La Batalla de Trafalgar. Epílogo y Anexos.

Navío Rayo. Parte de su Comandante don Enrique Macdonell.

Excmo. Sr.: El 23 del corriente, segundo día después del combate del 21, y hallándome de orden de V. E. a bordo de su navío el Príncipe de Asturias, se sirvió V. E. darme por la mañana su orden de palabra para que diera la vela con el nombrado Rayo de mi mando y demás que pudieron verificarlo, con todas las fragatas y bergantines, a fin de recoger los buques desmantelados de nuestra escuadra, sin separarme a lo sumo de la costa arriba de un par de leguas y de no empeñar combate con fuerzas superiores, y sólo en caso de probabilidad de buen éxito lo ejecutase con las que fuesen iguales.

Mi navío Rayo en esta actualidad tenía rendido y con reata su mastelero de velacho por encima de su tamborete. Las velas mayores con algunos cañonazos que las clareaban; y uno particularmente que rotas las jimelgas internaban diez pulgadas en el alma del palo mayor. La jarcia rota y absolutamente en banda; porque aunque tezada en puerto, como nueva dió mucho de sí al primer empuje de las velas. = Llegado a bordo del Rayo, hallé le había faltado la noche anterior su cable sencillo, por lo que dando fondo al ayuste y garrando con ésta se dejó caer la esperanza por las violentas rachas de viento y hallarse verileando con los arrecifes de Rota. Quise levar la esperanza, y con la muy gruesa mar de leva se me disparó dos veces el cabrestante por tener mal hechos sus lingotes, y me lastimó veinte hombres, cuatro de ellos de muerte. Me vi precisado a dar la vela cortando ambos cables. Los vientos al SSE. inciertos y por la proa; todo anunciaba un vendaval. Por este motivo y por haberse descubierto como al SO. de dieciocho a veintiún navíos de línea ingleses, hice la señal de volver a fondear en el puerto de Cádiz; a donde ya me parecía imposible verificarlo, con un navío en tan mala disposición marinera como el Rayo y que sólo andaba tres millas. Pero a este tiempo nos distrajo esta atención el navío francés el Pluton que puso no sé por qué la señal de que los enemigos huían en desorden cuando nosotros éramos sólo cinco navíos, cuatro fragatas y dos bergantines; y siguiendo por fuera me precisó a imitarle.

A pesar de esto, mis esfuerzos se dirigían a barloventear para ser dueño del puerto; y muy poco o nada grandeaba con unas vergas mayores que por haber dado de sí sus bozas venían a bracearse muy por debajo de las arragayas; sin poder echar arriba los juanetes por la poca seguridad de los masteleros mayores. Como a las cinco de la tarde advertimos al Santa Ana llevado de remolque por una fragata francesa y que toda nuestra división se dirigía a Cádiz. Vuestra Excelencia es testigo del temporal que nos vino encima. Procuramos siempre el puerto pero con muy poca esperanza de llegar a él, abatíamos considerablemente con unas gavias arriadas sobre soco, y unas mayores que no portaban. No hubo un marinero que se atreviese a subir a tomar rizos, porque a la verdad, aunque los palos con sus repetidos crujidos amenazan venirse por instantes abajo, no eran ellos por otro lado hombres para este desempeño. Para venir a una conclusión, a las diez de la noche se vino abajo el mastelero y verga de velacho, llevándose media cofa de trinquete. A poco rato se nos rifó de alto a bajo la mayor, y luego después sobre la misma fugada el trinquete. Con la gavia y la mesana que me quedaban procuraba cuanto podía no caer a sotavento, a donde sabía de cierto estaban inmediatos los enemigos. A las doce de la noche se nos cayó dentro el palo y mastelero mayor, siguiendo el temporal cada vez más recio y tenaz. A la una y media de la madrugada del 24 se nos partió el palo mesana quedando tendido sobre la toldilla; a esta hora, hallándome sobre treinta y cinco brazas de fondeo, dejé caer la cuarta ancla con cien brazas de cable, que era la única que me quedaba. A las tres se nos zafó la caña del timón cuya cabeza mandé asegurar con cuñas, por lo mucho que golpeaba y con gran peligro contra el codaste. A las cuatro y media viéndonos con veinticinco brazas de agua y que íbamos garrando, mandé cortar las bozas de la verga de trinquete, cuya vela no se había podido aferrar, y esta faena la ejecutó mi primer carpintero, pues que ningún Oficial ni hombre de mar se atrevió a ello.

En fin, llegó y aclaró el día y nos reconocimos al O. de Sanlúcar, distancia como de tres leguas: rodeados de la escuadra inglesa y dos navíos de ella que venían sobre nosotros, distantes como de una legua a lo sumo.

En esta crítica situación, acosados del temporal que seguía y de los enemigos, junté a todos los Oficiales de Guerra del navío Rayo y pedido sus pareceres; se examinó y determinó: que nuestro navío hallándose sin palos y por los fuertes bandazos que pegaba por la muy gruesa mar que había, metía de banda y banda la primera batería toda en el agua hasta el batiporte bajo de la segunda, por cuyo motivo se le había clavado cabriones a sus cureñas desde el instante del desarbolo. Que la de esta última no se podía destrincar sin grave peligro y no poderse además manejar. La tercera batería toda cubierta y empachada por los palos y jarcias que pendían por los costados. Todo lo cual expuso el Teniente de Bombarda D. Melchor Alvarez, enviado al reconocimiento de toda ella. A popa no teníamos guardatimones, por el mucho arrufo y falta de explanada. Los cañones de único servicio eran las dos miras de proa y tal vez los dos de las muras. En este estado indefenso se resolvió tirar a varar el expresado navío en la costa; y de no poderlo verificar por la más inmediata proximidad del enemigo, no había otro partido que tomar que rendirlo por falta absoluta de fuegos con que defenderlo, y por estar ya absolutamente rendido en la disposición en que se hallaba.

Como a las ocho de la mañana se nos situó por la proa a tiro de fusil el navío Donnegal, de 90 cañones.

Y tan precisamente por la proa, que no lo pudimos descubrir por ningún cañón de la segunda batería conque pensábamos tirar aunque trincados algunos cañonazos, más bien por la forma que por otra cosa. Al mismo tiempo venía el Leviatan de 74 cañones a situarse por nuestra popa, y estando éste a un tercio de tiro de cañón, al instante que rompió el fuego el Donnegal arriamos la bandera: a los dos navíos, a la escuadra y sobre todo al temporal que tanto nos había acosado y imposibilitado.

El Donnegal nos marinó. Con la precisa anticipación he echado yo mismo al agua los pliegos reservados, libros de señales atados a una palanqueta de a veinticuatro. Vuestra Excelencia graduará según sus altos conocimientos los hechos que acabo de exponer. Pero nunca podrá evaluar el profundo dolor que reina en nuestros corazones, de haber rendido a los temporales y a una escuadra entera y victoriosa un navío que no habían podido rendir en el desgraciado combate del 21, y si algo puede templar este acerbo dolor, si algo patentiza nuestra deplorable situación, es que a pesar de los esfuerzos de los enemigos de dos Oficiales, tres Guardias Marinas y setenta y dos marineros escogidos que pusieron dentro, el navío Rayo ha ido a varar dos días después de apresado a nuestra costa, sobre Torre Carbonera, como dos leguas al NO. de Sanlúcar.

Dios guarde a V. E. muchos años.

Navío Donnegal, tres leguas al O. de Rota.

Excmo. Sr. Enrique Macdonell (rubricado).

Excelentísimo Sr. D. Federico Gravina.