Una carta que denigra la actuación de la Real Armada en la expedición de Cevallos de 1777

Aclaración

Hoy les traigo un documento muy curioso sobre la expedición española que reconquistó la Colonia de Sacramento a los portugueses en 1777 por parte de las tropas y armada de Pedro de Cevallos.

Dicho documento, o al menos una parte de su transcripción (incompleta) se puso en el antiguo foro de historia naval de esta misma web. El usuario que lo aportó no disponía de la fuente original.

Años después, dando un repaso a los antiguos contenidos, y tras indagar un poco, he logrado dar con la fuente original de dicho documento y es el que añado a continuación.

Lo he vuelto a transcribir y he añadido las partes que no figuraban en lo puesto por aquel usuario del foro. Ha sido un trabajo agotador por la extensión del mismo, pero creo que merece la pena el esfuerzo realizado.

¿Y cual es el contenido de este documento que lo hace tan interesante?

Pues es una crónica bastante detallada de lo ocurrido durante aquella segunda expedición del Pedro de Cevallos, y que se convertiría en el primer virrey del nuevo virreinato del Río de la Plata. La escuadra española estaba mandada por el marqués de Casa-Tilly, Francisco Javier Everardo-Tilly. Pueden seguir las evoluciones de dicha escuadra en el enlace anterior.

Retrato del marqués de Casa-Tilly, Francisco Javier Everardo-Tilly.
Retrato del marqués de Casa-Tilly, Francisco Javier Everardo-Tilly. Museo Naval de Madrid.

Se trata de la correspondencia de un mando anónimo del Ejército a bordo de uno de los buques de la Real Armada, de transporte hacia aquellas tierras que había que reconquistar, hacia otra persona anónima, a la que le cuenta las confidencias y todo lo visto a lo largo de su periplo.

Es una crítica feroz e inusual a la armada de Su Majestad. En ella se lanzan acusaciones muy graves a la conducta de los marinos. Es por ello que le pedirá discreción con el contenido de dicha carta.

Al ser una carta privada, el autor se ha permitido relatar sin tapujos lo ocurrido, destacando una inquina que parece guardar a todo lo tocante a la Real Armada. Por contra, todo son alabanzas cuando trata sobre su jefe el general Cevallos.

¿Son ciertos los datos que aporta o sólo es una exageración o incluso invención de alguien que, por los motivos que sean, aborrecía a los marinos y a la Armada?

No nos pronunciamos al respecto, pero merece la pena leerlo porque es en verdad un documento raro de ver.

Otro usuario del foro respondió también con sus propios datos, pues parece ser que investigaba desde hace tiempo el asunto, afirmando que:

Aquí en Montevideo existe una interesante documentación sobre lo que traían los barcos de Casa-Tilly, y que no eran tropas, municiones ni otras cosas atinentes a la expedición. En efecto, el Ministro de la Real Hacienda Montevideana hizo las averiguaciones del caso y terminó encontrando que muchos oficiales de la Real Armada trían sus «géneros de contrabando». Todo terminó con que se les obligó a pagar los derechos de aduanas, como correspondía, sin iniciar los procesos penales del caso. También hubo una investigación sobre el capitán del «San Dámaso», que parece que era de los más tenaces en eludir un encuentro con los portugueses; alegaba que debía cuidar de los miles de quintales de pólvora que llevaba para la expedición y la plaza de Montevideo; interrogado el Cuartelmaestre General y el encargado de la administración de los embarques, terminaron declarando que en ese navío no se había embarcado más pólvora que la necesaria para su uso propio. Otro asunto que hizo sospechar que la «pólvora» del caso no era otra cosa que un enorme contrabando.

Usuario Antonio Álvarez.

Así que, es posible que una parte de la carta bien pudiera contener bastantes más verdades de las que pensábamos. Si está más que confirmado que en aquella campaña, como en muchas otras, los mandos del Ejército chocaron muchas veces con los de la Real Armada por cuestiones de competencias. Todo ello se vería reflejado también en los subalternos y seguramente en lo que opinaban sobre todo lo referente al cuerpo contrario.

En el preámbulo de dicha carta hay una explicación de Carlos Calvo, el autor del libro, que incluye este y otros muchos documentos relacionados con América Latina y es la fuente a la que nos referíamos.

Noticia de esta expedición por lo que toca a la marina

Noticia verídica de la expedición

Toda la relación precedente [se refiere a los capítulos anteriores del libro] quedaría imperfecta, si no se hiciese ver con separación la conducta de la escuadra y el espíritu con que el general de marina y todos sus oficiales han ejecutado sus operaciones.

