones con París. Carlos IV comenzó a “tragarse sapos” tras el descalabro sufrido en la Campaña de Francia contra los “guillotineros” galos, cerrada en Basilea con flagrante subyugación. Pasó de un estado de ira regia, detonado por la decapitación de su pariente Luis XVI, a otro de hipnotismo y pleitesía, cuando comprobó que los desarrapados republicanos llamaban a las puertas de Miranda de Ebro.

Por aquél entonces, el eterno enemigo formaba entre la nómina de aliados en oposición frontal a los ideales del Directorio, prietas las filas ante el temor a la expansión de los postulados revolucionarios más allá de las fronteras francesas. Se emprendieron algunas acciones conjuntas, cómo el episodio de Tolón, bravamente defendido por un corso que atendía al apellido de Bonaparte. El mismo que echó a golpe de cañón a las tropas anglo-hispanas, con Gravina en los campos de batalla. Durante aquellas jornadas, se mantuvo la impresión de Pirineos al sur, que la fuerza naval de apoyo británica, se retiró con el botín de un puñado de buques franceses arrebatados del puerto, sin ofrecer la suficiente cobertura de fuego que la evacuación del contingente español requería. Podría suponer un firme punto de inflexión sobre la opinión que Gravina pudiera tener referente a las fidelidades del Almirantazgo inglés (aunque las que se producirían después en Finisterre no le fueran a la zaga). De paso, comprobó con sus propios ojos las dotes de mando de un joven artillero nacido en Córcega, que sembró la admiración con la defensa de la plaza entre propios y extraños.

Las relaciones con Londres se fueron deteriorando, y presto acudió el fantasma de la Pérfida Albión sobre los pensamientos políticos (y populares) de los españoles. Esos truhanes, de siniestros actos, precursores de las calamidades con sus actos de barbarie... Esos petulantes casacones, que arman y tripulan a sus navíos con los caudales ajenos... El sempiterno enemigo, el de “siempre”. Aunque fuere a costa de involucrar a la dinastía Borbónica dentro del catecismo republicano, que dicho sea de paso derivaba con firmeza hacia el capricho de una figura única y omnipotente: el Emperador. Las costas de más allá del Canal de La Mancha, una vez más, representaban la colmena de donde emanaban los males que aquejaban al país. Y habría que volver a combatirlos, aunque los pactos se concretaran con los verdugos de la “Familia”. Por encima de los reparos y objeciones que pudieran insinuar las conductas de Godoy y Grandallana. Precisamente de éste, encumbrado en principio en el mando de la flota española, tiende a recelar por sistema el Gobierno de París, advertido por el Contralmirante Gourdon (el inmovilizado “chivato” francés de El Ferrol) de los reparos que disponía para el correcto avituallamiento de la escuadra tricolor surta en el puerto. Bonaparte sentenció sus aspiraciones militares, dejando constancia por escrito de su reprobación a que Grandallana tomase la jefatura de la escuadra hispana. Su candidato, recaía en la figura de Gravina: solvente, culto, enérgico y... sumiso. Por añadido, el “elegido” sintonizaba con la genealogía borbónica entronizada en España, incluso desde los tiempos de Carlos III. Era joven y, en cierto modo, recordaba el ímpetu del propio Emperador en su meteórica carrera. Aunque, por razones obvias, el mando de las fuerzas aliadas debería de recaer sobre un oficial francés. La amistad del poderoso Decrès (pues dominaba una parcela de la que Napoleón no tenía conocimientos para señorearse), puso a la cabeza de la lista de candidatos al Almirante Pierre Villenueve, con el que años antes había tenido que abandonar a vela tendida (Bonaparte) el remanso de Aboukir, junto a la flor y nata del militarismo franco.

A la conclusión de algunas que otras tensiones latentes entre los “ejes” descritos, Gravina se hace dueño de los designios de la Escuadra, desalojando a Grandallana del “Príncipe de Asturias” para embarcar su Insignia. La situación de Godoy, queda relegada a trasladar los dictámenes fraguados en Francia, en una carencia casi absoluta de decisiones al respecto. El aparato burocrático se había trazado; y del logístico se empezaban a fraguar algunas cifras aproximativas. El plan, se hacía corpóreo.

