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El agua de la sentina: el «horror» del interior del barco

Hoy no toca hablar de combates navales, ni marinos intrépidos; ni sobre buques ni tácticas navales. A veces, nos toca asomarnos a otros asuntos, también de índole naval, pero más mundanos y que tenían también su importancia. Al menos para las tripulaciones de los buques: nos referimos al agua de la sentina.

Un tema, el de su evacuación, que puede parecer baladí, pero que tenía su importancia y lo comprobaremos relatando dos casos que sucedieron en buques de la Real Armada.

¿Qué es la sentina de un buque?

La sentina era la zona más baja de un barco, la más inferior e inmediatamente superior a la quilla de la embarcación. Por ejemplo, en un navío de línea se encontraba en la parte inferior de la bodega, en un lugar llamado caja de aguas, donde bajaban los caños de las bombas desde las cubiertas superiores.

Sentina de un navío de línea
Sentina de un navío de línea. Plano del Príncipe de Asturias de 112 cañones.

Allí se van recogiendo los derrames del agua de las cubiertas superiores, que por gravedad acaban en este pozo, donde el movimiento, el calor y la falta de ventilación (junto con la pudrición de la madera, ratas muertas y la proliferación de bacterias o insectos como piojos o mosquitos) van creando un caldo infecto que hay que extraer regularmente si no se quiere tener graves problemas de salubridad e higiene.

Algo muy peligroso en cualquier circunstancia pero más aún en buques que estaban navegando en mares lejanos.

Espumeando como infierno y hediendo como el diablo sale el agua de las bombas.

Salazar.

Cuando la sentina se convierte en un drama

Para que comprobemos el problema de no extraer convenientemente esa agua corrompida del interior del barco, vamos a pasar a relatar dos casos llamativos que ilustrarán a la perfección cómo era aquel «monstruo» y cómo afectaba a la tripulación.

En el navío Triunfante

En esta ocasión el navío Triunfante, de 74 cañones, se hallaba en el puerto de Cartagena.

Como hacía tiempo que no se evacuaban las aguas estancadas de la sentina, se decidió que una parte de la tripulación se pusiera manos a la obra con las bombas.

Sin embargo, al poco rato, se enredaron las cadenas del interior del caño de una bomba y se tuvo que suspender la operación mientras que los calafates bajaban a solucionarlo.

Las siguientes bombas de achique son inglesas, aunque debían ser parecidas a las utilizadas por los españoles.

Bomba de achique inglesa de un navío de línea de 1780
Bomba de achique inglesa de un navío de línea de 1780. Fuente: Arming and Fitting of Englisg Ships of War 1600-1815. Brian Lavery.
Bomba de achique de cadena inglesa de mediados del siglo XVIII
Bomba de achique de cadena inglesa de mediados del siglo XVIII. Falconer’s Dictionary .

En los navíos españoles de finales del siglo XVIII, como el Montañés del que tienen una descripción gráfica aquí, utilizaban bombas españolas e inglesas en el mismo buque.


Pero al haberse removido aquellas pútridas e infectas aguas, apenas abrieron el escotillón salieron los vapores y acabó en el momento con la vida del primer calafate que había llegado, cuyo cuerpo cayó al fondo.

El compañero de este malogrado calafate, que ignoraba la causa de la caída de aquel, fue rápido a socorrerlo y se libró del mismo destino cuando al acercarse los mismos letales vapores lo hicieron caer, aunque con la fortuna de hacerlo de espaldas y, medio arrastrándose, logró pedir socorro.

Percibido el funesto caso por los marineros, a pesar de la hediondez que ya se extendía por todo el buque, se arrojaron inconsideradamente a socorrer al que creían salvar del riesgo, evitando que se ahogase.

Pero era tal el poder de aquel vapor que nada más acercarse la ayuda se desplomaron cinco de aquellos valientes, cual si fuesen heridos de un rayo.

Cuatro fueron al fondo y el quinto quedó atravesado sobre la boca, arrastrado de un pie fue separado de aquel funesto lugar. El marinero recobró el sentido unas horas después tras ser atendido convenientemente.

Se tuvo que contener al resto de la marinería, que querían salvar a sus compañeros. Pero antes había que ventilar aquel lugar o pasaría de nuevo lo mismo.

Así se ventiló y purificó el aire con todos los medios disponibles y se pudo sacar al fin a los cinco cuerpos que flotaban allí abajo. En aquella sentina de la muerte. Lamentablemente, a pesar de los intentos, no se pudo hacer nada por sus vidas.

Caja de aguas de un navío español de 74 cañones. Imagen del Museo Naval de Madrid.
Caja de aguas de un navío español de 74 cañones. Imagen del Museo Naval de Madrid.

Aquellos vapores eran tan tóxicos que los dos marineros que habían sobrevivido a duras penas, estando convalecientes durante un tiempo, tardando unos meses hasta que se recobraron totalmente.

Es más, fue tal la toxicidad que había salido de la sentina, que algunos contramaestres y otros marineros que habían intentado contener a los marineros que iban a ayudar, también habían sido afectados por los vapores y tuvieron que recobrarse durante un tiempo.

Finalmente, cuanto utensilio de plata había en el navío apareció negro, sin que se exceptuasen de la terrible impresión de aquella atmósfera viciada los que se hallaban encerrados muy distantes del sitio.

En la fragata Santa Brígida

En esta ocasión fue el médico de la fragata de guerra Santa Brígida, Miguel Jimenez, quien en 1791, nos relata también con los horrores de la sentina.

Al haber observado que la fragata hacía una cantidad corta de agua se daba a la bomba con alguna frecuencia. Pero como hacía un calor muy intenso se percibía un hedor intolerable.

Se trató de evitar refrescando el agua de la sentina, es decir mezclándola con gran cantidad de agua de mar. Tras unos días «macerando la mezcla» se picó la bomba.

¿Cuál fue el resultado? Que no hubo en toda la fragata (en sus propias palabras) gente que no se quejase de dolor de cabeza.

Algunos se marearon y vomitaron copiosamente, dejándolos fatigados y decaídos.

Lo peor fueron los 28 hombres que contrajeron una calentura aguda de putrefacción, que afortunadamente terminó a la semana de su permanencia en el hospital.

Y, tal y como pasó en la ocasión del navío Triunfante:

Desde que empezó a observarse el mal olor de la sentina se notó también que los galones y demás cosas de metal se tomaban y ennegrecían, aunque estuviesen guardadas.

Al parecer el gas al que se refieren en los dos casos era el ácido sulfhídrico.


Fuente:

  • «Disquisiciones naúticas». Cesáreo Fernández Duro.

Por Todo a babor

Me llamo Juan y soy el creador y administrador de Todo a babor. Llevo desde 2003 dando a conocer la historia naval, de una forma divulgativa, sin pretensiones de ningún tipo y tratando de hacerlo de la manera más amena posible.