He oído sobre esto algunos discursos libres, sin poderme asegurar de su verdad. He leído otros diarios de la misma naturaleza, y ninguno me ha parecido que se empeña en lo cierto tanto como el autor de una carta dada en la ensenada de Santa Catalina, en 22 de febrero de este año de 1777 y recibida en Montevideo en 7 del siguiente marzo. Ella da una puntual idea de la navegación, y contiene unas reflexiones tan naturales y propias de los mismos hechos que refiere, que no dejan arbitrio para dudar de su verdad [de que el autor estuvo allí]. La carta dice así:

Carta que la contiene

Amigo mío: estoy muy cierto que no esperaba Vd. recibir esta, y mucho menos recibirme a mí, pero precisamente había de hacerlo Vd. cuando desembarazado de esta costa entremos en el Río, y me presente en esa plaza. Mi cariño desea este lance con vehemencia, y con la relación de nuestro viaje, y algunas reflexiones que le aumento, quiero entretener a Vd. hasta que tenga la complacencia de saciar su curiosidad con varios hechos que no puedo referir ahora.

Embarco en Cádiz

Nos embarcamos en Cádiz 9.000 hombres de tropa en 1º y 2 de noviembre, nos hicimos a la vela el 13; montamos el 20 las islas Canarias; y nos hallamos paralelos con Cabo Verde el 28 del mismo. Del 4 al 5 de diciembre comenzamos a padecer algunas calmas, pero no eran tan enteramente que con sus ventolinas no nos hallásemos en 2 grados N. el 23 de este mes.

En estas cercanías de la equinoccial hallamos la brisa clara, despejada y con línea al 27 del mismo., y podríamos haberlo pasado en 48 horas desde el paraje en donde encontramos el viento, si desde aquí no hubiera comenzado a gobernarse la marina por unas ideas enteramente contrarias al más exacto y decoroso servicio de S.M.

Parecerá esto increíble, pero las reflexiones que luego haré convencerán a Vd. La isla de la Trinidad o Ascensión la descubrimos el 17 de enero, y en ella nos detuvieron los SS. de marina 13 días, y faltando únicamente 7 grados para llegar a nuestro primer destino, tuvieron la habilidad de conducirnos en 22 días de excelente viento que mediaron desde la mañana del 30 de enero hasta el 20 de febrero de 1777, en que hemos dado fondo en esta famosa ensenada de Santa Catalina entre los castillos de la isla y tierra firme, pero fuera del tiro del cañón.

Reconocimiento de la costa

La tarde de ayer la destinó S.E. al reconocimiento de la costa de la isla, y a tiro de fusil la examinó muy despacio, deteniéndose algo más en observar el castillo en que los portugueses estaban puestos sobre las armas; pero no hicieron algún movimiento para embarazar del referido examen.

Hoy 24 se ha hecho otro igual en la costa y fortalezas de la tierra firme, y se han dado las ordenes para el desembarco: de modo que no erando la marina esta maniobra, en la parte que le toca, como lo tememos, deberá verificarse mañana 22 antes de amanecer el 23, y de esta y las demás operaciones que deberán seguirse daré a Vd. puntual noticia cuando el oficio permita unos instantes de tranquilidad.

Felicidad en la navegación

Antes de hacer yo las justas reflexiones que la angustia del tiempo me permite, debe Vd. , para su perfecta inteligencia, tener entendido que hemos debido a Dios un tiempo tan igual, claro, despejado, sereno y apacible, que toda la navegación ha podido hacerse con los botes de los navíos desde Cádiz al Brasil, del mismo modo y con la misma seguridad y quietud que en los mayores buques.

De aquí ha nacido en todo el transporte una continua complacencia y una salud constante en toda la tropa, con todas las demás satisfacciones que se podían desear: y si la voluntaria dilación de la marina no hubiera llegado a causar cierta especie de tedio que vino a ser general en el ejército (impaciente siempre de llegar a las manos con los enemigos), no habríamos tenido ni el más leve asomo de causa que pudiera habernos desazonado, ni por un momento.

Una escuadra española del siglo XVIII
«Navegando hacia Poniente». Pintura de Carlos Parrilla

En una palabra: fínjase Vd. por unos instantes, que todas las circunstancias capaces de hacer feliz una navegación están venales en la recoba de Cádiz; y las que en tal caso compraría Vd. para navegar, esas mismas son las que la Providencia nos ha franqueado misericordiosamente. Ofrezco a Vd. para la prueba los 116 diarios de otras tantas embarcaciones que han compuesto el más famoso armamento que pasó a la América desde su conquista; y enterado de todo esto observe Vd. ahora cómo saben los hombres (digámoslo así) inutilizar los esfuerzos mismos que parece hacer Dios, para facilitar las empresas, que por su bondad misma quiere proteger.

Secreto de la expedición

Nunca se supo en Cádiz el verdadero destino de esta expedición; y aquellos de la marino que llegaron a conjeturar que tenía por objeto el Río de la Plata, dieron por hecho que habían cumplido con los empeños de su comisión, poniendo las tropas en Montevideo y Buenos Aires en cuyas ciudades pasarían su invierno con la tranquilidad y gusto que ofrecen unos países donde se sabe bailar, y en que siempre se hallan proporciones para las utilidades que son el objetivo de nuestra marina; y para disimular su inclinación cuanto pudiesen, no se oirá otra cosa con más frecuencia que la murmuración de haberlos de precisar a invernar en unos puertos y rio en que los temporales y vientos furiosos de aquella región ponían a la escuadra en riesgo evidente de perderse.