Primeros movimientos

EL NAPOLEÓN “MARINO”:

Según imperativos de Bonaparte, la escuadra francesa del Mediterráneo, anclada en Tolon, habría de dar la vela antes del 26 de Marzo de 1805, junto con el General Lauriston que era el Consejero Imperial y mando de las tropas a desplazar a las Antillas. Mientras frente a la costa inglesa esperaban las tropas francesas que habrían de pasar por el Canal de La Mancha:

  • “A fecha 3 de agosto de 1805, 163.000 hombres y más de 9.000 caballos estaban concentrados frente a la costa inglesa, mandados por los mariscales que más tarde habrían de inmortalizar sus nombres en la historia militar. Lannes, con las divisiones de Oudinot y Gazán, y una de reserva, en Vimereux y Calais como vanguardia. Davout, con las divisiones Bissón, Friant y Gudin, y una brigada de caballería, formaba la derecha, en Ambleteuse y Dunkerke.
    Soult mandaba el centro, con las divisiones Saint-Hilarie, Vandamme, Legrand y Suchet, y otra brigada de caballería, en Bolougne. Ney la izquierda, con las divisiones Dupont, Loisson y Malher, y otra brigada de caballería en París y Montreuil. Sobre Bruselas, Calais, Cambray, etc, se extendía el cuerpo de reserva al mando del Príncipe Luis, con cuatro divisiones, todas de caballería, menos una, y 22 escuadrones de dragones. Dos cuerpos más al mando de los mariscales Augereau y Marmont, de composición análoga, debían de operar sobre objetivos especiales (el de Augereau sobre Irlanda). Por último, un número enorme de cañoneras estacionadas en Calais, Dunkerke,
    Ostende y otros puntos estratégicos del litoral, estaban prestas a un embarque y transporte rapidísimo sobre las costas inglesas
    ” – Cap. Corbeta Enrique Pérez Chao

La correspondencia del mismo Napoleón deja entrever acusadas deficiencias dentro de la estructura marítima francesa. A tenor de sus palabras: “...nuestros Almirantes necesitan ánimo para no tomar fragatas por navíos, y reunión de buques mercantes por armadas...” o “...camine derechamente al fin, sin recalar a otros puertos o volver al de salida...”. Incluso, dentro del ramo artillero: “Mis escuadras no están bien artilladas. No existe en la escuadra de Tolon sino el “Neptune” con carronadas, careciendo de ellas los demás navíos y fragatas... Semejante descuido es tanto más inconcebible cuánto que un Oficial General, Ministro de Marina, debe conceder al asunto todo su interés. Las excusas son inútiles; no es con excusas cómo se ganan las batallas... La menor cosa que se puede exigir de la Administración, es que los soldados se batan con armas iguales...¿No tenemos bastante desventaja sin añadir la del armamento?...”. Poco después, 36 carronadas se enviaban al puerto de Brest, que junto con las 300 allí depositadas, habrían de teorizarse para acabar de armar la flota francesa. Pero jamás llegaron a montarse para el combate final.

Villenueve, por su parte, parte de Tolon el 30 de marzo, con una escuadra en la que figuraban los navíos “Bucentaure”(Insignia de Villenueve, de 80 cañones), “Neptune”(80), “Formidable”(Insignia de Dumanoir, con 80 cañones), “Indomptable”(80) “Plutón”(74), “Mont Blanc”(74), “Swiftsure”(74), “Berwick”(74), “Scipión”(74), “Atlas”(74) e “Intrepide”(74); las fragatas “Cornelie”, “Hortense”, “Rhin”, “Sirene”, “Hermione” y “Themis”; además de los bergantines “Pleiade” y “Furet”. 11 navíos, 6 fragatas y 2 bergantines que lograron burlar la vigilancia que Nelson mantenía sobre sus movimientos, y arribar a la costa de Murcia, mientras el británico aguardaba un ataque sobre tierras italianas o egipcias. El paso de la flota francesa por la costa oriental de Baleares, en su salida de puerto, provocó las conjeturas expuestas, por ese inicio de derrota (según informaciones de las fragatas “espía” “Phoebe” y “Active”) que le hicieron llegar a Sir Horatio.

