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La historia del navío Glorioso (San Ignacio de Loyola)

La captura del Glorioso. Pintura de Charles Brooking. National Maritime Museum de Londres.
El navío Glorioso en su último combate. Pintura de Charles Brooking. National Maritime Museum de Londres.

Resumen

No es la primera vez que la Armada española edita en una de sus revistas un trabajo dedicado al navío Glorioso. En mayo de 2001, la Revista General de Marina publicaba «La gesta del Glorioso», de Agustín Rodríguez González. Un año después, en el número de agosto-septiembre, Román Piñón Bouza firmaba un artículo titulado «El Glorioso, un navío que hizo honor a su nombre».

Casi tres lustros después, las indagaciones realizadas en casi una veintena de bibliotecas y archivos españoles, ingleses y americanos han permitido sacar a la luz una gran cantidad de novedosos datos asociados al ciclo vital de este famoso navío del siglo XVIII, datos que no solo se circunscriben a los combates que le dieron fama. Dicha investigación quedó plasmada a mediados de 2015 en un libro titulado El Glorioso (1).

Este artículo es un brevísimo resumen de algunos de los capítulos de dicha obra. No obstante, se advierte al lector de que, en un intento de reducir el texto y hacerlo más fluido y ameno, se ha eliminado deliberadamente alguna de las notas a pie de página, así como la mayor parte de las transcripciones de textos británicos. También se ha reducido sustancialmente el listado de fuentes y referencias bibliográficas.

En cuanto a la transcripción de textos de época, todos ellos entrecomillados, se advierte de que, aunque determinadas palabras o frases incumplan las actuales reglas de ortografía, estas han sido transcritas respetando las grafías empleadas, con el único propósito de preservar la fidelidad al documento original.

Solo en el caso de la utilización de la x por la j, se ha preferido emplear la segunda. El mismo criterio ha sido empleado con respecto a los párrafos extraídos de documentos ingleses.

En el mismo sentido, las referencias a la mayoría de los personajes se han hecho empleando los mismos caracteres que estos utilizaban para firmar, o bien los que aparecen al ser citados en los documentos coetáneos.

La Armada según el reglamento de 1738

En diciembre de 1737, el secretario del Almirantazgo presentaba a Felipe V, para su aprobación, el «Reglamento General de la Marina», por el que se fijaba «la calidad y cantidad de buques de guerra de que se ha de componer la Armada de España» (2).

En el primer artículo de los cinco de que constaba dicho reglamento se señalaba:

«… los navios, fragatas, bombardas, y paquebotes que se consideran suficientes y proporcionados á los destinos ordinarios y extraordinarios (…)», quedando la cantidad establecida en «60 buques de guerra».

No se incluían en dicho número los tres navíos y fragatas de que se componía «la Armada del Mar del Sur». Continuaba el artículo reseñando que, de acuerdo con los barcos existentes en esos momentos, faltaban cuatro para llegar a los sesenta establecidos, pero como el rey había resuelto que se construyeran «dos navíos en la Habana y una fragata en el Ferrol en cada año (…) con el de poco tiempo se podrá lograr lo que se desea».

La construcción del Glorioso

El 5 de agosto de 1737, el rey ordenaba:

«que en cada año se construyan en la Habana dos vajeles (…) de setenta cañones que son los que se consideran necesarios para mantener el presente pie de Armada» (3).

El 16 de septiembre, el entonces secretario del Rey y del Almirantazgo, Zenón de Somodevilla, comunicaba la nueva resolución al intendente de Marina de Cádiz, a quien instaba a informar al constructor, Ciprián Autrán, sobre la misma.

Le indicaba, además, que cualquier comunicación hecha al astillero de La Habana sobre este asunto debería remitirla por sí mismo, y que resultaba indispensable advertir al asentista, Juan de Acosta, de que «en los Navios de 70 Cañones concurran todas las Calidades que se requieren para su mayor fortificacion».

No obstante, se le prevenía de que, debido al «delicado» temperamento del constructor habanero, cualquier advertencia de carácter técnico debía ser notificada sin que sospechara «que otros Constructores le an émmendado la plana» (4).

La orden de ejecución la materializaría Ensenada dos semanas después mediante sendas cartas remitidas a Juan Antonio de Vizarrón, arzobispo de México y virrey de Nueva España; al constructor juan de Acosta, y al comisario de Marina de La Habana, Lorenzo de Montalvo.

La Habana en 1737
Detalle extraído del plano de la ciudad y puerto de La Habana, 1737. A la izquierda se aprecia el contorno del nuevo astillero de La Tenaza (22). Cartoteca del Archivo General Militar de Madrid (AGMM), sign. Tubo-1/2

En octubre de 1738, en el astillero de La Tenaza (La Habana), se iniciaban las obras de dos navíos de guerra de setenta cañones, que serían conocidos como el Invencible y el Glorioso, su gemelo. El proyecto y las proporciones fundamentales de los dos buques fueron obra de Ciprián Autrán Oliver. Los trabajos, que se prolongarían hasta comienzos de 1741, los dirigiría el asentista Juan de Acosta.

Los nombres religiosos del Invencible y el Glorioso

A finales de noviembre, Pedro de Acosta, hermano de Juan, remitía al virrey de Nueva España un interesante escrito. Lo comenzaba informando de que el 4 de noviembre de 1739 había caído al agua «el Navio nombrado Nuestra Señora de Belem (alias el Ymbencible)…».

El informe continuaba con una detallada descripción de las obras realizadas en los dos navíos. Pero lo más relevante de este legajo es el hecho de poner de manifiesto que los bajeles botados para la Armada Real tenían también un nombre religioso.

A este respecto hay que significar que todos los autores consultados aseguran que el Glorioso estaba bajo la advocación de Nuestra Señora de Belén, pero ese nombre, como prueba este documento y varios más hallados durante nuestra investigación, era en realidad el de su gemelo, el Invencible.

En cuanto a la denominación religiosa del navío al que se consagran estas páginas, se halló en una de las últimas hojas de un voluminoso legajo existente en el Archivo General de la Marina Don Álvaro de Bazán. Entre las frases de una instancia de Juan de Acosta se citaba al «Nuestra Señora de Belén y al San Ignacio de Loyola, alias el Glorioso».

Algún especialista en cuestiones marineras podría argumentar que en ocasiones los nombres dados a un barco en el astillero se cambian con posterioridad. Es cierto, y está comprobado que esta práctica fue llevada a efecto con otras naves. Sin embargo, el documento hallado estaba fechado en febrero de 1742, cuando el navío llevaba varios meses fondeado en La Habana como buque insignia de la escuadra del teniente general Rodrigo de Torres.

Documento donde se acredita el nombre de San Ignacio de Loyola al navío Glorioso
«Construzion de Dos Navios de Setenta Cañones Nombrados Nuestra Señora de Bethelem /alias el Ymbencible/ y San Ygnacio de Loyola /ó el Gloriosso/». Cita extraída de una instancia fechada en febrero de 1742.

Los primeros viajes del navío Glorioso

A finales de mayo de 1747, el Glorioso partía desde Veracruz con la misión de trasladar a la Península un valioso cargamento. El viaje, que estaría aderezado de avatares, proporcionaría fama al buque y a su tripulación y les haría ganarse por derecho propio un hueco en los libros de historia. Pero, curiosamente, el primer crucero de este navío a la metrópoli, aunque menos conocido, también tuvo como objetivo transportar un gran tesoro.

Así, tres años antes, a finales de octubre de 1744, partía de La Habana una pequeña escuadra bajo el mando del teniente general Rodrigo de Torres, en la que figuraba como nave capitana el Glorioso.

El 5 de enero entraba en el puerto de La Coruña junto al navío Castilla, pese a que los británicos conocían el propósito del viaje y habían movilizado tres grandes escuadras para interceptar el convoy español. La Gaceta de Madrid publicaría el siguiente resumen sobre la noticia:

«Con Extraordinario que llegó al Real Sitio del Pardo el dia 9 del corriente, despachado por el Theniente General de la Armada Don Rodrigo de Torres y Morales, se ha tenido la importante gustosa noticia de que habiendo salido de la Havana el dia 10. de Noviembre, dio fondo en el Puerto de la Coruña el dia 5. de este mes, con los Navios de Guerra nombrados el Glorioso, y la Castilla, los quales han conducido el Tesoro, que se hallaba en la Havana, y consiste en ocho millones 274.565. pesos fuertes, pertenecientes á S.M. y al Comercio, y tambien cantidad de Tabaco en Polvo, y Rama; y de un dia á otro se espera aviso de que ayan entrado en los Puertos de España el Navio de Guerra nombrado la Europa, y quatro Marchantes, cargados de Grana fina, y silvestre, Añil, Tabaco, y algun dinero, que assimismo hicieron vela de la Havana en conserva de este General, y se separaron de ella en la altura de las Terceras, á causa de las neblinas, y fuerza de los vientos contrarios» (5).