No olvide Vd. esto para luego, que ya los verá Vd. pedir ese destino como único asilo de su seguridad, y suponiendo que a esto los llamaba y arrastraba poderosamente su natural propensión, y a él únicamente se dirigía el rumbo: en sólo 11 días se avanzaron hasta estar paralelos con Cabo Verde, en cuya altura está hecha más de la tercera parte de nuestra navegación.

Calma que se observó a la altura de Cabo Verde

Comenzó desde este paraje a notarse demasiada tibieza para caminar, dando a los más bellos vientos una o dos gavias con que se avanzaba poco. Todos nos dedicábamos a reflexionar sobre la verdadera causa, y no hallamos otra, sino la de que el Excmo. Sr. virrey [Cevallos] juzgó a propósito hacer una u otra conversación privada con el general de la escuadra [El Marqués de Casa-Tilly], sobre el modo con que el ejército y esta deberían combinarse para las operaciones dirigidas a atacar la isla de Santa catalina. Conoció el marqués de Casa-Tilly, que no sería fácil hacer variar el plan de operaciones que habría formado el general del ejército, y disimulando su displicencia (bastantemente manifiesta en la tibieza con que contestaba), comunicó estos asuntos con aquellos oficiales de marina que seguramente han sido los árbitros de todas las resoluciones que hemos visto. No podría yo jurar que todos ellos convinieron en imposibilitar al Excmo. Sr. Cevallos para empresa que premeditaba tan del servicio del rey, tan ventajosa al Estado y tan decorosa a las armas de nuestra nación; pero continuando mis reflexiones creeré que Vd. infiera, que los hechos de la marina acreditan la conjetura de que ellos formaron ese proyecto increible.

Era tan poco lo que la escuadra adelantaba aun cuando el viento nos favorecía, que ya todo el convoy generalmente suponía algún misterio en esta pausa enfadosa. Hicieron los señores de la marina correr la voz de que algunas embarcaciones no podían seguir; pero reflexionando nosotros que todas habían venido unidas de Cádiz a Cabo Verde en 15 singladuras, andado grado y medio cada día, conocimos que no podía subsistir un pretexto tan frívolo, y conocieron ellos también que habían errado el camino de la persuasión; con esto buscaron otro medio más firme y seguro para pretextar nuevamente la necesidad de esperar algunas embarcaciones y continuar con esta cantinela todo el viaje.

La escuadra viró de bordo y dio la señal

Todo el convoy se conserva unido a la escuadra sin la menos novedad; y esta unión en mi dictamen incomoda a los señores oficiales de marina. Pudiera calificarse esta conjetura de temeraria, pero atienda Vd. al hecho y a la reflexión. El día 10 de diciembre, después de las seis de la tarde, y entre dos luces, como solemos decir, mandó el general Tilly virar de bordo a la escuadra: puso señal y disparó el cañón: se oyó este, más no se vio aquella; y en consecuencia de esto, todos aquellos buques más distantes, que ni con el auxilio del anteojo pudieron descubrir la señal por la escasez de la luz que en aquella hora era regular, continuaron su rumbo toda la noche, mientras el grueso de la escuadra navegaba al opuesto como se supone.

Falta de 35 buques del convoy

Cuando a la mañana siguiente nos hallábamos con la novedad de que faltaban en el convoy 35 embarcaciones, la primera causa que nos presentó una ligera reflexión para una separación tan abultada, fue la orden de variar el rumbo en una hora tan intempestiva, y sin que haya aún entre los mismos marinos quien haya podido persuadirnos la más leve necesidad de una maniobra semejante.

Todos nos persuadimos entonces que se tomarían muy serias medidas para la pronta reunión. El viento era poco y alternaba con algunos ratos de calma, a la cual atribuían aquellos señores la dispersión de los buques, queriendo que consistiese en el natural abatimiento de las aguas hacia esta o aquella parte, cuando no reciben su dirección de la impresión del viento.

Bien hubieran querido poder atribuir la separación a la ignorancia con que la oficialidad de marina injuriaba a los capitanes y pilotos de los buques mercantes con la injusticia que se deja ver; pero no pudieron tener este recurso, porque en las embarcaciones dispersas estaban comprendidos los navíos Septentrión, San Dámaso y San José, la fragata Venus, el bergantín Hopp: con que siempre la separación debe atribuirse como única causa a la intempestiva variación del rumbo, hecha en virtud de objeto que ellos no han podido decir y menos justificar.

Causa probable de este accidente

Yo no soy temerario, pero si alguno asegura que esta disposición se hizo de intento, para que minoradas las fuerzas con la falta de tropas y pertrechos quedase el Sr. virrey imposibilitado para atacar a los enemigos en Santa Catalina, no carecerá de fundamento, ni para persuadir, y se hace patente si se reflexiona un poco.

Todos los pilotos que se han reunido al convoy han dicho que su separación consistió en no haber visto la señal que el general de mar hizo al entrar la noche del 10 de diciembre para virar de bordo: con que hemos de confesar precisamente que en esta maniobra estuvo la causa de la dispersión: con todo esto no se ha oído una sola palabra a los oficiales de marina para justificar la maniobra referida: luego dejan libre el campo para que cada uno la califique como le pareciere.

