martes , 17 octubre 2017
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La carronada en la Armada española

La carronada en la Armada española
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Carronada inglesa
Ilustración de una carronada instalada en la HMS Flora, 1780.

¿Qué es una carronada?

En el último cuarto del siglo XVIII surgió en Gran Bretaña un nuevo tipo de cañón naval: la carronada. Surgida en 1754 gracias al invento del teniente general Robert Melville, no fue hasta 1774 cuando empezaron a fundirse en Escocia las primeras piezas. El nombre viene de la Carron Iron Company, quien tenía los derechos de explotación de la idea del inglés Melville.

La Royal Navy empezó a utilizarlas a partir de 1779, aunque no fue del agrado de todos los comandantes de buques y muchos de ellos prescindieron de su uso por completo. No fue hasta finales del XVIII y principios del XIX cuando de verdad se expandió su uso de forma masiva en los buques británicos.

Estas piezas de artillería naval tenían varias peculiaridades que las diferenciaban de los cañones navales que había hasta entonces:

  • Eran de pequeña longitud y peso y de gran calibre.
  • Tenían una cureña de corredera que absorbía eficazmente su gran retroceso aunque a costa de forzar los costados de los buques.
  • Tenían una rosca para punterías que estaba situada en el cascabel.
  • No tenía muñones que lo sujetaban a la cureña, sino dos argollas unidas a la parte inferior de la pieza que iban unidas con un perno que sujetaba, a su vez, la cureña.

Las carronadas eran idóneas para el combate cerrado que practicaron los británicos en sus tácticas navales de finales del XVIII, ya que eran de corto alcance y con un calibre por lo general elevado, lo que ocasionaba verdaderas matanzas en los buques enemigos. Los buques mercantes también las llevaron a bordo, ya que además de ser perfectas para defenderse, podían ser manejadas por solo tres o cuatro sirvientes, lo que las hacía ideales para aquellos buques que siempre iban justos de tripulantes.

Por tanto, los buques de guerra británicos las añadieron a su dotación artillera, instalándolos en el alcázar y castillo de proa en navíos y fragatas. Estas eran de calibres de 32, 24 o 18 libras, aunque hubo navíos como el HMS Victory que llevó dos carronadas de 68 libras en la batalla de Trafalgar. Los buques menores también llevaban carronadas de calibre correspondiente, incluso algunos solo llevaban esta clase de piezas, con el peligro que eso conllevaba si tenían que atacar a distancia. El HMS Pasley fue uno de esos buques que cometió el error de prescindir de cañones navales largos.

Carronada de 68 libras del HMS Victory
Una de las dos carronadas de 68 libras a bordo del HMS Victory. Este era un calibre inusual incluso en la Royal Navy. El Victory llevaba solo dos piezas de esta clase de cañón naval. En esta fotografía se aprecia la ausencia del tornillo de puntería en el cascabel, sino una cuña convencional.

Carronadas en la Armada

El interés de la Real Armada española fue casi inmediato. Ya desde 1779 los informantes en Gran Bretaña mandaron a España datos sobre este nuevo tipo de armamento.

Sin embargo, la cosa no fue a más hasta que ya metidos en guerra contra los británicos, se capturó a un cutter británico que iba armado con carronadas de 24 libras. Se llevaron unas exiguas pruebas con estas carronadas y cañones de a 4 y 6 libras, que eran los que llevaban normalmente ese tipo de buque. Pero no se llegó a ninguna conclusión, puesto que las pruebas fueron muy escasas.

Pruebas en el navío Santa Ana

Tras la guerra con Reino Unido, España decidió investigar más a fondo aquellas nuevas armas que ya habían visto en la última guerra. Para ello se compraron a la fábrica escocesa seis carronadas de grueso calibre: dos de 96 libras, dos de 68 y dos de 42 libras, con sus utensilios, cureñas y 50 balas por pieza, que trajo el mercante El Joseph en septiembre de 1784 a Cádiz. Con ellas llegó también un comisionado de la fábrica para mostrar cómo se utilizaban.

¿Por qué se decidieron por la carronada más grande en vez de las que posteriormente serían más utilizadas por el enemigo como la de 32 y 24 libras? Porque pensaron que, si la prueba era satisfactoria, podrían sustituir los cañones largos de los navíos por esas carronadas, que con menor peso por pieza lanzaban sin embargo mayor peso por andanada. Se pretendían comparar aquellos calibres con la de los cañones navales de 36, 24 y 18 libras. Algo que no había hecho hasta entonces ni siquiera Gran Bretaña, excepto algunos buques menores y con carronadas de menor calibre.

Se dispuso que las pruebas se hicieran donde se supone que debían ir esas piezas, esto es un buque, aunque también se realizaron pruebas en tierra en la batería doctrinal del departamento de Cádiz. El navío elegido fue el Santa Ana, de 112 cañones.