Cuatro días después lo harían el navío Europa y cuatro fragatas (las españolas Flecha y San Ciriaco y las francesas Perfecta y Brillante), con el resto de las mercancías y caudales.

Tras cumplir su misión, el Glorioso sería sometido a una serie de reparaciones menores en el arsenal de La Graña (La Coruña), lapso durante el que su capitán y tripulación fueron asignados al departamento de Ferrol. Durante los siguientes meses realizaría varias salidas en compañía de otros buques de guerra, con la misión principal de proteger el tráfico de embarcaciones españolas y francesas en la zona del Atlántico.

En marzo de 1746, durante una de esas misiones, la pequeña escuadra española sufriría los efectos de una fuerte tormenta cerca del cabo de Finisterre, tras la cual las autoridades dieron por desaparecido el San Ignacio de Loyola, pensando que había naufragado.

Afortunadamente, el navío pudo llegar a Cádiz, donde sería reparado y aprestado en el arsenal de La Carraca. Su siguiente y trascendental misión consistiría en dirigirse a Veracruz (México) capitaneando un gran convoy de dieciocho navíos.

Una vez descargadas sus bodegas en el puerto novohispano, el Glorioso sería avituallado nuevamente para poder acometer su tornaviaje a Europa.

A finales de mayo, el contador de la Armada de Barlovento, Antonio de la Granda, rubricaba la relación de los 644 miembros que formaban la dotación del navío, así como el estadillo resumen con el «numero de oficiales, ynfanteria, gente de mar, y [h]olandeses protestantes prisioneros de la mar del Sur» (6).

Arsenal de La Graña, 1728.
Arsenal de La Graña, 1728. CAGMM, sign. C-12/14

El 28 de mayo de 1747, el San Ignacio de Loyola zarpaba de Veracruz con destino a la Península. El capitán Messía lo relataba así en su diario de navegación:

«Este dia a la una de la mañana hallándome con el Practico abordo empeze a levarme sarpando el ancla que tenia por rejera al S.E. y un chicote de cable que tenia dado a la argolla del Castillo de San juan de Ullua (…) á las 9½ de la mañana me entro el viento por la Virazon del S. al NE. con el que largue mis Gavias para hecharme fuera…» (7).

embarcaciones que formaban el primer convoy que comandó Pedro Messía de la Zerda de diciembre de 1746 a marzo de 1747
Cuadro resumen con las embarcaciones que formaban el primer convoy que comandó Pedro Messía de la Zerda de diciembre de 1746 a marzo de 1747.

La oficialidad del Glorioso

Antes de abordar los pormenores de la epopeya protagonizada por el Glorioso, se debe precisar el nombre correcto de los oficiales que componían la dotación del buque durante esta travesía, la última bajo pabellón español.

Su comandante, don Pedro Messía de la Zerda, había recibido su designación en abril de 1741, siendo su primero y único capitán. El resto de los oficiales se encuentran relacionados en una carta que Messía remitió al marqués de la Ensenada, aunque solo se identifica por su nombre y apellidos a los tres principales (8).

Retrato de Pedro Messía de la Zerda
Retrato de Pedro Messía de la Zerda. óleo sobre lienzo, Museo Colonial, Bogotá D.C. (Colombia), núm. registro 03-1-105
Retrato de Francisco de León y Guzmán
Retrato de Francisco de León y Guzmán. óleo sobre lienzo, Museo Naval de Madrid (MNM), núm. inv. 841

El segundo comandante era el capitán de fragata don Francisco de León y Guzmán, que ejercía también este cargo en el navío Princesa cuando su apresamiento en 1740. El jefe de la primera batería era el teniente de navío don Juan Manuel Pérez de Alderete, marqués de Casinas, y el de la segunda, don Joseph de Rojas y Recaño, del mismo empleo.

Comienza la epopeya

Como ya se dijo, el Glorioso partió de Veracruz el domingo 28 de mayo de 1747. El viaje transcurrió sin novedades reseñables hasta el martes 25 de julio, cuando «á las 5. de la mañana (…), en la latitud, de 41. grados; y en la Longitud 352. grados 20 minutos, meridiano de Thenerife del Cabo de Finisterra 207. leguas», todo cambió.

El capitán español había descubierto por su proa diez velas que no pudo identificar, debido a la espesa neblina reinante. Aun así, mandó «ceñir el viento con Proa al N. amurar la maior y hazer toda la fuerza de vela para mantener el barlovento».

Por último, ordenó zafarrancho. A las doce del mediodía se aclararon los horizontes y pudo descubrir quince embarcaciones, de las que once eran navíos.

Pedro Messía aún no lo sabía, pero se había topado con un convoy inglés escoltado por varios buques de guerra. En el momento de avistar al Glorioso, el convoy constaba de trece mercantes.

Los buques de escolta eran el navío Warwick, de sesenta cañones; la fragata Lark, de cuarenta; el transporte de tropas Beaufort, de veinte, y el paquebote Montagu.

Mapa posiciones de los buques implicados en el primer combate del navío Glorioso
Mapa explicativo donde se muestran las posiciones, con respecto al Glorioso, de los tres barcos ingleses que lo perseguían. Aunque en esta lámina el paquebote es identificado como «Montague», se trata de un error tipográfico.

Este último sería el tercer buque involucrado directamente, junto a la Lark y el Warwick, en la persecución del Glorioso. El paquebote, que estaba capitaneado por el Sr. Connelly, pertenecía al Office of Ordinance, de ahí que no aparezca reflejado en los listados de buques de la Royal Navy.

En cuanto a su armamento, las fuentes inglesas consultadas no precisan el número de cañones que portaba; sin embargo, Pedro Messía se refería a esta embarcación como un «Bergantín de bastante vela (…), con su Artilleria de a quatro, de porte de 16. Cañones».

Se debe aclarar que el capitán John Crookshanks, comandante de la fragata Lark, era el oficial más antiguo. Por tanto, el capitán Erskine, que comandaba el Warwick, estaba bajo su mando, a pesar de dirigir un buque de mayor porte.

El detalle, en apariencia nimio, resulta en cambio trascendente, ya que el choque de egos entre ambos oficiales influiría decisivamente en su comportamiento durante los combates con el navío español.

Tras el avistamiento mutuo, Crookshanks ordenó iniciar la persecución del Glorioso, pero manteniendo su rumbo inicial junto al resto del convoy. Cuatro horas después, ante el alejamiento inevitable de su presa, ordenó al paquebote Montagu, el más veloz de sus barcos, que iniciara la caza del navío español.

Al caer la noche, la escuadra había perdido de vista los dos barcos, pero poco después el Montagu disparó sus cañones y encendió falsos fuegos en cubierta para marcar su posición. Las señales, divisadas por el comandante inglés, hicieron comprender a este que el enemigo había virado, tomando un rumbo diferente del seguido por sus barcos.

Si quería capturarlo, no tenía más remedio que dejar los mercantes bajo la protección del Beaufort e iniciar la persecución en compañía del Warwick.

Al anochecer del 26 de julio, tras una persecución de casi cuarenta horas, las distancias se habían acortando drásticamente respecto del resto de los buques británicos. La táctica a emplear por John Crookshanks era sencilla sobre el papel: sobrepasar a su presa durante la noche para ganarle la proa. Si lo lograba, podría lanzarle una andanada en una posición muy ventajosa, obligándole a virar.

De este modo, daría tiempo al Warwick para alcanzarlos y, así, poder enfilar a su enemigo entre los fuegos de los dos buques. Un plan simple, pero con un grave problema de inicio: el comandante de la Lark no informó del mismo al capitán Erskine.

El primer enfrentamiento

Este combate es conocido como el de las Azores, aunque realmente, y según el diario de navegación de Pedro Messía, las islas más occidentales habían sido sobrepasadas dos días antes. Si se trasladan las coordenadas expresadas por el comandante español a una carta náutica referida al meridiano de Tenerife, se comprueba que el duelo artillero tuvo lugar unos 200 kilómetros al norte del archipiélago (9).

Al anochecer del miércoles 26 de julio, con los horizontes abromados, el capitán español, advirtiendo que los tres bajeles enemigos se le venían encima, tomó la iniciativa.

Pedro Messía lo describió así en su diario: «… a las 9 de la noche, viendo que me entravan mande aferrar todas mis velas Pequeñas Cargar las maiores, largar la Bandera y Gallardete quedándome solo con las Gavias».

Los acontecimientos se sucedieron rápidamente. El Glorioso, con el paquebote pegado a su aleta de estribor, arribó de improviso hacia él, disparando a bocajarro «algunos cañonazos». El Montagu, sin disparar un solo cañón, se alejó para no volver a acercarse.

