Las Galeras de España contra los corsarios turcos: el combate de 1624

Por Eduardo Casas Herrer
Policía CNP, escritor y divulgador.

Introducción

En el primer cuarto del siglo XVII las galeras seguían siendo un recurso muy útil para la Monarquía Hispánica. Ligeras, de poco calado, poca manga y mucha eslora, no parecían adecuadas para enfrentarse a los veleros de alto bordo que dominaban los mares y, desde luego, no era el mejor buque para encontrarse lejos de la costa con mala mar.

A cambio, su navegación mixta, a vela y a remo, le permitía una agilidad con la que no podían competir las grandes naos. Su forma de combatir era opuesta a la de éstas.

Unas buscaban ofrecer el costado, donde estaba la mayoría de sus piezas, mientras que las galeras lo hacían de proa, ya que era ahí donde tenían la artillería, esencialmente un cañón grueso, conocido como “de crujía” y varios menores (dos, cuatro o hasta seis).

Los calibres de cada uno de éstos variaban según el momento, el país y las armas disponibles, por lo que no podemos hablar de ningún estándar, ni incluso entre elementos del mismo tipo.

Más adelante, un espolón para embestir a naves enemigas y, aparte de los daños que causara en sí, favorecer el abordaje de la infantería que llevaba a bordo, que solía ser veterana y aguerrida.

Eran un tipo de nave muy apto para el Mediterráneo, pero en el Atlántico, de olas y temporales mayores de media, lo pueden pasar mal. Además, la gran cantidad de bocas que la ocupan ―una galera puede llevar doscientos remeros y ciento cincuenta soldados y marineros― la hace poco apta para travesías largas. 

Cesáreo Fernández Duro recoge en el cuarto tomo de su Armada española que la escuadra de Galeras de España la componían doce unidades desde la reforma de 1621.

Ya hacían invernadas en El Puerto de Santa María desde 1530 y más frecuente aún desde el saqueo de Gibraltar de 1540, Para ello hemos leído a Esteban Mira Caballos en su estudio sobre esta ciudad y la Armada Real de Galeras, publicado en la Revista de Historia Naval. 

Las mandaba, como su capitán general, desde 1622, García de Toledo Osorio, tercer duque de Fernandina, según la relación de mandos que José Manuel Marchena Giménez incluye en su tesis La vida y los hombres de las galeras de España.

Era aguerrido y astuto, criado en una familia de marinos acostumbrados al mando de las galeras. Le gustaba cuidar su propia imagen.

Por eso dejó a su paso impresos de pocas páginas, llamados «relaciones» en las que contaba sus triunfos y que hacía imprimir en el lugar donde se encontraba. Aunque, como no podía ser de otra manera, son laudatorios, reflejan hechos ciertos que pueden estar más o menos adornados.

Portada de la relación de 1624.
Portada de la relación de 1624. ANÓNIMO: Verdadera relación en la qual se da cuenta de la gran vitoria que tuuo el Duque de Fernandina, general de las galeras de España, sábado 27 Iulio deste año de 1624… Cádiz, Juan de Borja, 1624. Biblioteca Nacional de España, signatura VC/224/76. Portada del ejemplar digitalizado por la Biblioteca Nacional de España.

Quien los narra conoce bien el oficio marinero. En ocasiones hasta habla en primera persona del plural, por lo que podemos suponer que sea alguien embarcado, quizá el secretario del propio duque u otra persona versada en las letras. 

Uno de estos, llamado Verdadera relación en la qual se da cuenta de la gran victoria q tuvo el Duque de Fernandina general de las galeras de España Sábado 27 Iulio deste año de 1624 se imprimió «con licencia del ordinario» en Cádiz por Juan de Borja en ese mismo 1624 y ocupa dos páginas y media.

Cuenta un episodio que merece recuperarse para el lector actual interesado en la historia naval. 