Reflexionemos mas. Era natural que cuando se vio perdida una tercera parte del convoy con poco viento, y como ellos quieren, con solo el abatimiento de las aguas, se le considerase muy cerca de la escuadra; y consiguientemente cuando ya hubo viento deberían haberse dedicado un par de días para buscar los buques separados: especialmente no pudiendo ignorar que quedaban todos á nuestro sotavento; esta diligencia no se hizo, luego queda libre el discurso para llevarlo hasta la bien fundada sospecha que se ha dicho.

La isla de la Trinidad era el punto de reunión

La navegación iba continuando con esta lentitud, y quiso Dios que nos fuese reuniendo una u otra embarcación conducida de la casualidad. La reunión de cada una era un nuevo pretexto para despreciar los bellos vientos que experimentábamos, no obstante que debía suponerse que las embarcaciones separadas estaban muy avanzadas hacia el sur que nuestra escuadra, por ser regular que ellas navegasen al rumbo logrando los vientos que nosotros perdíamos voluntariamente.

En fin con una pausa increíble avistamos, en 20 1/3 grados de latitud sur, la isla de la Trinidad o Ascensión. Este era el último punto para reunirnos todos, y estaba en todo el convoy dada la orden para venir aquí, con la prevención de que la escuadra esperaría solamente 48 horas. Efectivamente, se logró la reunión de 3 o 4; pero en prueba de que la marina tenía por objeto principal la dilación, en lugar de las 48 horas se detuvo de 17 de enero hasta el 30 del mismo, sin que ninguna insinuación bastase a persuadirlos que toda la expedición se aventuraba, si se obstinaban en perder voluntariamente lo poco que quedaba de la estación del verano, que se reducía a un mes. Nada les hizo fuerza; más cuando ya fue preciso navegar, fue también forzoso hacerles algunas prevenciones, como las hizo el virrey aunque inutilmente.

Prevención del general pasado el paralelo de Río de Janeiro

El enemigo había ya reconocido nuestro convoy y escuadra con pequeñas embarcaciones destinadas a la observación del rumbo que tomaríamos. Previno el general del ejército que pasado el paralelo de 23 1/2 grados en que está el Janeiro, ya no podía quedarle duda de que era la isla de Santa Catalina nuestro objeto.

Que en consecuencia de esto debía la marina ejecutar dos cosas. La 1ª el navegar los 7 grados que nos faltaban con la brevedad posible, para no darles tiempo de introducir socorros.

La 2ª que esta navegación se hiciese a una corta distancia de la costa del Brasil, donde nuestras fragatas destinadas a la descubierta pudiesen observar si efectivamente se les daba nuevos socorros del Janeiro, para que con su aviso pudieran interceptarse por la escuadra.

¿Sabe Vd. amigo cuál ha sido el efecto de estas prevenciones tan juiciosas y tan absolutamente necesarias?

Óigalo Vd. Desde la isla de la Ascensión con los tiempos que tuvimos, pudimos entrar en la de Santa Catalina en 8 días de navegación; y sin embargo ocuparon desde el 30 de enero hasta 20 de febrero. La distancia de la costa fue de cerca de 200 leguas: infiera Vd. ahora si a los enemigos pudo hacérseles obsequio mas visible, ni franquearles mas proporciones para que tuviesen tiempo y mas tiempo de pertrecharse en su isla, y para recibir todos los refuerzos que eran comunicables por la costa.

Falsa creencia de la marina

Pero ya es tiempo que abandonando aun las mas bien fundadas conjeturas, entremos en el camino de la evidencia.

Los caballeros marinos pensaron que faltando del convoy 19 embarcaciones con 1,500 hombres de la tropa, y entre ellos 300 miñones catalanes, cuya falta sentía el general amargamente, y que faltando también 2 brulotes, algunos pertrechos, no pocas municiones de guerra con bastantes víveres, habría ya abandonado el proyecto de atacar a los enemigos en su isla: pero habiendo S. E tomado razón de todas las fuerzas que quedaban en la escuadra, y hallado que eran bastantes para hacer el servicio del rey como debía, insistió inflexible en su primera idea, y cuando la marina lo conoció así, se quitó la máscara, y apeló a un medio tan irregular como lo verá Vd. ; más para que lo pueda entender todo con la debida claridad, es menester saber que el general de mar se halló con una orden del rey para que cualquier caso que pareciese desesperado a la marina, pudiera esta hacer su correspondiente representación al general del ejército, exponiéndole todas las dificultades que a la marina ocurriesen, pero que si no obstante la representación, el virrey insistiese en que la marina obrase, debería ejecutarlo sin la menor detención. Sabido es!o, atienda Vd. a lo que sigue.

Representación para que se desistiese de un ataque

Quitada la máscara como queda iniciado, pasó un oficio el Sr. de Tilly con su conseio de guerra, exhortando al Excmo. Sr. general Cevallos, para que desistiese de la premeditada empresa de atacar la isla, insistiendo en que toda la expedición siguiese en demanda del Río de la Plata.