La maniobra había situado el navío español al costado de la Lark. El enfrentamiento fue corto:

«… con mi arrivada le franquee bien su Costado, y le disparé todas las dos Baterías de la banda de Estribor, y el me correspondio con las suias, reconociendo heran sus valas de a 12, le desarbolé del Mastelero de sobremesana, y arribó, por lo que consideré, yba bien yncomodado, pues no bolvio á entrar más en funcion».

Tras haberse deshecho de dos de sus perseguidores en pocos minutos, el capitán De la Zerda no iba a consentir que el enemigo le arrebatara la iniciativa. Lo más fácil habría sido aprovechar la oscuridad de la noche para dejarlos atrás. Sin embargo, el comandante español tenía muy claro lo que debía hacer.

Con gran seguridad, como si llevara días planeándolo, viró su barco en redondo y se dirigió, manteniendo el barlovento, directo a por el que, pensaba, era el buque insignia enemigo.

«… viré de bordo por redondo para ir sobre el que hacia de Comandante, y teniendolo por mi sotavento, arrivé sobre el poniendome amedio tiro de fusil, le di una descarga cerrada con ambas baterias de la Banda de bavor, del Alcazar, y toda la fusileria, á que me correspondio, y luego que me hubo pasado viró de bordo por mi aleta de babor, arrivé para presentarle bien el costado, poniendome amedio tiro de Pistola de el, para que mis tacos pudiesen alcanzarle; y no desperdiciar tiro alguno…».

La noche era oscura, pero durante el intercambio artillero las deflagraciones de la pólvora permitían que las tripulaciones de la Lark y el Montagu vieran los cascos de ambos barcos tan claramente como si hubieran estado iluminados a propósito.

A las doce, los dos navíos se quedaron inmovilizados por falta de viento, así que no había disyuntiva: vencer, o perecer en el intento. A este respecto, merece la pena referir una anécdota relacionada con el capitán Messía, la cual deja bien a las claras que el pueblo británico, famoso por su proverbial flema, no tiene la exclusiva de esta virtud y así, el comandante español anotaba en su diario: «A la 12 de la noche se calmo enteramente el viento, y no hubo otra maior novedad que proseguir el combate y duro con el».

En este momento del encuentro, también debemos referirnos a los ya mencionados egos, que de nuevo hicieron aparición. El enfrentamiento entre el Glorioso y el Warwick había comenzado alrededor de las diez de la noche.

A las tres de la mañana, el cañoneo continuaba y, sorprendentemente, el capitán Crookshanks aún no había comparecido. Transcurridas cinco horas desde que el navío Glorioso descargase su primera andanada sobre el Warwick, el buque de Erskine seguía luchando a solas, sin ayuda alguna de su jefe.

Como consecuencia del cuestionable comportamiento de este último, el Almirantazgo británico le sometería a un consejo de guerra, de resultas del cual sería expulsado con deshonor de la Royal Navy.

A las tres y cuarto de la mañana entró «un poco de viento por el ENE». El capitán Erskine, considerando que había sufrido suficiente castigo, aprovechó el viento favorable y decidió alejarse del Glorioso. Pedro Messía había resultado victorioso.

El Warwick, desarbolado de su «Mastelero maior, y de su Mastelero de juanete de velacho (…)[,] salió bien estropeado», pues nada más zafarse del buque español «disparó algunos Cañonazos sin vala, y puso faroles en el tope del trinquete», señal que De la Zerda interpretó como «de pedir socorro».

Tenía razón, y así lo interpretaron también desde el lado británico: «The Warwick then fired one of her after lower Deck Guns; which could bear no other Construction than to be a Signal of Distress» (10).

Al amanecer del 27 de julio de 1747, el convoy inglés estaba ya «a distancia de dos leguas». Al mediodía, Pedro Messía lo perdió definitivamente de vista. Su informe sobre el combate finalizaba con un recuento de las bajas y del número de disparos efectuados:

«Los muertos que he tenido durante la funcion han sido tres Hombres de mar y dos Pasajeros, llamados Don Pedro Ygnacio de Urquina y Juan Perez Veas. Heridos levemente, primero y segundo Condestable, y un Artillero de Brigada. Ynfanteria 10. solo uno de mucho cuidado, los demás levemente. Artilleros, Marineros, y Grumetes 29. seis gravemente de los quales, en los días despues, murieron quatro, y el Soldado también. Sean disparado 406. Cañonazos del Calibre de á 24: 420. de a 18: 180 de a 8: 4.400 Cartuchos de fusil».

Llama la atención el número de balas de fusil disparadas. Para advertir mejor lo elevado de la cifra, hagamos una comparación muy gráfica. En la batalla de Borodino (1812), considerada por los historiadores la jornada más sangrienta de las guerras napoleónicas, se emplearon mosquetes de chispa similares a los que se usaban a mediados del siglo XVIII.

Pues bien: según las estimaciones más fiables, la infantería francesa efectuó ese día 1.400.000 disparos, una media de entre diez y quince por soldado en las aproximadamente doce horas que duró la batalla. Si se tiene en cuenta que en el estadillo de la tripulación del Glorioso se precisaba que los cabos y soldados dotados de fusil eran 140, cada uno de ellos realizó más de treinta disparos de media en las seis horas de enfrentamiento con la Lark y el Warwick.

Durante la semana siguiente, la navegación a Ferrol prosiguió sin novedades dignas de mención. Pero el domingo 13, que había amanecido claro y con el cielo despejado, el vigía del palo mayor divisó tres velas: la primera de ellas, identificada por el propio Messía, era un paquebote «de porte 14 a 16 cañones al parezer corsario respecto la mucha gente que le beia con el anteojo y lo tascado de su costado y en sevado»; las otras dos no pudieron identificarse.

Combate del cabo Finisterre

El lunes 14 de agosto amaneció «con los órizontes claros el viento bien fresco y variable del NE al ENE y la mar algo gruesa del NE». A las «4¾ de la mañana» se volvieron a avistar dos velas, cuatro leguas a sotavento, pero sería a la una de la tarde cuando el capitán del Glorioso anotaría en su diario:

«hubo sol y óbserve 43 grados 34 minutos de latitud considerandome en los 7 grados y 27 minutos de longitud Rumbo navegado al ESE (…) demorandome el Cavo de finisterra al S en distancia de 9¾ leguas y la ysla de Sisarga al L. 5 grados al S. a 12 leguas (…) aviste por mi Proa 3 embarcaziones que benian en buelta mia y a las 2 reconocí ser ynglesas por los Gallardetes y vanderas de la divisa blanca (…) con mi reducido aparejo no pude hacer otra cosa que esperarlas y a las 3 mande Cargar mis maiores quedandome solo con las Gavias y estando una milla cerca de mi me asegure ser el uno de 60 Cañones y los otros dos una fragatilla de 24 un Paquebot de a 16».

Según las fuentes británicas, los buques eran el navío Oxford, de 50 cañones; la fragata Shoreham, de veinticuatro, y la balandra Falcon, de catorce. A las cuatro de la tarde, los tres bajeles sobrepasaron al Glorioso por ambas bandas —a distancia prudencial, sin abrir fuego—, el mayor por sotavento, y los dos menores, por barlovento.

Nada más superar la popa del navío español, el Oxford «viro de bordo, cargo su trinquete y abló con los dos pequeños». Poco después, el capitán Messía, al ver al navío inglés «marear su trinquete» para venir sobre él, volvió a tomar la iniciativa. Viró en redondo y se dirigió hacia el buque británico de manera decidida, ganándole el barlovento. De la Zerda describió el combate en estos términos:

«Al igualarnos me dió su descarga aque le correspondi con la mia, de ambas vaterias de la vanda de bavor y los 2 pequeños, tambien me dieron su descarga, volvi a virar de bordo sobre él y largue el trinquete para alcanzarlo, pasando por su sotavento, á causa de poder mejor manejarme por mi primera bateria, que con la mucha mar que avia, experimenté en la primera descarga haverme entrado porcion de agua en el entrepuentes, el nunca quiso presentarme su costado, y los pequeños pusieronse a barlovento. Nos hicimos fuego de una y otra parte, con dos descargas que a la ultima largo por alto, el rizo que tenia a las Gavias, y los juanetes, amuró su maior, para salir de mí fuego y escapar inominiosamente, como lo consiguio a las 7 de la tarde arrunvando la vuelta del Sur sudeste, dejando las armas de S.M. vencedoras; (…) ceñi el viento governando al sureste, luego que entro la noche los perdi de vista».

El duelo había durado casi tres horas. En el enfrentamiento habían escaseado las andanadas, pero el sentido táctico y la audacia del capitán español le habían dado la victoria.

Prueba de ello fueron las pocas bajas con que se saldó: cinco heridos leves «de astillazos», entre los que se encontraban el teniente de navío Josep de Rojas y el de fragata Joseph Veanez.