El 7 de abril, Villenueve divisa el puerto de Cartagena. Recibe noticias de la situación en Cádiz, cuya vigilancia ya había decretado Inglaterra (26 de octubre de 1804), e insta al Almirante Salcedo a que se le una con sus buques. Éste, ante la ausencia tanto de noticias de su Mando, como de disposición material para la navegación, declina la oferta. La ciudad no encuentra ni armamento ni tripulación suficiente (aquejada de la epidemia de fiebre amarilla que asolaba una buena parte del territorio peninsular) para surtir a sus efectivos. Grandallana ya señala a Cádiz y Ferrol como las Capitanías capaces de armar la flota prevista para marzo, en oficio dirigido al Rey; pues hasta no pasar Cartagena la cuarentena preceptiva, sería imposible el habilitar los 6 navios anclados allí. Pero, por otra parte, el embajador de Francia en Madrid, messie Beournonville, en un despacho a su ministro, Decrès, asegura que Salcedo propuso a Villenueve unírsele con sus efectivos, aunque requeriría un par de días para terminar de embarcar dotaciones y pólvora. Y Villenueve tenía prisa... He aquí el comentario de Bonaparte al respecto:

  • “Decid a Beournonville (escribía a Decrès) que lo que él refiere del Almirante Villenueve acerca de que ha rehusado la unión de la escuadra de Cartagena, no tiene viso de probabilidad; es , por el contrario, el Comandante de ésta escuadra quién ha declarado que no podía hacerlo, y yo, al saberlo, no puedo disgustarme lo más mínimo, puesto que él no tenía orden de su Gobierno; pero que el Almirante Villenueve, que había de pasar el Estrecho y tenía temores, rehusase el auxilio de seis navíos, un embajador, un hombre sensato no debe hacerse eco de semejantes bobadas”.

Vaya por delante las órdenes tajantes de Bonaparte en no informar bajo ningún concepto al Embajador suyo en Madrid de cualquiera de las maniobras o resoluciones concernientes a la escuadra aliada pues, según palabras del corso “era un trompeta”, por lo que no convenía contarle lo más mínimo. La “broma” se la debió de jugar Godoy (quitándoselo de encima con cualquier ocurrencia), aunque éste tampoco disfrutaba en absoluto de las confianzas de Napoleón... Prefería el conducto del Ministro Izquierdo.
Tampoco acaba aquí el destino de la famosa escuadra de Salcedo pues, según los designios del Emperador, si Cádiz ponía en liza 8 navíos de la Armada, obligaría a Gran Bretaña a concentrar sus fuerzas en el Estrecho. Evento que aprovecharía Salcedo para poner proa a Tolon; donde la República se haría cargo de los gastos que generasen. A hotel pagado. Godoy (que pudo ser muchas cosas menos tonto), se olió el cebo, y declinó con supercherías la “amigable” oferta francesa. Y dejó que los buques se desguazaran en Cartagena, pero con la Roja y Gualda sobre sus astas. Rosilly, no correría la misma suerte... Otra anticipación de Godoy: “traerse” el teatro de operaciones a Cádiz, escamado quizás por la jugada de los messies con la escuadra de Mazarredo secuestrada en Brest unos años atrás.

Los bajeles de la Tricolor, parten esa misma tarde hacia el Estrecho, divisando su orografía para el día 9. Los franceses forman en sendas columnas y, a la cabeza, las fragatas se hacen ver desde El Peñón, recibiéndolas con salvas de alerta. Metidos un poco más en la mar, media docena de navíos de la Royal Navy (“Glory”, “Renown” “Defense”, “Polyphemus”, “Agamennon” y “Ruby”), junto a otros cinco menores, a cuyo cargo se mantenía el Almirante Orde, largaron todo el trapo que les fue posible para escapar del radio de acción francés. Digamos que dicho Almirante venía a suplir la vacante de la misma escuadra del Mediterráneo británica, a las órdenes de Nelson, que partió a buscar al enemigo entre el “Mare Nostrum”. Aún de contar con fuerzas inferiores a las llegadas, John Orde se las vió y deseó frente al Almirantazgo para justificar su retirada. El propio Nelson recriminó en más la nula labor de vigilancia sobre la escuadra arribada, que la huída de sus posiciones (compresible por motivos de cifras). En su descargo, el oficial inglés cuenta que aparecieron bruscamente “20 ó 24 buques de la escuadra de Tolon, quizá reforzada con la escuadra de Cartagena...”. El Mando inglés desconfía de los movimientos aliados, y ante la ausencia de conocimientos respecto a sus intenciones, habían decidido montar su centro neurálgico marino en Ouessant, vigilando así con su grueso de fuerzas el acceso al Canal de la Mancha. Fueron los momentos de más temor por parte de la Royal Navy. La escasez de información referente a los planes hispano-franceses, disparó las alarmas de la Isla, poniendo a sus escuadras (libres de acciones de bloqueo) en una vigilancia nutrida y permanente de sus costas. Víctor M. Concas (”Trafalgar y la Marina Española”) tiene más razón que un santo al adjudicarle una buena porción del éxito de la política naval británica para aquella época a la teoría a ultranza de extender los dominios de la Isla hasta los mismos puertos enemigos, haciendo el mar suyo.