Exponía unas razones capaces de melancolizar a 25 ejércitos, y de abatir el ánimo de cualquiera otro jefe que no fuese nuestro general. La respuesta de este es una pieza de batir llena de honor , dignidad y decoro por el servicio del rey, y me asegura un oficial de marina que habiéndola leído quedaron tan arrepentidos, los de su tiempo, del oficio que pasó (o hicieron pasar) al marques de Casa-Tilly, que no puede manifestarse hasta dónde llega el arrepentimiento de haber dado un paso tan irregular.

Ello es que lo que pedían no era otra cosa que hacer ilusoria la expedición mas seria que jamás para sus Indias premeditó la España. Otros oficios han pasado con igual falta de reflexión. Estos son unos documentos que, como Vd. sabe, no es fácil haberlos a las manos. El tiempo y la necesidad los harán públicos , y quizás con un vergonzoso deshonor a la marina.

Negativa resulta del virrey

Ya Vd. ve que ni la pausa ridícula de la navegación, ni la pérdida voluntaria de 19 buques, ni la indecorosa solicitud de la marina por medio de sus oficios, han podido ocasionar la menor variación en el proyecto de nuestro general; mas para no omitir nada de lo que pudiese inducir a que los demás
pensasen tan melancólicamente como ellos, se hizo público en casi toda la escuadra que estábamos sin prácticos de la costa, del puerto y del país, que no teníamos noticia alguna de las actuales fuerzas con que los Portugueses habían guarnecido aquella isla; que se sabía por Lisboa que el número de sus tropas ascendía al de 15,000 hombres, conducidos por hábiles oficiales extranjeros; y que su escuadra era superior a nuestras fuerzas de mar: de modo que cuantas especies eran capaces de abatir los ánimos, y de hacer odiosa la constante resolución del general , de otras tantas usaron, pensando que por este medio justificarían los esfuerzos hechos, a fin de que las operaciones de la campaña no comenzasen por Santa Catalina; pero se engañaron; porque cuando fue preciso hacer saber a todos los oficiales de grado mayor, asociando a ellos todos los coroneles del ejército, la solicitud y oficios del general de marina, no solamente lo calificaron todo como digno del mayor desprecio, sino que se irritaron contra su modo de pensar tan indecoroso a su carácter, tan distante de su obligación, y tan vergonzoso para las armas del rey.

Noticia de las fuerzas portuguesas

Sobre la falta de noticias acerca de la distribución de las fuerzas portuguesas en aquellas costas, levantaban el grito con frecuencia.

Si ellos discurriesen como buenos soldados, debían suponerlos distribuidos en cinco o seis partes, plazas y puertos de esta costa; y consiguientemente teníamos fuerzas superiores a las que ellos pudieran presentarnos en cualquiera parte que los atacásemos.

Las diligencias para tener las noticias estaban hechas con anticipación. La corte había dado orden al gobernador de Buenos Aires para que despachara a encontrarnos algunas embarcaciones con algunos prácticos, y las noticias que había previsto ser necesarias al Excmo. virrey Cevallos, antes de salir de Madrid para esta expedición.

Estos buques han de haber sido despachados necesariamente , pero la verdad es que no nos han encontrado; más la Providencia, que vela muy especialmente sobre el feliz logro de esta expedición, nos ha proporcionado por otro medio cuantas noticias podíamos apetecer, y mas individuales y ciertas que las que en Buenos Aires sabían por medio de algunos confidentes y desertores.

Apresamiento de una fragata. Noticias que proporcionó

En los días 6 y 7 de febrero apresamos una fragatilla que se dirigía a Lisboa, y 2 paquebotes que navegaban a la Bahía y Pernambuco.

Los patrones, pilotos, pasajeros y tripulación dijeron la verdad en sus declaraciones , y como nada sabían de declaración de guerra, descuidaron de la diligencia de echar las cartas al agua al tiempo de rendirse, y por medio de ellas supimos apunto fijo el todo de sus fuerzas y su distribución; y que su marina se reducía a 4 navíos de línea, 4 fragatas y 3 navíos mercantes armados en guerra durante esta expedición.

Decían las cartas también que esta escuadra se ocultaría en la ensenada de Garúpas, que está 7 leguas al norte de Santa Catalina; que dejaría entrar la nuestra con todo el convoy en el puerto, y cuando estuviésemos en los afanes del desembarco, entraría aquella con el designio de desbaratarnos , de esparcir la confusión y el desorden y de molestarnos entre sus fuegos y el de los castillos.

Todo era cierto, y suponiéndolo así dirigimos el rumbo para dicha ensenada. Efectivamente descubrimos allí la escuadra portuguesa, y viéndose descubierta, y que sería temeridad esperarnos encerrada en ella, salió a la mar el día 18 del corriente y se nos presentó como a 5 leguas de distancia, teniendo ganado el barlovento.