Primer día de navegación

En El Puerto de Santa María habían estado trabajando sobre las galeras para dejarlas listas para la navegación, incluyendo el «despalmado», esto es, limpiar y aplicar sebo a la parte sumergida del casco.

Con el mantenimiento listo, el 25 de julio Fernandina lanzó un bando, con cajas ―tambores― y trompetas para que se embarcase toda la gente de cabo ―esto es: marinería y soldados―. Es de suponer que la gente de remo ―la chusma forzosa, porque en España había pocas buenas boyas― ya estaba a bordo o la traerían de los penales correspondientes. 

El 26 partieron diez, incluyendo a la capitana ―desde la que mandaba el duque― y la patrona ―la segunda en importancia―, que eran más grandes. Hemos de suponer que las otras dos servían en otros menesteres o no estaban operativas: averías de navegación o combate, falta de chusma o cualquier otro motivo. 

Navegaron con trinquetes con dirección sur. Era el palo más a proa y se podía utilizar sin necesidad de interferir con los remeros, como ocurría con la mayor y su larga entena durante la maniobra de izado y reorientación, que restaba capacidad de reacción al barco.

Galera atribuida a Manuel de Castro.
Galera atribuida a Manuel de Castro. CASTRO, Manuel de (atribuido a): Galera del siglo XVII, 1690–1712. Óleo sobre lienzo. Museo Naval de Madrid, inventario MNM-76. Reproducción digital: Biblioteca Virtual de Defensa, registro BMDB20150084866. Fuente: Museo Naval de Madrid / Biblioteca Virtual de Defensa. Licencia CC BY 4.0. Reproducción con ajuste digital de color.

Por eso, si había posibilidades de encontrarse con el enemigo y había viento para dar algo de descanso a la chusma, los capitanes elegían el trinquete. Quizá por eso fueron «poco a poco», como dice la Relación…. 

De una manera o de otra, a medianoche echaron el ancla en el Cabo Espartel, en la costa de Berbería, donde permanecieron hasta el amanecer.

Eso representa que un día se desplazaron unos 110 kilómetros o 59 millas náuticas, suponiendo que siguieran la derrota más directa, para una velocidad de entre 3 y 5 nudos, dependiendo de si partieron a las seis de la mañana o a mediodía. 

Aparece el enemigo

Con la salida del sol, hacia el lado opuesto a la costa, vieron cuatro velas a otras tantas leguas (es decir, a unos 25 kilómetros aproximadamente, lo que indica una vista excepcional para los serviolas, casi en el límite del horizonte). Fernandina envió a su ayudante, Ríos, en la falúa ―bote auxiliar que se solía llevar a bordo, ocupando el sitio teórico de varios remeros― a que fuera de galera en galera para que dieran balas, pólvora y mecha a la infantería, que aprestasen la artillería y que siguiesen a la capitana. Algo se olería un tipo que no tenía nada de ignorante en cuanto a la mar se refiere. 

Partieron hacia las velas, mientras a bordo se levantaban los parapetos ―«los vestiones»― y la gente de cabo se ponía «en orden de pelear». A tiro de cañón, la capitana disparó una salva y largó el estandarte real, acompañado de las banderas rojas de embestir, mientras Fernandina intimaba al contrario a identificarse y arriar las velas, en nombre del rey de España. 

Mandaba aquella flotilla un arráez al que el texto llama Hazen Galafata, que debía ser conocido, ya que lo califica de «gran corsario», «animoso» y «gran marinero», que llevaba ya más de diez años robando por las costas de nuestro país. Existió un argelino ―de adopción, al menos― llamado Azán Calafate o Hassan Calafat por esa época y que seguía oyéndose en 1626, arrastrando fama por el Mediterráneo, aunque lo capturasen una y otra vez.

En una época sin documentos de identidad fehacientes puede tratarse de un engaño intencionado o tal vez una invención interesada por el lado español. Sin embargo, «Galafata» parece una transcripción fonética de la pronunciación árabe de «Calafate», lo que da fuerza a la hipótesis de que el nombre provenga de los turcos, se tratase o no de uno real. Lo desconocemos. 

