La táctica naval en el siglo XVI. Algunas batallas de muestra.

Nacimiento de la acción naval a distancia en la táctica naval

La literatura naval, histórica y novelística, abunda en estudios y relatos sobre hechos posteriores a la segunda mitad del siglo XVII, pero no es tan pródiga para el siglo XVI y primera mitad del XVII pese a que es en esta época de la historia cuando nacen las tácticas navales de acción a distancia que prevalecerán en la marina vélica de los siglos XVIII y XIX. E, incluso, algunas tienen todavía vigencia hoy, en pleno auge del armamento nuclear.

En el Mediterráneo los mejores ejemplos de táctica naval nos los dan las guerras entre el Imperio otomano y las coaliciones de estados cristianos que defienden a Europa.

Y esto es así por dos razones muy generales, pero no por ello menos ciertas: la guerra naval deja de ser mediterránea, de ámbito restringido, para convertirse en oceánica; en consecuencia, el pensamiento de los políticos y estrategas enjuicia las situaciones a escala mundial para establecer los despliegues de armadas y escuadras que neutralicen las amenazas; y los criterios de empleo de las armas, influenciados como otras ramas del pensamiento por la evolución técnica, se adaptan a los medios que ésta proporciona. El desarrollo de la artillería va a permitir la resolución de las situaciones tácticas a distancia incitando con ello a valerse de la maniobra para combatir con las mayores ventajas posibles.

El siglo XVI es muy denso en acciones navales de toda especie: combaten galeras contra galeras, galeras contra naves veleras, naves veleras combaten contra otras de su misma especie, armadas mixtas pelean contra armadas de galeras; escuadras veleras y de galeras rinden al cañón fuertes emplazamientos artilleros terrestres; por primera vez en la historia se llevan a cabo desembarcos en costas hostiles, en pleno océano, teniendo que remolcar hasta el lugar de la acción —las islas Azores, 1583— embarcaciones especiales de desembarco.

Y se establece un sistema de convoyes trasatlántico, permanente, que muestra su eficacia durante siglos de duras pruebas, protegiendo el tráfico contra escuadras de corsarios, muchas veces más numerosas que las de escolta, dirigidas por hombres que conocen bien su oficio; tanta fue esa eficacia que los convoyes de la primera y segunda guerra mundial no lo aventajan en cuanto a organización, determinación de derrotas en paz y guerra, y resultados globales: como lo confirma la pérdida de sólo un cinco por ciento de los buques entre 1500 y 1650, por hundimiento en combate, naufragios y temporales, en una época en que aún no existen cartas náuticas de las zonas navegadas ni predicción meteorológica con base científica.

Todo esto es historia anterior a 1660, año en que Alfred Thayer Mahan da comienzo a su Historia Naval sin tener en cuenta que mucho antes de ese año el Mediterráneo y el Atlántico —en el mundo occidental— han sido dos magníficas escuelas de estrategia y táctica, en cuyo conocimiento se basa la utilización del poder marítimo del que él, con todo merecimiento, es el primer filósofo. Lástima que haya pretendido soslayar con unos cuantos juicios sintéticos el largo período de historia al que me refiero, porque las síntesis en historia, si no son ciertas, desorientan tanto a quien las formula como a quien las toma como base de sus conocimientos. Afortunadamente, autores como León VI el Filósofo, Cristóforo Canale, Pantero Pantera, Alonso de Chaves, Julián Corbett, Jurien de la Gravire, Larronciére, Cesáreo Fernández Duro, William Ledyard Rodgers, Francisco Felipe Olesa y Pierre Chaunu, por citar unos cuantos, nos ofrecen vías de conocimiento que cubren con creces las omisiones de Mahan. En el Mediterráneo los mejores ejemplos de táctica naval nos los dan las guerras entre el Imperio otomano y las coaliciones de estados cristianos que defienden a Europa.

Combate de Prevesa

En el verano de 1532, después del desastre de Mohacs y del asedio de Viena en 1529, una poderosa armada al mando de Andrea Doria, almirante del Emperador Carlos V de Alemania, Carlos I Rey de España, al mando de 44 galeras y 50 navíos de vela, españoles, pontificios, sicilianos y malteses, con 12.000 soldados, rinden, previa preparación artillera, la plaza fuerte de Modón, después la de Patrás, ambas en el Peloponeso, para crear una amenaza de flanco a los otomanos y obligarles a retirar su ejército de 200.000 hombres de Europa central, como en efecto hicieron; es lo que los teóricos llaman diversión estratégica. Acción del mar sobre la costa.