Los daños también fueron limitados: «En el aparejo tuve algun daño y el mastelero de Velacho pasado de un balazo dejando su vala dentro. La Berga maior recivio otro valazo y son del calibre de a 18. ótras 2 me pasaron el Costado por la segunda Vateria».

Navío Glorioso durante su segundo combate en el Cabo Finisterre
El combate del cabo de Finisterre, óleo sobre lienzo de Augusto Ferrer-Dalmau (2015). Colección particular.

Volviendo a las consecuencias del combate, el comandante del Oxford sería juzgado en Portsmouth ese mismo año. Otros autores aseguran que el capitán Callis era tan celoso de su honor que fue él mismo quien solicitó someterse a un consejo de guerra que determinase la causa del fracaso.

Finalmente sería exonerado de cualquier responsabilidad. No obstante, la opinión desfavorable que el marino español manifestó sobre el capitán Smith Callis se vería refrendada a la mañana siguiente.

«Amanecio con los orizontes claros y el viento bien fresco por el ENE con mucha marejada del NE (…) a las 7 aviste las mesmas tres embarcaciones por mi Proa, al SE, y yvan ciñendo el viento la buelta del norte a las 8 pasaron por mi Proa como a 2 millas de distancia sin hazer movimiento alguno.»

A las once los perderían de vista para no volver a verlos. Durante el resto del día, el Glorioso navegó hacia el sureste «en demanda de la tierra», divisando el cabo Finisterre al noreste en las últimas horas de la tarde, a una distancia de entre cuatro y cinco leguas.

El miércoles 16 de agosto de 1747, sobre las ocho, se levantó una espesa niebla que oscureció toda la costa, obligando a gobernar el navío hacia el sur. Pasado el mediodía, y «haviendo aclarado un poco los orizontes», Pedro Messía volvió a divisar el cabo, ahora a una legua de distancia. Había llegado el momento de buscar un fondeadero seguro. Sus disposiciones para lograrlo quedarían reflejadas en su diario con las siguientes palabras:

«Mande echar el Bote al agua y que fuese un oficial en el a tierra por practicos al Santo Christo de finisterra y me trajere practico, a las 5 de la tarde bolvio con 4 de ellos y 5 Barcos Pescadores que me remolcaron ayudados de mi lancha y Bote para entrar en la Ria de Corcubion donde a dicha Boca fondee, a las 8½ de la Noche en 16 brazas fondo de arena y lama suelta distante de la Villa de Corcubion ½ legua.»

Si se leen detenidamente las palabras del capitán De la Zerda, y se observan las profundidades marcadas en el «Plano de la Ría o Puerto de Corcubion» que se adjunta, se infiere claramente que el buque había sido fondeado a la entrada de la ría, no en su interior.

Según su declaración posterior, los continuos «vientos fuertes, por el nordeste» no le permitieron llegar «con inmediacion á la población de Corcubion». Finalmente, la noche del día 18 conseguía entrar en la ría, donde, hipotéticamente, quedaba protegido.

La ría de Corcubión

Sin embargo, el Glorioso corrió durante varios días serio peligro de ser abordado y de que su cargamento fuese tomado. Y es que, aunque a comienzos de 1740 se había propuesto la construcción de cuatro baterías para la defensa de este magnífico fondeadero, y la construcción de las dos exteriores, denominadas del Cardenal y del Príncipe, se inició ese mismo año (11), los trabajos se abandonaron por falta de caudales cuando aún no se habían concluido siquiera sus basamentos.

Así pues, cuando el Glorioso fondeó en la ría coruñesa en agosto de 1747, esta estaba huérfana de toda fortificación.

En definitiva, el navío Glorioso había fondeado en el interior de un puerto sin defensas, quedando en una posición tan expuesta que obligó a su comandante a tomar medidas urgentes, y a toda su tripulación, a entregarse a una actividad frenética durante los días siguientes.

Había que descargar el tesoro y transportarlo a un lugar seguro; construir fuertes en tierra con los que poder defender la entrada del estuario; dotarlos con cañones desmontados del propio navío, y reparar la arboladura de este. La ingente correspondencia que se generó durante la estancia del buque en Corcubión evidencia tanto las excelentes dotes organizativas de Pedro Messía como su gran capacidad de iniciativa.

Situación del navío Glorioso en la Ría de Corcubión
Situación del Glorioso y de las baterías provisionales. A: Posición del buque el 16 de agosto de 1747; B: Posición definitiva desde el 18 de agosto; C: Emplazamiento de las baterías ordenadas construir por el capitán De la Zerda. CAGMM, extraído de la sign. C-17/1

Por falta de espacio, no se relatarán todos los hechos ocurridos durante los casi dos meses que el navío estuvo fondeado en la ría gallega. Sin embargo, sí se debe mencionar que este período resulta de lo más interesante dentro del ciclo vital del buque al que se consagran estas líneas.

En este sentido, se conoce la valiosa carga desembarcada, así como el trayecto seguido para ponerla a salvo. Por cierto que el cargamento real era muy diferente del declarado oficialmente.

A este respecto, pocos gallegos sabrán que durante unos días del verano de 1747 los muros de algunas de sus iglesias rurales y de los edificios históricos de sus ciudades más emblemáticas albergaron un tesoro que en la actualidad estaría valorado en más de 4.000 millones de euros.

Otro de los aspectos a ponderar en este episodio es la eficiencia del espionaje británico, que había tejido un complejo entramado de agentes secretos que permitía conocer a las autoridades inglesas todos los movimientos españoles en la zona.

También merecen ser referidas las causas por las que una compañía de granaderos de una unidad de infantería perteneciente al Ejército, el Regimiento de Lisboa, fue embarcada en el Glorioso.

Su actuación durante los últimos combates sostenidos por el navío vale por sí sola para rescatar del olvido su pequeña cuota de protagonismo en esta historia.

Por último, es necesario precisar en este epígrafe que Pedro Messía de la Zerda fue ascendido a jefe de escuadra a los pocos días de llegar a Corcubión. El marqués de la Ensenada le comunicó dicha promoción por carta fechada en Madrid el 22 de agosto de 1747. De la misma hemos extraído el siguiente párrafo:

«Aviendo oydo el Rey con mucho gusto, y satisfaccion la noticia del feliz arribo de V.S. a Corcubion con el Navio el Glorioso de su cargo, y el honor, valor, y conducta con que con gloria de su Real Pabellon vatio V.S. en dos combates que tubo en su venida a España desde Veracruz con los vageles de Guerra yngleses (…) Há promovido a V.S. á Gefe de Esquadra de la Armada: Doy a V.S. este aviso de orden de S.M. con mucho gusto mio (…)» (12).

Los últimos combates

Siguiendo las órdenes particulares del marqués de la Ensenada, y aprovechando la luna nueva, Pedro Messía de la Zerda zarpó de Corcubión el 5 de octubre.

Sin embargo, a la mañana siguiente, sobre el cabo de Finisterre se topó con «15 Navios, los 8 de crecido porte, y considerando fuesse Esquadra enemiga, volvió a entrar en Corcubion, y para su defensa desembarcó alguna artillería, que coloco en Baterias». Tras este intento fallido, el navío español partía definitivamente de la ría coruñesa la segunda semana de octubre:

«El dia 11. de octubre por la tarde salimos del Puerto de Corcubion en el Navio del Rey nombrado el Glorioso, que navegó hasta el Cavo de finisterre, donde fondeó á esperar Viento favorable para seguir la derrota al Ferról; pero haviendo entrado el 14. un recio Viento nos garreó el Ancla, y salimos al Mar precisados de su violencia; y siendo contrario, para la expresada derrota, y escaso, para tomar otro Puerto de la Costa de Galicia (…); de comun acuerdo se resolvio dar descanso al Navio, arrivando al Puerto mas inmediato á Sotavento, que era Cadiz» (13).

Tres días después de haber partido del fondeadero de Finisterre, a la altura del cabo de San Vicente, los vigías del solitario navío español divisaron una decena de buques enemigos.

Dos de ellos se adelantaron al encuentro del Glorioso; eran las fragatas británicas King George y Prince Frederick. Ambas naves formaban parte de una pequeña escuadra corsaria comandada por el comodoro George Walker.

George Walker y la Royal Family

Este corsario inglés había servido en la marina holandesa durante su juventud, y llegó a ser propietario de un barco mercante. Cuando estalló la Guerra del Asiento, en 1739, se encontraba en las colonias americanas. Durante los tres años siguientes patrullaría las costas de Carolina comandando el bergantín William.

De 1744 a 1745 dirigió dos barcos corsarios, con los que llegó a capturar cinco buques mercantes franceses y a hundir otro. En 1746 se le dio el mando de una flotilla que fue conocida como la «Royal Family» por los nombres impuestos a sus seis naves, a saber: King George, Prince Frederick, Prince George, Duke, Princess Amelia y Prince Edward Tender (14).