En cualquier caso, arrogante y alfanje en mano, el arráez interrogó a un cautivo español, natural de El Puerto de Santa María, que ejercía de barbero en aquellos barcos y que podemos presuponer que sobrevivió al encuentro. Preguntó por las galeras y su general.

No iba a amainar por el rey de España, porque tenía confianza en su profeta, en los quinientos hombres de armas que llevaba, la abundante artillería y demás pertrechos en sus tres barcos, así que debían ser las galeras las que arriasen y, si no querían por gusto, lo harían por la fuerza. El barbero le contestó que las conocía muy bien por haberse criado entre ellas y le habló en términos elogiosos del duque, sus capitanes y el resto del personal.

También este diálogo parece un tanto embellecido por la literatura, si es que tuvo lugar. En un caso o en otro, ordenó largar banderas rojas con medias lunas blancas y aprestarse al combate. Respondió a la salva de Fernandina con un tiro real, para mostrar que aceptaba el desafío. 

Fernandina, en la popa de la capitana de España, arengó a sus tropas animándolos en la fe en Cristo y por la honra del rey. Las galeras se lanzaron hacia los turcos ―así llamaban en la época a los norteafricanos hostiles―. 

El choque

El viento se calmó durante la aproximación, dejando sin maniobra a los bajeles moros, lo que les impedía volver los costados para disparar la artillería de las bandas, mientras las galeras podían moverse a placer.

Galafata ordenó entonces atar sus tres naos de guerra entre sí con gruesas cadenas: la capitana a un lado, la almiranta ―segunda al mando― al otro y, en medio, la tercera, mientras la cuarta se alejaba. Esa estrategia defensiva, que al narrador le parece muy buena, servía para evitar recibir tanto daño en ausencia de viento que le permitiera buscar mejores posiciones. 

Fernandina, que se olía la trampa, ignoró a la última. Las galeras empezaron el cañoneo hasta llegar a distancia de abordaje. Entonces, la capitana de España clavó el espolón sobre su homóloga turca y disparó toda la artillería, acompañada de fuego de mosquete y arcabuz. Ésta respondió de igual modo. 

Después embistió la patrona, que se encontró con la misma fiera resistencia. Tras un rato de combate, dos balas la tocaron entre dos aguas, con riesgo de irse a pique, así que se retiró, seguido de la del propio duque, que ya llevaba empeñada largo rato.

Su hueco lo ocuparon la San Juan, del capitán de infantería ―parece que era este empleo el habitual para mandar galeras― Luis de la Carrera, que comprometió a la totalidad de sus tropas. Al poco llegaron la Santa María, la San Pedro y las demás, que abordaron a la principal nave enemiga. Se trabó una durísima batalla en la cubierta en la que cada uno procuraba «ganar honra o morir por Dios y su rey». 

Mapa de la expedición.
Mapa de la expedición. Derrota de las galeras de Fernandina desde El Puerto de Santa María hasta cabo Espartel, julio de 1624. Mapa de elaboración propia para este artículo, basado en la relación anónima impresa en Cádiz por Juan de Borja en 1624. Itinerario reconstruido y zona de avistamiento orientativa.

La acometida española fue tan dura que los turcos, ya sin el palo mayor y dejando atrás muchas bajas, se retiraron a los otros dos barcos. Los triunfadores compitieron entonces por cortar el estandarte de ese primer buque.

Con eso se la consideró rendida. Había costado dos horas y gran cantidad de sangre derramada por ambas partes. La bandera de las lunas la consiguió Jacinto de Godoy, sargento de la San Juan, que la presentó ante el duque, supongo yo que saltando de una galera a otra hasta llegar a la adecuada, si es que estaban todas entrelazadas todavía, o bien ocurrió después del encuentro. 