Las pruebas no fueron tampoco muy exhaustivas, ya que solo se dispararon 30 tiros para evaluar a las seis piezas, algo insuficiente cuando se trataba de probar las armas en diferentes elevaciones y distintos tipos de proyectiles.

Se comprobó que todos los cañones largos superaban en distancia a todas las carronadas, excepto en metralla que andaban parejos. Algo que, por las características de las carronadas ya deberían saber. El mismo Rovira no le daría demasiada importancia al menor alcance, ya que, según él, los disparos a larga distancia en la mar eran muy inciertos. Sin embargo, Rovira también se quejó de que las carronadas tenían menor efecto perforante en los cascos comparados con los cañones largos. Como el ingeniero no era marino, no sabía que en los combates navales lo que más se buscaba era la producción de astillas por impacto, ya que según Mazarredo, era lo que de verdad acababa con las tripulacioines. Y las carronadas eran ideales para ello.

Carronada de las probadas a bordo del navío Santa Ana
Carronada de las adquiridas por la Armada para pruebas. Archivo General de Marina.

El teniente general Lángara, más favorable a la adopción de estas nuevas armas, se sorprendió de la rapidez en su servicio y disparo, teniendo en cuenta además que los sirvientes de las piezas no habían visto una carronada en su vida. Según sus apreciaciones, la carronada de 96 libras empleaba un minuto y 40 segundos entre cada disparo, la de 68 un minuto y 34 segundos y la de 42 libras apenas 45 segundos.

El menor peso de la carronada hacía que las cubiertas sufrieran menos, pero sí lo hacían los costados debido a los tirones a consecuencia del peculiar diseño de estos nuevos cañones. Lo que sí gustó mucho fue el sistema de puntería a través de un perno enroscado con el cascabel, que impedía perder el ángulo tras el disparo como sí pasaba con los cañones normales, siendo el servicio más rápido.

La comisión estaba formada por el propio Rovira, que creyó oportuno construir carronadas españolas de calibres 60, 48 y 24 para hacer pruebas en todo un costado de un navío de 74 cañones para ver si aguantaría las andanadas. Miguel Gastón, otro de los comisionados, se decantaba solo por la carronada de 42 libras y solo para las baterías altas, ya que los otros calibres altos daban más inconvenientes que ventajas y Lángara proponía empezar colocando varias piezas en el centro de cada batería y seguir informándose sobre su construcción.

No parecieron concluyentes las pruebas ya que en 1785 se suspendió toda prueba hasta no acreditarse más a fondo la utilidad de las carronadas.

Usos posteriores

En los siguientes años se continuó observando la evolución de estas armas en la marina británica, cursándose correspondencia entre los mandos españoles con noticias e informaciones que se iba recabando. Se hizo notar que la oficialidad más joven británica era más proclive a la implantación de la carronada en los buques que los más veteranos, alguno de los cuales como ya hemos comentado ni las utilizaban.

Al comprobar que el mejor uso de las carronadas se daba cuando estaban situadas en los buques menores y en el alcázar y castillo de navíos y fragatas, se decidió en 1793 fundir una serie de carronadas de calibre de 24 libras para pruebas. Así, en vez de comprarlas, se fabricarían en España y, si tenían éxito, ya tendrían el método de fabricación y se ahorraría mucho dinero al no tener que importarlas del extranjero.

Como se ve, ya no se pensaba instalar un navío entero de carronadas, sino de complementar la dotación artillera normal, que era lo que estaban haciendo los británicos.

Así se fundieron en La Cavada 18 carronadas de hierro de 24 libras. Pero no se supo más de las mismas, puesto que oficialmente no se utilizaron en los buques y debieron permanecer almacenadas sin apenas usar.

Carronada española de 24 libras fundida en La Cavada
Carronada española de 24 libras fundida en La Cavada. Archivo General de Marina.

El uso de las carronadas fue entonces esporádico y no oficial, aunque en las Reales Ordenanzas de 1793 se habla de las mismas por si hubiera alguna a bordo. En el documento original del navío Montañés por cubiertas, se aprecia en la toldilla el espacio para obuses o carronadas. Es de notar que algunos comandantes de buques de guerra españoles intentaban hacerse con alguna de estas piezas cuando las había en los almacenes de los departamentos. Miguel Gastón pidió una de a 36 libras que había en Cartagena y en Cádiz (en 1797) se solicitaron las sobrantes (entre ellas dos de 42 libras). A falta una regulación oficial artillera de la Armada, los que podían y sabían lo que estaban haciendo los británicos con ellas, procuraban hacerse con alguna.

Al poco de reiniciarse las hostilidades contra Gran Bretaña, en 1804, desde España se mandó como guardacostas a Venezuela una flotilla en la que uno de los bergantines, el Argos mandado por el teniente de navío Joaquín Blanco, estaba armado entre otros con dos carronadas de a 18 libras.