En el mismo marco del enfrentamiento entre potencias marítimas cristianas del Mediterráneo y el Imperio otomano, tiene lugar un encuentro naval entre las armadas respectivas el 27 de septiembre de 1538. Una gran armada coaligada, al mando del mismo Andrea Doria —262 naves. 2.500 cañones y 60.000 hombres— acosa al enemigo frente al golfo de Patrás, en Prevesa, muy inferior en número —122 galeras, 336 cañones y 6.000 hombres, según fuentes otomanas al mando de Barbarroja. Todo indica que la derrota de éste va a ser definitiva.

El almirante cristiano adopta un dispositivo táctico excelente, conjuntando la acción artillera de sus bajeles con el empuje frontal y capacidad envolvente de sus galeras. Pero falta el entendimiento de las órdenes y los buques aliados entorpecen su propia acción. Sólo una docena de galeras y bajeles aliados pelean rodeados de enemigos por todas partes. Los mandos de armada subalternos a Doria no están a la altura doctrinal de su jefe y Barbarroja sabe sacar partido del fracaso del proceso táctico de sus adversarios.

Barbarroja ha adoptado el dispositivo en águila o cruz —vanguardia; batalla con tres cuerpos distintos, centro y alas; y socorro retaguardia— apto para atacar y defenderse en cualquier dirección moviendo los buques mediante una conversión. Al encontrarse con este dispositivo otomano, Andrea Doria evoluciona con las formaciones de su gran armada en busca de un dispositivo flexible, integrado por galeras y naves, que le permita utilizar todo su potencial contra el enemigo haciendo desfilar las naves sobre el centro y a la derecha de éste, batiendo a la vez el cañón las tres formaciones centrales, envolviéndolas seguidamente para destruirlas con ayuda de su cuerpo de batalla, constituido por las galeras españolas.

Combate naval de Prevensa

Pero la confusión de unas galeras con otras le impide su propósito obligándole a la retirada cuando tiene a su favor la fuerza y el número. Al margen de las consideraciones políticas achacadas a Doria —algunos autores atribuyen su retirada frente a Barbarroja como un acto paralelo a los intentos de Carlos I por atraerlo a su servicio—, desde el punto de vista táctico, es evidente que el dispositivo otomano demuestra su eficacia. Si el conocimiento del empleo de las armas y medios de combate es un paso previo para determinar los dispositivos, evoluciones y maniobra, para que el enemigo no pueda gobernar y evolucionar del modo que pretende, para destruirlo, neutralizar lo, desorganizarlo, o hacerle creer al menos que se está en condiciones de lograrlo, Barbarroja consigue en Prevesa su propósito.

Es, además, significativo que el resultado de Prevesa, que da la victoria táctica a los otomanos, se produzca entre dos almirantes, es decir, entre dos hombres de gran experiencia naval, y no entre dos generales terrestres que mandan armadas; de haber sido así es posible que las actitudes de ambos hubiesen sido distintas. Pero Doria, como experto marino, advierte de antemano que su maniobra no tiene éxito y se retira antes de encajar una derrota más severa.

Batalla de Lepanto

El reverso de Prevesa es Lepanto, el 7 de octubre de 1571. Aquí es digna de tenerse en cuenta la atención que los hombres de mar de la época como Don García de Toledo, Juan Andrea Doria (sobrino-nieto del anterior) y Veniero prestaron al combate de Prevesa ante el enfrentamiento que se prevé con la armada turca. El primero aconseja a Don Juan de Austria:

  • no mandar poner toda su armada en un escuadrón, porque del número grande es cierto que nacerá confusión y embarazo de unas galeras con otras como se hizo en Prevesa. Débense poner tres escuadrones y otros tres en un ala, y que los dos de las puntas sean de galeras en quien V.A. tuviere más confianza, dando los cuernos de cada una a personas señaladas, y quede tanta mar en medio del uno y del otro cuanta bastare a poder escurrir y girar sin embargo de ninguna de los tres, y esta fue la orden que tuvo Barbarroja en la Prevesa, y habiéndonos parecido muy buena y muy provechosa yo la he tenido reservada siempre en la memoria para valerme della en caso de necesidad.