Este día y el siguiente la tuvimos a la vista y el 49 por la tarde tomó el rumbo del NE al parecer, en demanda del Janeiro, después de haber reconocido la notable superioridad de nuestras fuerzas, las que seguramente hubieran batido y deshecho la escuadra portuguesa si hubiéramos logrado proporcionado viento; y porque anticipadamente se previo este lance y se consideró que no convendría dejarlo al solo arbitrio de nuestra marina, resolvió el Excmo. Sr. virrey Cevallos hacerse reconocer en todos y en cada uno de los buques de nuestra escuadra y trasporte por comandante general de las fuerzas de mar y tierra destinadas a esta expedición, como en virtud de la orden del rey debía haberlo hecho luego que la escuadra se hizo a la vela en Cádiz, pero lo omitió por un efecto de moderación, hasta que la necesidad lo puso en la dura y sensible precisión de ejecutarlo.

Nada ha omitido nuestro general para evitar celos. Y ha sufrido con generosa paciencia la conducta de la marina, empeñada en hacer inútil este esfuerzo de nuestra nación. No es decible cuánto han angustiado el ánimo de un general que todo es celo por el servicio del rey; y mil veces hemos temido que su salud por fin no se rindiese a la continuada desazón de todo un viaje, sin que hubiese industria ni fuerzas humanas para el remedio, no exponiendo el todo de la expedición a una ruina.

Esta tarde y actualmente se le están negando 2 navíos de línea que pide para cubrir el desembarco y divertir los fuegos de un pequeño castillo, a fin de precaver las desgracias que habrán de suceder sin ese auxilio.

Ellos miran sus navíos como unas hostias consagradas. Conteníanse con ser unos meros conductores. Blasonan de pilotos, pero nunca hacen sus viajes sin ellos. Hacen vanidad de mandar una maniobra, que es propia de un
contramaestre, y como vuelvan de sus expediciones y campañas sin usar del cañón, sino para las salvas y demás vagatelas de su ceremonial, todo está bueno y todo ha sido feliz.

Conclusiones

N. y N. están con cabal salud: ayer los vi en el Poderoso donde concurrimos, y espero ver á Vd. en todo mayo. Esto parece estar fuerte, pero las fuerzas están divididas en sus diversos castillos, y cogidos en detall, y uno a uno, no quedará ninguno.

Haga Vd. de esta carta el uso prudente que por ahora conviene, y adiós que la confusión de esta tarde solo da lugar a poner estas últimas líneas, sobre lo que venia formado en estos últimos días.

De la Ensenada de Santa Catalina hoy 21 de febrero de 1777. — Todo de Vd., etc.

Continúase la noticia de los movimientos y operaciones de la marina hasta la suspensión de armas

Salida de Santa Catalina

Cuando la escuadra entró en Santa Catalina, seguramente estaban arrepentidos su general y oficiales de la resistencia hecha para que no entrase; pero el propósito de la enmienda era ineficaz seguramente.

Su melancólico modo de pensar siempre era uno: su prudencia crecía visiblemente, y nada producían que no anunciase desgracias: se dio fondo a distancia de dos tiros largos del cañón de los castillos. Quiso el general del ejército que se destinasen dos navíos para hacer fuego a uno de ellos a la hora del desembarco: negóse esto tenazmente con un pretexto risible: Es menester, decía el general Tilly, conservar mis fuerzas.

Esta es por junto la razón fuerte de este general. Pero y bien ¿para cuándo quería S. E. conservarlas? Pobre rey y pobre nación que tan engañada vive con un cuerpo inútil y solo hábil para despreciar y aborrecer mortalmente a cuantos tienen discreción bastante para conocerlos.

Orden para el desembarco general

El general del ejército dio sus órdenes para el desembarco general de sus tropas la noche del 21, y para esto mandó que se reuniesen antes en las embarcaciones mas inmediatas a la costa: dejó a la marina la mecánica de la conducción; pero habiendo acudido S. E. a donde todas las lanchas deberían reunirse, halló solo 3.

Corrió en aquella misma hora las embarcaciones en que la tropa estaba, y hallóla pronta, pero ya el mayor, ayudantes y otros estaban poseídos de la turbación que su poca práctica y alguna otra cosilla, que no quiero decir, les
ocasionaba.

Ya no podía remediarse una falta tan considerable sin exponerse a que llegado el día lo examinase el enemigo. Se dio pues la orden para que cesase todo, y se retirasen las lanchas a los costados de sus respectivos buques.

El virrey llamó a la orden general

Ya el Sr. virrey conoció que la disposición de lanchas debería dirigirla por sí mismo. Se llamó el 22 por la mañana a la orden general; vinieron a recibirla todos aquellos a quienes tocaba; y a todos iba imponiendo S. E. mismo en lo que debíamos ejecutar : mandó que luego que anocheciera acudiese la primera división a ponerse a la popa del navío Poderoso.