En lo tocante a la fuerza de la Royal Family, precisemos que a comienzos de julio de 1747 las seis fragatas en cuestión sumaban en conjunto 114 cañones y 1.000 hombres.

Como se verá posteriormente, solo las tres primeras estuvieron presentes en los enfrentamientos con el Glorioso, aunque en último término la única que se enfrentaría con el buque español, en un duelo artillero directo y prolongado, sería la King George, comandada por George Walker. Esta circunstancia dice mucho del comandante inglés.

No cabe duda de que la audacia y valentía que demostró al enfrentarse a un navío de guerra que lo doblaba ampliamente en bocas de fuego estaban alentadas por el apetitoso tesoro que, presumiblemente, transportaba su oponente. Sin embargo, fue precisamente su arriesgada maniobra la que favorecería finalmente los intereses británicos, como reconocería posteriormente el propio De la Zerda.

Volviendo al relato de los hechos, durante toda la mañana del 17 de octubre, con el viento soplando del noreste, las fragatas King George y Prince Frederick persiguieron al Glorioso, hasta que al mediodía un repentino período de calma les inmovilizó. Walker se encontraba a tiro de cañón del navío español, pero como este no desplegaba sus colores, permanecía a la expectativa intentando averiguar su nacionalidad.

Tras permanecer más de una hora observándose, Pedro Messía ordenó cerrar las portas de su batería inferior, lo que hizo dudar a Walker de si realmente se hallaba frente a un rico galeón cargado con los caudales anuales de las Indias.

El comodoro consultó la decisión a tomar con sus oficiales, que convinieron en que se trataba de un monied ship. A las cinco de la tarde se levantó una suave brisa del norte y el buque español retomó su derrota hacia el cabo de San Vicente. Solo pudo seguirle el King George, por continuar el resto de las embarcaciones inglesas sin viento.

Al anochecer, la nave corsaria llegó en solitario a la altura del San Ignacio de Loyola, colocándose a su costado. Alguien de la tripulación inglesa saludó en portugués, pero no obtuvo respuesta. Habló entonces en inglés, y desde el navío español se le preguntó en su mismo idioma por el nombre del barco.

Nada más contestar, se abrieron las portas y una andanada de las dos baterías de esa banda barrió de proa a popa la fragata británica. Dos de sus cañones fueron desmontados, y el mastelero de gavia, echado abajo. Se inició entonces un duelo artillero entre los dos barcos, en el que los ingleses intentaron paliar su falta de potencia sacando el máximo partido de la compañía de infantería embarcada y del gran número de mosquetes disponibles.

Sin embargo, De la Zerda, consciente de sus ventajas, no iba a permitir un duelo a corta distancia. Con una luna llena que permitía ver casi como si fuera de día, hizo maniobrar su buque y se apartó del inglés para aprovechar el mayor alcance de sus cañones. Walker, con la mayor parte de la arboladura de su nave dañada, no pudo hacer nada para evitarlo. Durante las siguientes dos horas la fragata corsaria fue literalmente arrasada.

La fragata corsaria Prince Frederick llega al lugar donde se hallan combatiendo la King George y el Glorioso
Grabado inglés, fechado en 1753, que muestra el momento en que la fragata corsaria Prince Frederick (en el centro de la imagen) llega al lugar donde se hallan combatiendo la King George y el Glorioso.

Algunas velas caídas sobre cubierta debieron de incendiarse, porque el comodoro inglés tuvo que enviar un grupo de hombres a extinguir los incendios a bordo. Otros abandonaron sus puestos y corrieron a ponerse a salvo, aunque finalmente la disciplina fue preservada.

Sobre las diez y media de la noche, con la King George totalmente a merced del navío español, hizo su aparición la Prince Frederick. Edward Dottin, su comandante, la situó a la aleta de babor del Glorioso y ordenó disparar, intentando distraer parte del fuego enemigo que se abatía sobre la embarcación de su jefe.

A pesar de que Dottin había tenido la precaución de no ofrecer el costado de su nave a los grandes cañones de su oponente, los primeros disparos de este causaron tres heridos graves en su tripulación, dos de los cuales sufrieron la amputación de sus piernas.

El duelo artillero se prolongaría todavía media hora más, hasta que, pasadas las once de la noche, el Glorioso se hizo a la vela. El corsario británico, a pesar de contar todavía con la Prince Frederick, que no había sufrido graves daños, decidió que habían recibido suficiente castigo y dejó marchar a su oponente.

El enfrentamiento les había costado al menos dieciocho bajas —quince de ellas pertenecientes a la dotación de la King George—, entre las que se contabilizaron ocho muertos. Del lado español, los fallecidos serían tres y cinco los heridos.

A las seis de la mañana del miércoles 18 de octubre, las fragatas Prince George y Duke, pertenecientes también a la Royal Family, llegaron al lugar donde se encontraba su comodoro. George Walker puso ambas naves bajo el mando del capitán Dottin, comandante de la Prince Frederick, y las envió en persecución del navío español.

Cuando las tres embarcaciones se perdieron de vista en el horizonte, apareció por el este una gran vela que navegaba directo hacia la posición de Walker. Este se alarmó al pensar que podría tratarse de un barco enemigo ya que, debido al lamentable estado en que se encontraba su nave, no podría ofrecer ninguna resistencia.

Afortunadamente para él, se trataba del Russell, un buque británico de guerra. El corsario envió una nota urgente a su capitán para informarle sobre lo ocurrido la noche anterior, advirtiéndole de que si forzaba la vela podría alcanzar al buque español.

La voladura del Dartmouth

Al amanecer, las tres fragatas corsarias, con el Russell algo más retrasado, navegaban al encuentro del Glorioso. Pero Messía, para evitar un combate tan desigual, ordenó arribar de vuelta al noroeste siguiendo la brisa diurna.

A unas doce leguas al noroeste del cabo de San Vicente, los vigías del barco español descubrieron «otro Navío, que benia Ziñiendo el viento» para llegar a su encuentro. Una vez franqueado, el desconocido buque, que navegaba sin bandera, izó la danesa y viró para alcanzar a su oponente.

Para hacer creer que era amigo, su comandante demostró conocer los códigos españoles de señales y ordenó disparar dos cañonazos pausados. Messía, receloso con la extraña maniobra, continuó su derrota sin inmutarse.

Pasado el mediodía, el capitán del buque que le perseguía, viendo que su treta no había dado resultado, «arrio la Vandera Dinamarquesa, y hizó la ynglesa roja». Se trataba del Darmouth, barco de guerra de 50 cañones cuyo comandante era John Hamilton.

Al llegar a la distancia de tiro, sus cañones de proa comenzaron a tronar. Los situados en los guardatimones del navío español también entraron en acción. De la Zerda evaluó la situación y decidió aguardar a que su oponente le presentase su costado.

Sin embargo, Hamilton, consciente quizá del menor peso de su andanada, no quiso en ningún momento exponer todo su banda, por lo que metió su gavia y juanete mayor en facha para frenar el buque, comenzando a disparar con sus baterías de estribor cuando su proa llegó a la altura del palo mayor del Glorioso:

«En esta disposicion nos batimos con reciproco vivo fuego de Cañon, y fusil hasta la Tres, y minutos de la Tarde, que de ymprobiso le resultó la fatal desgracia de Bolarse; de modo, que de un instante á otro nos hallamos sin objeto con quien continuar el fuego, por averse reducido á pequeños quarteles esparcidos en el mar, y sobre ellos bimos algunos hombres, que aviendo livertado la vida de aquel orrible espantoso fracaso, pedían socorro con un Lienzo, ó Camisa blanca arbolada en un pedazo de hasta, ó remo» (15).

El alférez Maseras también se lamentaba del trágico fin del buque enemigo, sobre el cual y sobre cuya tripulación da más detalles:

«Cuyo adverso sucesso nos Causó tanta lastima, y dolor, que no Cave su explicacion aun en la mas significativa expresion: Era este Navío del porte de sesenta Cañones yngles nombrado el Darmurt; mandado por un Hermano del Duque de Amilton, Tenia Trescientos, y setenta hombres de Equipaje de los que solo escaparon Diez, y ocho hombres incluso un Theniente según despues me ha informado el mismo Theniente…».

El teniente al que se refería Maseras era un joven irlandés apellidado OʼBrien. Gracias a una carta remitida posteriormente por el capitán Buckle, se sabe que este oficial era sobrino del conde de Inchiquin.

John Hamilton, comandante del Darmouth, lo había enviado a la cubierta inferior para comunicar al jefe de la batería que cargara los cañones con metralla. Cuando se hallaba a medio camino, se le presentó el maestro artillero responsable de la santabárbara, quien, preso de una gran agitación, le preguntaba por la situación del comandante.