En Lepanto se toman en consideración otras cuestiones que hoy merecen la atención de la táctica naval: la adquisición de información con tiempo suficiente para efectuar las modificaciones necesarias en los dispositivos previstos; la proximidad de las bases enemigas para disponer de un adecuado dispositivo de exploración en la dirección más peligrosa; la geografía que facilita o no el combate; el apoyo en la costa para eludir un envolvimiento; el papel que han de desempeñar los buques en el combate conforme a su tipo, capacidad de fuego y sectores de máxima ofensa; y la maniobra, como lo mostraron Barbarroja y el viejo Doria en Prevesa.

Basados en estos conocimientos, introducen los aliados en Lepanto un nuevo dispositivo de combate concebido (posiblemente por Juan Andrea Doria) a partir del águila o cruz. Las seis galeazas se colocan avanzadas, en situación de la vanguardia o pico, dispuestas en línea de frente, en secciones de dos buques por cada una de las dos alas y batalla, de modo que el apoyo artillero mutuo entre ambas unidades de cada sección es óptimo sin menoscabo de que cumplan la función que les corresponda respecto al conjunto de la fuerza. El recíproco apoyo que pueden prestarse las dos galeazas de una sección queda favorecido si se disponen en líneas de marcación debido a que la galera popel puede efectuar un fuego más eficaz, en beneficio de la proel, con su artillería ubicada en su castillo de proa; también porque mediante una sencilla conversión se sitúa y orienta hacia lugar de máxima necesidad ofensiva.

Formación de galeras y galezas en la batalla de Lepanto

A la vista de cualquiera de los cuadros o grabados de la época que nos ofrecen un retrato de lo que fue el combate de Lepanto, parece que éste se produce en un caos de confusión entre las aguas revueltas y sanguinolentas del golfo, las llamaradas de los cañones y arcabuces, y los chasquidos de las picas y espadas de los combatientes cuerpo a cuerpo, siendo poco menos que imposible apreciar la existencia de un orden en las maniobras de los buques o de las formaciones, cuando en realidad existe coordinación durante el encuentro.

Pintura de la Batalla de Lepanto

  • Pintura representando la batalla de Lepanto.

Sin embargo, no hay solamente un plan táctico de combate lógico y evidente, sino también otros de marcha, de exploración y de descubierta. Su fundamento es igual a los que se toman para establecer la relación de movimiento y fuego (maniobra) en los ejércitos de tierra. Pero en la mar se desarrolla ya una guerra terrestre trasladada a un medio en el que se pueden sumar con ventaja la masa de fuego y la movilidad, es decir se puede obtener, con las mismas armas que se usan en tierra, una más ágil capacidad de maniobra que facilita el envolvimiento del enemigo para actuar sobre sus flancos y retaguardia, y explotar el éxito.

Esquema de la batalla de Lepanto

En efecto, analizando lo sucedido en Lepanto se deduce que: el fuego artillero de las galeazas de la vanguardia desordena la línea frontal otomana; el desplazamiento hacia el sur del ala derecha cristiana —que manda Juan Andrea Doria— para evitar el envolvimiento de la de Uluch Alí, separa del grueso otomano un núcleo importante de buques; la resistencia del cuerpo de batalla cristiano fija al cuerpo de batalla de Alí Pachá mientras Don Alvaro de Bazán acude con sus galeras a cubrir el hueco dejado por Doria apoyando a la sección de Cardona; y la presión del ala izquierda de Barbarroja y Quirini sobre el ala derecha otomana arrincona a éste sobre la costa y la destruye. Estas son, en síntesis, las maniobras que deciden el resultado del combate de Lepanto.

Combate naval de las islas Azores

Los escritores tienen sus preferencias y, a veces, se dejan deslumbrar por hechos que enaltecen sobremanera. que quedan como hitos imperece deros de la historia, y pasan por alto o minimizan otros, de tanta o mayor trascendencia que los que ellos consideran como más descollantes. También sucede que hechos importantes para una de las partes en litigio puedan no serlo tanto para las otras, y entonces prevalecen los valores de quien mayor mente los difunda y prolifere.

Combate naval de las Azores. Paso 1

Yo me refiero ahora a un combate de cuyo resultado dependía la permanencia o liquidación de las posesiones españolas de América, ya que, de haber sido adverso para la armada de Felipe II, las islas Azores habrían caído bajo el control de Francia y los convoyes procedentes del Nuevo Mundo habrían carecido de una base imprescindible de aprovisionamiento y de apoyo de escuadras de defensa contra los corsarios y contra las escuadras enemigas que disputaban el dominio del mar.