Se sabe que todas las carronadas almacenadas sirvieron en los buques españoles, ya fueran en buques menores o fragatas, aunque hubo navíos de línea que las llevaron. En 1805, en la Batalla de Trafalgar, varios navíos españoles llevaron algunas carronadas, siendo utilizadas con fortuna en alguno de los casos, como en el  navío San Leandro, que llevaba seis de 32 libras, y que con una de ellas logró desarbolar del mastelero de velacho a un navío inglés de 100 cañones.

En el estado de fuerzas del Departamento de Cádiz del 23 de abril de 1805, consta el navío Castilla, de porte de 56 cañones (no era considerado de línea) armado pero que, debido a su escasez de manga, se propuso artillar la segunda batería con cañones de a 16 y carronadas de a 48 libras, un calibre sin duda extraño. Al final optaron por desarmarlo por no tener fuerza suficiente para ponerse en una línea de combate.

El navío San Francisco de Paula, de 80 cañones, llevaba cuatro carronadas de 10 libras en mayo de 1805. El navío España de 64 cañones, disponía en ese mismo año de seis carronadas de 32 libras. Este buque estuvo en el combate de Finisterre.

Entonces, si había tantos buques con distintas carronadas. ¿Por qué no se decantaron oficialmente por la carronada cuando era obvio que muchos oficiales estaban interesados en contar con ellas a bordo? Enrique García-Torralba Pérez, autor de un extenso trabajo sobre la artillería naval del siglo XVIII y en cuyo trabajo nos basamos para este artículo, apunta una explicación:

No es difícil entender porqué se llegó a esta situación; de un lado, la esperanza de contar con una pieza autóctona, como eran los obuses de Rovira, y por otro la propia desconfianza de amplios sectores de la marina inglesa, condujeron a su abandono a favor del perfeccionamiento de los obuses a los que se dirigieron todos los esfuerzos.

Las carronadas fueron utilizadas incluso en tierra, cuando por falta de otro tipo de cañón, y durante la Guerra de la Independencia contra los franceses, Gran Bretaña envió carronadas para su servicio en campaña por falta de otro tipo de cañón en aquel momento.

Durante esta guerra y las guerras de emancipación americanas, la Armada española operó con algunos buques menores provistos de carronadas. Incluso hubo buques, como la corbeta Diana, armados exclusivamente con estas piezas, en concreto con 20 carronadas de a 30 libras.

Plano de la corbeta Diana, 1809-1810
Plano de la corbeta de guerra La Diana del porte de 20 carronadas de a 30, mandada por el teniente de navío de la Real Armada don José de Julián por los años de 1809 y 1810. Archivo del Museo Naval de Madrid.

Fragatas españolas de guerra armadas con carronadas

En aquellos años, en el que el estado de la Armada estaba en sus horas más bajas, los buques llevaban una amalgama de cañones con diferentes calibres que había en los arsenales. Entre los cuales se encontraban diferentes carronadas que se iban instalando y quitando según las necesidades. Por Real Orden del 10 de enero de 1826 se instaba a sustituir los obuses por carronadas siempre que fuera posible.

Estas eran algunas de las fragatas que las llevaron a bordo:

  • En 1818 la fragata Perla iba artillada con 26 cañones de 18 libras, 12 carronadas de 28 libras y dos de 36 libras.
  • La fragata construida en Filipinas llamada Espezanza en 1838 llevaba 28 cañones de 24 libras, dos de a 12 y 18 carronadas de 28 libras de procedencia inglesa.
  • La fragata María Cristina llevaba en 1833 20 carronadas inglesas de a 24 libras, además de 30 cañones de a 24.
  • La fragata Isabel II llevaba en 1847 26 cañones de a 24 libras, 16 carronadas de 28 y 2 cañones de 8 libras.

En definitiva, en España se aplazó el uso de la carronada porque se intentó crear un arma propia, el obús naval, que no llegó a superar sus defectos y carencias pero que puso en el camino a seguir a un avispado oficial francés llamado Henri-Joseph Paixhans, quien creó un cañón bombero que llevaría su nombre a partir de los diseños de Rovira (aunque nunca lo mencionaría) y que dejó a los cañones de entonces anticuados, entre ellos a la carronada.

Fuentes:

  • La artillería española en el siglo XVIII. 2010. Enrique García-Torralba Pérez.
  • Las fragatas de vela de la armada española 1600-1850. (Su evolución técnica). 2011. Enrique García-Torralba Pérez.
  • La campaña de Trafalgar. Corpus documental. 2004. José Ignacio González-Aller Hierro.

Por Todo a babor

Me llamo Juan y soy el administrador de Todo a babor. Llevo desde 2003 dando a conocer la historia naval, de una forma divulgativa, sin pretensiones de ningún tipo y tratando de hacerlo de la manera más amena posible.

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