El maestro, al ser interrogado por O’Brien sobre si ocurría algo, acertó a decir: «Oh, Sir; the magazine!». No hubo tiempo para más; en ese mismo instante se produjo una gran explosión.

Al recobrar el conocimiento, el joven oficial se encontró flotando en el medio del océano, agarrado a una cureña. Recogido por la Prince Frederick, su primer saludo al capitán Dottin puso de manifiesto la proverbial flema británica: «Sir, you must excuse the unfitness of my dress to come aboard a strange ship; but really I left my own in such a hurry, that I had no time to stay for a change» (16).

Después de recoger a todos los supervivientes del Darmouth, las fragatas corsarias reanudaron la persecución del Glorioso, empeño en el que se les unió el Russell.

Combate entre el navío Glorioso y el navío Darmouth
El combate entre el Glorioso y el Darmouth, óleo sobre lienzo de Alberto Cortellini Sánchez (1891). MNM, núm. inv. 452.

Por lo que respecta al Glorioso, las bajas fueron de cinco muertos y veinte heridos. En cuanto a los daños recibidos en su aparejo, obligaron a su tripulación a intentar remediarlos para, al menos, poder enfrentarse con alguna posibilidad a los bajeles enemigos que se le venían encima. La Gaceta de Madrid lo explicaba así:

«Como la Artilleria de los Enemigos en estos dos Combates havia cortado la mayor parte del aparejo pendiente, y de firme del Navio el Glorioso, y maltratado muy mucho sus costados, á que se agregaba tener yá inutiles los Masteleros de Gavia y de sobre Mesana; procuró D. Pedro de la Cerda reparar, sin pérdida de tiempo, en la forma posible, tanto descalabro, para proseguir su navegacion; pero antes de conseguirlo se vió precisado á emprender tercer Combate a las 12. de la noche del dia 18. con el Navio Rousell, (…) y dos Fragatas que le atacaron (…)».

Tras estos dos sangrientos combates, los españoles se habían ganado el respeto y la admiración del enemigo. El comodoro Walker se refirió a ello con las siguientes palabras: «And now again another scene began in the pursuit and conquest of his bold though flying enemy; for never did Spaniards, nor indeed men, fight a ship better than they did this» (17).

El último combate del Glorioso

Relacionado: El último combate del navío Glorioso. Artículo que detalla esta parte del combate.

Como ya se ha dicho, la tarde y la noche del miércoles 18 de octubre la dotación del Glorioso fue empleada en reparar el casco y la arboladura del navío.

Pasadas las doce de la noche, con el cielo despejado y una luna tan clara que permitía ver casi como si fuera de día, el ya jefe de escuadra comprobó con resignación cómo un navío de tres puentes aprovechaba la ligera brisa nocturna y se le colaba a barlovento, ocupando toda su banda de estribor.

En referencia al número de cañones que montaba el Russell, se debe precisar que no existe acuerdo entre los distintos autores, que registran cifras cuyo número oscila entre los ochenta y los noventa y dos. El comandante español dirime la polémica en su informe posterior incluyendo la siguiente aclaración:

«Este Navío de 3. Puentes, tenia 92. Portas; y aunque solo montados 84. Cañones, nos llegó á batir segun lo dijo su Comandante, como si tubiese los 92; por que haviendo sido todo el Combate en su Vanda de Babór, havia cambiando la Artilleria á las Portas, que no la tenian, siendo de 36. el calibre de los de la Bateria primera».

El propio Messía describió así el inicio del combate:

«y á las 12 y quarto de la noche, se presentó á nuestro costado el Navio (que era de 3. Puentes) disparandonos un Cañonazo, y correspondiendole con dos, se empezó el Combate, haciendonos fuego al mismo tiempo por Popa, y Aletas las dos Fragatas, una de 32 Cañones, y otra de 24».

Por su parte, Mathew Buckle, capitán del navío británico, anotaba en su cuaderno de bitácora:

«At 1 a.m. Came up along side of him within musquet shot, we fired a shot to bring him too, but perceived he took no notice of it, we fired 2 more upon which he returned his Broadside, which being we changed with ours. The Action begun as warmly on both sides as we were able to load and fire…» (18).

Tras más de tres horas de combate, los artilleros españoles comenzaron a echar en falta las municiones que su comandante había solicitado en Corcubión. Es de suponer que los responsables de autorizar el abastecimiento no consideraron oportuno llenar la santabárbara del buque para un trayecto tan corto.

No fue un problema de falta de existencias, ya que en La Graña existía un almacén de pólvora con capacidad para 3.000 quintales. Este gran polvorín no solo estaba destinado a abastecer las naves de guerra que pasaban por el astillero, sino también a todos los cañones de los castillos y fuertes de la ría de Ferrol.

CUADRO RESUMEN CON LOS PROYECTILES y CARTUCHOS DE PÓLVORA SOLICITADOS POR PEDRO MESSÍA DE LA ZERDA PARA REEMPLAZAR LOS GASTADOS EN LOS COMBATES DE JULIO y AGOSTO

Además de las cantidades expresadas, también se solicitaron 200 quintales de pólvora para encartuchar.
Además de las cantidades expresadas, también se solicitaron 200 quintales de pólvora para encartuchar.

Resumiendo, la dotación reglamentaria para el Glorioso estaba fijada en setenta disparos por cañón. El capitán Pedro Messía solicitó al llegar a Corcubión 1.475 balas rasas, 370 sacos de metralla, 385 palanquetas, 1.750 cartuchos y 200 quintales de pólvora adicional para cubrir la munición consumida en los combates de julio y agosto.

Si se tiene en cuenta que el único suministro de estos pertrechos fue el realizado por medio de las cinco pequeñas embarcaciones de remos que fueron desplazadas a la ría coruñesa, ya de por sí atestadas de soldados, artilleros y víveres, efectivamente no parece que la cantidad entregada fuera la requerida.

Por tanto, todo indica que, cuando el San Ignacio de Loyola inició su última singladura bajo pabellón español, llevaba poco más del 60 por 100 de la munición reglamentada. El informe posterior de las descargas efectuadas en los tres combates confirma este cálculo: «En todas Tres funciones se dispararon Dos mil, nueve Cientos, y Sinquenta tiros de Cañon». Es decir, si los pañoles de munición del navío hubieran ido al completo, sus cañones habrían podido efectuar casi 2.000 disparos más.

En definitiva, hacia las cuatro de la mañana del 19 de octubre, la acuciante falta de metralla provocó que los pajes y grumetes comenzaran a rebuscar en los almacenes y cuartos de herramientas cualquier elemento metálico susceptible de ser empleado como proyectil.

«A las tres horas, y media de Combate nos hallamos ya sin una Palanqueta, ni saco de Metralla, razon porque continuamos nuestro fuego con las balas de dos en dos en la Artillería, y metiendo en ella los pies de cabra de su servicio y alguna clavazon en lugar de la metralla, para mejor ofender al Enemigo».

El último combate del Glorioso, óleo sobre lienzo de Augusto Ferrer-Dalmau Nieto
(2014). MNM, núm. inv. 2014
El último combate del Glorioso, óleo sobre lienzo de Augusto Ferrer-Dalmau Nieto (2014). MNM, núm. inv. 2014.

El intercambio artillero todavía se prolongaría más de dos horas. Pasadas las seis de la mañana, con los primeros rayos de sol iluminando los desvencijados palos y vergas del buque español, los cañones de este dejaron de disparar. Ya no había con qué cargarlos.

«Duró el Combate hasta las 6, y quarto de la mañana, que conocimos el infeliz estado en que nos hallabamos de Palos, Bergas, y jarcia, y que el Navio hacia mucha Agua por los muchos balazos de á 36. que tenia a la lumbre de ella; y considerando, que no teniamos el recurso de poder armar ni una Bandola, ni de que el enemigo desistiese de su empeño, por estar abrigado de las dos Fragatas, que en su Compañia nos havian hecho fuego toda la noche; y aunque se retirase del Combate, quedabamos expuestos á hirnos á pique, ó á que cualquier Corsario nos tomase, por hallarnos sin medios para la defensa; por estas razones nos vimos obligados á rendirnos…».

En el informe de Maseras se expresaban más detalles sobre el estado de la arboladura del navío: «… nos hallamos con todo el aparejo cortado, desarbolado el Mastelero Mayor, la Verga de Mesana, y sobre Mesana menos, la Verga Mayor con muchos balazos, la de Belacho rendida; los Palos principales amenazando ruina…».

Cuando el capitán Buckle verificó que el fuego del buque español había cesado, ordenó a su comandante que se trasladara con un bote a bordo de su nave.