Sir J. Orde, pone rumbo al Canal (pues esas eran las órdenes caso de avistar la escuadra enemiga), apostando por el cabo de San Vicente algunos buques menores a los mandatos del Capitán Sutton, por surtir de noticias a Ouessant, si el adversario tomaba la ruta del Norte. Donde el Almirante Gardner permanecía fondeado, y habrían de acudir tanto Calder (en El Ferrol, según se verá después) u Orde (que marchaba a toda vela, aterrorizado).

Napoleón, informado de la inutilidad de los elementos en Cartagena, ordena el apresto de las potenciales escuadras de Cádiz y Ferrol: 6 navíos y 2 fragatas para cada uno de los puertos, del 20 al 30 de marzo de 1805. Los informes (vía embajada y correo marítimo) que califican de ruinosa la situación económica en dichas Capitanías para fletar la cifra impuesta, motivan la inmediata exigencia del Emperador, conminando a Godoy a enviar “dineros” a sendos arsenales. La flota Imperial podía personarse en cualquier momento (nunca mejor dicho, a juzgar por las indecisiones y desobediencias que se sucedieron en el marco de la “logística” del plan) en aguas españolas, para ingresar los bajeles de la Real Armada en sus filas.
El plan de Napoleón pasaba por una maniobra de distracción hacia el Caribe, que debía en buena ley arrastrar a parte de la flota británica en su búsqueda. Los actores, se situaban en sus puestos.

Viaje a ultramar

TEORÍA CONTRA PRÁCTICA:

Gravina, tiene habilitados 6 navíos y una fragata en Cádiz para cuándo Villenueve hace su entrada en el puerto andaluz. El aprovisionamiento y puesta a punto de los bajeles, aún de verse socavada por la precaria situación monetaria, puede llevarse a cabo a duras penas. No sucede lo mismo en el apartado de dotaciones (de artillería) y tripulación (marinería experta). La movilización decretada a raíz de los primeros escarceos con Gran Bretaña, se tradujo en el uso de las tan traídas y llevadas levas. Pelayo Alcalá Galiano, a través de su análisis para la fecha, disiente sobre el reclutamiento de gente ociosa para el evento. Aduce que el contingente humano embarcado provino de la detención de desertores de la Armada, así cómo de los marineros de matrícula y “gentes de mar de condenas limpias” (que no tuvieren delitos capitales en su currículo delictivo).Por supuesto, cualquier voluntario que desease prestarse a la causa, sería bien recibido (aunque Nelson no comprendiera “cómo hubiera un voluntario en la Marina española por una paga de dos peniques al día, pan negro, habichuelas podridas y aceite apestoso). Por aquél entonces, se cubría la ración del marinero inglés con un chelín (30 céntimos más que la paga de un marinero español... A principios del siglo XX). Sea como fuere, existe un fuerte controversia documental en la forma en que España afrontó los embarcos de personal en sus buques: frente a la posición defendida por Alcalá Galiano, contrasta la sorpresa de Collingwood al contar (someramente) 50 marinos profesionales sobre una tripulación de casi un millar, en un navío de la Real Armada capturado. Fernández Duro también se expresa en éstos términos al publicar un informe de Mazarredo datado en 1801, en el cual se relaciona las carencias esgrimidas para éstas fechas, y otras no muy pretéritas, dónde viene a recordar que “en el navío “Conde de Regla” donde, como segundo General de la escuadra del Marqués del Socorro, tenía arbolada yo la insignia en 1790, no pasaban de 60 hombres los que habían hecho navegación de altura...”. Mi opinión personal estriba en que, en un primer momento, fuera la intención común en la Armada reclutar personal de evidente perfil marinero para completar los efectivos que habrían de armarse. Pero ante la escasez de números que paliaran el grave déficit de personal para los bajeles reales, se optó por llenar “a saco” las cubiertas de los buques, embarcando gentes que cada vez tenían menos en común con el medio marino. Al menos, valdría para descargar las responsabilidades que pudieran derivarse (cómo aconteció en el juicio a San Vicente) propias de la falta de elementos humanos en los navíos. A costa de “pasarse por la piedra” una máxima para éstos casos: “el que no tenga marineros, que renuncie a tener Marina”.