Combate naval de las Azores. Paso 2

En el combate de las islas Azores participan dos armadas: una española de 27 naves gruesas con 4.500 hombres de infantería armados, al mando de Don Alvaro de Bazán, y otra franco-inglesa con 60 naves y 7.000 hombres, a las órdenes de Philippe Strozzi.

Pero en la española hay dos galeones —el San Martín, de 1.200 toneladas, y el San Mateo, de 600— que rebasan con mucho el porte medio de sus enemigos. Así el San Mateo, con sus 34 piezas de artillería y sus 133 arcabuceros podrá sostener una masa de fuego suficiente para contener el ataque de seis naves adversarias, socorridas de personal continuamente, durante más de dos horas, dando tiempo a que el grueso de la armada de Don Alvaro de Bazán gane barlovento, vire y envuelva a la escuadra enemiga y la destruya: 10 buques hundidos y apresados.

¿Dónde está aquí la táctica?: en la distribución a bordo de los arcabuceros, situados en distintos puentes y cofas, en la precisión del tiro artillero, en la respuesta para rechazar los intentos de abordaje franceses y en el ataque de flanco realizado por Bazán, quien no sólo ha tenido visión de conjunto para maniobrar sin precipitaciones, sino que ha dosificado el ataque decisivo lanzando al combate las naves suficientes para provocar la resolución final. Concentración de fuego y economía de esfuerzos son los ingredientes de la fórmula empírica que da la victoria a Bazán, negándosela a Strozzi.

Orden de marcha de la Armada de 1588. Dispositivo de Aguila

Este combate oceánico no anuncia claramente lo que serán los enfrentamientos navales en líneas de fila para sacar el máximo partido de las andanadas, pero sí indica que la artillería es ya arma decisiva en la guerra naval, al menos en paridad con los hombres de guerra embarcados. Cuando seis años después se enfrentan las armadas española e inglesa en el canal de la Mancha, los marinos de Isabel Tudor tendrán un buen ejemplo para evitar la lucha a corta distancia y más aún el abordaje.

El intento de desembarco en Inglaterra

Aun teniendo en cuenta que no existen grandes grandes diferencias estructurales entre los bajeles de guerra y los destinados al transporte, toda vez que unos pueden transformarse en otros instalándoles piezas de artillería o quitándo selas, podemos considerar que la Armada española que en 1588 intentó forzar un desembarco en Inglaterra, en colaboración con los Tercios de Flandes, estaba compuesta por 37 buques propiamente dichos de guerra —29 galeones, 4 galeazas y 4 galeras— y 93 naves de transporte y aviso —urcas, zabras y pataches— armadas para concurrir en la empresa.

Las cuatro galeras se retiraron del conjunto por no poder soportar los efectos de la marejada. En este supuesto general podemos decir que la Gran Armada era un gran convoy constituido por 33 buques de guerra y 93 transportes y auxiliares. Sabemos que existen discrepancias entre diversos autores en cuanto a las cifras exactas, pero este detalle no altera en absoluto el hecho de que el dispositivo adoptado por el duque de Medinasidonia no es exactamente un dispositivo de marcha ni un dispositivo de combate: es, se insiste, un convoy organizado tomando como base el dispositivo de águila o cruz.

Dispositivo de cruz de la Gran Armada

Una vanguardia, un cuerpo de batalla y dos alas que dan protección a los cuerpos de buques de transporte. De ahí que muchos autores citen la formación en media luna sin entender que el aspecto semicircular que presenta —con los cuernos de la luna retrasados— se debe a propósitos de cubrir a las forma ciones de los buques de transporte que a la vez cumplen misión de socorro. La disciplina en el mantenimiento del dispositivo, que tanto impresionó a los ingleses, permitiéndoles atacar únicamente a las naves retrasadas, no era más que el fruto de una experiencia adquirida en la Carrera de Indias.

Ante este inconmovible orden de marcha, la táctica del Lord almirante Howard of Effinghan y sus almirantes —Drake, Hawkins, Frobisher y Fenner—, al mando de las 197 naves que de una u otra forma participaron en la defensa de Inglaterra, no podía ser otra que la del hostigamiento contra las alas y retaguardia mediante el empleo a distancia de las armas de fuego: piezas de artillería de distintos tipos, arcabuces y mosquetes. Un ataque frontal, resuelto mediante el sistema del abordaje, habría sido suicida ya que los tercios de armada españoles embarcados eran cuantitativa y cualitativamente superiores a los soldados ingleses.