Al estar los botes del Glorioso tan acribillados como los del Russell, los ingleses se vieron obligados a emplear uno de los pertenecientes a las fragatas. Cuando Pedro Messía subió al barco enemigo, pudo comprobar los enormes daños infligidos a su oponente.

En el costado de babor eran incontables los impactos, algunos de ellos a la lumbre del agua; el palo de mesana estaba rendido desde su cofa, y el resto de los masteleros y juanetes, cosidos a balazos; la jarcia de labor y los obenques habían quedado destrozados, y la mayor parte de las velas, desgarradas.

En cuanto a la cubierta y el alcázar, arrasadas y cubiertas de astillas, eran un calco de las de su propio navío. El maltrecho estado del Russell, y las conversaciones mantenidas posteriormente con su comandante y con un distinguido caballero que viajaba como pasajero en el mismo, hicieron reflexionar a De la Zerda sobre lo cerca que había estado de alcanzar la victoria:

«y su Comandante nos aseguró, que estubieron en terminos de pasar á los dos Fragatas, y prender fuego al Navio por la mucha Agua, que hacia de un balazo á la lumbre de ella; cuyo daño se remedió por un famoso Buzo, que trahian».

En cuanto a la confidencia del mencionado caballero, versaba sobre la delicada situación que se había vivido a bordo. Tras varias horas de enconada lucha sin advertir flaqueza por parte de los españoles, los oficiales debieron emplear medidas extremas para que una parte de la tripulación siguiera combatiendo.

«Dijonos un Pasagero ynglés de distincion que venia en el Navio, que consternada su Gente en no querer continuar el Combate, fue preciso que los Oficiales con espada en mano les obligasen á proseguirle».

Tras analizar objetivamente ambas revelaciones, cualquiera pudiera pensar que se trata de simples excusas con que maquillar lo que no dejó de ser una derrota, por honrosa que hubiese sido.

De hecho, no hay ninguna mención por parte del capitán del Russell de dichas situaciones en los informes oficiales. Sin embargo, un mes después del enfrentamiento, con los ánimos ya serenados, Mathew Buckle remitía una carta personal a uno de sus íntimos en la que relataba algunos pormenores y anécdotas interesantísimas.

Dos de sus comentarios vendrían a corroborar veladamente las declaraciones de Messía. Así, por ejemplo, Buckle confesaba al comandante Hills, destinatario de la misiva, que su barco era muy viejo y endeble y que, al recibir cinco impactos en la línea de flotación, le entraba tanta agua en el navío que se vio obligado a trasladar urgentemente los hombres a las bombas del barco, en tres o cuatro ocasiones.

Pero también que, tras varias horas combatiendo, la moral de su tripulación no era ya la deseable, hasta que poco después de las seis de la mañana «a lucky shot carried away his main topmast, which gave our People great spirits…» (19).

Pero lo que llama más la atención del informe oficial redactado por Buckle son las bajas sufridas en este combate. Según él, en la acción, que duró más de seis horas y se desarrolló siempre a corta distancia (a tiro de mosquete o pistola), tuvo once muertos y diez heridos.

Veintiún miembros de una tripulación fijada por él mismo en cuatrocientos hombres, solamente un 5 por 100 de bajas. Por el contrario, la cifra declarada por los españoles fue de veinticinco fallecidos y 105 heridos, un 23 por 100, porcentaje más acorde con los varios miles de disparos efectuados.

Para intentar explicar esta falta de correspondencia entre los heridos de unos y otros, se debe aclarar una cuestión. Sin entrar a valorar las lesiones causadas por la artillería, que también debieron de ser cuantiosas, la infantería embarcada en el Glorioso en estos tres combates superaba los 250 infantes dotados de fusil.

Todos ellos, además, eran granaderos, es decir, tropa de élite. A estos mosquetes había que sumar una dotación de no menos de ochenta pistolas repartidas entre los oficiales, sargentos y otros miembros de la tripulación, es decir, casi 350 armas de fuego individuales disparando en un frente de menos de 50 metros.

Incluso para los menos habituados a las tácticas militares, resultará fácil imaginar la gran cantidad de descargas producidas por tan elevado número de hombres armados. Desplegados a lo largo de la cubierta, portas y cofas; disparando a una distancia tan corta, y con las siluetas de los enemigos perfectamente visibles por la luna llena y por los fogonazos de la artillería, es evidente que la cifra de heridos declarada por los ingleses no se sostiene.

Solo caben dos explicaciones: un error en el informe de Buckle (intencionado o no), o que la mayor parte de la dotación inglesa abandonara las cubiertas superiores y combatiera desde el sollado y los entrepuentes. Realmente, el porcentaje de heridos británicos aportado por las fuentes españolas resultaba más coherente con los datos expresados.

«Aunque los Enemigos recataron el numero de los que perdieron, hemos llegado a Saber que murio su primer Theniente; que el Segundo tiene un balazo de Fusil en la Cara; que asi mismo murieron el primero, y segundo Contra-Maestre, y mucha mas jente; y segun dijo la nuestra, que estubo alhojada en el entre Puentes pasaban de 80. los heridos».

Es necesario matizar que, según Buckle, los oficiales fallecidos fueron el cuarto teniente, Thomas Jones, y el contramaestre, John Bunyan. En cuanto al oficial que recibió el disparo en la cara —le entró por la mejilla y le salió por el cuello—, se trataba del primer teniente, John Wheelock.

Portsmouth, último fondeadero del Glorioso

Tras su captura, el buque español fue trasladado a Lisboa, donde toda su tripulación, incluidos los oficiales, quedó bajo la custodia del embajador español. Todos ellos serían liberados pocos días después. También se conocen los lugares a donde se les ordenó dirigirse.

En cuanto al San Ignacio de Loyola, y pese a lo dicho hasta ahora, no sería desguazado en Lisboa. De hecho, el buque español estaba en mejores condiciones que su captor. El capitán Buckle, tras verse obligado a rechazar una suculenta oferta por el mismo que había realizado el mismísimo rey de Portugal, navegó junto a su presa a uno de los puertos más emblemáticos de Gran Bretaña.

A mediados de mayo de 1748, el Russell y el Glorioso arribaban al fondeadero de Spithead, el amplio y profundo canal situado entre la costa noreste de la isla de Wight y la parte continental del sur de Inglaterra, que daba entrada a través de una estrecha lengua de arena al puerto de Portsmouth.

Así lo hizo constar el capitán Richard Hughes, comisionado del Almirantazgo en el astillero de dicha ciudad: «The Glorioso Spanish ship of war, taken by the Russell, has arrived at Spithead» (20).

El navío español quedó amarrado a uno de los muelles del astillero, y todas sus escotillas se cerraron, para impedir el acceso a las cubiertas inferiores. Las llaves se entregaron al guardalmacén del Servicio de Artillería Real (Office of Ordinance), y la tripulación inglesa que había navegado con él desde Lisboa fue licenciada.

El buque permanecería en esa situación durante los meses siguientes, a la espera de una inspección técnica que pudiera determinar su estado. Por su parte, el Russell zarparía hacia Chatham, el principal astillero británico, para ser sometido a una reparación integral.

A mediados de septiembre, Thomas Bucknall, uno de los constructores del astillero, redactaba y rubricaba un detallado informe en el que se especificaban todas las piezas que debían ser cambiadas. En el mismo se adjuntaba una relación con las «Dimentions & Scantlings of the Glorioso Spanish ship of War», incluyendo las longitudes y diámetros de los mástiles y vergas.

En cuanto a la opinión de Bucknall, era concluyente: el navío era un barco fuerte y bien construido, que podía estar en condiciones de hacer un buen servicio después de que las piezas dañadas fueran sustituidas.

Grabado inglés, fechado el 24 de septiembre de 1748, en el que se representa al
Glorioso junto a otros navíos británicos dentro de la rada de Portsmouth.
Grabado inglés, fechado el 24 de septiembre de 1748, en el que se representa al navío Glorioso junto a otros navíos británicos dentro de la rada de Portsmouth.

Tras varios meses de disputas entre el Almirantazgo británico y el capitán Buckle, en las que este último llegó a solicitar el amparo del rey, el destino final del buque español se decidía en un famoso local de Londres. El final de la guerra con España, la consabida reducción de la flota de guerra inglesa y, sobre todo, las ricas maderas americanas con que estaba construido el Glorioso impidieron muy probablemente que el famoso navío navegara de nuevo con bandera británica.

Finalmente, sería subastado por un curioso método en Lloyds Coffee House, el 24 de abril de 1749.

En la actualidad, la ubicación del antiguo café está ocupada por una de los miles de tiendas de la conocida cadena de supermercados Sainsburyʼs. El único recuerdo que queda del local donde fue subastado el Glorioso es una placa azul con marco dorado colocada en uno de los contrafuertes de la fachada principal. La inscripción en letras blancas recuerda: SITE OF LLOyDS COFFEE HOUSE 1691-1785.