Haciendo frente a la pésima situación, se arman los navíos “Argonauta” (insignia de Gravina), “Terrible”, “San Rafael”, “Firme”, “España”, “América”, “Glorioso” y la fragata “Magdalena”. Es sensible la falta de artilleros de mar para el propósito (unos 400 entre los 7 buques, aunque 150 pertenecieran a la dotación del “Glorioso”, el cual nunca llegó a tomar parte en la salida) y marineros (más de 150). Aún así, Gravina ordena que se mantengan prestos para levar anclas, junto al “Aigle” francés, que les acompañaba en su prisión con forma de Tacita de Plata. Sobre las cuatro de la tarde del día 9 de abril, la Torre de Tavira informa del paso de una gran armada bajo pabellón francés. Gravina ejecuta con premura los preparativos para zarpar, uniéndose a la escuadra de Tolon a unas 4 leguas del puerto. El dispar andar de unos y otros bajeles, propició que tan solo el “Argonauta” y el “América” siguieran la estela de los franceses. En una segunda derrota, navegaron el “Terrible”, “España”, “Firme” y la “Magdalena”; e incluso se formó una tercera, con la estela del “San Rafael”, que quedó varado en los bajíos de la Palma a las primeras de cambio en su partida de la rada de Cádiz. La falta de pericia naval en el manejo de la escuadra aliada que habría de poner rumbo a La Martinica, se hizo patente con el suceso sobrevenido a la partida de la flota, en la cual el “Formidable” (insignia de Dumanoir), abordó por estribor la proa del “Argonauta”, causándole averías en el bauprés, botalón, tajamar y el mascarón. Los desperfectos se repararon con premura y solvencia (8 horas), sobre la marcha; pero clarificaron la dudosa preparación de la marinería combinada, así como la precaria navegación de ciertos buques (el “Formidable”, “Intrepide” y, especialmente, el “Atlas”, por parte francesa). El contingente transportado ascendía a 11.308 tripulantes, junto a 3.363 hombres que formaban la tropa de desembarco, mandada por el General Lauriston. También se estiban casi 40 piezas de artillería de distinto calibre con su correspondiente munición.

Ejército y Marina suficiente para hostigar las posesiones más desprevenidas del Imperio británico en ultramar. Napoleón aguardaba que la maniobra atrajera hacia el Caribe una parte suficiente de navíos británicos. Pero las suposiciones imperiales respecto a la guerra en la mar, iban cayendo cual castillo de naipes desde el mismo momento en que se convenció de la imposibilidad de levantar los sucesivos bloqueos a los que sometía a sus buques la Royal Navy. En el mapa geo-estratégico desplegado para el 2 de marzo de 1805, los planes de Bonaparte pasaban por la movilización de la escuadra de Brest, levantar con ella el sitio en Ferrol y navegar unido a los navíos de Grandallana y Gourdon hacia la Antillas, dónde habría de sumarse a los efectivos de Villenueve, Gravina y Missiessy. Completarían una colosal flota de no menos de cincuenta navíos, que habría de arrojarse a toda vela sobre el Canal de La Mancha. Bajo las órdenes del Almirante Ganteaume. Pero la cruda realidad para el Mando aliado reflejaba el siguiente estado de elementos para el día 30 del presente mes (transcripción del CN Valverde):

  • - La escuadra de Villenueve (11 navíos, 7 fragatas y 2 bergantines), bloqueados por Nelson (11 navíos) a distancia.
    - La escuadra de Salcedo (6 navíos) en Cartagena, taponada por Bickerton (4 navíos)
    - La escuadra de Gravina (6 navíos y 1 fragata), más 1 navío, 1 corbeta y un brick franceses detenidos en Cádiz por Orde (6 navíos)
    - La escuadra de Gourdon (4 navíos) y Grandallana (6 navíos) encerradas en El Ferrol por Calder (6 navíos).
    - La escuadra de Ganteaume (21 navíos y 6 fragatas) surta en Brest, dónde Cornwallis (20 navíos) vigilaba sus movimientos.

