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Curiosidades navales: Drake, Wagner y el Negre de la Riba

¿Qué tienen en común Francis Drake, Richard Wagner y el Negre de la Riba? Pues que son protagonistas de unas historias cortas relacionadas con lo naval escritas por nuestro colaborador Joan Comas.

He preferido ponerlas todas en una misma entrada por su reducida extensión. Así no os sabrá a poco 😉 Empecemos.

La batalla (heráldica) de Drake

Odiado por los españoles y reverenciado por los británicos hasta el punto de ser elevado a la categoría de héroe nacional, la figura de Sir Francis Drake sin duda alguna ocupa un lugar destacado en la historia de la piratería y las hazañas náuticas.

El 4 de abril de 1581 Isabel I de Inglaterra obsequió al afamado marino con el título de caballero. Habiendo sido ennoblecido, el ahora renombrado Sir Francis decidió adoptar como emblema el escudo de armas de la familia Drake; el cual se componía de un escudo blanco (llamado argent en heráldica) con un Wyvern (dragón alado con sólo dos patas) de color rojo en el centro.

Sin embargo, esta decisión topó con el profundo rechazo de Sir Bernard Drake. Tal oposición estaba ciertamente justificada, porque a diferencia de nuestro protagonista que fue un pirata (con todo el rechazo social que representaba en aquel periodo), Sir Bernard era un aristócrata de noble cuna.

Además, el blasón anteriormente descrito era el de su familia y por consiguiente no iba a tolerar que un “ladrón del mar” se adueñara de este elemento. El noble negó cualquier grado de parentesco y presentó una queja ante la corte.

Blasón de Francis Drake

No hay que decir, que la reina virgen estaba en medio de un dilema. Por un lado, no podía perjudicar al valioso activo que representaba el marino y a su vez tampoco podía ignorar a sus nobles.

Por ello decidió obsequiar a su laureado aventurero con un nuevo escudo diseñado para la ocasión. Consistía en un escudo negro, dividido por una raya blanca horizontal ondulada y con dos estrellas de seis puntas cada una también de color blanco.

Con ello se quería simbolizar la hazaña que supuso la vuelta al mundo realizada por Drake, la cual supuso la primera circunnavegación alrededor del globo hecha por un inglés [recordemos que fue Elcano quien realizó esta proeza por primera vez ¡58 años antes!, junto con unos cuantos marinos más que lo acompañaron y otros que llegaron más tarde, por lo que Drake ni siquiera fue el segundo en hacerlo como tantas veces se dice].

Escudo heráldico de Juan Sebastián Elcano.
Para comparar, aquí tenemos una interpretación del escudo heráldico de Juan Sebastián Elcano, con la inscripción latina que reza así: «Fuiste el primero que la vuelta me diste».

Así mismo, estaría rematado por un yelmo decorado con un globo terrestre, con un navío encima. Del buque, saldrían dos amarras dirigidas a una mano divina. Curiosamente, en el puente de mando del navío, situaron un Wyvern rojo (clara referencia al escudo original).

Parecía que con un diseño tan original, el héroe naval quedaría satisfecho y el problema resuelto. Pero en realidad, Sir Francis, para pena y disgusto del aristócrata afligido y la misma soberana, se limitó a cuartelar el escudo adoptando las dos versiones.

Por fortuna, el sucesor de Drake tras su muerte, realizó ciertas modificaciones en la forma del dragón, para que de esta forma quedara patente de que se trataba de dos familias distintas y que este inusual litigio terminara de una vez.

La aventura marítima de Wagner

Hoy en día consideramos a Richard Wagner como uno de los compositores más destacados del período del Romanticismo; siendo tal su fama que su repertorio ha sido usado en películas y otros medios de la actualidad.

Sin embargo, por 1836 solo era el director de orquestra del teatro de la corte en Riga. Y con 26 años, su estilo de vida sumado al retiro como actriz de su esposa Minna Planer, lo habían dejado totalmente ahogado por las deudas.

Para solventar sus problemas financieros, Wagner planeó una jugada maestra. Viajaría a Londres para dar esquinazo a sus acreedores, entonces se dirigiría a París donde estrenaría Rienzi, la nueva opera que estaba escribiendo.

Una vez triunfado en la ciudad de las luces, regresaría con la cabeza bien alta y en condición de pagar todas sus deudas.

Independientemente de lo disparatado que podría sonar, el compositor estaba decidido a emprender tal periplo. Pero los acreedores, no eran novatos en su negocio y debieron oler la jugada, porque recurrieron a las autoridades locales para que le requisaran su pasaporte.