La nao almiranta, llena de los turcos que se habían retirado de la capitana ―parece que abandonaron la que estaba en medio― retoma la artillería y mosquetería con ardor renovado, como si la batalla volviese a comenzar ahí. 

Fernandina, cuyo ánimo era al menos igual que el de su enemigo, volvió a la misma maniobra: descargas cerradas de cañón y armamento portátil y una nueva embestida de espolón, ahora sobre esa nave. Se repitieron los combates cerrados, que incluyeron por el lado moro tantas flechas, además de balas, que parecían lluvia.

Dos horas duró la resistencia hasta que los españoles consiguieron rendirla también en nombre de Santiago apóstol. Los vencedores dieron gracias a Dios y celebraron tan importante logro. 

Se contaron doscientos turcos muertos y gran cantidad de heridos, por «bien pocos» fallecidos «y algunos heridos» entre el personal de galeras. El resto de derrotados quedaron cautivos. 

¿Y el cuarto buque, el que había intentado escapar al principio? El duque mandó a la Santa Clara y a otra para que lo capturasen. Se trataba de una presa francesa que tenía tan solo un enemigo a bordo ―poco parece como dotación mínima―. Galafata la había enviado como señuelo, para dividir o retrasar la acometida de las galeras, pero Fernandina no había caído en el engaño. 

Regreso y consecuencias

Así, con las tres presas, la represa y los prisioneros, volvieron a su base, donde les recibieron con gran alegría, tanto en mar como en tierra. Todas las galeras dispararon salvas como respuesta al homenaje, antes de atracar el 29 de julio, tres días después de partir.

Dado que la batalla ocurrió el 27 por la mañana ―duró cuatro horas, más las maniobras de antes y durante―, podemos ver que el regreso duró el doble que la ida. Quizá las capturas quedaron en tan mal estado que tuvieron que ser remolcadas o, si navegaban a vela, no tenían suficientes palos para aprovechar bien el viento.

Sabemos que al menos la capitana había perdido la mayor. Es posible que tampoco las galeras estuvieran en buen estado, porque también tuvieron que recibir abundantes cañonazos y sabemos que la patrona estuvo en riesgo de irse a pique. 

Fernandina hizo trasladar a su palacio a todos: cristianos, turcos y renegados el día 30, martes. Tras interrogarlos, liberó a los primeros y, a los demás, los repartió como chusma entre las galeras, donde los más probable es que sirvieran hasta su muerte, incapacidad o hundimiento del barco. 

Hemos dicho que las galeras son un barco pensado para el Mediterráneo. Sin embargo, tanto su apostadero como toda esta acción transcurre en el Atlántico abierto, a veces un tanto apartados de la costa.

Además, la navegación cerca del Estrecho no es sencilla, con fuertes corrientes y vientos cambiantes, algo habitual en la confluencia de mares y océanos. Con todo, hemos de suponer que el agua estaba calmada durante aquellos días. 

En cuanto a la ruta de los corsarios, la desconocemos. Seguramente estuvieran a la búsqueda de presas, bien del comercio con las Américas, bien por las rutas portuguesas que recorrían África y el Índico.

Quizá si hubieran visto a las galeras, se hubieran apartado ―a los corsarios les resulta de poco provecho enfrentarse a buques de guerra―, pero éstas son más bajas y, sin velas desplegadas, casi invisibles, mientras que el alto trapo de un navío manco se descubre más lejos en el horizonte, como hemos visto aquí. 

Como hemos dicho antes, ciertos pasajes pueden ser exageraciones o tener un propósito apologético, pero la precisión de la narración, a veces incluso en primera persona, los nombres de galeras y personas, las horas en que ocurren los hechos, etcétera, denota que quien lo cuenta estuvo allí y fue testigo de unos hechos reales.

Además, la llegada de cuatro presas al Puerto de Santa María difícilmente podría ser inventada: mucha gente lo vio y celebró. 

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