El mayor general del ejército reconoció las lanchas, y todo lo halló en buen orden. A las diez tomó S. E. la falúa con D. Victorio de Navia y otros oficiales que no pude conocer: se puso a la cabeza y dirigió el rumbo: pisó la tierra de los primeros y solo le precedieron pocos que se anticiparon, para que se apoyase en sus brazos y evitase el mojarse; porque distaba la falúa alguna cosa de la tierra. Todo lo fue poniendo en orden, y logró de este modo el desembarco con la misma felicidad que deseaba.

También ocupó otra falúa el general de marina, pero no sabemos para qué, ni qué mandó ni qué hizo. Se oyó que voceaba como acostumbra cuando habla con los juanetes o gavias, y lo que entonces importaba era el silencio.

La bandera española en Punta Grosa

Nunca pudo conseguirse que los navíos se acercasen a batir el castillo como convenía, y cuando el Septentrión y una bombarda lo hicieron, ya estaba puesta la bandera de España en Punta-Grosa, y el castillo de Santa-Cruz abandonado.

Luego se acercaron los demás navíos de la escuadra, se metieron tan adentro que no costó poco trabajo echarlos fuera. Ya respiraban estos caballeros despreciando a los enemigos y a sus fuerzas, sin avergonzarse de haberlas calificado algunas horas antes por invencibles e inexpugnables.

Saqueo

Llovió luego en tierra un copioso tropel de marineros armados con pistolas, espadas y escopetas: comenzaron a robar cuanto encontraron por las caserías de los particulares y en la fábrica de aceites de ballena, donde todo correspondía al rey.

Las canoas de aquellos infelices naturales las veíamos al costado de los buques de guerra con escándalo del ejército, cuya subsistencia se hacía difícil con estos robos tan escandalosos. El señor virrey se dio por entendido con el marqués Tilly, enviándole algunos marineros que se le habían cogido.

Nada se remedió con esto; pero luego lo remedió todo un bando, con pena de la vida a todo individuo del ejército a armada a quien se le justificase algún hurto. Temieron todos; y por este medio logró el general que el buen orden se restableciese, que los vecinos fugitivos se restituyesen a sus casas, que los pescadores y algunos vivanderos contribuyesen a la manutención del ejército, y que se devolviesen varios negros que hablan sido conducidos furtivamente de los navíos de guerra.

Tan embebidos estaban estos oficiales en lo que podía tenerles alguna utilidad, que absolutamente abandonaron cuanto era relativo al servicio del rey. Jamas hicieron salir ni una sola fragata de observación o vigía a la boca del puerto, o a la costa. Yo quedé escandalizado de una omisión tan vergonzosa, y me fuera increíble si no la hubiera presenciado por mí mismo.

El general partió de la isla

Nuestro general se desembarazó de la isla con toda la brevedad que pudo, y dejándola con la guarnición conveniente, se embarcó con su ejército en 20 de marzo. Su designio era el hacer desembarco en el Río Grande.

La marina, con el pretexto, que para todo tienen alquilado, del mal tiempo, no quiso hacerse a la vela hasta el día 30. Su habilidad para mantenerse unidos, no han podido acreditarla estos señores: el tiempo nos desparramó, y con eso huyeron del Río Grande, a cuya costa tenían un horror indecible.

Fueron entrando todos los buques en Maldonado y Montevideo sucesivamente. Hallaron víveres prontos, pero en más de un mes no hubo fuerzas para hacer que saliesen a la mar.

La causa de su demora fue notoria a todos. En solo el navío San Dámaso, que manda D. Francisco de Borja, y como suyo, metió 300 barriles con el pretexto de que eran de pólvora , y está convencida esta mentira manifiestamente con la razón dada al intendete del ejército de los buques en que se embarcó la mínima porción de municiones.

El rey ha prohibido en esta expedición las generales; pero si no quieren obedecer al rey estos señores, ¿qué les hemos de hacer?

Conducta del señor Tilly

El último pretexto para dilatar en Montevideo los afanes de su sórdido y clandestino comercio, fue el de pedir que se les diese dinero. Sacó de Cádiz el Sr. Tilly 3,000,000 reales y con ellos nada necesitaba en 15 meses; sin embargo fue tanta su tenacidad que se le dieron 20 mil pesos, y fue como pagarle para que cumpliese con su obligación.

Entre tanto había quedado la costa del Brasil y del Río de la Plata al arbitrio de la escuadra portuguesa, que apresó después de un ligero combate el navío San Agustín, que, separado de un ligero convoy que iba con víveres, fue atacado por un navío y una fragatilla de los enemigos, quienes apresaron también la saetía Santa Ana, armada en guerra y mandada por un oficial de la marina; ¿y podría haber sucedido esto si cumpliendo el marques con su obligación, hubiera cruzado en la costa como debiera hacerlo?

Orden de que cruzase para cierto efecto

Pues oiga Vd. ahora. Se le hizo salir por fin de Montevideo con la orden de cruzar en ella y de interceptar la comunicación del Janeiro con su corte de Lisboa. El rey y el virey se lo mandaban, ¿y qué hizo? Se fue a Santa Catalina y se mantuvo en aquel gallinero sin salir un día.