Se comprobará que 54 buques aliados quedaron en gran parte inutilizados frente a fuerzas opositoras en número de 47. Una sensible inferioridad teórica, que no correspondía en nada a la práctica. De modo “popular”, se tendía a comparar la efectividad de un buque inglés por uno y medio francés y dos españoles.

Villenueve se le escapó en las narices a Nelson, aunque no pudo recibir la ayuda de la escuadra de Salcedo. Junto a los 6 navíos y 4 fragatas desplegadas por el Almirante Missessy (al cual revelaría poco después Allemand) en las Antillas, era toda la fuerza operativa de la que se podía disponer hasta el momento. El Emperador confiaba en que Ganteaume levantara el bloqueo en Brest y, con su potente escuadra, hiciera lo propio en otros puertos aliados del norte. Gran Bretaña, por tradición, gustaba de erigir formidables asedios en Brest, poniendo una cifra tal de buques enfrente que solía descorazonar las intenciones bélicas de los sitiados. Suponía el paso más corto (como plaza fuerte) de tránsito al sur inglés, y un foco de interés evidente para la defensa de la Pérfida Albión.

Regresando a los hechos actuales, el cuadro estratégico se conformaba por la escuadra de Missessy (en algún punto de Las Antillas), y la de Villenueve y Gravina andando a su encuentro. Ésas eran las órdenes de Bonaparte, transmitidas únicamente a Ganteaume. En realidad, éste Almirante fue desde un principio el mando proyectado sobre la flota conjunta. Habría de reunirse con el trío de oficiales en el Caribe, tras sortear un pequeño detalle: la veintena de HMSs que aguardaban su salida de puerto. La persistencia de Cornwallis, entregó directamente la potestad de las operaciones a Villenueve, único mando de fuerza considerable con capacidad de maniobra. Tendría que esperar la llegada de Ganteaume, con 40 días de margen, en tierras americanas. El 14 de mayo la combinada echaba el ancla en La Martinica. Deja en los hospitales de puerto cerca de 1.000 enfermos. Allá se le suman 2 navíos a la orden de Magon. Sin embargo, la escuadra de Rochefort, con la insignia de Missessy, regresa a Europa tras desembarcar tropas en Santo Domingo. La descoordinación en la información operativa, priva a Villenueve de ingresar otra media docena de navíos más (desechando los 6 de Salcedo), que nunca podrían unirse ya (bajo las órdenes de Allemand), a pesar de sus esfuerzos y miedos.

Las instrucciones referentes a Villenueve, señalan ciertas colonias inglesas cómo motivo de acoso. En fecha de 2 de junio sitia y rinde el Peñón del Diamante, desmembrando un reducto de hostigamiento al paso de las flotas comerciales aliadas. Tras recibir noticias de la persecución que venía manteniendo Nelson desde el Atlántico, deja La Martinica tres días después. Toma derrota hacia el norte, dónde neutraliza un convoy británico de 14 unidades (de la represa de los 400.000 pesos fuertes embarcados en la exhispana fragata “Minerva” se pagó una buena parte de los atrasos francos en las pagas), y se entera de los movimientos de Nelson en pos de sus quillas, a la altura de Barbada, que le reconducen en sus ideas a una vuelta inmediata a Europa. Adelantándose a los designios de Napoleón para con su escuadra, se dispone a atravesar el Atlántico, con la esperanza quizás de que Ganteaume haya abierto brecha en Brest, descargando de enemigos las aguas del Canal. Es el momento de las suposiciones, y Nelson intuye (mal, obviamente) que los aliados se dirigen hacia el Mediterráneo. Pero a 19 de julio, Calder ya sabe (vía Nelson) que Villenueve y Gravina doblaron la geografía de La Antigua para el 8 del mismo mes, escorando su derrota al norte. Sus 15 navíos de guerra, esperan frente a la Costa da Morte.

Relacionado: ¿Por qué se perdió la batalla de Trafalgar?