Ahora era imposible salir de Riga o al menos de forma honesta. Sin poder subir a ningún buque, la pareja emprendió un escape por la antigua frontera rusa y Prusia oriental (actualmente Polonia pero por entonces provincia prusiana). Fue agotador y muy difícil, especialmente por Minna quien sufrió un aborto.

Ya en territorio prusiano (repito mucho este vocablo porque Alemania todavía no estaba reunificada y se componía por un conglomerado de estados germanos bajo la tutela de Austria) al no tener papeles, no pudieron subir en ningún buque.

Finalmente, el capitán de la goleta Thetis se apiadó de su situación y decidió hacer la vista gorda con el pasaporte. Parecía que las penalidades habían terminado, pero justo acababan de empezar porque nunca hay que subestimar al mar Báltico cuando está embravecido.

Se desató una terrible tormenta, algo jamás visto. Fue en este momento cuando conversando con los marineros, Wagner entró en contacto con una antigua leyenda; un elemento de superstición muy temido por los hombres de mar: el Holandés Errante; el buque fantasma cuyo capitán fue maldito y solo aparece en los cielos tormentosos como señal de desgracia y muerte.

Mientras tanto, el barco se vio obligado a ir cambiando su ruta e ir refugiándose en los fiordos de Noruega (cerca de Tvedestrand) para evitar naufragar; dejando una sensación de miedo tanto en la dotación como en el pasaje. Con aquella ambientación solo hubiera faltado que el mismísimo buque maldito hubiese acto de presencia.

Fiordos en Tvedestrand, Noruega
Fiordos en Tvedestrand. Este bello paraje noruego inspiró a Wagner.

En palabras del mismo compositor:

El viaje a través de la costa de Noruega me causó una maravillosa impresión a mi imaginación. La leyenda del holandés volador, que los marineros me contaron, adquirió un color distintivo y extraño que solo mis aventuras marinas podrían haber proporcionado.

Poco a poco el tiempo fue mejorando y para suerte de los viajeros la goleta llegó a su destino, esto si tardando 3 semanas en un trayecto que en condiciones normales hubiera tardado solo 8 días.

Ya en Londres, la idea del holandés empezó a germinar. Aunque este tema ya había sido explotado, pues en 1834 Heinrich Heine había publicado “Las memorias del señor Schnabelewopski” en ella se usa de fondo una obra teatral de un capitán que es maldito por Dios por blasfemia y condenado a navegar para toda la eternidad.

Si bien para Heine lo emplea como elemento satírico, Wagner tomó el elemento de la condena por blasfemia y lo hizo serio. Confinándolo con las leyendas y su vivencia ya tenía casi todos los ingredientes para una ópera.

Faltaba algo, un nexo que lo uniera y encontró este elemento en sus desdichas; descubrió que su mujer lo engañaba y aquello lo derrumbó (aunque Wagner tampoco era un santo porque también le fue infiel más adelante). Por ello en la obra persigue el amor verdadero como el único que puede liberar al capitán maldito.

En Francia las cosas tampoco mejoraron, pues en la opera de París no estaba interesada en Rienzi; dejando a la pareja en la pobreza y las deudas.

Por otra parte había terminado el libreto del holandés al que tituló “El barco fantasma” pero el director de la opera sólo le compró el argumento por unos escasos 500 francos. Entonces se eligió a otro compositor y otro autor para reajustar el libreto; la obra seria estrenada en noviembre de 1842 pasando por el más absoluto del olvido, pues esta versión destrozada no tuvo nada de éxito.

Por su parte Wagner fue arrestado por sus deudas y solo se salvó por la intervención de su esposa, rogando a sus amigos en París que le prestara dinero para pagar la fianza de su marido. Hay que destacar que incluso en este momento tan difícil, Richard continuó trabajando en su obra hasta dejarla tal y como él hubiera querido que fuera.

Ya liberado, los vientos cambiaron y Wagner recibió una oferta de la opera de Dresde (dirigida por la corte del reino de Sajonia) para estrenar Rienzi y de propina lo contrataron como Maestro de capilla. Aquello fue todo un golpe de suerte pues ahora su estatus había mejorado notablemente y se solucionaban sus problemas pecuniarios.

Por aquellos azares, Rienzi fue bien recibida (y eso que duró 6 horas) por lo que justo un año después se estrenó oficialmente el “Holandés Errante” (también llamado holandés volador). En palabras del artista representó:

Aquí empieza mi carrera como poeta y adiós a mi mero papel como cocinero de textos de ópera.

Como curiosidad, en el primer borrador la historia debía de suceder en las costas de Escocia, pero recordando su aventura, sucede en la costa noruega con protagonistas de este mismo país.