No adoptan los ingleses ningún tipo de formación de ataque. Los capitanes de las naves siguen a sus almirantes, los más osados se acercan más al enemigo y le atacan con sus cañones y los menos decididos se reservan para una mejor ocasión. La batalla se resuelve con un gran consumo de pólvora y proyectiles en pequeños combates en los que los ingleses disponen de la iniciativa: sus buques son más maniobreros y los artilleros conocen su oficio... a fuerza de quemar pólvora; muchos de ellos —incluidos sus almirantes y capitanes— se han medido con los galeones españoles en la Carrera de Indias y ninguno se inmuta porque éstos los tilden de cobardes por no querer medirse con ellos en un abordaje. Dice William L. Rodgers —Naval Warfare Under Oars— que esta cobardía inglesa echó abajo la moral de los españoles, sumidos poco menos que en la impotencia.

Sobre esta batalla, que al final resolvió la meteorología, se ha dicho mucho y no pretendo resolver las controversias que ha suscitado, pero sí señalaré que la seguridad y sorpresa tácticas —en cuanto al efecto causado por el dispositivo adoptado por Medina Sidonia— estaban de parte de éste y la facultad de concentrar las fuerzas dónde y cuándo lo creyera convenien te del lado inglés. Y el objetivo?, ¿cuál debió ser el objetivo de Medina Sidonia?, ¿el que asumió cumpliendo al pie de la letra las instrucciones de Felipe II?, ¿atacar a la fuerza naval enemiga?, ¿confiar en su seguridad hasta reunir sus fuerzas con las de Alejandro Farnesio’?, ¿arriesgar en un solo envite la partida tan arduamente entablada? Los estudiosos investigan para hallar nuevas explicaciones del desenlace, pero en historia lo importante son los hechos y el análisis de los resultados, no las explicaciones de los historiadores.

Dispositivo de aquila

Consideración final

No será hasta el siglo siguiente —el combate entre las escuadras de Oquendo y Tromp en 1639 será una primicia— cuando almirantes y capitanes manejen sus escuadras y buques disciplinadamente para ordenar en simultaneidad sus andanadas artilleras y concentrar la masa de fuego navegando en formaciones precisas, pero se tiene ya conciencia en 1588 de que la artillería ha dejado de ser un arma de desgaste para convertirse en arma decisiva en el combate.

Los corsarios, en sus ataques a las flotas españolas de la Carrera de Indias, y los holandeses, que han aprendido a manejarse en sus canales y mares de bajos fondos contra los grandes buques españoles, saben que a éstos se les ha de mantener alejados y combatirles sin llegar al abordaje salvo cuando se tenga superioridad sobre ellos. Pero no es éste un hallazgo que pueda atribuirse a tal o cual almirante o capitán, sino el fruto de una experiencia general, acumulativa, que toma cuerpo poco a poco.

En Prevesa se vio a una carraca veneciana defenderse del acoso de las galeras otomanas con fuego de artillería quedando totalmente acribillada. Y existe un ejemplo de táctica naval, dado en una campaña no demasiado importante, que en su época dio mucho que hablar.

Se trata del combate de cabo Celidonia —Chipre— entre cinco bajeles y un patache españoles, y 55 galeras otomanas sostenido en tres días consecutivos, logrando el almirante español, Don Francisco de Rivera, mantener alejadas las naves enemigas con el fuego de su artillería hasta que el desgaste por éstas sufrido —38 buques fueron hundidos o dañados seriamente— les obligó a retirarse. Rivera unió tres de sus bajeles y el patache con cabos a proa y popa para mantenerlos en línea de fila y batir con su artillería a los atacantes cuando intentaban aproximarse. Los otros dos bajeles actuaron como buques de apoyo donde la situación se deterioraba para la línea organizada por Rivera: 191 piezas de artillería —95 por banda— de los bajeles de Rivera se han impuesto a las 224 de sus enemigos instaladas en las proas de sus galeras. La sorpresa táctica, manifiesta en este combate con la originalidad y audacia de Rivera, han mantenido desconcertado a un enemigo que no ha sabido encontrar aquí la forma de aprovechar su superior capacidad de fuego.

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