Si alguna vez visitan Londres y pasean por la calle Lombard, permítannos sugerirles que busquen la placa; es visible y fácil de encontrar. Si deciden detenerse delante de ella un par de minutos, acuérdense de que allí, mediado el siglo XVIII, se decidió el destino final de uno de los barcos más famosos que sirvieron en la Armada española: el San Ignacio de Loyola, alias el Glorioso.

Buques británicos a los que se enfrentó el navío Glorioso.

Notas:

  1. PACHECO FERNÁNDEZ, Agustín: El Glorioso. Galland Books, Valladolid, 2015.
  2. Archivo del Museo Naval de Madrid (AMNM), Ms. 472, pp. 37-51. El reglamento, fechado en el palacio del Buen Retiro el 22 de diciembre de 1737, constaba de 29 páginas, anverso y reverso. Fue aprobado por el rey el 1 de febrero de 1738.
  3. Archivo General de la Marina Don Álvaro de Bazán (AGMAB), leg. 7191, 1737.
  4. Archivo General de Simancas (AGS), Secretaría de Marina (SMA), Arsenales, leg. 307. Carta de Ensenada a Varas, 16 de septiembre.
  5. Gaceta de Madrid, martes 12 de enero de 1745, p. 15.
  6. AGS, SMA, leg. 400-1, 372, «Estado que por esta Contaduria principal de Marina de Barlovento se forma del Equipage (…)». Fechado y rubricado por De la Granda el 23 de mayo.
  7. Ibídem, 388. Diario de navegación de Pedro Messía, del 28 de mayo al 16 de agosto de 1747.
  8. Ibídem, 385.
  9. En los manuscritos y legajos españoles empleados en la documentación del texto, incluido el diario de navegación del capitán del Glorioso, el meridiano de referencia utilizado es el de Tenerife.
  10. «Entonces el Warwick disparó uno de los cañones posteriores de la cubierta inferior, lo cual no podía tener otra interpretación que la de ser una señal de socorro». CROOKSHANKS, John: The conduct and treatment of John Crookshanks…, 1759, p. 23.
  11. Archivo General Militar de Madrid (AGMM), Colección General de Documentos, sign. 3-1-6-6.
  12. AGS, SMA, leg. 400-1, 399.
  13. Ibídem, 433.
  14. WALKER, George: The Voyages and Cruises of Commodore Walker…, 1760.
  15. AGS, SMA, leg. 400-1, 432.
  16. «Señor, debe usted disculpar mi poco adecuado vestuario para subir a un barco extraño, pero he tenido que abandonar el mío tan deprisa que no he tenido tiempo de cambiarme». WALKER, George: op. cit., p. 229.
  17. «y de nuevo comenzó la persecución y la conquista de su audaz y escurridizo enemigo; porque nunca antes, ni los españoles ni nadie, se ha luchado con un barco como lo hicieron ellos». Ibídem, p. 231.
  18. «A la una de la madrugada nos situamos a su costado a tiro de mosquete. Disparamos un cañonazo para atraer su atención, pero percibimos que él no hacía caso, por lo que disparamos dos más. Entonces nos presentó su costado, que igualamos con el nuestro. La acción comenzó tan enconada por ambos bandos, con los dos buques disparando a todo tirar». West Sussex Record Office (WSRO), Buckle, Ms. 229.
  19. «Un disparo afortunado se llevó su mastelero mayor, lo que elevó enormemente la moral de nuestra gente». Ibídem, Ms. 459. Carta de Buckle a Hills, 9 de noviembre de 1747.
  20. «El buque español de guerra Glorioso, capturado por el Russell, ha llegado a Spithead». The National Archives, Kew (TNA), ADM 106/1059/187. Carta de Richard Hughes al Almirantazgo, 5 de mayo de 1748 (fecha referida al calendario juliano).

Archivos, bibliotecas y museos consultados :

Archivo General de Indias —Archivo General Militar de Madrid —Archivo General de la Marina Don Álvaro de Bazán —Archivo General de Simancas —Archivo Histórico Nacional —Archivo del Museo Naval de Madrid —Archivo de la Real Maestranza de Caballería de Ronda —Biblioteca Central Militar —Biblioteca del Museo Naval de Madrid —Biblioteca Nacional de España —Cartoteca del Archivo General Militar de Madrid —Cartoteca del Centro Geográfico del Ejército —Museo Colonial-Museo Santa Clara. Bogotá D.C. —Museo Naval de Madrid —National Maritime Museum: The Caird Library, Manuscripts Section —Sección Nobleza del Archivo Histórico Nacional —The National Archives, Kew —University of Central Florida —West Sussex Record Office

Fuentes y Bibliografía:

  • Fuentes impresas:
  • CROOKSHANKS, John: The conduct and treatment of John Crookshanks, Esq., late commander of His Majesty’s ship the Lark: relating to his attempt to take the Glorioso, a Spanish ship of war, in July 1747. Containing the Original Orders, Letters, and Papers, that Passed, in Consequence of that Affair… Printed for J. Scott, at the Black-Swan, Londres, 1759.
  • ERSKINE, Robert: The Facts and Accusations Set Forth in a Late Pamphlet, Intitled The Conduct and Treatment of John Crookshanks, Esq., Proved to be False and Groundless. S. Bladen, Londres, 1759.
  • KNOWLES, Charles: A Refutation of the Charge Brought Against Admiral Knowles; in a Late Pamphlet, Intitled, The Conduct and Treatment of John Crookshanks, Esq; & c. A. Miller. Londres, 1759.
  • WALKER, George: The Voyages and Cruises of Commodore Walker, During the Late Spanish and French wars, vol. II. A. Millar, Londres, 1760.
  • Bibliografía:
  • ALBI DE LA CUESTA, julio: La defensa de las Indias (1764-1799). Ediciones Cultura Hispánica, Instituto de Cooperación Iberoamericana, Madrid, 1987.
  • ALLEN, joseph: Battles of the British Navy. Henry G. Bohn, Londres, 1852.
  • BARREDA, Francisco de: El marinero instruido en el arte de navegar especulativo y práctico, que para la enseñanza de los Colegiales del Real Seminario de San Telmo…, 1786.
  • BEATSON, Robert: Naval and military memoirs of Great Britain from 1727 to 1783. Longman, Hurst, Rees and Orme, Londres, 1804.
  • CERDÁ CRESPO, Jorge: Conflictos coloniales. La Guerra de los Nueve Años (1739-1748). Universidad de Alicante, 2010.
  • CHARNOCK, john: Biographia navalis; or impartial memoirs of the lives and characters of officers of the Navy of Great Britain, from the year 1660 to the present time, vol. I. R. Faulder, Londres, 1794.
  • FERNÁNDEZ DURO, Cesáreo: Armada española, desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón, t. VI. Est. Tipográfico Sucesores de Rivadeneyra, Madrid, 1900.
  • GIMÉNEZ GONZÁLEZ, Manuel: El Ejército y la Armada. Tomo I: 1862. Álbum inédito propiedad de la Real Academia de la Historia, publicado en Madrid, en 1982, por el Ministerio de Defensa.
  • GÓMEZ RUIZ, Manuel, y ALONSO JUANOLA, Vicente: El Ejército de los Borbones. Tomo I: 1700- 1746. Ministerio de Defensa, Madrid, 1989. GONZÁLEZ-ALLER, josé Ignacio: Catálogo-guía del Museo Naval de Madrid. Ministerio de Defensa, Madrid, 2006.
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  • VV.AA.: Diccionario de la lengua castellana, en que se explica el verdadero sentido de las voces, su naturaleza y calidad, con las phrases o modos de hablar los proverbios o refranes, y otras cosas convenientes al uso de la lengua… Imprenta de la Real Academia Española, por los herederos de Francisco del Hierro, Madrid, 1734.
  • Artículos:
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  • PIÑÓN BOUZA, Román: «El Glorioso, un navío que hizo honor a su nombre», en Revista General de Marina, t. 243. Agosto-septiembre 2002, pp. 383-389.
  • RODRÍGUEZ GONZÁLEZ, Agustín R.: «La gesta del Glorioso», en Revista General de Marina, t. 240. Mayo 2001, pp. 613-617.
  • SÁNCHEZ CARRIÓN, José María: «Ciprian Autran Oliver: una vida al servicio de la construcción naval española. De ayudante de contramaestre a director de construcción de bajeles (1718-1773)», en Ingeniería Naval, año LXXX, núm. 888. Enero 2011, pp. 57-60.

Por Agustín Pacheco Fernández. Artículo publicado originalmente con el título: «La verdadera historia del San Ignacio de Loyola, alias el Glorioso«, en la Revista de Historia Naval y publicado en Todo a babor gracias al permiso del autor.

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