Como finalización, recomiendo buscar la apertura de dicha obra (ya que la historia empieza en medio de una tormenta) y cerrar los ojos, pues por unos instantes uno se puede imaginar que está en medio de la tormenta con el viento y las olas azotando en todas direcciones.

El Negre de la Riba, la historia de un mascarón de proa

Si alguna vez os paseáis por el barrio de la Barceloneta en la Ciudad Condal, detrás de la iglesia de Sant Miquel, veréis clavada a la pared una extraña figura negra; la cual ahora está señalizada, pero años atrás desconcertaba a quien la veía y causaba terror entre los niños, al que llamaban el “Negre de la Riba”.

Para conocer su historia nos tenemos que remontar en el siglo XIX, cuando veleros mercantes de todos los tamaños atracaban en el puerto de Barcelona para descargar y cargar mercancías.

Sin embargo, un bergantín terminó su vida útil al haber sufrido un incendio y sus maderas quedaran dañadas y no aptas para la navegación. No se sabe con exactitud el nombre del barco, pero sí que era un bergantín y con mucha probabilidad se llamaba el “Indio” pues su marcaron de proa representa un guerrero americano, para ser más precisos un nativo de la tribu Iroquesa; la cual habitaba por la zona de los Grandes Lagos entre Canadá y Estados Unidos.

Tras el desguace, el botero Francesc Bonjoch compró parte de las maderas que se habían salvado y las empleó para haber botas para transportar agua en los barcos. También adquirió el mascarón y dado a que también poseía una taberna de marineros, lo colocó en la pared de entrada como reclamo.

Fue entonces cuando se le apodó el “Negre de la Riba” porque al estar todo monocromo negro a causa del incendio, la gente creía que representaba un africano. Y de la Riba, porque por entonces aquella zona se llamaba el muelle de la Riba (actualmente se llama el muelle de la Barceloneta).

El Negre de la Riba

Pero con la reforma del muelle, las autoridades cerraron las tabernas de marineros y Bonjoch lo cambió de sitio; en esta ocasión en la pared de otro de sus negocios, un almacén de anís y vino. No fue la primera ni única vez que fue trasladado a otros negocios del empresario.

En cierta ocasión, el semanario satírico L’Esquella de la Torratxa publicó un artículo dedicado al mascarón con motivo del fallecimiento del descendiente de Bonjoch; en el cual remarcaban que pese a los continuos traslados la gente todavía recordaba a la figura.

De hecho, para los niños era como un “asustador” una especie de coco o el papus (en su descripción folclórica es representado como un ser oscuro con ropas negras, nótese la posible inspiración) y más de un progenitor o abuelo agobiado por la conducta de su prole terminaba diciendo:

¡Tendrás que ser un buen niño, si no quieres que el negro de la Riba se te lleve!

Ya entrando en el siglo XX, el mascarón pasó a mano de sus nuevos dueños, la familia Pallarols, quienes lo colocaron en una hornacina como elemento decorativo. Más tarde fue comprado por Josep Moragas, el propietario de un taller de mecánica, para decorar su torre del barrio del Carmel; próximo a la Font de Fargas. Graciosamente con un cartel que decía: “Este es el verdadero Negre de la Riba” y durante años, los barceloneses que iban a merendar a la montaña, lo veían y recordaban tan singular figura.

Para 1920, Moragas lo trasladó en su taller, situado en el pasaje del general Bassols. En 1934, los hermanos Pla (sobrinos y herederos de Moragas) lo cedieron al Instituto Náutico de la Mediterránea, el cual se convirtió en 1936 en el Museo Marítimo de Barcelona.

Sin embargo, el inicio de la Guerra Civil y los bombardeos hicieron preocupar a las autoridades, quienes decidieron evacuar las piezas a un Mas cercano, situado en el municipio de Seva.

Ya en 1941 el museo reabría, aunque pasaron muchos más años hasta que los restauradores, al ver el peinado en forma de cresta, las botas, el hacha y un carcaj en la espalda, constataron que se trataba de un nativo americano y que la pieza había estado policromada.

Con ello realizaron un estudio para, después de años de inclemencias, devolver su color y por el momento, su dilatada carrera termina junto a los demás mascarones preservados por el museo; aunque actualmente no está expuesto y en su lugar hay una copia de como era antes de su restauración.

Por 2003 para celebrar el 250 aniversario de la Barceloneta los artistas David García Llorca y Óscar Pérez, realizaron una copia del mascarón, esto si todo negro, para colocarlo en la calle y de este modo regresar al barrio uno de sus elementos más icónicos a la vez que desconocido por las nuevas generaciones.

Por Joan Comas.

Colaborador de Todo a babor.

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