Se admirará de esto cualquiera hombre de honor, pero todo es nada en vista de lo que sigue. Los Portugueses habían penetrado el amilanado ánimo de nuestros marinos, y el día 9 de junio tuvieron la animosidad de entrarse con su débil escuadra en el mismo puerto de Santa Catalina.

Se presentaron á la nuestra : cargaron sus mayores, que fue provocarlos al combate; pero nuestros marinos no hicieron movimiento alguno, y sobre tener ellos la sangre mas fría que las tortugas, quedó ahora helada con el sustazo desmesurado que tenían. Pensaron que iban los Portugueses a reducirlos a cenizas, pensaron ciertamente lo que debían pensar sí no hubiesen sido los enemigos portugueses. No obstante si estos hubiesen investido, se la llevan, y así me lo ha dicho un oficial de marina que en aquel imaginario conflicto hizo dos votos.

El uno fue de dejar el oficio para no exponerse a otra angustia como esta; y el segundo, de no decir ni revelar a nadie que ha servido en la marina, porque le dicta su conciencia que está interiormente degradado de todo lo que es honor, desde que le infundieron metódicamente el miedo, en esa que llaman Academia de los caballeros guarda-marinas (sic): escuela en que degradándose la juventud del varonil espíritu, quedan sus alumnos capaces solamente para presidir con decoro un monasterio de monjas solamente.

Efectos de esa falta

Este hecho de los Portugueses y la escandalosa indolencia de los nuestros, apenas tendría ejemplar; y sin embargo de que toda el agua que entra en el mar no es capaz de lavar la feísima mancha que ha contraído la débil reputación de nuestra marina, piensa su general haber dado una completa satisfacción a todo el mundo con decir que estaba recorriendo sus navíos.

Esta sí que es serenidad digna de un general de la escuadra. Mucho habría importado que el general del ejército hubiera acreditado otro espíritu igualmente inalterable, dando también una recorrida a sus tropas a vista de sus enemigos, haciendo que todas a un tiempo tomasen las unciones con el seguro de que, en caso de caer sobre el enemigo, estaba pronta la satisfacción con solo decir que el ejército estaba puesto en carena.

Conducta indecorosa de Tilly

El puerto de Santa Catalina es excelente, y las escuadras pueden estar cubiertas con el cañón de los castillos. No obstante, el general Tilly concibió que los Portugueses podrían volver, y no sabiendo si sus gentes habrían hecho algún voto de no reñir con persona viviente, aunque fueran a echarlos de su casa, resolvió mudarse de barrio con toda su familia, y por más que el comandante de la isla le hizo saber que no podría responder de ella si la escuadra abandonaba el puerto, con el pretexto de salir a cruzar, aparejó para Montevideo.: salió a la mar con 8 navíos de línea y todas las fragatas.

Al primer vientecillo se separaron todos como lo acostumbran: la fragata Santa Clara quedó para siempre en el Banco ingles; los oficiales abandonaron con su lancha a su pobre gente de tripulación (esta es lección de la Academia); el navío el Serio recogió algunos, y perecieron como 120 hombres de los marineros. Estaba sido el fruto de la vergonzosa fuga de la escuadra al gallinero de Montevideo, cohonestada con el falso pretexto de víveres que les faltaba, que es también pretexto alquilado para siempre.

Sensación que causó al virrey

El dolor que todo esto ocasionó al virrey es imposible concebirlo. Los oficios que ha pasado los ignoro yo; pero se cree que los dictaría su ardiente celo por el servicio del rey y el claro conocimiento de la ignorancia en que incurrió su marina.

La falta de víveres era imaginaria; y el estado que presentó D. Bernardo Alcalá, ministro de marina, a cuyo cargo está el acopio de víveres, expresaba tenerlos la escuadra a su bordo para todo agosto: con que es innegable que salieron a primeros de julio para buscar los víveres que habían de comer en septiembre, y que hubieran tenido a su tiempo indefectiblemente en Santa Catalina, como ya les estaba prevenido, y se hubieran también anticipado , si en vez de venir la escuadra hubieran despachado un solo aviso.

Últimamente, cuando el Excmo. Sr. virey reiteraba sus órdenes para que luego saliesen a la mar, ha llegado la orden para la suspensión de armas. Esta les ha cogido en Montevideo, y allí quedan para sobre-hueso de estas provincias.

Ocurrirán mil lancecillos hasta hacerlos regresar a España, pero serán más dignos de que les canten los ciegos, que de ponerlos en este diario, relación, noticia o como quiera llamarle.

Fuente:

  • «Colección completa de los Tratados, convenciones, capitulaciones, armisticios y otros actos diplomáticos de todos los estados de la América Latina, comprendidos entre el Glofo de Méjico y el Cabo de Hornos desde el año de 1493 hasta nuestros días«. Por Carlos Calvo. Miembro corresponsal del Instituto histórico, miembro de la Sociedad de Geografía y de la Sociedad Imperial Zoológica de Aclimatación de Francia, de la Sociedad de Economistas de Paris, del Instituto Hitórico y Geográfico del Río de la Plata y encargado de negocio del Paraguay. Tomo Sexto. Paris, 1862.